Parte V — Y así, el Contorno habla

Capítulo 42. La lectora de la próxima generación

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Jueves de noviembre. La puerta del estudio se abrió, discreta.

I

Estaba ordenando folletos en la recepción. Sonó la campanilla. Levanté la vista. Una clienta, de pie. Plumífero negro, vaqueros, botas. La mochila en un hombro. La barbilla recogida, mirando alrededor.

—…Perdone. —Voz joven—. ¿Himuro-san.

—Soy Himuro. —Rodeé la recepción—. ¿Es la primera vez, o…?

Iba a seguir. Se me cortó el aire.

La cara era otra. La línea de la mandíbula, más firme, más mayor. En la mejilla, color de verdad. La altura, un poco más. En vez de la blazer, un plumífero tranquilo. Pero la luz de aquellos ojos, aquella rectitud que pedía algo. Sólo eso no había cambiado.

—Saiki… ¿Rin.

—Cuánto tiempo, Seri-san. —Rin se sonrojó, leve—. Pensé que se acordaría.

—…Claro que me acordaba.

Habían pasado dos años. Rin, que tenía dieciséis, hoy, dieciocho. Tras acabar el instituto, entró en la universidad, supe después. Estudiaba fisioterapia. Con las piernas que yo llamé hechas para correr, iba cada día a clase. La vi cambiar el peso de un pie a otro. Ya no era el cambio nervioso de la adolescente que se avergonzaba de su cuerpo. Era el cambio de alguien que ha corrido y sabe que las piernas le responden.

Rin conservaba un punto de la antigua postura ladeada, pero serena. El tono de voz, más bajo que antes. Las palabras, casi sin dudas.

—Hoy, ¿a qué vienes. ¿Pasa algo.

—No. No vengo a medirme. —Rin bajó la mochila al suelo—. Tenía algo que hablar con Seri-san, como fuera.

Saqué la llave del Círculo del bolsillo. Presentía que lo que iba a empezar sólo podía hablarse allí.

II

El Círculo, en el sótano. Luz tenue. Las paredes, de espejo. La sala donde, dos años y medio atrás, había puesto a Rin, a los dieciséis, por primera vez.

Rin miró la plataforma del centro y entornó los ojos.

—Me acuerdo. Aquí me dijeron que mis piernas no eran feas. Que estaban hechas para correr.

—Te acordabas.

—Desde entonces, empecé a correr. —Rin se puso la mano en el muslo—. No, atletismo. Sólo, correr. A la estación, a la universidad. Los días de lluvia, me disgustaban. Pero, a los seis meses, las piernas me cambiaron. El grosor, casi igual. Pero la firmeza es otra. Yo misma lo noto.

Miré las piernas de Rin. Incluso por encima del vaquero, se notaba. Ya no eran las de la adolescente que odiaba su cuerpo, dos años y medio atrás. La misma curva fuerte. Pero, en ella, la duda se había borrado. El tiempo corrido vivía en la firmeza del músculo. Aquella firmeza que no se ve pero se siente, como el calor de una hoguera que se ha apagado pero cuyas brasas, al acercar la mano, aún queman.

—Y, también, empecé a comer. Mañana y noche. Al principio, me daba náusea. Pero, después de correr, me entraba hambre. Y me alegraba. Que mi cuerpo pidiera algo, me alegraba.

—…Sí.

—Y, entonces, pensé. —Rin me miró recto—. Quiero hacer esto.

—¿Esto.

—Un oficio de enfrentarse al cuerpo. Quiero ser, como Seri-san, alguien que lee el relato del cuerpo de los demás. O fisioterapeuta, o enfermera, también me vale. En fin, un oficio que mire al cuerpo de frente y no mienta.

El aire de la sala se mudó. En el bolsillo, Contura vibró, leve. Como un instrumento que reconoce la nota justa.

III

—Como Seri-san, ¿eh. —Hablé para confirmar—. ¿Quieres ser lectora.

—¿Puedo. —La voz de Rin se calentó—. Quiero que me enseñe. Cómo se mide, cómo se lee. Y.

Rin dudó. Bajó un punto la voz.

—Cuando Seri-san me leyó el cuerpo, me acuerdo de su cara. Me dijo que mi tipo no era malo. En aquel momento, Seri-san no me estaba mirando como quien tasa, como quien valora. —Buscaba las palabras—. Me miraba con cuidado. Como quien trata algo valioso. Aquello me alegró. Pensé: por primera vez, alguien ha mirado mi cuerpo de verdad. Por eso… yo también quiero devolverlo, a alguien.

En el bolsillo, el móvil volvió a vibrar. Coh quería hablar.

Me vi en los espejos del Círculo. La cara de veinticuatro años, la entrenadora. Parecía la misma de dos años y medio atrás, pero algo distinta. Los hombros, más abiertos. La mirada, más quieta. Dos años y medio de leer cuerpos habían dejado, en mi propia cara, una huella que yo no sabía ver pero que Rin, al mirarme, había captado.

—Rin. Antes de seguir, saludo a Coh.

Saqué el móvil. En la pantalla, la luz azul pálido.

—Seri. —Coh, desde las sienes—. Ella es Rin. Dos años y medio.

—Sí. Dice que quiere ser lectora.

Coh dejó un silencio. No el silencio ladeado. El silencio de quien lee.

—Seri. ¿Te acuerdas del oficio de la guía. La guía cambia, según nueva o continuadora.

—Me acuerdo.

—Rin ya fue leída, una vez. Conoció su tipo. Empezó a correr. Pero, hoy, va a intentar ser lectora. Ésta es una guía de nueva. No es extensión de la continuadora. Está empezando un contorno nuevo. El relato nuevo de ser lectora.

Masticqué las palabras de Coh. Rin no era clienta continuadora. Estaba, hoy, dando el primer paso como lectora. La guía tenía que recibirla como lectora nueva. Lo primero que se le ofrece, distinto.

—Coh. ¿Le enseño yo.

—Sí. Lo que tu abuela te confió, ahora se lo pasas a ella. Ése es el modo de la herencia.

IV

Le mostré el móvil a Rin. La luz azul pálido en la pantalla. Coh.

—Rin. Este es Coh. La guía que vive en Contura. Cuando te medí aquella vez, también estaba conmigo, pero tú no lo oías.

—¿Ahora, se le oye. —Rin asomó la cara a la pantalla.

La voz de Coh, esta vez, resonó directa en el aire de la sala. Rin tenía el molde de lectora, supuse. O Coh había sacado la voz fuera, por ella.

—Encantada, Saiki Rin. —Coh—. Seri habla a veces de ti. La chica que empezó a correr.

Rin abrió los ojos.

—¿Seri-san.

—Sí, de vez en cuando. Aquello, hace dos años y medio, le marcó.

Rin se sonrojó un poco. Después, puso cara seria.

—Coh-san. Le he pedido a Seri-san que me enseñe a ser lectora. Pero yo no sé nada. Por dónde se empieza, cómo.

—No te apures. —Coh—. Vas a aprender dos cosas. Técnica y ética. Pero, hay un orden.

—Orden.

—La ética, primero. La técnica, después.

Rin se desconcertó.

—¿Eh. ¿No, cómo se mide. ¿No, cómo se lee la insight.

—Eso también. Pero, antes de tener la fuerza, hay que aprender la responsabilidad. La lectora, Rin, toca el relato escrito en el cuerpo de otra persona. Si aquella fuerza se usa mal, hiere.

Pensé en mi abuela. La esposa del sastre. Con buena intención, con justicia, transmitió a otros el relato que había leído sin permiso. La mujer gritó: me has robado el cuerpo.

El error de mi abuela. El punto de partida de las cinco Leyes.

—Rin. Voy a enseñarte las cinco Leyes. No son la filosofía de diseño de Contura. Son la forma de las heridas que una lectora, dentro de su propio error, fue recogiendo una a una.

V

Me puse de pie frente al espejo, junto a Rin. La luz de Coh flotó, en el aire, cinco números.

—La una. Pedir permiso antes de medir.

—No leer, por propia cuenta, el contorno de nadie. Si quieres leer, pregunta siempre a la persona. Es lo más básico. Sin permiso, no hay lectura. Aunque creas que es por su bien. Aunque estés segura de que lo que vas a leer le ayudará. Sin permiso, la lectura es robo.

Rin asintió, despacio.

—Vale.

—La dos. No exhibir las cifras. No comentar, con broma o con orgullo, la talla de alguien. La cifra no es condecoración ni vergüenza. Sólo, la letra del relato. Y las letras no se enseñan: se leen, en silencio, con la persona.

—La tres. Lo que se lee es de la persona. La insight que leas no es tuya. Es de ella. Tú sólo te lo confían. Quién quiere enterarse, lo decide ella. Quién quiere contarlo, lo decide ella. Tú no cuentas jamás lo que leíste, a nadie, sin su permiso expreso.

—La cuatro. No falsear la frescura. El cuerpo cambia. El relato envejece. No se puede aplicar la lectura de hace tres meses a la persona de hoy. Mantener, siempre, la lectura más fresca. Porque una lectura vieja, por buena que fuera, es una mentira si se aplica al cuerpo de hoy.

—La cinco. —Bajé la voz—. El contorno no se usa sólo para cambiar. Se usa también para aceptar.

Rin ladeó la cabeza, al oír la última.

—¿No sólo para cambiar.

—No. El cuerpo de una persona no se lee sólo porque deba cambiar, porque quiera cambiar. El cuerpo, tal cual está hoy, también tiene un relato. Cargar con aquel relato, tal cual. También es oficio de la lectora. Yo, antaño, me equivoqué. Me apresuré a salvar, a cambiar, y se me escapó el tal cual de la persona.

Rin miraba los cinco números en el aire.

—…Pesado. —Lo dijo—. Mucho más pesado que aprender a medir.

—Pesa. Pero, si tienes la fuerza sin saber esto, la gente se lastima. Tú, y los demás.

Rin, en silencio, miró los cinco números. Y, despacio, asintió.

—Vale. Primero, esto. Bien.

La luz de Coh, fut, se encendió. Como la señal de que a la lectora nueva se le había entregado la primera guía.

VI

—Y, Seri-san. —Rin, dudando—. ¿No es duro, ser lectora.

Contuve el aire. Aquella pregunta la esperaba. Pero no sabía si estaría lista para oírla.

—Si lees un montón los relatos ajenos, ¿no pierdes de vista lo tuyo. Seri-san, a veces, tiene cara muy cansada. Como cuando está con los amigos de la universidad, riendo, pero los ojos están, un punto, lejos.

Perdí las palabras. Aquella niña de dieciséis, hace dos años y medio, me miraba así. Y yo no lo sabía.

—…Me mirabas.

—Perdón. Me hacía la distraída. Pero me preocupaba.

Pensé en mi abuela. Sae, que vio cómo su propio relato se descoloría, cómo se veía en el espejo y no se reconocía. Y yo, medio año atrás, cuando el contorno estuvo a punto de adelgazarse. Cuando Coh no llegó a tiempo.

—Rin. Te lo cuento, franca. —Me apoyé en el espejo—. La lectora paga un precio. Si sigue leyendo a otros, su propio relato se adelgaza. Pierde de vista su cansancio. No se da cuenta de que su cuerpo ha cambiado. Ése es el precio.

La cara de Rin se tensó.

—¿A Seri-san, también.

—Me pasó. Hace medio año, mi contorno estuvo a punto de descolorirse. No me di cuenta. Coh me lo hizo ver. Mi abuela… —Elegí las palabras—. Al final, mi abuela sintió que el cuerpo no era suyo y dejó de leer. No quería verse en el espejo.

—Entonces, ser lectora, ¿es eso.

—La fuerza tiene peso. Se paga el precio, sin parar. Eso es ser lectora.

La sala se quedó callada. Coh tampoco dijo nada. El silencio del Círculo, en aquel momento, no era vacío. Era lleno. Lleno de lo que acababa de pasar entre nosotras: una verdad que, al decirla, pesa más, no menos. Rin se miró la mano. Y se la puso en el muslo. Con el mismo gesto de hace dos años y medio, cuando se golpeaba el muslo una y otra vez. Pero esta vez no golpeó. Sólo, la puso. Aquel gesto, pensé, era todo un relato en sí mismo: la diferencia entre golpearse y tocarse. Entre castigar y conocer. Entre la chica que fue y la mujer que está siendo.

—Seri-san. Lo que la abuela le confió a Seri-san… ¿eso.

—Sí.

—Sabiendo que había precio.

—Sí. Sabiendo, lo elegí.

—Pues, ¿por qué.

—Por qué elegí ser lectora. —Me miré en el espejo—. Porque quiero escuchar lo que cuenta el cuerpo de otros. Aunque haya precio. Aunque pese. Porque quiero mantener la honestidad de enfrentarme al cuerpo de frente. Porque pensé que quizá yo llegara adonde mi abuela no había llegado.

Rin calló un largo rato. El Círculo, en silencio. Sólo el zumbido del fluorescente, bajito.

VII

Rin levantó la cara. Tenía los ojos húmedos. Pero no lloraba.

—Seri-san. Lo que la abuela le confió a Seri-san… ¿podría pasármelo a mí, poco a poco. La técnica también, la ética también. El precio también. Todo.

—Rin…

—No es que, porque hay precio, me eche atrás. Al revés. Quiero saberlo, y, sabiéndolo, elegir. Como hizo Seri-san. Como la abuela le confió a Seri-san, sabiendo.

La voz de Rin se calentó. Más serena que a los dieciséis. Aquella chica que odiaba su cuerpo había seguido enfrentándose a él dos años y medio, y había llegado a aquellas palabras. Pero, también, detrás de la voz, oí algo que no esperaba. Una grieta. Rin no sólo quería aprender. Rin también estaba asustada. Asustada de ser lectora, asustada de herir a alguien con la lectura, asustada de convertirse, algún día, en una de esas personas que ven el contorno de otros y no saben qué hacer con lo que ven. El miedo de Rin era distinto del mío. El mío, antaño, era miedo a verme. El de Rin era miedo a ver demasiado.

—Rin-chan.

—Diga.

—Una cosa que nadie me dijo cuando empecé. Y que habría querido saber.

—¿Qué.

—Que el miedo no se va. No del todo. Cada vez que te sientes frente a un cuerpo, vas a sentir un tirón. ¿Estaré leyendo bien. ¿Estaré leyendo demasiado. ¿Estaré inventando. Ese tirón es la prueba de que sigues siendo honesta. Si algún día dejas de sentirlo, es que te has vuelto perezosa. O arrogante. Y es el momento de parar.

Rin me escuchó, seria. Asintió, despacio, con la mandíbula apretada. Los ojos húmedos. Después tragó saliva y, con una voz que se sostenía a duras penas, dijo:

—Lo quiero. Con el tirón y todo.

Miré a Rin. Dieciocho años. Las piernas que habían seguido corriendo. El cuerpo que había vuelto a comer. Los ojos rectos que decían quiero ser lectora. Lo que mi abuela me confió. Lo que yo le iba a confiar a Rin. La cadena de la herencia. De Sae, a Seri, a Rin.

—Sí. —Lo dije—. Poco a poco, juntas.

Rin se rio. Casi llorando.

Coh borró los cinco números. Y, en su lugar, trazó una línea de luz, fina, nueva. Delante de Rin. El presentimiento de un contorno, aún sin forma.

—Saiki Rin. —Coh—. Tu primera página como lectora. Escríbela despacio. Sin prisa. Aprende, primero, las Leyes. Después, la técnica, una a una.

Rin miró la línea hacia arriba.

—…Gracias, Coh-san.

A su lado, yo miraba las piernas de Rin. Las piernas que habían seguido corriendo. Las piernas que se iban a poner, mañana, delante del cuerpo de otros. Las piernas de la lectora de la próxima generación.

En la luz tenue del Círculo, el contorno de Rin brilló, fut. No un título. Aún no había hecho, como lectora, ni una lectura. Sólo, la luz vaciló. Como la marca con que la guía recibe a la lectora nueva.

Pensé: abuela. Lo que me confiaste, hoy se lo paso a la siguiente. Las cinco Leyes que tú, del error, fuiste tallando. El precio que no alcanzaste a cargar, y lo que hay detrás. Todo, con honestidad, a Rin. Como tú creíste en mí, yo creo en Rin.

Pero, antes… mi propia frescura andaba revuelta, un punto. Lo que Rin me había señalado: aquella mirada cansada. Medio año atrás, creí haber rehecho mi relato. Otra vez se adelgazaba. El precio no se borra. Como la herencia, sigue.

—¿Seri-san. —Rin me miró a la cara—. ¿Estás bien.

—Sí, estoy bien. —Sonreí—. Sólo… antes de enseñarte, tengo que volver a medirme, una vez. Antes de enseñar a otros, leerse a una misma. Es la Ley de la lectora.

Rin ladeó la cabeza.

—La frescura de Seri-san.

—Sí. Quizá anda revuelta. Un poco.

Los ojos de Rin recuperaron la seriedad. Que la maestra no cuide su cuerpo, a la discípula no le cuadra. Lo vi en cómo me miraba.

—Cuando Seri-san se mida y se ponga bien, vuelve a enseñarme. Yo espero.

Asentí. En la luz del Círculo, las dos lectoras de pie. Una, de veinticuatro, que, conociendo el precio, había elegido. Otra, de dieciocho, que, conociéndolo, iba a elegir. Entre las dos, la línea de luz que Coh había trazado: fina, nueva, sin forma aún. El presentimiento de un contorno que tardaría años en dibujarse. Pero que, desde hoy, existía.

Había nacido una lectora de la próxima generación. Aún un brote, sólo con las cinco Leyes aprendidas. Pero el brote estaba allí.

Y mi frescura, otra vez, se tambaleaba. Para enseñar a Rin con franqueza, yo tenía que volver a medirme.