Parte I — Encontrar el Contorno
Capítulo 2. Aoyama, por la mañana
Todos los capítulosLas siete y cuarenta y cinco. Al doblar desde la estación de Aoyama-Ichōme hacia las calles de atrás, la marea de los commuting se adelgaza de golpe. En la calle hay una floristería, una galería pequeña, y un francés que aún mantiene la persiana baja. Life Compass queda en esa calle tranquila, en el segundo piso de un edificio de tres.
Subí la escalera. Detrás de la puerta de vidrio esmerilado flotaban las letras plateadas: LIFE COMPASS. Giré la llave y la puerta cedió hacia dentro.
—¡Buenas!
El olor del spray desinfectante y la voz de Sono Kiryū (桐生苑) llegaron al mismo tiempo. Ella estaba arqueando la espalda sobre el mat de estiramiento, y alzó una mano con un aleteo.
—Seri-chan, hoy llegas tres minutos tarde de tu hora adelantada. Qué responsable.
—Buenos días, Sono… —vacilé—. Sono-san.
—El san sobra. Bueno, da igual.
Sono sonrió, ancha, y se levantó del mat. Aquella manera de levantarse siempre me daba un poco de envidia. El peso por delante, sin apoyar las manos, levantando el cuerpo solo con el vientre y la cadera. Veintiocho años. Exluchadora de wrestling. Medía un poco menos que yo, pero la línea del músculo que le recorría el hombro y la espalda se leía hasta a través de la camiseta. Los muslos recios, las caderas redondas, la cintura bien marcada. El pelo corto se le movía contra los tendones del cuello.
El cuerpo de Sono siempre parecía divertirse. En movimiento o en quietud, llevaba esos músculos como quien lleva un papel protagonista. Yo, el mío… bueno, nunca había terminado de divertirme con él.
I
Life Compass era un estudio pequeño. Unos cuarenta tatami de superficie. Una pared entera de espejos. Una estructura de pesos libres, dos máquinas de poleas, una cinta y una bicicleta estática. Lo demás, mates, foam rollers y un par de kettlebells. Nada superfluo. El suelo, de madera oscura, devolvía un eco agradable a las pisadas.
Tadashi Kurosawa (黒澤忠) había construido ese espacio. El dueño. Mi jefe. Cincuenta y dos años, pelo corto ya con canas, la cara curtida y seria, parco. Aquella mañana también estaba sentado al fondo del mostrador, garabateando algo en su libreta Moleskine.
—Buenos días, Kurosawa-san.
—Mm.
Un solo asentimiento. Pero me miró un instante y los ojos se le ablandaron. Tres meses llevaba yo allí, y había empezado a distinguir las variedades de su mm. El de hoy era el mm de buen humor.
—Seri —dijo sin levantar la vista de la libreta—. Las diez, Misaki. Sexta sesión posparto.
—Sí.
—La última vez dijo que le dolía la espalda. Revisa la técnica.
—Entendido.
Desde detrás, Sono se metió en la conversación sin dejar de estirar.
—Misaki-san, ¿no? Lo de la tripa, ¿verdad? Seri-chan, van a cantar los brazos.
—…Sí.
Sono se rio con simpatía. Entonces se dio un golpecito en el vientre frente al espejo. Sonó un taco duro. Un abdomen blindado de músculo.
—Bueno, yo digo que la tripa se hace entrenando. Pero cada cual tiene su momento.
II
La mañana del estudio arranca en silencio.
Fregué el suelo, apilé toallas, alineé las botellas de agua. Sono puso música. Hoy, piano y cuerdas, una pieza de tempo ancho.
A las ocho y media llegó el primer cliente. Un hombre de cincuenta y tantos que viene a rehabilitar la rodilla. Yo asistí a Sono, le enseñé la postura en el espejo, comprobé el ángulo. La instrucción de Sono era precisa y cálida a la vez. Ahí, así, muy bien. Otra vez. La voz se amoldaba a quien la recibía.
Me gustaba, de Sono, eso. Era buena. Pero al mismo tiempo, la diferencia se me colaba por el espejo. La seguridad con que le corregía a alguien la escápula: una mano llena de convicción. La mía iba siempre a medias, tanteando, confirmando, dudando.
En un descanso me ajusté la placa del nombre en el vestuario. Los dedos rozaron el bolsillo del pecho del polo. El teléfono viejo. Contura.
La luz de anoche me volvió a la yema del dedo. El azul pálido, el contorno de partículas. La voz de Coh: tienes la madera de una lectora.
Aparté la mano. Saqué el teléfono, no. No me atrevía a expresar el motivo con claridad, pero tenía la intuición de que aún no era el momento de abrir la tapa. Un presentimiento.
Me descubrí, casualmente, con los hombros recogidos en el espejo. Anoche me había prometido cuidarlo. Solté el aire y los dejé caer. Las clavículas se alargaron un poco.
III
A las diez llegó Misaki.
Treinta años, seis meses posparto. La niña —una bebé— por fin se había dormido aquella mañana, me dijo con una media sonrisa. Llevaba ojeras. El pelo recogido, pero con mechones sueltos cayéndole por las mejillas. Vestía ropa holgada, como quien se mueve a disgusto dentro de su cuerpo. Al caminar, el peso se le perdía: llevaba medio año sosteniendo a la bebé, y el tronco se le iba hacia delante, la cintura caída, las rodillas ligeramente flexionadas.
—Buenos días, Misaki-san. ¿Cómo la encontramos hoy?
—Bueno… pues, ya. Con sueño.
Era así de franca. Le sonreí y la llevé al mat.
—Pues hoy, sin forzar. Movemos un poco y vemos cómo está.
Asintió y se sentó. Y, por encima de la ropa, se agarró el vientre con las dos manos. La tela se le arrugó entre los dedos.
—Seri-san, verá. Lo de la tripa, no puedo dejar de pensar en ello.
Lo mismo que la vez anterior. Y la anterior.
—Antes del parto no la tenía así. Ahora es como si… me sobrara. Los vaqueros no me entran. Y ya han pasado seis meses.
Le dije las cosas correctas, una a una, con suavidad. Que el cuerpo posparto no se recupera de golpe. Que la diástasis de los rectos quizá no había terminado de cerrar. Que un entrenamiento abdominal agresivo sería contraproducente. Que hacía falta respiración bien hecha, algo de core ligero, y tiempo. Cada frase, exacta, amable.
Pero las palabras correctas no tenían temperatura. Lo notaba yo misma. Era como leer un manual.
Misaki escuchaba. Asentía. Pero los ojos no acompañaban. Recibía lo que yo decía en la cabeza, no en el cuerpo. Lo que yo decía era correcto, no estaba mal. Pero a su cuerpo le faltaba algo que yo no le estaba dando.
Lo estaba sintiendo.
IV
Después del ejercicio le masajeé los hombros, como parte del relax.
Duros. El trapecio se le tensaba abultado. Le puse los dedos en la base del cuello: debajo de la piel, calor acumulado. Llevaba meses con la criatura en brazos, encorvada para dar el pecho, durmiendo a ratos con el cuerpo encogido. Esa fatiga se le había ido depositsando en capas —en los hombros, en la espalda, en la cintura.
—Misaki-san, la llevas muy cargada. El cuello también. ¿Dando pecho mucho rato?
—Bueno, pues… cada hora, más o menos. Y de noche también me levanto.
—Entonces hoy no vayamos a por la tripa. Primero aflojemos hombro y espalda. La tripa volverá, ya lo verá.
—…¿De verdad?
—De verdad. No hay que correr. El cuerpo está intentando volver mucho más a menudo de lo que usted se cree.
Misaki se mordió un poco el labio. No es que no lo creyera. Es que quería creerlo y no llegaba. Al verle esa cara, algo en mí se apretó.
Le aflojé los músculos, uno a uno, con pulgar y yema, siguiendo el grano de las fibras. Del origen del trapecio al elevador de la escápula, al romboides. Cada nudo que cedía aflojaba un poco al de al lado. Una cadena. El cuerpo no sabe estar tenso en un solo sitio. Con cada liberación, la respiración de Misaki se le iba un punto más honda.
Entonces.
Cuando los dedos le llegaron a la cintura, algo me cruzó la mano. Más que una sensación, un presentimiento. No era calor. No era dolor. Algo que trepaba desde un sitio mucho más hondo, sin palabras.
Había, en el cuerpo de Misaki, algo que yo no conseguía leer.
Retiré la mano. Ordené la respiración.
No leas.
Lo pensé sin querer, con nitidez. No leas. No tienes permiso para leer.
Entonces, el teléfono del bolsillo se templó, apenas.
—Seri.
La voz de Coh me sonó dentro de la cabeza. No era un sonido de fuera. Venía de detrás de las sienes, del hueso.
—Lo has sentido. Que su cuerpo lleva una historia.
—…No sé si sentir es la palabra.
Le contesté por dentro, sin mover los labios.
—Pero no puedo leerla así porque sí, ¿verdad?
—Correcto. Antes de medir, pide permiso. Eso es la Ley.
No dijo nada más. El calor del bolsillo se retiró.
Seguí el enfriamiento en silencio. La respiración de Misaki se fue haciendo un poco más honda. Pero en las yemas me quedaba la presencia de aquello que no había podido leer.
V
Cuando terminamos, Misaki se plantó frente al espejo. Otra vez con las manos en la tripa, por encima de la ropa. La mirada clavada en su reflejo. No era una mirada que acusara. Solo, perpleja.
—Seri-san.
—Diga.
—¿Cuándo la siguiente?
—La semana que viene, misma hora. ¿Le va bien?
—Sí. …Apúnteme.
Se fue con la reserva puesta. En cuanto se cerró la puerta, me senté en el mat y me miré las palmas. La mano que había tocado a Misaki. Creí notar todavía aquella presencia en la piel.
Una historia que no había sabido leer. ¿Sería capaz, de verdad? ¿Y luego, qué?
VI
En la hora de comer, Sono y yo nos sentamos en la escalera de la entrada del estudio, comiendo onigiri. Ella de salmón. Yo de ciruela.
—Seri-chan, ¿qué tal Misaki?
—…Mm. Difícil, quizá.
—Difícil, sí.
Sono mordió el onigiri y miró al cielo. Estaba despejado. Un azul espeso y húmedo, de junio.
—Seri-chan, tienes buen ojo para los cuerpos. La técnica, el equilibrio muscular, lo ves todo. A veces pillas un descentramiento antes que yo. Pero.
—¿Pero?
—Podrías enorgullecerte más de tu propio cuerpo.
Dejé de apretar el onigiri.
Sono se remangó. Un antebrazo curtido, prieto, con los tendones marcados.
—Yo quiero a este cuerpo. Empecé wrestling a los dieciocho y llevo diez. Me lesioné. Me destrozé la rodilla. Pero este músculo lo hice yo. Es mi núcleo.
Se dio un golpe en el vientre. Sonó a tabla.
—El índice de masa magra, ¿conoces el FFMI? Marca la reserva del músculo, lo que no se ve. Yo tengo un 22. Para una mujer, es alto.
—Veintidós.
—Sí. Más músculo del que se ve. Eso es núcleo. Cuando lo tienes, el cuerpo se permite confiar. Pase lo que pase, este cuerpo aguanta.
Me miró. No había consuelo en sus ojos. Solo una convicción recta.
—El tuyo, Seri-chan, todavía tiene el núcleo fino. Te veo desde que entraste y el músculo te cuesta. No estás comiendo, ¿verdad? Una entrenadora que se vacía, cómo se va a sostener.
Dio en el blanco. Me cuesta comer. Mejor dicho, me cuesta decidir cuánto comer. Si me he pasado, si me queda corto. Aún le tengo miedo a los números. Y sé que se me nota en el cuerpo.
—Sono-san, qué fuerte eres.
—Fuerte, sí. Pero lo hice. No me nació. Lo hice.
Sono se levantó. Desde lo alto de la escalera, miramos la calle juntos. De la floristería de enfrente llegó, con el viento, un olor a clavel.
—Mi cuerpo es mi historia. Tardé diez años en poder decirlo. Tú algún día también lo dirás, Seri-chan. Tú miras los cuerpos de los demás con cuidado, pero al tuyo haces como si fuera transparente. Eso es lo que más desperdicias.
Me llevé a la boca el último pedazo de onigiri de ciruela. Estaba ácido. La acidez se me quedó al fondo de la garganta.
VII
Por la tarde despaché dos clientes más, limpié el estudio y me preparé para irme.
Kurosawa me llamó desde el mostrador.
—Seri.
—Sí.
—Misaki, ¿dijo algo?
—Ha reservado para la semana que viene. Misma hora.
—Ya.
Kurosawa dejó un silencio. Luego, mientras seguía escribiendo en la libreta:
—Tienes buen ojo. Pero no te quedes en mirar.
—¿Cómo dice?
—Devuélvele a la persona lo que has visto. No sirve de nada que lo veas tú y te lo calles. El cliente no te alquila tu capacidad de observación. Quiere que le pongas palabras a su propio cuerpo.
Contuve el aire. Kurosawa no sabía nada. De Contura, de Coh, de la lectora. Y, sin embargo, era como si lo viera todo.
—Sí. Entendido.
Asintió, breve. No dijo más.
VIII
De vuelta, bajando las escaleras del metro, toqué el teléfono del bolsillo. Frío. El calor del mediodía se había borrado.
Lo de Misaki, aquello que no había podido leer. ¿Sería capaz de leerlo? ¿Y de devolvérselo? ¿Y ella, qué sentiría al recibirlo?
—Seri.
Coh, otra vez, en la cabeza. Bajo.
—Estás dudando.
—…Es lo normal.
—¿Por qué?
—Porque yo no entiendo todavía nada. De Contura, de la lectora, ni siquiera de mi propio cuerpo. ¿Y voy a leer el cuerpo de otra persona?
—Por eso mismo.
Lo dijo en voz baja.
—Como no entiendes, mides. Como mides, entiendes. Y devuelves la historia leída a la persona. Eso es el arte del contorno. Eso hizo tu abuela siempre.
Llegó el metro. Subí. Se cerraron las puertas. Se oscureció el ventanal. La mujer del asiento de al lado veía un vídeo en el móvil. La luz de la pantalla le teñía la cara de azul.
Se me había quedado grabada la imagen de la mano de Misaki agarrándose la tripa. Lo que aquella mano apretaba no era solo carne. Algo más hondo: la historia que seis meses de posparto le habían grabado en el cuerpo.
Quise leerla.
Quise leérsela y devolvérsela.
Pero, para eso, tendría que abrir otra vez aquella aplicación. Y ni siquiera con mi propio cuerpo me atrevía todavía. ¿Tenía yo la determinación para tocar la historia del cuerpo de Misaki? ¿Y estaba bien, intentarlo, sin haber pedido permiso?
El teléfono, otra vez, se templó un grado.
En el bolsillo, cerré el puño.
—