Parte III — La lucha por el Contorno
Capítulo 22. Los números salvan
Todos los capítulosI. Cinco y cincuenta
La mañana de invierno entró en la oficina de cristal de Omotesandō.
Los olmos de la avenida habían perdido las hojas. Las ramas, desnudas, cortaban el cielo como hueso. Desde el último piso, los transeúntes de la calle eran del tamaño de un garbanzo. Todos andaban sin pensar en su cuerpo. A Takatsuji Rui aquello le resultaba incomprensible. Que pudieran no pensar en ello.
Las cinco y cincuenta de la mañana. Rui ya estaba en la mesa. Todos los días a la misma hora. No se levantaba a las seis. A las seis empezaba a trabajar. Para eso servían las cinco y cincuenta.
Se puso las gafas inteligentes de montura de plata y cerró los ojos. Las gafas se encendieron y proyectaron, sobre la retina, letras de luz fina.
Peso 52,3 kg Grasa corporal 18,7% Peso magro 42,5 kg IMC 19,2
Eran las cifras de la noche anterior, antes de acostarse. Rui las revisaba cada mañana antes que nada. Antes de cepillarse los dientes. Antes de hacerse el café. Las cifras dibujaban el contorno del día.
Hoy no había desviación. Igual que ayer, igual que la semana pasada, igual que el mes pasado. Aquel cuerpo estaba construido sobre la balanza estricta entre caloría ingerida y caloría gastada. El margen, más menos cien gramos. Aquello era la forma de la voluntad. Lo puesto en cifra, eso era la voluntad.
Rui picó en el menú de las gafas. Se abrió el archivo de un informe. El de tres días antes, subido por un subalterno del equipo de información.
Hay un rumor: en un pequeño estudio de Aoyama hay una entrenadora que lee la historia del cuerpo. Parece tener algo que el escaneo de Velo no sabe leer.
Rui había releído aquella línea muchas veces. Cada vez, tras las gafas de plata, los ojos se le entornaban un punto.
Leer la historia del cuerpo. Olía a sentmentalismo.
Pero. Algo que el escaneo de Velo no sabe leer. Sólo aquella parte le atrapaba la atención. El escaneo de mayor precisión del sector no era capaz de leer algo. Y aquello, qué era. Rui todavía no lo sabía.
II. La niña en la oscuridad
Del tiempo anterior a los números, Rui hablaba para sí como de la época en que estaba de pie en la oscuridad.
La Takatsuji Rui de doce años no quería contar su cuerpo. Contar era mirar de frente. Mirar de frente era aceptar. Aceptar era perder.
Subirse a la báscula, ni pensarlo. Frente al espejo, siempre vestida. El vestuario de gimnasia se lo cambiaba en un rincón donde nadie la viera. Había dejado de nadar. El bañador que le compró su madre se quedó con la etiqueta puesta en el fondo del cajón.
Las compañeras de clase no eran necesariamente crueles. Nadie señalaba a Rui y se reía. Pero la mirada existía. Las horas de piscina, en las que ella desaparecía sin más. El corro de las compañeras delgadas que se tocaban las clavículas con el dedo: Rui siempre fuera. Estar fuera era ya un veredicto. Y el veredicto no necesitaba palabras. Bastaba con que, al repartir grupos, la miraran un segundo de más y desviaran los ojos. Aquel segundo era suficiente. Rui había aprendido a leer el juicio en el silencio. Y el silencio, sin cifra, sin forma, era lo peor. Porque no se podía rebatir. No había número que discutir. Sólo una niebla que se le quedaba pegada a la piel todo el día.
La madre decía: estás sana, no pasa nada. El padre: te preocupas demasiado.
Pero Rui no estaba sana de corazón. Un miedo sordo pegado al fondo del pecho. La sensación de que el cuerpo no era suyo. El contorno borroso: no sabía dónde empezaba ella y dónde acababa. Como estar de pie en la oscuridad, sin frontera. Un terror sin límites.
No podía decírselo a nadie. Decirlo en voz alta sería aceptarlo.
III. La cifra que dibujó un contorno
Conoció los números a los trece años, en otoño.
La llevaron, por un pediatra, al programa de prevención de enfermedades de la vida cotidiana en la infancia de un hospital universitario. De la mano de su madre, por un pasillo blanco. Olor a desinfectante. La luz fría de los fluorescentes.
El programa era estricto. Peso cada mañana. Composición corporal una vez por semana. Un diario de tres días de comidas, con cálculo de calorías ingeridas, revisado por una nutricionista. El gasto, medido en pasos y pulsaciones. Todo a número.
El primer día de medición, Rui no lloró. No pudo. La enfermera leyó las cifras en voz plana, sin emoción. Sin juzgar. Sin compadecer.
Peso 58,2 kg Grasa corporal 31,4% IMC 22,2
Las cifras eran sólo cifras. Frías, duras, quietas. No tenían nada del oleaje de la oscuridad que Rui llevaba dentro: ¿soy fea, gorda, vaga, sin valor. Las cifras no tenían nada de aquello. Sólo ponían, una al lado de la otra, las cosas que estaban allí.
Aquella noche, Rui vio por primera vez su cuerpo como algo que se puede medir.
Ella no era una fealdad vaga. Era un cuerpo con un contorno preciso: peso 58,2, grasa 31,4%. Si tenía contorno, podía moverlo. Si se cambiaba la entrada, cambiaba la salida. Causa y efecto. Física. No terror.
En tres meses, el peso bajó cuatro kilos. La grasa, cinco puntos. Las cifras se movían un poco cada semana. Cada vez que se movían, la oscuridad del pecho retrocedía un paso. El terror sin frontera encontró una. Rui aprendió que su cuerpo podía moverlo con su voluntad.
Aquello, Rui lo llamó salvación.
La salvaron los números. Le dieron forma y frontera a la angustia. A la niña de pie en la oscuridad le midieron el suelo que pisaba y el cielo que tenía encima.
La emoción no era de fiar. El no pasa nada de su madre, el te preocupas demasiado de su padre, el silencio de las compañeras, el asco de Rui hacia sí misma: todo ambiguo, mudable, y a nadie salvaba.
Lo que salvó fueron los números.
IV. El cartel publicitario
Trece años después.
Takatsuji Rui, veintiséis. Analista corporal primera de Velo. Estatura 168 cm, peso 52,3 kg, grasa corporal 18,7%. Todas las cifras en su sitio, según el plan.
El cuerpo de Rui era el cartel de Velo. En la pantalla grande de la entrada de Espejismo Omotesandō se reproducía el escaneo de su cuerpo entero, con las cifras de cada parte escritas en luz. Era publicidad. Y, a la vez, declaración. Esta es la forma acabada de un cuerpo gobernado por números.
El cliente ve el cuerpo de Rui y desea el suyo. Velo convierte el deseo en cifra. Cuarenta segundos de escaneo. Medidas, grasa, masa muscular, equilibrio. Todo a número, subido a la nube, analizado, con un objetivo fijado. El cliente ve, en cifras, dónde está y adónde va.
Claro, piensa Rui. El cuerpo tiene que ser claro. La ambigüedad pierde. Perderse es sufrir. Rui no olvida la oscuridad anterior a los números. Por eso les pasa cifras a los demás. A quien está de pie en la oscuridad, le mide el suelo. Esa es la idea de Velo, y la fe de Rui.
—Takatsuji-san.
Un golpe y la voz de un subalterno.
—Pase.
Entró Sakuma, del equipo de análisis. Dos años más joven. Con una tablet.
—Los resultados de los usuarios nuevos de la semana pasada. El resumen semanal.
—Déjalo.
Sakuma dejó la tablet en la mesa. Rui la cogió, pasó la pantalla. Ciento veintitrés usuarios nuevos. La conversión a plan de pago, tras escaneo, el veintitrés por ciento. Dos puntos más que la semana anterior.
—Veintitrés. No está mal, pero se puede mejorar.
—¿En qué parte.
—Hay un doce por ciento que abandona en los tres días posteriores al escaneo. Analiza por qué se van. ¿La presentación de cifras es floja, el objetivo es tibio. O.
Rui hizo una pausa.
—¿El acompañamiento emocional es insuficiente.
—¿Emocional.
Sakuma puso cara de sorpresa. Era raro oír a Rui decir emoción. La emoción es margen de error, repetía siempre. Los subalternos creían que la negaba.
—No te equivoques. —Rui siguió—. No se trata de darle importancia. Se trata de manejarla. Qué siente el usuario al ver la cifra. Miedo, alivio, urgencia. Esa emoción mueve o frena la acción. La emoción es margen de error, sí, pero si la ignoras, el modelo pierde precisión.
—Entendido.
—En tres días, análisis de las bajas. En cifras. No en impresiones.
—Sí.
Sakuma se inclinó y salió. Rui miró la tablet. La columna de cifras. Los contornos de la gente, ordenados.
Así está bien. Así se salva a la gente.
V. Lo que no se deja leer
Cuando Sakuma salió, Rui volvió a abrir el informe de tres días antes.
La entrenadora que lee la historia del cuerpo. Life Compass, un pequeño estudio de Aoyama. Con una sala de medición en el sótano, decían. Himuro Seri. Veinticuatro años.
Rui metió el nombre en el buscador. Sólo aparecían la web del estudio y algunas reseñas pequeñas de páginas de fitness. Sin exposición llamativa. En redes sociales había cuenta, pero publicaba poco. Era una presencia discreta.
Pero las reseñas tenían una puntuación rara. Media de cuatro coma nueve sobre cinco. Y los textos seguían un patrón.
Por primera vez me he permitido mi cuerpo. No me ha parecido que me juzgaran con cifras. Me midió, pero no me juzgó. Es rarísimo.
Rui frunció el ceño. Me midió, pero no me juzgó. Contradictorio. Medir es evaluar. Sacar una cifra es mostrar dónde se está; y donde se está, respecto a donde se debería estar, genera una distancia. La distancia mueve. Ese es el fin de la medición.
No me juzgaron, entonces, ¿quiere decir que no midió. O que difuminó el resultado. Sea lo que sea, era un método que envolvía a la gente en ambigüedad. Para Rui aquello no era amabilidad. Era blandura.
La blandura no salva.
Pero. Algo que el escaneo de Velo no sabe leer. Aquella línea se le clavaba como una espina.
Lo ilegible. Rui odiaba lo ilegible. Lo ilegible no se controla. Lo incontrolable es peligroso, o valioso. Una de las dos.
Y otra información tenía Rui. Un rumor sobre la aplicación que aquella entrenadora usaba. El nombre:
Contura
Rui se repetía el nombre en la boca. Contura. Contorno. Del inglés contour. La forma exterior del cuerpo. Y, detrás, algo más. Un nombre que, sin querer, le recordaba al primer día del hospital, cuando la enfermera puso sobre la mesa las tres cifras que le darían un contorno a la niebla. Contorno. La palabra misma que Rui asociaba con la salvación. Y ahora lo usaba, para una aplicación que hacía lo contrario de lo que ella hacía, otra persona. Aquella coincidencia la pinchaba.
La aplicación no estaba en el mercado. No existía en App Store ni en Google Play. Algo cerrado, muy limitado. Sin información oficial. Sólo el rumor, de boca en boca.
Al medir el cuerpo, la aplicación lee en voz alta la historia de ese cuerpo.
Historia. Rui volvió a fruncir el ceño. Sentmentalismo, sabía. Los números no tienen historia. Son hechos. Proyectar emociones en los hechos es interpretación arbitraria.
Pero.
Y si fuera un motor de análisis real.
El pensamiento de Rui torció allí.
Y si Contura no fuera una simple aplicación sentmental, sino que tuviera algún algoritmo de análisis —que Velo no tenía— capaz de predecir, a partir de combinaciones de cifras del cuerpo, patrones de conducta y tendencias psicológicas. Y aquello lo llamara insight.
Aquello era lo que Velo quería.
La cifra dice a la persona dónde está. Pero la cifra sola no mueve. Lo que frena el movimiento es la emoción. Miedo, urgencia, rendición. La cifra es tan fría que la gente aparta la mirada. La realidad duele demasiado para encararla.
Pero. Si se pudiera vestir la cifra con una historia. Si se pudiera traducir la cifra al relato de la persona.
La gente, con sólo recibir la cifra, empezaría a creerla. A aceptarla. Y a moverse. A firmar, a seguir, a perseguir el objetivo.
Vestir la cifra de historia. ¿Qué pasaría en el mercado.
Los ojos de Rui se estrecharon. Tras la plata, una luz fría corrió.
Arrollador.
La precisión de Velo, la primera del sector. Y encima, una capa de historia. Esqueleto de cifra, carne de relato. Un modelo completo del cuerpo humano. Aplastaría a la competencia.
Y, para eso, hacía falta el motor de análisis que, según el rumor, tenía Contura. Rui lo quería para sí. La fe en el número lo permitía.
VI. El cuaderno de los trece
Rui abrió el cajón de la mesa. Al fondo, un cuaderno viejo. Sin título en la cubierta. Abrió la primera página.
La letra de Rui a los trece.
Peso 58,2 kg Grasa corporal 31,4% IMC 22,2
Y debajo, a lápiz, con trazo tembloroso:
Voy a esforzarme.
Sólo aquello. Pero para Rui aquel cuaderno era una biblia. La prueba de que los números salvaron a la niña. El primer contorno que las cifras le dieron a aquella que estaba de pie en la oscuridad: el suelo y el cielo.
Cerró el cuaderno. Lo devolvió al cajón.
Y se levantó. Tras el cristal, la calle de Omotesandō. La luz de la mañana de invierno blanqueando el asfalto. La gente andando, sin pensar en su cuerpo.
Siguen en la oscuridad, piensa Rui. Hay que pasarles cifras. Hay que darles contorno. Y se salvan. Como yo.
Esa era la idea de Velo. Y la razón de ser de Rui.
VII. Las alas del número
Rui pulsó el intercomunicador.
—Sakuma.
—Sí.
—Ven.
En medio minuto Sakuma entró. Con la misma tablet de siempre, la cara de siempre, la prisa contenida de siempre. Rui puso el informe delante de él.
—Sube la continuación.
—¿El estudio de Aoyama.
—Sí. Himuro Seri. Veinticuatro. Entrenadora de Life Compass. Investígala. Origen, trayectoria, cartera de clientes, método de medición. Todo.
—Entendido.
—Y. —Rui bajó un tono—. Hay una aplicación que ella usa. Se llama Contura. No está en el mercado. Es algo cerrado. Desarrollador, proveedor, técnica interna. Límpialo todo.
—Contura, ¿verdad.
—Contorno. —Rui levantó un punto la comisura. Como una sonrisa. Pero los ojos no se rieron—. Nombre curioso. El contorno del cuerpo. Es lo mismo que hacemos nosotros.
—Sí.
—Pero ellos no miden el contorno con cifras. Lo leen con historia. Qué es aquello, en el fondo, no se sabe. Por eso, investiga.
Sakuma asintió, tomando notas.
—En dos semanas, súbemelo. Tú eliges la gente. Prioridad máxima. Pasa lo demás a otro.
—Vale.
—Ah. Y. —Rui, al final—. No te acerques a Himuro Seri. La investigación, desde lejos. Que no sepan que nos interesa.
—Entendido.
Sakuma se inclinó y salió.
Volvió el silencio. Rui se puso delante del cristal.
Los olmos de Omotesandō. Las ramas de hueso. El cielo de invierno. Frío y claro.
Contura. El contorno.
Se repetía la palabra. El contorno del cuerpo. El poder de leerlo. No con cifras. Con historia.
Sentmentalismo, piensa. Pero el sentmentalismo también tiene utilidad. Mueve corazones. Y aquel poder, puesto en alas de la cifra, la levantaría.
La cifra salva. Eso no cambia. Es la base de Rui. Aquella noche de los trece, la cifra dio contorno a la oscuridad. No lo olvida.
Pero hay quien la cifra sola no lo salva. Quien la cifra le parece un hielo. Quien la cifra la recibe como condena. A esa gente, para hacerles llegar la cifra, hace falta un envoltorio. Hace falta historia.
Aquello Rui iba a admitirlo. Admitir no es perder. Es extender la estrategia.
La cifra salva. La historia, sus alas.
En la mesa, las gafas inteligentes notificaron. Escaneo de un usuario nuevo, terminado. Análisis, arrancar.
Rui se apartó del cristal. Se las puso. Sobre la retina se alinearon las cifras. Los contornos de la gente, ordenados. Lo medible.
Este es mi campo de batalla.
Y Rui volvió a la mesa. Leyó cifras, analizó, fijó objetivos. Dio contorno a los cuerpos de la gente. Eso era lo suyo.
—
Aquella misma mañana, en el estudio de Aoyama, Himuro Seri preparaba un día nuevo. Aireaba la sala del sótano —el Círculo— y colocaba toallas limpias.
Seri todavía no sabía. Que tras el cristal de Omotesandō, una mirada fría apuntaba hacia ella. Que la luz de Contura estaba en la mira de una sombra.
En el bolsillo de Seri, el teléfono antiguo tomó un poco de calor. Coh pareció sentir algo. Pero todavía no fue alarma. Un presentimiento, apenas. Un temblor menudo, como el de un termómetro que sube una décima sin avisar. Dos mujeres, aquella mañana, en dos puntos de Tokio, cada una con su modo de mirar el cuerpo. Sin saberlo, ya estaban la una frente a la otra.
—