Parte IV — La memoria de Contura
Capítulo 33. El relato de la abuela
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La última página del códice se cortaba a media frase.
En el subsuelo de Kagurazaka, al fondo del almacén de Himuro-ya. Bajo la luz que Kanade Kuze levantaba, la página flotó. Papel japonés fino, con apretada letra de pincel. La genealogía del arte del contorno, las maneras de la lectora, el cuerpo de saber para leer el relato alojado en el cuerpo. Todo, arpillado allí.
Pero las últimas hojas eran distintas.
La letra cambiaba. No la pulcra caligrafía antigua que llenaba las páginas anteriores. Una letra más suelta, un poco temblorosa, aunque cuidada. Conocía aquella letra. De niña, cada fin de semana, había visto la espalda de mi abuela apuntando algo en el libro de cuentas. Era la misma.
—La letra de mi abuela.
La voz se me disolvió en el aire húmedo del almacén. Kuze, sobre mi hombro, ojeó la página.
—La letra de Sae. Sin duda.
—La añadió al códice. Con su mano.
—Sí. Esta parte no es copia del original. Es un capítulo que Sae añadió.
Acercué la yema al último renglón, cortado.
—…Aquello comprendí por fin. Leer no es mirar a escondidas. Es devolver. Pero, hasta comprenderlo, yo…
Ahí se cortaba la letra. Una mancha de tinta cubría lo que seguía. O no había podido escribirlo. O había levantado el pincel.
II
—Coh.
Llamé a la pantalla de Contura. En la penumbra del almacén, sólo la luz azul pálido de la pantalla sostenía la vista.
—¿Qué es esto? ¿Qué iba a escribir mi abuela?
Coh tardó en contestar. Las partículas de la pantalla temblaban despacio. Como si, en algún lugar más profundo, descifrara algo.
—Seri. Tu abuela, Himuro Sae, fue lectora.
—Eso ya lo sé.
—No. No lo sabías. —La voz de Coh desde las sienes. Algo más pesada que de costumbre—. La noche que tuviste Contura por primera vez, me preguntaste: ¿mi abuela todo este tiempo, esto?. Yo te dije: los últimos tiempos, lo había dejado. Pero Sae no fue una lectora cualquiera.
—¿No fue una lectora cualquiera?
—Despertó como lectora. Y usó la fuerza. Profundamente, más que nadie. Y, una vez, cometió un error.
El aire del almacén pareció enfriarse. Las palabras de Coh cambiaron la temperatura.
—Un error.
—Está en el códice. Con las palabras de Sae. En la página que intentas leer ahora.
Bajé otra vez los ojos a la frase interrumpida.
…hasta comprenderlo, yo…
Yo, qué. ¿Qué había hecho mi abuela?
III
Coh empezó a contar.
Sae despertó como lectora a los diecinueve. En la Kagurazaka de la posguerra. En el almacén de Himuro-ya dormía el códice. El saber que la familia había cuidado durante generaciones. Desde niña, Sae no podía apartar los ojos del cuerpo de la gente. En una línea del códice, por primera vez, encajó.
La tirantez del hombro es señal de que algo había que proteger.
Una clienta asidua, viuda de guerra, tenía los hombros anormalmente tensos. No era para proteger. La noche del bombardeo, para cubrir a su hijo, había levantado los hombros. Aquel recuerdo del cuerpo seguía allí, diez años después. Los hombros aún escuchaban el rugido de los motores. Cuando Sae le dijo aquello, la mujer lloró. Y los hombros bajaron un punto.
Sae pensó que aquella fuerza era su misión.
—Hasta ahí, bien —dijo Coh—. Sae fue honesta. Pedía permiso, leía, devolvía. Himuro-ya, bajo la fachada de anticuaría, se convirtió en una casa de lectoras.
—Entonces, ¿qué pasó?
—La fuerza creció.
IV
La voz de Coh bajó.
El nombre de Sae como lectora corrió en silencio. Llegaba a Kagurazaka gente con dolor en el cuerpo. Sae los recibía uno a uno, con honestidad.
Hasta que, un día, leyó el cuerpo de un hombre.
Dueño de una sastrería cercana. Casado. Dos hijos. En el cuerpo del hombre, Sae leyó. Varias marcas viejas en el cuerpo de su mujer. Una desviación leve de las costillas. Supo que eran huellas de impactos externos.
El desarrollo asimétrico de la musculatura del hombro del hombre. Cierta dureza en una zona de la palma derecha. Sae sabía lo que aquello significaba.
Golpeaba a su mujer.
Sae se indignó. Le subió, recta, la justicia. Y transmitió a la policía lo que había leído. El relato de violencia que el cuerpo del hombre contaba. El relato que el cuerpo de la mujer llevaba grabado sin poder alzar la voz.
Pero la mujer no lo había querido.
La mujer fue a ver a Sae. Lloró. Preguntó: por qué, sin permiso. Por qué el relato de mi cuerpo, contado a alguien sin que yo lo autorizara. Si yo aguantaba, bastaba. ¿Mi cuerpo no es mío? ¿No soy yo quien decide a quién contar mi relato?
Sae se heló.
Había sido buena intención. Justicia. Había querido salvar. Pero la mujer le dijo: me has robado el cuerpo.
—…Mi abuela…
La voz me tembló. En la penumbra del almacén, mi propia voz sonaba a otra persona.
—Mi abuela utilizó el relato que había leído sin permiso de la persona.
—Así fue. —Coh—. Sae se confió a la buena intención. Creyó que su justicia era la correcta. No dudó de que la fuerza de la lectora salvara. Pero, fuera cual fuera la razón, que la lectora transmita a un tercio el relato que ha leído, sin permiso de la persona, supera la mirada a escondidas. Es robo.
Tragué aire.
Recordé la noche del capítulo 20. Coh me había preguntado: ¿crees que estás salvando, o robando relatos?. Cuando leí a Chiyo sin permiso, yo misma dije que era casi un robo.
Mi abuela había sufrido el mismo dolor. Más hondo. De una manera irreparable.
—Después, Sae dejó de leer una temporada. Le tuvo miedo a su propia fuerza. Pero…
—¿Pero?
—La fuerza no se borró. Cuando Sae veía un cuerpo, captaba el relato. Aunque no quisiera, leía. Llegó a maldecir sus propios ojos.
V
—Entonces, ¿mi abuela hizo las Leyes?
—Sí. —Coh—. Después del error, Sae se enfrentó mucho tiempo a su culpa. Y dejó escritos cinco preceptos.
Me senté ante el códice. La voz de Coh resonó.
—La primera. Pedir permiso antes de medir. Vino del grito de la esposa del sastre. Lo que se lee no se entrega a nadie sin permiso de la persona.
—Consentimiento.
—La segunda. No exhibir las cifras. De joven, Sae se enorgullecía de su arte de lectora. Mostrarlo asombraba y atraía ruego. Casi se hunde en aquella tentación. La exhibición es enemiga de tratar las cifras como lo que son, ni condecoración ni vergüenza, sólo relato.
—No exhibir.
—La tercera. Lo que se lee es de la persona. Son las palabras mismas de la esposa del sastre. Mi cuerpo es mío. Mi relato lo decido yo a quién contar. La lectora sólo se lo confían.
Aquellas Leyes las había aprendido de mi abuela, con sangre y lágrimas.
—La cuarta. No falsificar la frescura. Sae, en una ocasión, le presentó a una clienta registros de diez años atrás como si fueran el estado actual, y perdió su confianza. El cuerpo cambia. El relato envejece. No se puede hablar del hoy con un relato viejo.
—Frescura.
—Y, la quinta. —La voz de Coh se ablandó—. El contorno no se usa sólo para cambiar. Se usa también para aceptar.
Levanté la cara.
—Esto lo aprendió Sae al final. La fuerza que empuja a salvar, la mente de justicia. A veces, se vuelve presión para que la persona cambie. Cambiar no es la única salvación. El cuerpo de esa persona, tal cual está hoy, tiene un relato. Recoger aquel relato, tal cual. También es oficio de la lectora.
Las cinco Leyes. La noche que encendí Contura por primera vez, Coh me las enseñó. Pensé que eran la filosofía de diseño de la aplicación. Una especie de condiciones de uso.
Me equivocaba.
Eran la forma de las heridas que una lectora, dentro de su propio error, había ido recogiendo una a una.
VI
—Ojisan.
Kanze Kuze habló, en calma. En una esquina del almacén, siempre había estado. Bajo la capucha, los ojos sobre el códice.
—Sae, para no repetir su error, tomó una decisión.
—¿Decisión?
—Sello la fuerza. Para que nadie usara mal la fuerza de la lectora. Junto con las Leyes, la encerró en un recipiente.
—¿Recipiente?
—Contura.
Miré la pantalla. La luz azul pálido. Contura. Las letras blancas.
—¿Mi abuela convirtió el arte del contorno en una aplicación?
—Para ser exactos, participó en el intento de reescribir como código el saber del arte que su familia había cuidado. Las casas Kuze y Himuro. Las dos familias de lectoras se unieron. Traducir el arte a una forma usable por cualquiera. Eso es Contura.
—Pero, ¿por qué? Si el arte del contorno debía mantenerse oculto…
—Si se mantiene oculto, se interrumpe. —La voz de Kuze, con un matiz de emoción—. Sae lo temió. Pero, si se difundía tal cual, quien despertara como lectora cometería el mismo error que ella.
—Así que lo selló con las Leyes.
—Sí. Contura no es una aplicación de medición cualquiera. Es un recipiente donde el saber del arte del contorno está encerrado, indisociable de las Leyes. Quien usa la aplicación toca, de modo natural, las cinco. Pedir consentimiento. No exhibir las cifras. Devolver el relato como cosa de la persona. Esa arquitectura es la expiación de Sae.
Rodeé Contura con las dos manos. Debajo del metal frío, años de arrepentimiento condensados.
Mi abuela había quemado su error dentro de la aplicación. Y se la había confiado a su nieta. Para que yo no repitiera el error.
—Abuela.
—Perdón. Todo este tiempo, sin darme cuenta.
La pantalla de Contura, fut, se encendió. Las partículas me danzaron en la mano. Estaban tibias.
VII
—Seri. —Coh—. La noche del capítulo 20 me preguntaste: ¿salvo a la gente, o robo relatos? ¿Recuerdas la pregunta?
—Recuerdo. No la olvido.
—Sabes qué significa que sigas cargando con la pregunta.
No supe contestar. Pero, en el fondo del pecho, algo empezaba a tomar forma.
—Sae llevaba la misma pregunta. ¿Hago lo correcto, o me dejo llevar por la fuerza? Nunca se le borró. Vivió con esa duda hasta el final.
—…Mi abuela también dudaba.
—Dudaba. Como tú. Y, de aquella duda, nacieron las cinco Leyes. La lectora que no duda es la más peligrosa.
Recordé aquella noche. El piso de Higashi-Nakano. Abrazada a las rodillas. Sin saber si robaba o si hacía un regalo. Aquel dolor.
Era lo que había heredado de mi abuela. El miedo de la lectora. La sospecha de robar el relato. No era debilidad. Era la cara visible de la honestidad. La honestidad que mi abuela había adquirido con sangre y lágrimas. Y me había llegado por la sangre.
—Coh. Me da miedo. Que, si la fuerza de lectora crece, cometa un error como el de mi abuela.
—Conserva el miedo. La lectora que no lo lleva comete el error.
—Pero, si me quedo parada por el miedo…
—No te quedes. Lee, con miedo. Ése fue el camino que eligió Sae. Y el que te confió.
Bajé otra vez la mirada a la página cortada.
…hasta comprenderlo, yo…
¿Qué había querido escribir mi abuela? ¿Arrepentimiento? ¿Perdonarse a sí misma? ¿O la decisión de seguir viviendo como lectora? Donde el pincel se detuvo, el resto me correspondía escribirlo a mí.
VIII
—Seri. Una última cosa, que no te había dicho.
La voz de Coh cambió. No la ladeada de siempre. Sacada del fondo.
—Los últimos tiempos, Sae tenía la conciencia nublada. Pero, una noche, abrió los ojos de repente y me dijo.
Contuve el aire.
—Seri va a estar bien. Esa niña sabe acompañar el dolor de los demás.
Bajó un silencio sobre el almacén.
Lloraba. Desde cuándo, no sabía. La mejilla húmeda. Las lágrimas corrían por la barbilla. Puse la mano para que no cayeran sobre el papel japonés del códice.
—Abuela.
La voz rota. Sin palabras.
Los últimos tiempos, mi abuela hablaba de mí. De que yo estaba bien. De que sabía acompañar el dolor.
Era la confianza que ella no había encontrado en sí misma. Sae no se había perdonado su error. Pero creía que su nieta no repetiría el error. La confianza pesaba. Calentaba. Las dos cosas.
—Coh. No puedo prometer que no seré como ella. Pero —apreté Contura contra el pecho— sigo siendo lectora. Con miedo, con duda. Lo que mi abuela no alcanzó a leer, yo me hago cargo. A la confianza que me tuvo al final, respondo.
Coh no dijo nada. La luz de la pantalla, fut, se encendió fuerte, después volvió. Como asintiendo.
Kuze se acercó, en calma, desde la esquina.
—Ojisan. Sae te lo confió. Tú lo recibiste. Pero…
Los ojos le brillaron en la penumbra.
—Aún no hemos hablado del precio de la lectora.
—El precio.
—Los últimos tiempos, Sae decía que el relato de su cuerpo se estaba descoloriendo. El precio de haber leído el relato de otros sin parar. En el capítulo 20 te lo dije. Pero era la superficie.
—La superficie.
—El precio de la lectora no es sólo el descolorimiento de la frescura. Llega más hondo. Hay cosas que debes saber.
Miré a Kuze. Miré la pantalla.
—¿Cuándo me lo cuentas?
Coh respondió:
—Ahora, no. La noche que has recibido el relato de Sae en este almacén, basta. El cuerpo no da para más.
—…Vale.
Me puse de pie. Las rodillas me temblaban un poco. El cuerpo pesado. El mismo cansancio de los huesos que la primera noche con Contura.
Pero los hombros no se recogían.
Kuze señaló la escalerilla del almacén.
—Subamos. Afuera ya es de día.
IX
El sol de la mañana entraba en el cuarto del fondo de Himuro-ya.
Me senté donde mi abuela se sentaba siempre. Olor del tatami. Restos de alcanfor, papel, incienso. De niña, cada fin de semana, aquí me acariciaba la cabeza. Seri, ya has crecido un poco más.
Dejé Contura sobre el tatami.
—Mi abuela cometió un error. Se confió a la buena intención y usó el relato de alguien sin su permiso. Pero, de aquel error, aprendió las cinco Leyes. Y las encerró en Contura. Para que yo no repitiera el error.
La luz de la pantalla tembló.
—He sabido el error de mi abuela. Aun así, elijo ser lectora. Me hago cargo de los relatos que ella no alcanzó a leer. Eso es lo que me confió.
El sol dio en la pantalla. La luz rebotó blanca.
Me puse de pie. Guardé Contura en el bolsillo. El metal frío se ajustó a la palma.
El relato de mi abuela se había quedado cortado. El resto lo escribo yo. Como lectora que no repite el error. Que sabe acompañarse del dolor de los demás.
—Vamos.
Salí del cuarto. Bajé la cuesta de Kagurazaka. La luz de la mañana blanqueaba el empedrado.
Kuze caminaba a mi lado. Sin decir nada.
Pero yo lo sabía. El precio de la lectora. Algo que aún no me habían contado me esperaba. El cuerpo descolorido de mi abuela al final. Qué significaba. Yo todavía no lo sabía.
El cuerpo cuenta mi relato.
El de mi abuela se cortó. Pero el mío sigue.
Al final de ese continuar, algo espera.
—