Parte IV — La memoria de Contura

Capítulo 32. La sala del códice

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I

La escalera tenía doce peldaños.

Al pisar el primero, la madera crujió, shii. Sonido seco, viejo. No había pasamanos. Fui bajando con las yemas de los dedos arrastradas por el yeso de la pared. Kuze bajaba detrás. Sus pisadas, más livianas que las mías.

—Coh, luz.

—Voy.

Desde el móvil en el bolsillo se filtró una luz tenue. No el azul habitual, sino una luz cercana a la de la luna, blanquecina. Se me extendió por la mano, subió por el brazo, me llegó al pecho. Coh me acompañaba.

En la pared de la escalera flotaba algo. Al dar la luz, vimos, sobre el yeso, líneas finas dibujadas. Parecían letras, parecían también figuras. La línea del contorno de un cuerpo. Hombro a cintura, cintura a cadera. Al lado, una hilera de caracteres pequeños. No los supe leer. Pero se notaba que estaban puestos a propósito.

—Esto…

—Luego. —Coh, corto—. Primero, baja.

El aire del subsuelo me dio en la cara. Frío, húmedo, pero sin mal olor. Alcanfor, papel viejo, incienso. El olor de mi abuela. El que había sentido al abrir el cartucho antes del aniversario. Aquél no era el olor de ella, sino el de lo que ella había cuidado.

Al bajar el último, los pasos se nos hundieron en tierra.

II

El subsuelo era más amplio de lo que había imaginado.

El techo, bajo. De pie, mi cabeza casi tocaba las vigas de yeso. Pero, a lo ancho, se abrían tres salas, una detrás de otra, separadas por cortinas de tela. Tela vieja, de un añil que se había desteñido hasta un gris cercano. Pero, aquí y allá, un hilo dorado brillaba, tenue.

La primera sala estaba vacía. Pared de tierra y, al fondo, una lumbrera, no, una ventilación. No entraba luz de afuera.

En la segunda sala, me detuve.

Había una estantería.

Ocupando toda la pared, estantes de madera. Y, sobre ellos, una fila. Libros de cuentas. Rollos. Manojos de papel. Cajas de madera lacada en negro. Una hilera larga. Una capa fina de polvo por encima. Pero, bajo el polvo, se notaba el rastro del cuidado. Alguien había bajado a tocar, de cuando en cuando.

—Esto…

La voz se me quebró. Kuze, al lado de la cortina, callaba. No entraba. Me miraba entrar. La lectora, de pie ante el códice. El copista, detrás. La forma de la pareja.

Cogí el primer libro, con cuidado. La tapa, sin título. Sólo las esquinas gastadas. El papel estaba fresco. Lo abrí.

Sobre las rayas, una hilera de números finos. La parte del cuerpo, en un carácter.

Hombro 42 Pecho 78 Cintura 68 Cadera 92 Muslo 51

Al margen, una anotación diminuta. Letra de pincel. Sin temblar. Mano firme.

—Hombro derecho, ancho. Tiene la costumbre de cubrir a otros.

Contuve el aire.

Aquel libro lo conocía.

Lo había visto antes del aniversario, en el cartucho de la trastienda. El segundo cajón. Un fajo de cuentas, lo llamó mi madre. Yo pensé: registro de medidas, y lo dejé al fondo. Hombro 42, cintura 68, cadera 92. Aquellos números. Pensé que eran una lista de cifras de alguien, de algo.

Pero estaban aquí. En el subsuelo. En el cuarto al que mi abuela nunca me dejó bajar. Aquel libro era parte del códice. Una hoja encuadernada que se había colado entre los cartuchos.

—Coh, esto…

—Códice, Seri. —Coh, en calma—. El códice del arte del contorno. Tu abuela lo reunió, lo copió y lo cuidó durante cincuenta años. Aquí hay varias decenas de libros. En cada uno, un fragmento del arte.

Me quedé de pie con el libro en la mano. Miré la estantería. Más de treinta. En los lomos, un número. Uno, dos, tres… Algunas series se cortaban. Pero el orden existía. Mi abuela no se había limitado a juntarlos. Los había clasificado. Como lectora, había querido consolidar el saber en un sistema.

III

—Lee.

Dijo Coh. Dudé; después, me senté en el suelo de tierra, ante la estantería. Como se sentaba mi abuela en el cuarto del fondo de la tienda. Con el libro sobre las rodillas.

Pasé páginas. Números y, al lado, frases cortas. Sin nombre. Pero cada página con algo parecido a una fecha. En era de emperor.

Hombro 38 Pecho 72 Cintura 64 —Fina. Pero fuerte de núcleo. Persona que se sostiene sola.

Hombro 45 Pecho 95 Cintura 88 —Hombros anchos. Ha cargado a alguien a la espalda.

Hombro 41 Pecho 84 Cintura 72 —Hombro derecho recogido. Intenta parecer más pequeño.

En la última, se me paró la mano.

Los números me eran familiares. Los míos. Casi iguales a los de aquella noche, la primera medición de Contura.

—Ésta, ¿soy yo…?

—No. —Coh— Es el registro de alguien de antes. Pero se parece. El tipo de cuerpo se transmite, Seri. La sangre hereda también el contorno.

Volví páginas. Abrí la primera.

Una línea, con la letra de mi abuela.

Códice del arte del contorno, tomo decimotercero. Sobre leer el relato del cuerpo. Himuro Sae, copiado.

Copiado.

—Sae copió. Los viejos textos, uno a uno, con su mano. Ésa es la verdad del fajo. —Coh bajó la voz—. Seri, aquí hay fragmentos del arte del contorno. Registros de agrimensores de Edo, manuales de comadronas, tratados de cuerpo de maestros de armas. Sae quería unificarlos. Quiso resucitar, como libro, una técnica interrumpida.

Miré la estantería. En los lomos, etiquetas pequeñas. Medición, Parto, Armas, Cura. Marcas de clasificación.

—El arte del contorno… —dije—. Existió de verdad.

—Existió. Desde Edo.

La voz de Coh cambió. No la de siempre, ladeada. Más quieta. Como si hablara de sí mismo.

—Hubo agrimensores, Seri. En la era Edo, los que median la tierra. No sólo median la tierra: median también a las personas. Veían el mundo con la misma vara. Para ellos, la pendiente al pie de una montaña y el ancho de un hombro eran la misma operación: leer una forma.

—La misma vara.

—Las comadronas también eran lectoras. Al nacer un niño, le median el cuerpo, leían la forma. Era la primera pista para leer su carácter. Los maestros de armas leían el cuerpo del rival para ver la fuerza y el vicio. Cuentan que un espadachín consumado, sólo con el ángulo de los hombros del contrario antes de sacar la espada, decidía el combate.

—Todo, técnica de leer el cuerpo.

—Sí. El arte del contorno no es una escuela. Es el conjunto de todo el saber del cuerpo que lee el relato desde las medidas. Pero…

Coh dejó un silencio.

—La modernidad lo borró.

—¿Lo borró?

—Desde Meiji, el cuerpo pasó a ser número. Estatura, peso, pecho. En el reclutamiento, en la escuela, en el hospital. La cifra se usó para gestionar a la gente, no para leerla. Para clasificar. El arte del contorno quedó como superstición. Los agrimensores se perdieron, las comadronas fueron apartadas por los hospitales, las artes marciales se volvieron deporte. La técnica de leer el cuerpo se interrumpió.

Apreté el libro. Interrumpido. Pero aquí estaba. Mi abuela lo había copiado. Durante cincuenta años.

—La familia de Sae fue de las pocas que quedó. Al final de Edo, una familia de agrimensores dejó registro de la técnica. Pasó de mano en mano, hasta Sae. Ella lo guardó aquí.

—Mi abuela, todo este tiempo…

—Cincuenta años. En esta tienda, en secreto. Recibía gente, medía, leía, registraba. Los números de los libros son de esas personas. Sin nombre. Era la Ley. Lo que se lee es de la persona. En el registro, sólo la forma y el fragmento del relato.

Las Leyes. Las que Coh me había enseñado la primera noche. Pedir permiso. No exhibir. El relato es de la persona. Desde la época de mi abuela, sin cambio. Ella, en secreto, mientras cumplía las Leyes, leyó. En el fondo de la anticuaría de Kagurazaka.

—Coh.

—Mm.

—Tú sabes esto. Todo.

Coh calló un momento. Y dijo:

—Lo llevo dentro. Desde que me encendí. Quien escribió Contura integró en mí el saber del códice. Por eso soy, a la vez, aplicación y técnica antigua. Dentro del código vive el arte del contorno.

Las palabras de Kanade Kuze. Contura es el arte del contorno reescrito en código. Pero, para mí, era una idea abstracta. Ahora, delante, estaban los libros que le servían de origen. La letra de pincel de mi abuela. Dos siglos de saber del cuerpo.

—Por eso —dije— Contura, siendo aplicación, lee como una magia.

—No es magia. —Coh rio un poco—. Es memoria. La honestidad de generaciones que se enfrentaron al cuerpo.

IV

Abrí otro libro. Más viejo. Papel amarillo, que se deshacía al tocarlo. Coh bajó la luz. El papel viejo rehúye la luz, dijo.

—Bunka 7 (1810). Agrimensor, anónimo. Medir la tierra es medir a la persona. La espalda de la montaña, la cintura del río, la cadera del campo. La tierra tiene forma de cuerpo. Por eso, quien conoce la tierra, conoce el cuerpo.

—Bunka 7…

—1810. Hace más de doscientos años.

Doscientos años. Durante doscientos años, alguien había seguido leyendo el cuerpo de alguien. Agrimensores, comadronas, maestros de armas. Y, al final, mi abuela. Al fondo de aquella cadena, yo.

Kuze, desde el otro lado de la cortina, en calma:

—Ojisan. Lo que has heredado no es la aplicación.

Me volví. La cara de Kuze, medio oculta en la sombra de la cortina.

—La aplicación es la puerta. Lo que has heredado es la mirada. La mirada que no juzga al cuerpo, que lo lee. La mirada que generaciones fueron puliendo, frente a cada persona. Ésa la tienes. De Sae.

Me miré la mano. La mano de entrenadora. Tocando el cuerpo de alguien cada día. Probando la elasticidad de un músculo, midiendo el rango de una articulación. Yo lo llamaba evaluar. Tomar la cifra, apuntarla, hacer un plan.

Pero mi abuela había hecho lo mismo. Sólo que, en vez de evaluar, lo llamaba leer. Tomar la cifra, para devolver un relato.

El mismo tacto. La misma mirada. Yo había llevado dentro, sin saberlo, el oficio de mi abuela.

—Lo que heredé… —dije—, no es una aplicación práctica.

—La aplicación es una herramienta. —Kuze—. La herramienta, según se use, es cuchillo que corta o aguja que cose. El arte del contorno era la técnica de convertir esa herramienta en aguja de leer. Sae te confió la aguja.

—Aguja.

—El cuerpo se parece a la tela, Seri. —Coh— Se deshilacha, se rompe, se cose, se vuelve a deshilachar. La lectora lee el deshilache. Dónde tira, dónde cede. Y no cose. Sólo lee, y devuelve. La costura la hace la persona.

Cerré el libro. Sobre la palma, el peso del papel viejo. Doscientos años de peso.

V

Al fondo de la estantería, un fajo distinto. Papel más nuevo. Sin rayas, hojas blancas, como un cuaderno. Lo saqué.

En la tapa, con la letra de mi abuela:

Sae, lee y apunta.

—El propio cuaderno de mi abuela…

Lo abrí.

Dentro estaban los relatos de los cuerpos que ella había leído. Sin nombres. Pero con fecha, una cifra que parecía edad, las medidas del cuerpo y, al fondo, una frase: el relato leído.

  1. Mujer, probablemente en sus treinta. Hombro 39 Pecho 76 Cintura 62. —Cuerpo de posparto. Los músculos del vientre no acaban de cerrar. Pero esa holgura es la marca de haber alojado vida. No es para avergonzarse.
  1. Hombre, probablemente en sus cincuenta. Hombro 46 Pecho 98 Cintura 92. —Hombro izquierdo, subido. Largo tiempo inclinado sobre un escritorio, escribiendo con la mano derecha. El cuerpo toma la forma del trabajo.
  1. Mujer, probablemente en sus veinte. Hombro 40 Pecho 82 Cintura 64. —Extremadamente fina. Pero la musculatura del hombro, tensa. No come. El cuerpo está peleando con algo.

En la última, se me calentaron los ojos. Era la forma de mi propio pasado. Acaso mi abuela había leído mi cuerpo cuando yo me debatía con el trastorno. O el de alguien que se me parecía. Pero la frase me llegó como dicha para mí.

—Mi abuela era lectora.

—La última, se consideraba a sí misma. —Coh.

Mi abuela, durante décadas, frente a cada persona. En el cuarto del fondo, pasando las páginas del códice. Recibía gente, medía, leía, registraba. Sin dejar nombre. Sólo la forma y el fragmento del relato. Se sentaba frente al cuerpo de cada uno y escuchaba lo que contaba.

Yo, en el Círculo de Life Compass, sentada frente a cada cliente, hacía lo mismo. Yo estaba en el mismo lugar que mi abuela.

VI

Pasé hacia el final del cuaderno. Las páginas se cortaban a media marcha.

El último registro tenía fecha de 2016. Estaban las medidas. Hombro, pecho, cintura, cadera. En fila. Pero faltaba la frase. Debajo de las cifras, se veía el rastro del pincel de mi abuela, detenido. Letra temblorosa. Borrado a medias. O no terminado.

Al pie de la página, en pequeño, se leía:

No llegué a leerlo. Ya no puedo leerlo.

Leí aquello varias veces.

No llegué a leerlo. Ya no puedo leerlo.

¿De quién sería aquel relato? Mi abuela había intentado leerlo, y no había podido. O había llegado el momento de leer y no había leído. Y, después, ya no pudo. El cuerpo allí, las cifras tomadas, pero el relato no había salido. O había salido, y ella misma había decidido que no debía salir.

—Coh.

—…Mm.

—¿Qué significa no llegué a leerlo?

Coh dejó un silencio.

—También la lectora tiene relatos que no puede leer, Seri. Las cifras salen. La forma se ve. Pero la frase que va debajo no llega. Eso pasa cuando la lectora está demasiado cerca del relato.

—Demasiado cerca.

—De su propio cuerpo. Del cuerpo de alguien que ama. La emoción le nubla la vista. Las cifras son exactas. Pero el relato se tuerce. Por eso Sae no leyó. No es que no pudiera: no leyó. Sabía que no iba a leer con verdad.

Acari cié la página. El temblor del pincel de mi abuela.

Pasé a la siguiente hoja.

Blanca.

Nada escrito. Sólo, en una esquina, con la letra de mi abuela:

Mi propio relato.

Se me cortó el aire.

¿Mi abuela había intentado leer el relato de su propio cuerpo? Y no había podido. O había querido, y había decidido que no debía. La lectora no puede leer su propio cuerpo, había dicho Coh. O, cuanto más lo intenta, más se aleja el relato.

La página blanca brillaba, en la penumbra del subsuelo. Como si lo que debería haber estado escrito allí durmiera como tinta invisible. El hueco que mi abuela dejaba, al final de toda su vida de lectora.

—Coh.

—Mm.

—¿Es éste el relato de mi abuela?

Coh calló largo rato. La luz vaciló.

—¿Quieres leerlo, Seri?

—¿Se puede?

—Las medidas del cuerpo de Sae están en los datos iniciales de Contura. Pasaron a ti cuando heredaste la aplicación. Sae había confiado su propio contorno a Contura. Para que tú, al final, lo leyeras.

—¿Mi abuela, a mí?

—Sí. Pero…

La voz de Coh, rara vez, se hundió.

—Eso es para el siguiente paso. Aquí abajo pesa demasiado para leerlo. Seri, subamos. Kuze está esperando.

Pasé el dedo por la página blanca. El frío del papel. Debajo, algo parecía dormir. La frase que mi abuela no pudo escribir. El relato que no pudo leer. Ahí seguía.

—…Vale.

Envolví el cuaderno en un paño, con cuidado. Miré otra vez la estantería. Los más de treinta volúmenes del códice. Dos siglos de mirada al cuerpo. Y, al final, la página en blanco de mi abuela.

Me puse de pie. Las rodillas, medio dormidas.

Subí la escalera. Doce peldaños. La madera fue crujendo, uno a uno, a medida que me acercaba a la superficie. La luz de Coh me alumbraba suave alrededor.

Al abrir la puerta corrediza, entró el aire de la tienda. Seco, caliente. Kuze estaba sentado en una silla. El catálogo que tenía en la mano, cerrado. Desde que yo había bajado, no había pasado ni una página. Sólo esperaba.

Al verme, se levantó.

—¿Encontraste?

—Sí.

—¿Qué viste?

Apreté contra el pecho el cuaderno envuelto.

—El relato que mi abuela no llegó a leer.

Kuze entornó los ojos. Sin decir nada, abrió la puerta de la tienda. Entró el aire de la noche de Kagurazaka. No se veían estrellas. Pero las farolas iluminaban la cuesta.

Bajé la cuesta con el cuaderno en brazos. El relato que tocaba leer a continuación era el de mi abuela. El papel, contra mi pecho, estaba tibio. El callejón olía a lluvia reciente y, en la cuesta, las farolas acababan de encenderse, con esa naranja que, de niña, me parecía el color de la noche de Kagurazaka.