Parte V — Y así, el Contorno habla

Capítulo 41. El Círculo se ensancha

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I

Mediados de julio. Aoyama estaba envuelto en el canto de las cigarras y el calor del asfalto.

Al abrir la libreta de recepción de Life Compass, las reservas de la semana estaban llenas, a pluma azul clara. Lunes, cuatro. Martes, tres. Miércoles, cinco. Jueves. Conté con el dedo. Siete. Siete en un día. La cifra más alta hasta entonces.

—Seri, perdona. —Sono, asomada a la recepción, el pelo corto revuelto del calor—. ¿El jueves, al final, a las siete y media, podemos meter a uno? Viene por recomendación. Un hombre de cincuenta, con la cintura mala.

—…Sono-san, el jueves ya tiene siete.

—Lo sé. Pero no pude decirle que no. Tenía algo de urgencia.

Sono se subió el pelo con la mano, una disculpa en la sonrisa. Detrás, la misma perplejidad que yo. Medio año atrás, leer a tres en un día me dejaba exhausta. Al salir del Círculo y subir la escalera, las piernas de plomo. El relato alojado en cada cuerpo de cliente, pasado, uno a uno, por el marco propio, leído y devuelto. Aquello era el oficio de la lectora. Pero, en aquel oficio, el color propio se iba gastando, gota a gota.

Aquella noche, Coh me enseñó el precio de la lectora. Quien sigue leyendo a otros adelgaza el propio relato. No lo había olvidado. Me había seguido midiendo. Una vez por semana, levantaba mi propio contorno y releía mi relato. Con eso, había frenado el descolorimiento.

Pero, al ritmo actual, hasta el tiempo de medirme empezaba a recortarse.

—…Vale. Lo meto.

Añadí el nombre en la libreta.

Sono bajó un punto las cejas.

—Seri. No te pases.

—No me paso.

—Tienes mala cara.

—…Estoy bien.

No estaba bien. Pero tampoco podía decir que no. Los que llegaban a mí traían algo encima. Un padre con la cintura mala. Una madre despistada con el cuerpo de posparto. Un retirado que había perdido el cuerpo. Una chica con pánico al espejo. Cada uno, con quiero que me leas, venía. No era lo bastante fuerte para decir estoy lleno.

II

Aquella noche, en el piso de Higashi-Nakano, los codos en la mesa, miraba la pantalla de Contura.

—Coh.

—Estoy.

La voz, desde las sienes. La de siempre.

—Quiero consultar.

—Escucho.

Desplegué en la mesa la lista de reservas de la semana. La copia de la libreta, llena de tinta azul.

—A toda esta gente, ya no puedo leerla yo sola. Si me enfrento a cada una como se debe, me voy gastando. Del precio no me he olvidado. Pero la cantidad no da.

Coh dejó un silencio.

—Sabía que estabas cerca del límite.

—¿Por qué no antes.

—Te lo dije. La lectora es la última en notar su propio precio. También la última en notar el límite de la cantidad.

Me mordí el labio. Coh siguió.

—Seri. Pregunto. ¿Crees que tienes que leer a todos tú misma.

—…Eso.

—A todos, tú. Es la responsabilidad de la lectora. ¿Lo crees.

Se me atascó. Había dado en el clavo.

—…Lo creía.

—¿No. Pues era un error.

La voz de Coh se ablandó un punto.

—La lectora no es una heroína sola. Sae tampoco lo era. En la sala del códice, sentadas una frente a la otra, había dos: lectora y copista. Leer y registrar. Una pareja que se sostenía. Tú, ten pareja. O, aunque no sea pareja, que alguien lea contigo.

Miré la pantalla.

—Alguien que lea conmigo.

—Tienes a Sono. Tienes a Rui. Las dos se enfrentan al cuerpo. Si les confías algo, no tienes que cargar a todos tú sola.

III

Al día siguiente, llamé a las dos al Círculo.

Sono Kiryū y Takatsuji Rui.

Sono, recostada en la pared, los brazos cruzados. Pelo corto, hombros anchos, contorno mesomorfo y fuerte. Tras la amenaza de recaída de la lesión, el cuerpo había vuelto a cargar músculo. La vi mover los hombros, circulares, probándolos. El gesto de quien ha aprendido, a base de romperse, a escuchar lo que el cuerpo dice antes de que grite.

Rui, en diagonal frente a Sono, sentada con la espalda recta. Sin gafas de plata. La cara, al natural, aún un poco dura, pero sin la frialdad de antes. Tres meses desde el desmayo. Rehacía, poco a poco, su cuerpo. La vi cruzar los tobillos, descruzarlos, volver a cruzarlos. La inquietud de quien no sabe aún qué hacer con su cuerpo cuando nadie lo está evaluando.

—Os pido algo.

Sono arqueó una ceja.

—Algo, ¿eh. Con cara de ocasión.

—Se han multiplicado los clientes. Yo sola, ya no doy abasto. Así que… ¿repartimos.

—Repartimos. —Rui, en calma.

—Sí. Sono-san, quiero que leas el lado del músculo y del cuerpo de competición. El número de núcleo, la inserción muscular, el cuerpo del atleta. Eso lo entiendes mejor que nadie. Haber llevado el cuerpo al límite en la competición, haber pasado por las lesiones, haberlo rehecho. Por aquella experiencia, hay relatos que sólo tú lees.

Sono abrió un poco los ojos.

—…¿Leo yo.

—Sí. Con Contura. Te enseño a usarla. Y las Leyes. Pedir permiso antes de medir. No exhibir las cifras. Lo que se lee es de la persona. No falsear la frescura. No usar el contorno sólo para cambiar. Quien cumpla las cinco Leyes, puede leer.

—…¿Yo.

Sono, los brazos cruzados, lo pensó. Después, fut, se rio.

—Suena divertido. Lo hago.

Me volví a Rui.

—Takatsuji-san. Quiero que leas tú el lado de las cifras.

Rui se sorprendió.

—Las cifras, ¿yo.

—Sí. Tú, en leer cifras, eres mucho más precisa que yo. El tipo, el equilibrio parte por parte, el análisis numérico del cambio con los años. Es lo tuyo.

—…Lo mío, era. Pero yo juzgaba a la gente con cifras. Hacía rankings.

—Eso se cambia. Las cifras no son para juzgar, sino para leer como las letras del relato. Tú las lees con más precisión que nadie. Y, encima, les añades el relato. Lo que hay detrás de las cifras. Lo piensas, y lo devuelves. Esa lectura, si eres tú, puedes.

Rui calló un largo rato. Los ojos al natural fueron de mí a Sono.

—…El relato. Aún no se me da bien.

—No hace falta que se te dé bien. Sólo piensa qué hay detrás de las cifras. Con eso, basta.

Rui asintió, despacio.

—…Lo pruebo.

IV

El reparto entre tres se probó aquella misma tarde.

El cliente, veintiocho. Rugbier de empresa, recién vuelto de una lesión de rodilla. Asustado por haber perdido músculo, había intentado recuperar peso a la fuerza y casi se rompe.

Lo planté en el centro del Círculo y empecé a medirlo. El aro de luz azul pálido lo rodeó, y flotaron los números.

Sono abrió primero.

—…Hombro, qué bueno. Por el hueso, es un cuerpo de pelea. Pero el muslo derecho, una talla más fino que el izquierdo. Tras la lesión, ¿no estarás, sin saberlo, con miedo a cargar la derecha.

Los ojos de Sono, con la piel del oficio, leían la inserción muscular. La experiencia de competidora captaba la voz del cuerpo antes que las cifras.

Rui, fría, seguía los números en el aire.

—El núcleo, a un paso de la categoría de competición. El muslo derecho, 1,5 cm menos que el izquierdo. La grasa, 14 %. Tras la vuelta, la reconstrucción va por la mitad.

Las cifras, heladas. Pero Rui no se quedó allí. La antigua Rui habría zanjado está por debajo y habría clasificado. La actual Rui miraba detrás.

—…Esta diferencia no se tapa con prisa. Tras la lesión, el cuerpo está cauteloso. La huella de haber querido volver a la fuerza, ignorando la cautela, se ve alrededor de la rodilla.

Asentí. Y leí, en suma, el relato.

Se alzó el contorno de luz. Hombros anchos, cuello grueso, piernas asimétricas. Un cuerpo construido para pelear, como el de un rugbier. En la pierna derecha, la luz vacilaba, un punto.

—Tu cuerpo —dije— ha peleado. Cuántas veces caído y levantado. Y lo que ahora te dice es: espera un poco más. La pierna derecha aún no está lista. No te apures. Tu cuerpo es un cuerpo de pelea. Podrás pelear otra vez. Pero, hoy, sigue reheciéndose.

Él miraba su contorno hacia arriba, con los ojos un poco rojos.

Sono le dio un golpe en el hombro.

—Tu cuerpo es de pelear. Te lo garantizo. No te apures. Se rehace.

Rui, fría, añadió:

—Las cifras no mienten. Pero no te están acusando. Marcan, exactamente, dónde estás hoy. Cómo avanzar a partir de aquí, lo decides tú.

Las tres voces iluminaban el contorno desde tres lados. La que leía el músculo. La que leía las cifras. La que leía el relato. Cada luz se superponía y sacaba a flote el cuerpo entero de aquella persona.

V

Tras la medición, en el banco, en una esquina del Círculo, nos sentamos las tres.

—…Qué potencia. —Lo dije—. Los ojos de Sono-san para el cuerpo. La precisión de Takatsuji-san con las cifras. Los puntos fuertes de las dos, del todo distintos. Y distintos a los míos.

—Claro. —Sono se rio—. Yo he vivido con el cuerpo. Las cifras vienen después. Primero, la piel.

—Yo, al revés. —Rui, en calma—. Primero, las cifras. La piel, después. Por eso leo las cifras con precisión. Pero.

Cortó la frase.

—Pero, aunque intente añadir el relato del que tú hablas, aún no me sale. Las cifras las leo. Pero, detrás, el dolor de la persona, no llego.

—Se llegará. —Lo dije—. Yo, al principio, sólo leía cifras. El relato se fue viendo, poco a poco. Takatsuji-san, igual.

Sono, los brazos cruzados, me miró.

—¿Y tú qué lees, Seri.

—La lectura del relato, en suma. La lectura del cuerpo de Sono-san, la lectura de las cifras de Takatsuji-san. Lo enlazo todo y devuelvo la frase que cuenta el cuerpo. Ése es mi papel.

—Ya. —Sono asintió—. Yo, músculo y competición. Rui, cifras y análisis. Seri, suma del relato. Tres, tres caras.

—Nos complementamos. —Lo dije—. Lo que una sola no puede leer, entre tres, sí. Eso…

Busqué las palabras.

—…Me parece cerca del pensamiento de Contura.

VI

—El pensamiento de Contura. —Rui.

—Sí. Contura no es magia. Sólo una herramienta. Pero, si alguien la usa con honestidad, se vuelve magia. Y no es sólo la honestidad de una persona. Muchas personas, cada una con su fuerza, enfrentándose al cuerpo con honestidad. Aquel conjunto, quizá sea la verdadera forma de Contura.

Sono, fut, se rio.

—O sea, no cargar todo en una heroína; sostenerse entre muchas personas honestas.

—Sí. La lectora no soy yo sola. Sono-san y Takatsuji-san, también son lectoras. Quien se enfrenta al cuerpo con honestidad es lectora.

Rui bajó un punto los ojos.

—…Yo, lectora.

—Takatsuji-san. Tú quisiste salvar con cifras. Quizá la dirección estaba equivocada. Pero querer salvar era de verdad. Si diriges aquel corazón a la lectura del relato, eres una lectora de los de verdad.

Rui no dijo nada. Pero vi que los hombros se le aflojaban un punto. Y, al aflojarse, algo cambió en el aire del Círculo. Como si la sala reconociera, en Rui, a alguien que ya no era amenaza.

Sono me revolvió la cabeza.

—Seri. Has cambiado. Antes te lo cargabas todo tú.

—¿Habré cambiado.

—Has cambiado. A mejor. Querer leer a todos tú sola es honesto, sí, pero también es orgullo. Una sola no puede con el relato de todos. Darte cuenta, es crecer.

Orgullo. Aquella palabra me pinchó un punto. Es verdad. Yo sola, leer a todos. Era honradez, sí. Pero, también, la soberbia de creer que sólo yo podía.

—…Fui orgullosa.

—Un poco. Tu honradez es verdad. Pero, si aquella honradez te gasta a ti, se pierde todo. Repartir no es traicionar la honradez. Es la inteligencia de enfrentarse, bien, a cada uno.

Masticé las palabras de Sono.

VII

Aquella noche, en el piso, me medí.

La cita semanal conmigo misma. El rito para frenar el precio y mantenerme fresca.

Se alzó el volumen de luz. Hombros anchos, cintura poco marcada, piernas firmes. Casi igual que medio año antes. Pero el color de la luz no se había corrido. La frescura se sostenía.

—…Aún, bien.

Lo dije bajito.

—Seri. —Coh—. Has decidido bien. Repartir. Es el camino correcto para que la lectora no se hunda bajo el precio.

—Mm.

—Pero, no lo olvides. Aunque repartas, no descuides medirte. Aunque leamos entre tres, tu contorno te lo sigues leyendo tú. Eso, promételo.

—Lo prometo.

Miré mi contorno hacia arriba. Este cuerpo es la forma de mi relato. Aunque lea con las demás, este cuerpo sólo yo puedo seguir leyéndolo.

—…Coh.

—Mm.

—Yo quería leer yo sola a todos. Creía que ése era el deber de la lectora. Pero no. La lectora no es una. Cualesquiera que se enfrenten al cuerpo con honestidad son lectoras. Yo soy una de ellas.

—Así es, Seri. Tú eres una lectora. No la única. Y con eso, basta.

Basta. La palabra se me depositó, despacio, en el pecho.

Había vivido creyendo no me llega. Que no llegaba a lectora. Que tenía que leer más, enfrentarme más a más gente. Aquella prisa me gastaba. Pero basta. Aceptar, con honestidad, lo que me toca. Basta.

VIII

—Seri. —Coh, en calma—. El Círculo se ha ensanchado.

Miré el contorno en el aire. Y recordé los contornos de las decenas de personas que había leído en el Círculo. Los hombros anchos de Ōyama, la delgadez de cristal de Shiori, la cintura arqueada de Kenta, el contorno discordante de Ren, los cincuenta años de Yoshie, las piernas de Mai que saltaban al cielo. El contorno descolorido de Rui, que se rehece. El contorno fuerte y con núcleo de Sono.

El Círculo se había ensanchado, sin duda.

—Pero. —Coh siguió—. Por mucho que se ensanche, cada cuerpo sigue siendo el relato de una persona. Aunque cambie la escala, la honestidad con cada uno no cambia. No lo olvides.

La honestidad con cada uno.

Asentí. Aunque el Círculo se ensanche, lo que hacemos es sentarnos frente a un cuerpo, mirar a los ojos, leer su relato. Lo repitamos decenas de veces, cada vez sigue siendo enfrentarse, con honestidad, al relato de una persona. Aunque cambie la escala, uno, uno.

—…Lo sé. Aunque el Círculo se ensanche, uno es uno.

—Mientras no lo olvides, no os hundirá el precio.

Cerré la pantalla de Contura. Apagada, me devolvió la cara. Cansada, pero no descolorida.

IX

El jueves siguiente, siete y media de la tarde.

Tras despedir al último cliente del Círculo, repasaba las reservas de la semana siguiente, en la recepción.

Desde que Sono y Rui habían empezado a repartir, la montaña de reservas se iba ordenando. Sono tomaba los clientes de músculo y tipo deportivo. Rui, los que necesitaban análisis numérico. Yo, los que necesitaban lectura de relato, en suma. Los tres círculos se superponían y, juntos, abarcaban a mucha más gente que antes.

—Ah, Seri.

Sono abrió la puerta de la recepción.

—Acaban de llamar. Una chica, quiere consultar. De instituto. Su madre fue clienta nuestra, viene por recomendación. Algo que la preocupa del cuerpo, parece.

Miré la libreta. Una chica de instituto, por recomendación.

—…¿El nombre.

—Rin. Parece que Saiki Rin.

Contuve el aire.

Rin.

Aquella chica. La adolescente que, a los dieciséis, se angustiaba por volverse fina. A la que le dije: tu tipo está hecho para correr largo tiempo. Después, poco a poco, empezó a reconciliarse con su cuerpo. Dibujó su contorno de meta. Avanzó, escalón a escalón.

Habían pasado dos años.

—…Rin-chan.

—¿La conoces.

—Sí. La leí una vez, hace tiempo.

Sono se sorprendió un punto.

—Pues, ¿la ves tú.

—…No.

Negué.

—Sono-san, te lo encargo. Rin-chan ya no es la niña que yo conocía. Han pasado dos años. Habrá cambiado. Léela, fresca, la Rin-chan de hoy. Para no falsear la frescura.

Sono se sorprendió. Después, fut, se rio.

—…Vale. La leo. A una que tú leíste hace tiempo, la leo yo, hoy. También eso será ensanchar el Círculo.

—Sí.

En la libreta, al lado del nombre de Rin, añadí: encargada: Kiryū.

Dejé la pluma. Miré por la ventana. En el cielo nocturno de Aoyama casi no se veían estrellas. Pero las farolas brillaban en fila. Como un círculo, en cadena.

El Círculo se ensancha. A la niña que yo leí, hoy la lee Sono. Quien fue leída vuelve, con otra lectora. Como si el relato pasara al capítulo siguiente.

En el fondo del pecho, algo brilló, pequeño.

Rin. Aquella chica que se angustiaba por ser fina. Aquella que encontró un modo de reconciliarse con el cuerpo. Hoy, vuelve. Acaso esta chica pase, algún día, al lado de quien devuelve el relato. Acaso sea lectora.

Un presentimiento. Aún sin forma. Un brote pequeño.

Cerré la libreta. Apreté, en el bolsillo, el móvil con Contura. El frío del metal. Pero, enseguida, se entibió. En la pantalla dormida, me pareció, durante un instante, ver la línea de un contorno que no era el mío: más joven, más abierto de hombros, con el pelo suelto. Quizá un eco. Quizá sólo mi cansancio.

Fuera, Aoyama por la noche. El estudio, en silencio. En la persiana del edificio de enfrente, una ventana todavía encendida: alguien que no dormía, alguien cuyo cuerpo, en aquella luz, guardaba un relato que nadie leía. Y, en otra ventana, otra. Y, en otra, otra. Cada ventana, un cuerpo. Cada cuerpo, un relato. Me quedé un momento en la recepción, con la mano en el interruptor, sin acabar de apagar. El Círculo se ensancha. Y, en el borde, una luz nueva parecía encenderse.