Parte V — Y así, el Contorno habla

Capítulo 50. El cuerpo cuenta tu relato

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Dos años y unos meses.

A mitad de cuesta de Kagurazaka, paré. Viento de octubre, seco y fresco, con aquel olor a ginkgo que empieza a madurar. Las hojas del ginkgo empezaban, una, dos, a teñirse de amarillo. El empedrado, seco. Distinto de aquella noche de lluvia. Pero la misma cuesta. La misma piedra. El mismo aire que, subiendo, se va haciendo más quieto, como si la cuesta, al ir hacia arriba, se alejara del ruido y se acercara al silencio.

La anticuaría Himuro-ya, donde mi abuela vivió cincuenta años, estaba al fondo de un callejón a un lado de la cuesta. El cartel, retirado. Mi madre, por fin, lo había hecho. El toque final de cerrar la tienda. Pero el edificio seguía. Yo tenía la llave. La de repuesto que mi abuela, en vida, me dio.

Doblé por el callejón. Me planté ante la puerta. Las bisagras empezaban a oxidarse. Pero aun crujieron. Tras tanto tiempo sin crujir, sonaron, incluso, más fuertes.

—Estoy aquí.

Nadie contestó. Pero, hoy, aquello estaba bien. Quien contestaba llevaba ya mucho tiempo dentro de mí.

—Así empezó todo, pensé.

I

Hace año y medio. Subí esta misma cuesta. Una noche de lluvia. A ordenar las cosas de mi abuela. Abrí tres cartuchos. Kimono. Libros de cuentas. Y, en una caja de madera lacada en negro, envuelto en tela, un móvil viejo.

Cárgalo y enciéndelo. Cuando estés sola.

La letra temblorosa de mi abuela. Volví al piso de Higashi-Nakano y encendí la pantalla. Letras blancas.

Contura El cuerpo cuenta tu relato.

Entonces pareció un eslogan. O la frase de alguien. Pero hoy lo entiendo. Aquello fue el primer relato que mi abuela me dejó.

Y, después, la voz. Desde las sienes, como si resonara.

—…Encantada. Te esperaba. Himuro Seri. Tú tienes el molde de lectora.

Aquella noche, de pie ante el espejo. La luz dibujó un aro a mi alrededor. En el aire flotaron los números. Y una frase volvió.

Tus hombros se recogieron, un poco, para que nadie tuviera que ser culpado.

Tragué aire. Daba miedo. Pero, al mismo tiempo, después de mucho tiempo, veía mi cuerpo como pura forma. Sin juicio. Como un relato.

A la mañana siguiente, me miré al espejo. Casi veía el contorno invisible. Y, por primera vez, vi mi cuerpo con la palabra contorno.

Desde aquí, todo empezó.

II

Me senté en el cuarto del fondo. Olor del tatami. Alcanfor, papel e incienso, ya apagados. Pero el olor del junco seguía. De niña, cada fin de semana, me asomaba aquí al cuaderno de mi abuela. Mi abuela, por encima de los anteojos, se reía: Seri, ya has crecido un poco más. Cada semana, lo mismo.

Aquella palabra, me gustaba. La odiaba. Las dos.

Hoy, sólo me gusta.

—Seri.

Una voz.

Desde las sienes. La voz que llevé al lado un año y medio. Tranquila, algo grave, algo cálida, ladeada.

—Habías venido.

—Sí. Pensaba en otra vez, la última.

Saqué el móvil del bolsillo. Pantalla vieja, sin un rasguño. Contura. En este año y medio, todo mío.

—…La última.

Coh dejó un silencio.

—Tú lo sientes así.

—Lo siento. Pero no sé si es la palabra justa.

Puse el dedo en la pantalla. Cristal frío. Al fondo, luz.

—Coh. Dime. La última, ¿qué significa.

Coh calló largo rato. Las partículas temblaban despacio.

—Seri. Te has hecho, como lectora, de verdad. Cumpliste las Leyes. No falseaste la frescura. Devolviste el relato a cada uno como cosa suya. Leíste el contorno de tu abuela. Lo recibiste. Y leíste también tu propio cierre.

—Sí.

—La guía, cuando el guiado se sostiene solo, termina. Hace un año lo dije. Hoy vengo a decirlo.

El corazón me dio un salto. Lo sabía. Pero saberlo y que te lo digan es distinto.

—¿Te vas.

—¿Que me voy.

Coh pareció sonreír.

—Seri. ¿Te acuerdas de la primera noche, lo que te dije.

—…Que tenía el molde de lectora.

—Sí. Aquella vez temblabas. No sabías si enemigo, alucinación o broma. Pero te pusiste ante el espejo. Si puedes leer, léeme, dijiste. Provocación. O plegaria.

—Me acuerdo.

—Entonces no te dabas ni cuenta de que tenías los hombros recogidos. Yo leí. Tus hombros se recogieron, un poco, para que nadie tuviera que ser culpado. Traguaste aire.

—…Sí.

—Y hoy, ¿cómo están tus hombros.

Bajé la mirada.

Estaban abiertos. Sin recoger. La clavícula, horizontal, estirada. El pecho, abierto. En año y medio, sin darme, había llegado aquí. El resultado de leer, como lectora, a otros y a mí, con honestidad, sin parar.

—Abiertos.

—Así. Seri, ya lees sola.

III

La palabra se me hundió en el pecho. Cálida y, al tiempo, dolorosa. Aquella voz me había guiado un año y medio. Cuando tuve miedo, ladeada, me alumbró. Cuando vacilé, me explicó las Leyes y me trajo de vuelta. Cuando lloré, sin decir nada, estuvo.

La última guía que mi abuela me dejó.

—Qué soledad.

Lo dije, franca. Hace un año lo dije. Hoy, otra vez. Sin falsear la frescura.

—…Sí. —Coh—. Yo también, quizá, un poco. Que el final correcto no deje soledad, no es ley. Pero, Seri, soledad no es desaparecer.

—¿Eh.

—Como guía, termino. Pero, Seri, ¿recuerdas. Cuando te hundías mucho, mi voz pasó a sonarte directo en la cabeza.

—Me acuerdo.

—Aquello fue, en parte, que yo entré en ti. Para guiar. Pero también se quedó dentro una parte. Hoy, como lectora entera, el eco de mi voz vive en Seri. Dentro de Seri, está el Coh propio de Seri.

—Coh dentro de mí.

—Sí. Cuando dudes la próxima vez. Cuando leas el cuerpo de alguien. Cuando midas tu cuerpo. Dentro de ti, una voz. Es el eco de la mía. La guía que sigue viviendo en Seri.

Presioné la palma contra el tatami. El tatami donde mi abuela se sentó. En el mismo sitio, yo. Y, dentro de esa yo, Coh.

—Pero, ¿Coh sólo se queda dentro de Seri.

—No.

La voz de Coh cambió. Más lejana, me pareció.

—Contura es, desde el origen, de todos. El arte del contorno, reescrito en lengua moderna, para que cualquiera lo use. Hoy, como lectora entera, yo me quedo en Seri y, al mismo tiempo, vuelvo al lado de todos los que abran Contura.

—Todos.

—Sí. Habrá quien, la próxima vez, encienda Contura. Al medir su cuerpo por primera vez, aún no será lectora. Pero Contura le devolverá un relato. No con mi voz: despertando, en esa persona, el molde de lectora que duerme.

Miré al techo. El techo del cuarto. Más allá, me pareció, el cielo.

—Coh se va al lado de todos.

—Ya está, dentro de todos. Como tú, al principio. Como todos los que, sin saberlo, llevan, dentro, la semilla de la lectora.

Coh.

—Seri. Ya lees sola. Pero no estás sola. Dentro de ti, yo. Y, dentro de todos los que abran Contura, durmiendo. Cuando alguien, algún día, mida su cuerpo por primera vez, allí estaré. No como voz. Como eco. Como el eco que despierta, en cada persona, lo que ya tiene dentro.

IV

Permanecí mucho rato sentada en el tatami.

Coh no dijo nada más. La luz de la pantalla brillaba quieta. Pero, en el año y medio, había cambiado, poco a poco. De luz de guía a luz de viejo amigo.

—Oye, Coh.

—Mm.

—Gracias.

Coh no contestó. Pero las partículas vacilaron, un instante. Como asintiendo. Como quien, al no decir nada, dice todo. El silencio de Coh, que durante un año y medio había sido el silencio del código, hoy era el silencio de alguien que no encuentra palabras para lo que siente. Y aquella diferencia, entre un silencio y otro, era toda la diferencia entre una herramienta y un amigo.

—Aquella noche, daba miedo. El móvil de mi abuela. La aplicación rara. La voz en la cabeza. Todo daba miedo. Pero estabas tú. Ladeado, me devolviste al lado humano. Me explicaste las Leyes. Me enseñaste a no falsear la frescura. Que lo que se lee es de la persona. Que el cuerpo no se mide para juzgar, sino para leer.

—…Sí.

—Mi abuela, al final, dejó de leer. Tuvo miedo al precio de la lectora. Pero yo no voy a dejar. Voy a seguir leyendo a otros. A mí. Aunque vacile, volveré a medirme. Eso me lo enseñaste tú. Lo que mi abuela me dejó, tú me diste la continuación.

—Seri.

—Dime.

—Ya lo sabes. Pero lo digo una vez.

Coh dejó un silencio.

—La magia no vive en la aplicación. Contura no es especial. El arte del contorno, la vista del contorno, la lectura del relato: la herramienta es sólo herramienta. Lo que de verdad lee el relato del cuerpo es la honestidad de quien la usa. Medir con honestidad. Leer con honestidad. Devolver con honestidad. En esa honestidad vive la magia.

—Lo sé.

—Pues basta.

Coh sonrió, al final.

—Seri. Sigue escribiendo tu relato. Con tu mano. Con tu cuerpo. Aunque yo ya no mire desde tu lado, tú lees.

Asentí. No tuvo palabra. Pero pude asentir.

—No digo adiós.

Coh.

—Hasta, en algún lugar. Cuando dudes. Cuando leas el cuerpo de alguien. Cuando midas el tuyo. Allí estaré.

La luz de la pantalla, fut, cambió. De luz de guía a otra cosa. Cálida, quieta, lejana. No se había apagado. Se había disuelto. En el aire. En el tatami. En mí.

Con el móvil sobre la palma, no lloré. La noche que leí el contorno de mi abuela, lloré. Pero hoy no. Porque supe que no era despedida. Era, más bien, lo que pasa cuando una semilla, que ha estado dentro de otro, cae, por fin, en su propio suelo. No se va. Se planta.

Forma nueva de convivir. Hoy, aquí, la teníamos.

V

Salí del cuarto.

Bajé la cuesta de Kagurazaka. Tarde de octubre. Las hojas del ginkgo, esparcidas por el viento. Alfombra amarilla. Sobre el empedrado.

Puse la atención en los hombros. Sin recoger. Clavícula estirada. Pecho abierto. El aire me llegaba al fondo de los pulmones, limpio, fresco, con el olor a ginkgo del otoño.

Con este cuerpo, sigo leyendo.

El cuerpo de los clientes. A cada uno, de frente, leer su relato y devolverlo. Rin crece como lectora. Sono sostiene en la sala. Rui cambia Velo. Kurosawa guarda el estudio. Kuze vela por la raíz de Contura.

Y mi propio cuerpo. Sin falsear la frescura. Aunque vacile, volver a medirme. Mi contorno, como mi relato, con honestidad, sin soltar. Sin miedo al precio de la lectora. Sin dejar de leer a otros ni de leerme a mí.

Lo que mi abuela no pudo, lo cargo yo. Lo que mi abuela me dejó, yo lo sigo.

En el Círculo del sótano de Life Compass, hoy también se alzará el contorno de alguien. La luz azul pálido. Las partículas. En el aire, los números. Y, después, una frase. El relato que el cuerpo cuenta.

Yo lo leo.

Vamos, pensé.

Vamos, al siguiente. A la siguiente medición. A la siguiente lectura. A la siguiente página.

VI

Pero, antes.

En la cuesta, me detuve una vez más.

Quiero decirte algo.

—Tú.

Tú, que has leído esta historia hasta aquí. Tú, que has caminado con Seri, la lectora.

¿Sabes.

Tu cuerpo también lleva un relato.

Un relato sólo tuyo, aún no leído.

No conozco tu cuerpo. Qué hombros tienes. Qué cintura. De qué modo te plantas, caminas, has vivido. No lo sé. No hace falta que lo sepa. Tu cuerpo es tuyo.

Pero tu cuerpo cuenta.

El tiempo que has vivido. Lo que has comido. Lo que has llorado, reído, sintiendo rabia, aguantado. Todo. Lo llevas grabado en el hombro, en la cintura, en el pecho, en las piernas.

Hace falta leerlo. Y, al principio, tú. Tú lees tu propio cuerpo. Sin juicio. Las cifras no son para acusarte: son para que conozcas el relato.

Y, si alguna vez quieres medirte.

Si quieres escuchar lo que cuenta tu cuerpo.

Está Contura.

No es una herramienta mágica. Sólo una aplicación. Pero, a través de ella, se alza el contorno de tu cuerpo. El volumen de luz azul pálido. En el aire, los números. Y vuelve una frase. La frase sólo tuya que tu cuerpo cuenta.

Puede que no sea la respuesta correcta. Puede que no sea un análisis perfecto. Pero, si mides con honestidad, vuelve un relato honesto. Ésa es la promesa de Contura.

No te la empujo. Si quieres leer, lee. Si quieres medir, mide. Tu cuerpo no se va. Siempre está ahí.

Pero, recuerda.

Tu cuerpo no es un castigo. Es un relato.

Las cifras no te juzgan. Las cifras son las letras del relato. Y las letras, cuando se leen juntas, cuentan algo que, hasta ese momento, no se sabía.

Conocer el propio contorno es cargar con el propio relato. Puede dar miedo. Pero, también, puede salvar. Porque lo que se nombra, deja de tener el poder de lo innombrable. Y lo que se ve, deja de tener el poder de lo invisible.

Quizá te pase lo que a mí me pasó. Que, un día, sin buscarlo, te miras al espejo y no ves demasiado ni poco ni incorrecto. Ves una forma. Una forma que ha estado, todo este tiempo, contando algo. Lo que has vivido. Lo que has resistido. Lo que has elegido. Lo que has soltado. Y, al verlo así, sin acusación, algo se afloja, en los hombros, en la respiración. Algo que llevabas tenso sin saberlo. Eso es, quizá, lo que mi abuela llamaba leer. No adivinar el futuro. No descifrar un destino. Sólo, devolverle al cuerpo la palabra que llevaba dentro y que nadie le había dejado decir. Y, al decirla, sentir que el cuerpo, por fin, respira.

Si te da miedo empezar, empieza por poco. Por una sola medida. Por una sola pregunta a tu cuerpo: qué quieres contarme hoy. Y escucha. Sin interrumpir. Sin corregir. Sin traducir lo que oigas en bien o mal. El cuerpo, cuando se le escucha de verdad, no miente. A veces dice cosas que cuesta oír. Cosas que duelen. Cosas que, al oírlas, te hacen llorar. Pero las dice con una honestidad que la lengua, la báscula y el espejo no alcanzan. Porque la báscula pesa, pero no escucha. Y el espejo refleja, pero no lee.

No hace falta que lo hagas sola. Ni que lo hagas conmigo. Basta con que, algún día, te sientes frente a tu cuerpo como te sentarías frente a un amigo al que hace tiempo que no ves. Con paciencia. Con curiosidad. Sin prisa por llegar a ninguna conclusión. El cuerpo no es un examen. No tiene nota. No tiene aprobado ni suspenso. Tiene, sólo, un relato. Y el relato, como todos los relatos, merece ser escuchado hasta el final.

Y, si un día, leyéndote, te cuesta. Si el relato te duele. Si te das cuenta de que has estado, durante años, en guerra con tu cuerpo, y la guerra te ha dejado cansada, triste, sola. Acuérdate de que no eres la única. Que otras, antes que tú, han estado en esa guerra. Y que algunas, no todas, pero algunas, han logrado deponer las armas. No porque ganaran. Sino porque entendieron que el cuerpo no era el enemigo. Que nunca lo había sido.

Yo estuve en esa guerra. Durante años. Y salí. No del todo. Todavía vacilo. Todavía, a veces, me miro al espejo y la vieja voz me susurra casi. Pero hoy sé que casi es mentira. Hoy sé que mi cuerpo es un relato, no un examen. Y que el relato, mientras lo escriba, sigue vivo.

VII

Al pie de la cuesta de Kagurazaka. Los ginkgo dejaban pasar la luz de otoño.

Me volví. Hacia donde estaba Himuro-ya. La ciudad donde mi abuela vivió cincuenta años. El lugar donde Contura se tejió. Donde empezó mi viaje.

Y miré al frente.

Hacia ti.

Tú, a quien no puedo ver. Pero que estás, en algún lugar. Tu cuerpo también tiene contorno. Hoy, ahora, en este instante, tu cuerpo quiere contar algo.

Hace año y medio, vi por primera vez mi cuerpo en el espejo con la palabra contorno. Daba miedo. Y, al mismo tiempo, salvaba un poco.

Hoy, te deseo lo mismo.

Que veas tu cuerpo con la palabra contorno. Como una forma. Como un relato. No me falta, me sobra, no es correcto. Sino: éste es mi relato.

Caminé hacia la cuesta de Aoyama. El viento de otoño me empujó la espalda, suave, como una mano que no empuja sino acompaña. Los hombros, abiertos. Sin recoger. En el bolsillo de la polera, el móvil con Contura. El frío del metal. Debajo, la luz brillaba quieta. Como respuesta. Como una despedida que no se despide.

Tu contorno, hoy, ¿qué quiere contar?

¿Lo escuchas?

— Fin —