Parte V — Y así, el Contorno habla
Capítulo 49. Después de la fiesta del contorno
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Un mes desde la fiesta.
Principios de noviembre. Hojas secas corrían por la cuesta de Aoyama, empujadas por un viento que ya olía a invierno. En el Círculo, el sótano de Life Compass. Revisaba las reservas de la semana siguiente, con un té caliente en la mano. El té era de hojas de cebada, el que mi abuela bebía. Lo había empezado a tomar, sin darme, tras leer su contorno. Como si, al recibir su relato, hubiera heredado también sus gustos pequeños.
La noche de la fiesta —casi ciento veinte personas medidas juntas, a cada una devuelto su relato—. Después de aquello, leí el contorno de mi abuela, me medí, sonreí a mi contorno de hombros abiertos. Y la cotidianidad volvió. Mediciones en el Círculo. Entrenamiento con Sono. Clases a Rin. Recados de Kurosawa. Aparentemente, todo igual.
Pero había una cosa distinta.
Había empezado a llegarme el después de mis antiguas clientas.
Cartas, visitas, postales en redes y, a veces, rumores. Tras la fiesta, habían empezado a hablar. A contar, a alguien, en algún lugar, el relato de su cuerpo. Las ondas me llegaban, en formas varias.
—Seri.
La voz de Coh desde las sientes. Aunque sólo viviera en la pantalla, parecía haberse instalado en la cabeza.
—Carta de Misaki-san.
Cogí el sobre de la recepción.
II
La carta de Misaki llenaba tres hojas, con letra redonda, cuidada.
Seri-san. Después de la fiesta, Kensuke ha cambiado. Aquel día, nos midieron juntos y Kensuke lloró por primera vez. Llevamos siete años casados y no lo había visto llorar nunca. Desde entonces, cada mañana, hacemos gimnasia de radio juntos. Sólo cinco minutos. Y me tocó la marca del vientre. Dijo: es bonita. Siete años evitándola. La frase que tú me leíste sigue en la nevera. Mi hija se la aprendió y va por la guardería contándolo: ¡la barriga de mamá alojaró vida! Qué vergüenza. Pero me alegro. Siento que mi cuerpo ya es de la familia.
Apreté la hoja contra el pecho. El papel, tibio de mi mano. La letra redonda de Misaki, que se inclinaba hacia la derecha, como si las palabras tuvieran prisa por salir.
Aquel día, Misaki, con medio año de posparto, apurada por bajar tallas. La que se avergonzaba de la marca del vientre. La primera clienta a la que se alzó Contura. Hoy, rodeada de familia, riendo su cuerpo como el vientre que alojó vida.
El relato que devolví seguía vivo allí.
—También postal de Ōyama-san.
Saqué del cajón la postal. Letra gruesa, con fuerza.
Himuro. He empezado a entrenar a un equipo de béisbol infantil. Les enseño a los críos a mover el bate. Después de retirarme me preocupaba el peso, pero un crío me dijo: ¡profesor, qué barriga tan fuerte!, y me reí sin querer. Aquellos hombros anchos los sigo teniendo. Pero ya no son para cargar a treinta mil. Son para cubrir a estas manos pequeñas. Jugamos al catch en el patio. El cuerpo me pesaba poco.
El tigre retirado. El que llevaba treinta mil aplausos en los hombros. Hoy, aquellos hombros para los niños. El núcleo, sin duda, alto. Pero, ya no, para ganar: para enseñar.
Clavé la postal en el corcho de la pared.
III
Aquella misma tarde, Shiori apareció por el estudio.
La modelo Shiori. Fina como el cristal, con cuchillos tragados. En aquel entonces, su cuerpo se gastaba para sostener la belleza. La frase que devolvió Contura:
Tu cuerpo, para ser bello, ha tragado cuchillos. Ya puedes escupirlos.
—Cuánto tiempo, Himuro-san.
Estaba un poco cambiada. Más carne en la mejilla que antes. La línea de la mandíbula, más blanda. Pero aún fina. Seguía con la modeling, dijo.
—Empecé a ir a un especialista. El que me recomendaste. Comiendo poco a poco, hablando poco a poco. Todavía hay días en que lloro. Pero ya no me acuso como antes. Trabajo a mi ritmo. No adelgazo como antes, pero no hace falta que deje. La agencia me espera.
—Qué bien. Tienes mejor cara.
—Gracias. Aquella frase me la acuerdo. Tragaste cuchillos. Ya puedes escupirlos. Cuando me cuesta, por la noche, me la digo. Como práctica de escupir cuchillos.
Le puse la mano, suave, en el hombro. Hombro fino, pero más templado que antes. El cristal recuperando, poco a poco, la temperatura del cuerpo. Aquel hombro que, cuando lo medí por primera vez, estaba frío. No de fiebre ni de invierno: frío de no comer, frío de no vivir, frío de un cuerpo que se había vuelto objeto y no sujeto. Hoy, el hombro de Shiori era el hombro de alguien que come y llora y ríe y trabaja. Un hombro de persona.
Tras Shiori, me llegó correo de Ren. Letra corta.
Seri-san. Voy reescribiendo, poco a poco, el relato de mi cuerpo. También el nombre, despacio. Vi que se puede, sin prisa. El mes que viene vuelvo a medirme. Aquel contorno de la meta, enséñamelo otra vez.
El joven que reescribe, con sus palabras, el relato del género. Aquel día le dibujé el contorno de la meta. Entre la figura deseada y la actual, una línea de luz. Hoy, la línea se va acortando. Al ritmo de Ren. Sin que nadie apure.
Le contesté corto. Cuando quieras.
IV
El sábado de aquella semana, paseaba por Kagurazaka.
Un recado. Recoger Himuro-ya. La última selección de las cosas de mi abuela. Había quedado con mi madre, después de tiempo. Al regreso, pasé, sin querer, por delante de una puerta.
Estudio de flamenco. Donde iba Yoshie.
La ventana, entreabierta. Desde dentro, taconeo. Castañuelas secos. Y el ritmo fuerte de los pies golpeando el suelo.
Paré.
Miré. Cinco alumnas bailaban ante el espejo. La primera, Yoshie. Cuerpo de cincuenta y cinco. Pelo blanco. Caderas generosas. Muslos gruesos. Con aquel cuerpo, pisaba fuerte el suelo. El taconeo resonaba en el estudio, seco y preciso, como el latido de un corazón grande. Salía el sudor. Reía. La boca abierta, los ojos brillantes, el cuerpo entero puesto en cada golpe de tacón.
Tu cuerpo ha superpuesto estaciones durante cincuenta años. Esa superposición no es grosor, es profundidad.
La frase volvió. Aquel día, Yoshie se hizo leer la edad como profundidad. Hoy, sigue bailando. Sumando estaciones, sumando hondura.
Aparté los ojos. No quise molestar.
Al bajar la cuesta, abrí redes. Las gemelas Kaede y Tsubaki. Kaede, fuera, asistente de un fotógrafo. Fotos en blanco y negro de calles. Tsubaki, en Tokio, cocinera. Con ropa blanca de cocina, el cuchillo en la mano. Misma genética, vidas distintas. Mismo tipo, relatos distintos. Cada una vivía su tipo y su relato.
De Mai, llegó el folleto de un recital. El mes que viene. Protagonista. Con aquellas piernas que saltaron al cielo, al próximo escenario. En la foto, las piernas de Mai: gruesas, fuertes, hermosas.
Chiyo se había recuperado del todo de la fractura. Aquella anciana caída en la calle, a la que con una lectura al paso le detecté la fractura. Hoy, sana, trabajando tres días por semana en un café cerca del estudio. Gracias a usted, sigo bien. Me pareció oír su voz.
V
Lunes. En el Círculo.
Estaba Rin. Dieciséis. La lectora de la próxima generación. La que, hace año y medio, lloraba por no tener piernas finas. Hoy, mi discípula, cada martes y viernes, aquí.
—Seri-san. Acabé el deber. Leí tres contornos de muestra.
—¿Qué tal.
—El primero, mesomorfo, hombre, con el hombro derecho un punto más alto. Parece que carga el bolso al hombro derecho. El segundo, ectomorfo, mujer, con 1,2 de diferencia en la cintura. No es de años: lleva poco. El tercero…
Rin cortó la frase.
—El tercero era de mi mismo tipo. Ectomorfo, fina, hecha para correr. Con el mismo tipo, y un relato totalmente distinto. Esa persona ama correr. Hace maratones. Está orgullosa de las piernas finas.
—…Te diste cuenta.
—Sí. Mismo tipo, distinto relato. Lo que me enseñaste. Hoy lo leí yo y lo entendí. No con la cabeza. Con el cuerpo. Con las manos que midieron.
Asentí. Rin crecía, sin duda. La lectora que seguirá mi camino. Conocimiento y ética heredados. De pie con sus pies. Y, sobre todo, con aquella cualidad que no se enseña sino que se contagia: la honestidad de mirar el cuerpo de otro sin tasar, sin juzgar, sin querer cambiar. Sólo, leer.
Y, Rui.
Takatsuji Rui. La antigua rival. La primera analista corporal de Velo. La que medía con cifras. Hoy…
—Himuro-san.
Me llegó correo.
La semana que viene presentamos el nuevo servicio de Velo. Implementamos la función que añade relato al resultado del escaneo total. Eliminamos el ranking en Mirage Omotesandō. Hubo resistencias internas. Pero lo aprobé. Lo que tú me enseñaste. Las cifras son letras del relato, no cuchillo que juzga.
Tragué aire. Rui estaba cambiando. Aquel local de luz fría. La cultura del número. Poco a poco, pero seguro.
Tu cuerpo, al soltar la perfección, por primera vez se vuelve tuyo.
La frase que yo le devolví. El relato de su propio cuerpo. Quien, al soltar la perfección, recuperó su cuerpo. Hoy, afloja, poco a poco, el perfeccionismo de la sociedad.
Al final del correo:
Y, una cosa personal. La semana pasada me medí. Con Contura. La frescura estaba más viva que antes. Poco a poco, me voy enfrentando a mi cuerpo.
Cerré el móvil y me lo llevé al pecho.
VI
—Seri.
Coh.
—¿Te das cuenta.
—¿De qué.
—De que los relatos que devolviste siguen vivos.
Estaba sentada en el centro del Círculo. Penumbra del sótano. Pero la pantalla de Contura brillaba azul, y aquella azul llenaba la sala como una segunda respiración, invisible pero cierta.
—Misaki, sana con la familia. Ōyama, enseñando a niños. Shiori, a su ritmo. Ren, reescribiendo. Yoshie, aún bailando. Las gemelas, cada una con su vida. Mai, al próximo escenario. Chiyo, bien. Rin, aprendiendo. Rui, cambiando la sociedad y enfrentándose a su cuerpo. Todos. Todos siguen.
—…Sí.
—El relato que la lectora devuelve, aun después de dejar sus manos, sigue vivo en esa persona. La frase que mediste, leíste y devolviste no es tuya. Desde el principio, fue de esa persona. Tú sólo se la pusiste en la mano. Pero, una vez devuelta, mientras esa persona viva, no se borra.
Coh dejó un silencio.
—El relato, tras ser devuelto, sigue siendo de la persona. Ésa es la verdadera fuerza del arte del contorno.
—La verdadera fuerza.
—Sí. La fuerza no es leer el destino de nadie, ni cambiarlo. Es devolver a la persona su propio relato. Quien lo recibe vive su relato como cosa suya. Ésa es la honestidad del arte del contorno.
Cerré los ojos.
Las palabras de Coh se me hundieron en el pecho.
Durante mucho tiempo, fui lectora. Medí, leí y devolví. Trabajo del que se enorgullece. Pero, en algún punto, creí que yo producía el relato ajeno. Que la frase que yo devolvía cambiaba a la gente. No. Yo no cambié a nadie. La frase que devolví era el relato que esa persona ya llevaba. Sólo lo noté y se lo di. Quien cambió fue la propia persona.
Misaki no la cambié yo. Misaki recuperó el relato de su cuerpo. Ōyama, Shiori, Ren, Yoshie, las gemelas, Mai, Chiyo, Rin, Rui. Todos. Se pusieron de pie con sus pies. Yo sólo empujé la espalda. O alumbré el camino.
—Coh.
—Mm.
—Me equivocaba, ¿verdad. La lectora no salva a la gente. La lectora recibe el relato y lo devuelve. Salvarse es de la persona.
—Te diste cuenta.
—Sí.
—Seri. Darse cuenta es la prueba de que la lectora ya está entera.
VII
Aquella noche, volví al piso de Higashi-Nakano.
Por la ventana pasaba la línea Chuo. El sonido, metálico, familiar. Seis tatamis estrechos. Contura en la mesilla, con su luz apagada pero presente, como alguien que duerme a tu lado y cuyo sueño te acompaña.
Repasé mi día a día.
Cada mañana, medirme. Ver la frescura. Si los hombros se recogen. Si el pecho está abierto. Si hay vacilación, releer. Mi rutina. Hace medio año, terror. Hoy, costumbre.
Con Sono, entrenar abajo. Competir en músculo. El FFMI alto de Sono no es mi meta, es la luz que tengo al lado. Yo, a mi ritmo, voy sumando núcleo.
Enseñar a Rin. Martes y viernes. Las Leyes, el modo de medir, cómo devolver el relato. Lo que voy pasando a la siguiente.
Con Rui, caminar. La rival de antes, hoy compañera. A veces discrepamos. Pero miramos al mismo lado.
Y, Coh. En la pantalla, viejo amigo. De guía a amigo, cambiando de forma.
Día a día tranquilo, modesto, sin estridencia. Sin drama. Pero, sin duda, sigue. Mi relato.
Abrí el móvil. En la pantalla de Contura, mi último contorno. Hombros abiertos. De pie con la vacilación. La página de hoy de mi relato.
Alrededor de aquel contorno, me pareció ver, difusos, otros. Misaki, Ōyama, Shiori, Ren, Yoshie, las gemelas, Mai, Chiyo, Rin, Rui, Sono, mi abuela. Y los noventa y siete de la fiesta. El cuerpo de cada uno. El relato de cada uno. Se superponían, resonaban, se extendían como ondas.
La piedra que cae al agua y abre ondas. Una, otra. Alguna llega a la orilla. Y, después, vuelve. Las ondas no se detienen cuando la piedra se hunde. Siguan, se extienden, se rompen contra la orilla y, al romperse, empujan, suave, el agua de vuelta.
El relato, de uno a uno. De uno a tres. De tres a nueve. De nueve a veintisiete. Los noventa y siete de la fiesta, en sus lugares, a sus alguienes, pasarán el relato. Y ese alguien, a otro.
Cerré los ojos.
Creí ver las ondas extendiéndose. Anillos de luz azul pálido que pasaban, como una ola, de un cuerpo al siguiente. Invisible, pero, cierto, eslabón.
Y, con aquellas ondas, me pareció ver también otra cosa. Los cuerpos que yo no había leído. Los que estaban, ahora, en algún baño, de pie ante el espejo, sin saber que su cuerpo contaba nada. Los que se acababan de subir a una báscula, en una farmacia, con la esperanza de que el número bajara. Los que se apretaban el vientre, en la cama, antes de dormir, deseando que se fuera. Aquéllos no estaban en la onda. Pero la onda, si seguía extendiéndose, algún día los rozaría. Quizá no yo. Quizá una lectora que Rin criara. O una lectora que esa lectora criara. El relato pasa de mano en mano y, con cada mano, llega un poco más lejos de lo que yo podré llegar en toda mi vida. Ése era el milagro, pensé, no la luz de Contura. La cadena de las manos que pasan el relato.
—Coh.
—Mm.
—¿Tú crees que llegaremos a verlo. Un día en el que nadie odie su cuerpo.
Coh calló un momento largo. Después, con una voz que no le conocía, casi tierna, casi triste:
—No lo sé, Seri. Pero sé que, cada vez que una persona lee su contorno y lo acepta, el mundo da un paso diminuto en aquella dirección. Y los pasos diminutos, sumados, son lo único que mueve al mundo. No las grandes ideas. No los manifiestos. Los pasos diminutos, imposibles de ver, imposibles de medir, y, aun así, lo único que cuenta.
—Entonces, sigamos dando pasos.
—Sí. Sigamos.
—Coh.
—Mm.
—El relato no termina, ¿no.
—No termina. Aunque dejes de ser lectora. Aunque Contura se rompa. El relato devuelto sigue vivo en la persona. Y, si esa persona lo cuenta a alguien, ese alguien a otro. El relato, mudando de contorno, pasa de gente a gente.
—Es cálido.
—Sí.
Miré por la ventana. Noche en Higashi-Nakano. Farolas en fila. Debajo de cada luz, alguien. Para alguien, el cuerpo es un relato. Pero hay quien aún no lo sabe. Quien teme ser medido. Quien ve su contorno como enemigo.
Como yo, en otro tiempo.
Llegará el día en que les llegue. Si el relato se extiende como ondas, quizá, algún día, llegue. A quien está bajo aquella farola.
Dejé Contura en la mesilla.
Mañana, otra vez mido. A mí. Y a alguien. Uno a uno. Con honestidad. Sin falsear la frescura. Con el relato como cosa de la persona.
Ésos son mis días a partir de ahora. Días tranquilos, modestos, pero ciertos.
El relato se extiende. Como ondas. En silencio, cierto, cálido. Como el calor que queda en una taza mucho después de que el té se ha bebido.
Y, al final de aquellas ondas, algo hay. Un paisaje que aún no he visto. Un relato que aún no he leído. Algo que se extiende más allá de la última página. Más allá de este Círculo. Más allá de esta ciudad.
Cerré los ojos. Me guardé el presentimiento en el pecho, donde iba a quedar, tibio, durante mucho tiempo.
—