Parte III — La lucha por el Contorno

Capítulo 23. El contorno robado

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Pasado mediados de octubre, la luz de Aoyama pierde la fuerza del verano. Las hojas de los árboles de la calle empiezan a mudar de color. Pero aquel día, en aquel aire seco del otoño, yo sentí que se mezclaba algo frío.

I. Las citas que se vacían

Martes por la tarde. En la recepción de Life Compass, yo frente al calendario de la semana que viene.

Hacía dos semanas que mis huecos empezaban a quedar libres.

Martes a las tres. Miércoles a las diez de la mañana. El último del viernes. Los huecos que tenían nombre se borraban, uno tras otro, con la misma coletilla: por motivos. Le pregunté a Sono: a sus clientes no les pasaba. Los vacíos eran sólo en mi calendario.

—Será casualidad.

El monólogo no llega a nadie. Pero, en el bolsillo, Contura tomó un punto de calor. Negación, o confirmación.

Entonces vibró el móvil. En la pantalla, un nombre conocido.

Mao Asō

La bailarina de contemporáneo a quien medí en el Círculo a finales de junio. Las piernas de las que leí deuda con el cielo. Las que iban a saltar el escenario en la función.

El mensaje era corto.

Himuro-san, cuánto tiempo. Mai. ¿Tiene un rato. Tengo algo que contarle, sí o sí.

Los puntos al final. Puntos de duda. La Mai de junio era más directa. No solía poner puntos al final. Le devolví el mensaje enseguida.

Si es mañana por la tarde, estoy en el estudio.

La respuesta llegó enseguida.

Gracias. — Perdón.

Aquel perdón, la segunda vez, me picó.

Al día siguiente, las dos de la tarde, Mai apareció en el estudio.

Hacía medio año, la Mai que se plantó ante el Círculo llevaba el centro de gravedad bajo, las puntas cazando el suelo, un modo de estar de bailarina. La voz rasgada, de rescoldo. Los ojos rectos.

Pero la Mai de hoy iba distinta.

Al abrirse la puerta automática, por un momento creí que era otra. Los hombros adelantados. El peso ido hacia la derecha. Las puntas no cazaban el suelo. Se deslizaban, sin encontrar, sobre el borde de la puerta.

—Bienvenida, Mao-san.

—…Hola.

Mai se sentó en la silla de la recepción. Le serví té de cebada. Mai rodeó la taza con las dos manos. Le temblaban. Como aquel día de junio. Pero hoy temblaban más hondo.

—Me dijo que quería contarme algo.

—Sí.

Mai miró la taza. Miró el té moverse dentro.

—Himuro-san. Después, salté. En el escenario. Con esas piernas. Aumentándole la deuda al cielo, como dije.

—Sí. Me enteré. Por Sono-san. Fue un éxito.

—…Sí. Pero después.

Mai dejó la taza. Y sacó el móvil del bolso.

—Mire.

II. Las piernas de Mai, otra vez

Mai me acercó la pantalla.

Un anuncio en redes. Con reproducción automática, el vídeo arrancó.

En una luz azul, una mujer saltaba. Bailarina de contemporáneo. El talón golpeaba el suelo, la rodilla se estiraba, el muslo soltaba la energía hacia el cielo en cámara lenta. Las capas del músculo se ondulaban como olas.

Debajo del vídeo, un texto.

Esa pierna es una deuda con el cielo.

Velo lee la historia de tu cuerpo.

Espejismo Omotesandō. Escaneo total de alta precisión.

Se me cortó el aliento.

—…

Sin voz.

Aquella frase. Deuda con el cielo. Era la historia que yo leí. En el Círculo, en junio. Cuando las piernas de Mai se alzaron ante la luz de Contura. Las cifras estallaron, las partículas se juntaron, se hicieron letras. Aquella frase.

Tus piernas han saltado contra la gravedad durante años. Ese grosor es una deuda con el cielo.

Era la historia de Mai. La leí, y se la devolví. Era de Mai. Sólo de Mai.

Y ahora corría en un anuncio, montada en luz azul.

—…Esto.

Me temblaba la voz. Oía la mía como la de otra.

—¿Desde cuándo.

—Desde la semana pasada. Me apareció en el móvil. Al principio, casualidad. Sólo se parecía la frase. Pero, hasta la bailarina del vídeo. Aquel ángulo de piernas. Aquel salto. Lo supe. Son mis piernas.

La voz de Mai se fue quebrando.

—Investigué. Velo, la empresa. Espejismo Omotesandō. —Himuro-san. Fui.

—¿Fui.

—Después de la función de agosto. En el camerino vino una persona de Velo. Qué función tan preciosa. Me conmovió su danza. Si quiere, le hacemos gratis un escaneo total de alta precisión.

Mai apretó la taza.

—Gratis, me dijeron. Y, en aquel momento, todavía me mollaban las piernas. La frase deuda con el cielo que usted me leyó me gustaba. Pero seguía queriendo que se vieran más finas. Y si se podía saber el estado exacto de las piernas.

—Y fuiste.

—Fui. Al edificio de cristal azul de Omotesandō. El escaneo fue enseguida. Me puse de pie, la luz dio vueltas, sonó la máquina. Al terminar, salió una analista.

Mai cortó la frase. Aquel silencio pesaba.

—Aquella persona preguntó. Tiene unas piernas con un músculo maravilloso. Hay alguna historia con las piernas. —Hablé. Le dije lo de la deuda con el cielo. Que me lo había leído usted. Que era el significado de mi grosor.

III. La historia robada

Mai bajó la cabeza.

—Entonces me pareció normal. Era mi cuerpo, pensé. Y no me importaba contarlo. Pero.

Mai miró otra vez la pantalla. La bailarina del anuncio seguía saltando. En la luz azul.

—Han hecho mercancía de mis palabras. Dicen que las dije yo. Pero eran mis palabras importantes. Las que usted me devolvió. Las mías.

Los ojos de Mai se llenaron. Pero no lloró. La bailarina no llora en el escenario. Aquella costumbre la llevaba dentro. Aun así, la voz se le quebraba por los bordes, como un cristal que aguanta pero cede. Le puse la mano en el antebrazo, sin decir nada. A veces la mano dice lo que la palabra no acierta. Mai me lo agradeció con un asentimiento mínimo, de esas que se hacen con la barbilla y no con la boca.

Yo miraba mis manos sobre las rodillas. Frías.

La historia que yo leí. La frase que Contura sacó. Era la verdad que el cuerpo de Mai contaba. Yo la puse en voz y se la di. Mai la recibió, y la hizo suya. Deuda con el cielo. Ya era palabra de Mai.

Una empresa la pescó. Con el señuelo del escaneo gratis. Acercándose con familiaridad en el camerino. La analista sacándolo a colación como de pasada. Y, de aquello, un copy publicitario.

No exhibas las cifras. Lo que leas es de esa persona.

La Ley segunda y la tercera. Las dos pisoteadas.

—Mao-san.

—Diga.

—¿Desde cuándo corre aquel anuncio.

—Como dos semanas, parece. En todo el país. Una amiga lo vio en un cartel de la estación.

Dos semanas. Justo cuando mis citas empezaron a vaciarse. No era coincidencia. Velo apuntaba a mis clientes. Hacía campaña con las historias que yo leí. Y me quitaba gente.

Me mordí el labio.

—…Perdona.

Mai levantó la cara.

—¿Eh.

—Perdona, Mao-san. Si te robaron las palabras porque yo te leí la historia, es mi responsabilidad.

Mai negó.

—Qué va. Usted me leyó. Me salvó. Aquellas palabras fueron mi fuerza. La responsabilidad no es.

—No. —Seguí—. Lo que la lectora lee, queda también en su mano. Sabiendo que era tuyo, no fui capaz de protegerlo. Es mi fallo.

Mai calló. Me miró. En aquellos ojos se agitaba un color complejo. Rabia, miedo, y una cosa más.

—…Aquellas palabras.

Mai habló.

—Son mías, ¿verdad.

—Sí. Tuyas.

—Entonces, ¿qué hago. ¿Se puede quitar aquel anuncio. Han usado mis piernas sin permiso. Han usado mis palabras sin permiso. —Estoy enfadada. Pero no sé qué hacer ni cómo.

La voz de Mai se rompió. Esta vez no la contuve.

—Cuando usted me leyó, me alegró. Por fin entendía mis piernas. Deuda con el cielo. La prueba de que he saltado. Y ahora, en el anuncio, como si se rieran. Como si mis piernas fueran un producto. —Me da asco.

Mai le dio un trago al té. La mano le seguía temblando.

—Y, sobre todo, miedo. Aquel escaneo. Los datos que tomé allí, dónde estarán. Todas mis medidas. En algún sitio quedan. Alguien las mira. Pensarlo y.

—…Sí.

—Cuando me midieron, pulsé en la pantalla acepto. Pero, entonces, no entendía bien qué aceptaba. Era gratis. Vería mis piernas. Sólo con eso.

IV. La advertencia de Coh

Cuando Mai se fue, me quedé en la silla de la recepción, sin poderme mover.

La taza de Mai seguía en la barra, con el té a medio beber. La miré largo rato, como si aquella taza tuviera todavía un poco de Mai, un poco de su mano temblando, un poco de su historia robada. No la recogí enseguida. Me daba la sensación de que, al recogerla, admitiría que Mai ya se había ido y que su historia seguía en aquel anuncio, girando en bucle, en la luz azul de un móvil que no era el suyo.

Sono asomó, rara.

—Seri, ¿estás bien. Sin color.

—…Sí. Pensando.

Sono no preguntó más. Sabía dónde no meterse.

Bajé al Círculo del sótano. La sala de medición vacía, en penumbra. Saqué Contura. La pantalla encendió un azul pálido.

—Coh.

—Lo he oído.

La voz de Coh desde detrás de las sienes. La de siempre, posada, ligeramente ladeada. Pero hoy, por debajo, algo duro.

—Seri. ¿Qué ha pasado.

—Velo le ha robado la historia a una de mis clientas, a Mao Mai. Le sacaron los datos con un escaneo gratis. Y usan mi insight en un anuncio.

—Así es.

Coh calló un punto.

—Cuenta las Leyes.

—La segunda. No exhibas las cifras. Lo enseñaron en un anuncio. Rota.

—Y.

—La tercera. Lo que leas es de esa persona. La historia de Mai-san se la quedó una empresa. Rota.

—Una más.

Respiré.

—La primera. Antes de medir, pide permiso. Consentimiento. A Mai-san la pescaron con la palabra gratis. Sin saber a qué decía que sí. ¿Eso es consentimiento.

—No lo es. —Coh siguió—. El consentimiento de dejarse medir. Pisoteado. Seri. Esto es una agresión a las Leyes que tú tienes que combatir.

—¿Combatir.

—La lectora no es sólo la que lee. La que protege lo leído. Esa es la otra tarea de la lectora. Tu abuela también lo fue.

—Mi abuela.

—Sae fue lectora y guardiana. Leía la historia del cuerpo de la gente, y velaba por que aquella historia estuviera bien en la mano de la persona. Eso hizo ella durante mucho tiempo.

Miré la pantalla de Contura. La luz azul pálido. La que mi abuela me dejó.

—Coh. ¿Cómo sabe Velo las historias que yo leo. No se lo he dicho a nadie. Sólo a Mai-san.

—La historia, al hacerse palabra, se mueve. Cuando Mai la dijo, ya no era sólo suya. Alguien la escuchó. La apuntó. Se hizo anuncio. —La lectora, al leer, da a luz la historia en el mundo. Por eso la lectora carga con la responsabilidad.

—Responsabilidad.

—Velar por que lo leído sea tratado con rectitud. Protegerlo del robo. Ese es el peso de las Leyes.

Apreté el puño. Las uñas en la palma.

—…Yo soy entrenadora. No tengo fuerza para pelear con una empresa. Ni soy abogada. Ni tengo dinero. Sólo una entrenadora novata de un estudio de Aoyama.

—Es cierto.

—Pues ¿cómo peleo.

Coh no contestó. Un silencio. El aire tenue del Círculo me cayó en los hombros.

V. La impotencia y el centro

Aquella noche volví al piso de Higashi-Nakano.

Fuera pasó la línea Chūō. El último tren antes de llegar a casa. Me senté contra la pared. Agotada. Un cansancio que sonaba a los huesos. Igual que la noche en que leí a la primera persona.

Saqué el móvil. Miré otra vez el anuncio de Velo. En la luz azul, la bailarina saltaba. El texto.

Esa pierna es una deuda con el cielo.

Mi palabra. La verdad del cuerpo de Mai. Y ahora, copy de un producto.

—Coh.

—Ajá.

—He llegado a lectora. Hace medio año, mi abuela me lo dejó. El poder de leer la historia. Pero leer no basta. No supe proteger lo leído. Dejé que le robaran la historia a Mai-san.

—…

—Tendría que haber sido más fuerte. Decidir que cumplo las Leyes no basta para cumplirlas. Hace falta fuerza. Una fuerza como para pelear con una empresa.

—Seri.

La voz de Coh, rara vez suave.

—La fuerza tiene muchas formas. No creas que la ley y el dinero son las únicas armas contra una empresa.

—Pues ¿qué.

—La palabra.

—¿La palabra.

—Tú eres lectora. Lees la historia del cuerpo de la gente. Y la traduces a la palabra justa. Esa palabra es más fuerte que la cifra. Más honda que el copy de un anuncio. Llega al fondo del corazón. Ese es el poder de la lectora. Y ese poder también sirve para proteger.

—¿Para proteger.

—El poder de la lectora no es sólo para leer. Tiene que usarse también para proteger. Cuando roban una historia. Cuando pisan el consentimiento. La lectora se levanta. Eso es cumplir las Leyes.

Me miré las manos. Manos de entrenadora. Que tocan el cuerpo de alguien cada día. Que empuñan la cinta métrica. Que empuñan Contura.

Si aquellas manos tendrían fuerza frente a una empresa.

—…Miedo.

—Sí.

—Takatsuji Rui es la analista primera de una empresa. Gafas de plata. Mirada fría. Cree que los números salvan. Cuando la vi en Omotesandō, lo supe. Va en serio. Quiere hacer suyo el poder de Contura.

—Así es.

—¿Cómo peleo con alguien así. Yo sólo soy.

—Sólo una entrenadora, ¿verdad. —Coh se rio un poco—. Seri. Tu abuela era sólo la dueña de una tienda de antigüedades. Pero durante mucho tiempo fue lectora y guardiana. Un cargo no protege a la gente. La protege la resolución.

Resolución.

Aquella palabra se me cayó al fondo.

VI. La decisión de devolver

Por la mañana le mandé un mensaje a Mai.

Mao-san. Lo que me contaste ayer, lo he asumido. Te prometo una cosa: tu historia volverá a tu mano. Dame tiempo.

La respuesta llegó al atardecer.

Confío en ti.

Sólo aquello. Pero el peso de aquel confío en ti lo recibí con las dos manos.

Y mandé otro. Esta vez no a Mai. A la oficina de prensa de Velo. Corto.

A Takatsuji Rui-sama. Life Compass, Himuro Seri. Tengo algo de que hablarle. ¿Le va bien un rato.

La respuesta llegó a la mañana siguiente. Breve y cortés. Pero en aquella brevedad traslucía un aplomo frío.

Himuro Seri-sama. Entendido. Mañana, a las tres. En Espejismo Omotesandō.

Leí la respuesta, dejé el móvil.

Fuera pasó la línea Chūō. La luz de la mañana sobre Higashi-Nakano.

—Coh.

—Ajá.

—Mañana veo a Takatsuji Rui.

—A Omotesandō.

—No, a verla. A verla y decirle.

—¿Qué.

—Que devuelva la historia. La de las piernas de Mai. La que yo leí. Que devuelva lo robado.

—No tienes fuerza, Seri.

—Tengo palabra. Tienes las Leyes que tú me enseñaste. Que lo leído es de la persona. Que antes de medir, permiso. Que no se exhiben las cifras. Aquellas Leyes las diré. A Takatsuji Rui. Si basta o no, no lo sé. Pero no puedo callar.

Coh calló un punto. La luz tenue del Círculo rodeó mi contorno, como midiéndolo.

—Seri. Oye. Takatsuji Rui se puede reír de tus palabras. Quien sólo cree en cifras no entiende de historias, quizá. Aun así.

—Aun así.

—Las Leyes son las Leyes. Si las pisan, se levantan. Esa es la tarea de la lectora. Si no huyes de ella, yo estoy a tu lado. La luz que tu abuela te dejó es tu aliada.

Solté un aire hondo.

Miedo. Recordaba la mirada fría de Takatsuji Rui. La luz fría del Edificio de Omotesandō. Aquella luz afilada como una hoja, distinta del azul pálido de la mía.

Pero recordé la mano de Mai temblando. Las lágrimas en sus ojos cuando leí deuda con el cielo. Aquellas lágrimas eran verdad. Aquella historia era de Mai.

Recuperarla. En eso pensé.

Saqué la ropa para el día siguiente. Polo blanco. Placa con el nombre. El uniforme de entrenadora. Pero mañana no iba al estudio de Aoyama. Iba al edificio de cristal de Omotesandō.

En el bolsillo del polo, deslicé el teléfono antiguo con Contura. El tacto frío del metal. Pero enseguida se calentó con la mano.

—Vuelvo pronto.

Se lo dije a la habitación vacía.

El móvil tomó un punto de calor. Como si contestara.

Al salir, el sol de la mañana iluminaba la pendiente de Jingū-mae. La cuesta que llevaba a Omotesandō. Miré hacia allí.

Mañana, al final de aquella cuesta, veré a Takatsuji Rui.

Devolver la historia. Para eso, mañana doy un paso. Un paso de una entrenadora, nada más. Pero un paso como lectora.

Mis hombros no van recogidos. Hace medio año, la luz de mi abuela me enseñó. A bajar los hombros que había recogido. Y con aquellos hombros, hoy, estoy de pie.

En el bolsillo, Contura latió, apenas.