Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta
Capítulo 20. Ocho historias, una pregunta
Todos los capítulosI. La noche en que cerré el cuaderno
La noche de otoño llegó al piso de Higashi-Nakano.
Fuera pasó la línea Chūō. Gatan, goton. Dos juntas. Al alejarse, el silencio volvía. En la mesa de los seis tatamis, un teléfono antiguo enchufado a Contura, y un cuaderno.
El cuaderno no tenía título en la cubierta. Era el resumen de medio año, desde que empecé a leer. En una esquina, copiada pequeña, una frase que dejó mi abuela:
Lo que leas es de esa persona.
Había empezado el cuaderno la misma semana que abrí Contura, sin saber muy bien para qué. Al principio sólo apuntaba nombres y fechas. Luego empecé a escribir frases, imágenes, la cara de cada uno al oír su insight. Con el tiempo se había llenado. Era un cuaderno sin orden, con tachones y caligrafías distintas según el día, y sin embargo lo más valioso que tenía en el piso. Más que el teléfono. Más que Contura misma. Porque aquello era la prueba de que yo había estado ahí, que había leído, que alguien se había fiado de mí lo suficiente como para dejar que viera su contorno.
Pasé el dedo por la pantalla de Contura. En el fondo de la pantalla temblaron, apenas, partículas de luz. Coh estaba.
—¿No puedes dormir.
La voz de Coh resonó detrás de las sienes. No desde la pantalla, sino de más adentro.
—Un poco.
—¿Chiyo.
Había dado en el clavo. Asentí sin hablar.
Tres días antes, la cuesta. La anciana caída, Chiyo. La lectura de un instante, sin pedir permiso. Antes de que Chiyo recuperara el conocimiento, yo ya le había leído la fragilidad del hueso.
En el hospital, las pruebas confirmaron la fractura del cuello del fémur. Mi lectura había acertado. El tratamiento llegó a tiempo. Los sanitarios me dijeron: si usted no la hubiera parado alli, quien sabe. La familia de Chiyo me lo agradeció con lágrimas.
Todo el mundo me dijo gracias.
Pero.
—No le pedí permiso.
Le dije, acariciando la esquina del cuaderno.
—No tenía conocimiento. Pero eso es una excusa. Aunque no tuviera conocimiento, podía haber preguntado. ¿Puedo leer. Aunque no contestara, el gesto de preguntar se podía haber quedado.
—Seri.
—Ya lo sé. Salté la Ley.
—Más que saltarla, te colaste por el borde. La lectura urgente es una frontera que la Ley no prevé. Pero tú misma lo estás pasando mal. Y eso está bien.
—¿Dolor que está bien.
Me abracé las rodillas.
—¿Qué es eso de que duela y esté bien. He salvado a alguien y, aun así, siento como si hubiera robado algo.
La pantalla de Contura se iluminó, apenas. Coh quería decir algo.
—Seri. Quiero preguntarte una cosa.
II. ¿Salvar o robar
La voz de Coh se endureció un punto. No era el tono de costumbre, aquel que se queda de lado.
—Estos seis meses, ¿crees que has estado salvando a alguien.
—…Lo creo.
—¿O crees que has estado robando historias.
Se me cortó el aliento.
La línea Chūō pasó otra vez. Gatan, goton. El cristal de la ventana tembló, apenas. Aquella vibración me llegó al pecho.
—¿Robar.
—El insight. —Coh siguió—. Tú sacas de un cuerpo una historia. Los anillos del tigre de Ōyama. El cuchillo que has tragado de Shiori. La espalda que se arqueó para sostener a alguien de Kenta. ¿Eso lo has creado tú, o lo has leído.
—Lo he leído.
—Leer. En otras palabras, ¿qué es.
No pude contestar.
—Mirar a escondidas. —Coh lo dijo tranquilo—. Mirar, con permiso, la historia escondida del cuerpo de alguien. Eso es la lectora. Con permiso, es un regalo. Sin permiso, es mirar a escondidas. En lo de Chiyo, ¿cuál ha sido.
—…Casi lo segundo.
—Así es.
Coh calló un momento.
—Seri. Apúntalo. El insight no es tuyo. Es de esa persona. En el momento en que lo lees y lo traduces a palabras, parece tuyo. Pero el dueño es el cuerpo, la persona. Tú lo desenvuelves como un regalo y lo devuelves. Esa es la forma correcta de la lectora. Pero si, antes de devolverlo, empiezas a contar la historia como si fuera tuya…
—Es un robo.
—Así es. Y otra cosa.
La voz de Coh bajó.
—La lectora paga un precio. ¿Te acuerdas de lo que dijo Kuze.
Me acordaba. Las palabras de aquel muchacho de diecinueve años, tan enigmático.
La lectora paga un precio.
—¿Y el precio, qué es.
—Leer las historias de los demás sin parar, y la tuya propia se va apagando. Mirar el contorno de los demás, y el tuyo se va descoloriendo. Es el sino de la lectora. Tu abuela, al final, lo sentía.
Me apreté la frente contra las rodillas.
Medio año de recuerdos me llegó en oleada.
III. Ocho caras
Pasé páginas del cuaderno.
En la primera página, el nombre de Ōyama.
El que fue beisbolista profesional, cuarenta y dos años. Cinco años retirado. Aquel de los hombros anchos y la capa suave de los años encima. Cuando se puso la mano en el vientre, y pasó de la mano de la incomodidad a la mano del cuidar, aquello fue el momento en que él recuperó su historia. Yo no se la robé. Se la devolví.
…eso creo.
Paso de página.
Shiori. Veintitrés años. Modelo. Una delgadez frágil como de cristal. Leí que su cuerpo había tragado un cuchillo por ser bello. Lloró. Y eligió escupirlo. Aquellas lágrimas no las saqué yo. Su cuerpo llevaba tiempo queriendo contarlo. Yo sólo lo traduje.
…eso creo.
Kenta. Treinta y ocho. Capataz de obra. Espalda arqueada. Aquel que había curvado la cintura para sostener a la familia. La primera vez que se puso la mano en la cintura y dijo ¿esto también es señal de lo que he aguantado. Aquellas palabras son suyas. No se las di yo.
…eso creo.
Ren. Veinte años. El muchacho a quien el cuerpo le desentonaba con el género. Dibujamos juntos el contorno que quería ser. Yo no lo negué. Sólo leí, con luz, la línea que él quería dibujar. Aquella línea es de Ren.
…eso creo. Pero, ¿de verdad.
Yoshie. Cincuenta y cinco. Empresaria. Los pliegues de la edad. Cuando le dijeron que no era grosor sino profundidad, se le aflojó el entrecejo. Aquel aflojarse ya estaba dentro de ella.
…eso creo.
Las gemelas, Kaede y Tsubaki. La misma genética, otra vida. La misma medición, otro insight. Vieron por primera vez, sobre la luz, que yo no soy mi hermana. Eso es la historia de las dos.
…eso creo.
Mai. Veintinueve. Bailarina de contemporáneo. Se avergonzaba del abultamiento de los muslos. Pero cuando supo que aquel grosor era una deuda con el cielo, se acarició las piernas. Como quien cuida.
…eso creo.
Misaki y Kensuke. El cuerpo al que llamaron condecoración por la cicatriz de la cesárea. El cuello arrastrado a la pantalla durante un cuarto de siglo. Cuando los dos se pusieron lado a lado, mirando los dos al mismo lado, aquella escena no la hice yo. La dibujó el tiempo que habían vivido juntos.
…eso creo.
Ocho caras. Nueve cuerpos. Cada historia.
Devolví las páginas del cuaderno. Y me dije a mí misma.
No robé. Devolví.
Pero, en el fondo del pecho, una voz pequeña.
(¿De verdad.)
(Tú sacas de ellos la historia y la conviertes en tu razón de ser, ¿no.)
(La frase anillos del tigre de Ōyama. Eso lo enseñaste tú. No lo encontró él. Tú se lo tradujiste y se lo diste. Y a eso lo llamas devolver. Pero, si no hubieras estado tú, ¿cuándo se habría dado cuenta.)
(Eres necesaria. Y eso te alegra. Y esa alegría, ¿no te está justificando el mirar a escondidas.)
Sacudí la voz. Pero no la borré del todo. Se deslizó como arena entre los dedos.
—Coh.
—Ajá.
—¿Estoy haciendo lo correcto.
—Lo correcto no lo decides tú. —Coh siguió—. Lo único que puedes hacer es ser honesta.
—Honestidad.
—Cumplir la Ley. Pedir permiso. Devolver lo leído a la mano de la persona. Eso es la honestidad. En lo de Chiyo la torciste. Por eso duele. Ese dolor es la prueba de que sigues intentando ser honesta.
—…Prueba.
—Sí. Si el dolor desaparece, es peligroso. Una lectora sin dolor da miedo.
Miré la pantalla de Contura. La luz azul pálido temblaba.
—Coh. Oye.
—Ajá.
—También me alegra. Tengo más clientes. Muchos vienen por recomendación. La mujer de Ōyama me trajo a una amiga. Misaki me trajo a Kensuke. Como lectora, mi nombre se va conociendo. Y eso me alegra mucho.
—Lo sé.
—Me alegra. Pero la alegría trae algo encima. Un peso. Cuanto más leo, más encargos; cuántos más encargos, más tengo que leer. Da vueltas. ¿Dónde se para.
—El poder crece, y la responsabilidad crece. Es el sino de la lectora.
Coh cortó ahí. Y, tras una pausa, dijo otra cosa.
—Seri. Y otra cosa. Cuidado.
IV. El presagio de la sombra
La voz de Coh cambió. No era la de costumbre, la que se queda de lado. Era una voz con alerta.
—Tu poder se comenta. No sólo de boca a boca de los clientes. Ha llegado más lejos.
—¿Más lejos.
—Una empresa grande.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Una empresa, hablando de mí.
—Todavía es rumor. Pero la fuente es segura. Hay quien piensa en convertir tu lectura del cuerpo en un insight corporal, en producto.
—Producto.
—Sí. Quien quiere usarlo como número.
La voz de Coh se enfrió un punto.
—Seri. Apúntalo. Tu poder saca la historia del cuerpo de alguien. Eso salva. Pero el mismo poder puede atar. Cuerpos, medidas, historias. Si se las reúne, se las ordena, se las jerarquiza, la gente acaba siendo juzgada por números.
—Eso no.
—Pasa. Hay un sitio que ya hace ese negocio.
Coh sacó una imagen del fondo de la pantalla.
El cruce de Omotesandō. Un edificio blanco, de cristal. En la entrada, como una proclama:
Espejismo Omotesandō Velo, S.A. — empresa emergente de belleza digital
—Velo.
—Escanea todo el cuerpo con IA, lo cifra todo. Hombro, pecho, cintura, cadera, muslo. Medidas, grasa, masa muscular, equilibrio. Lo presenta en ranking. Ordena el cuerpo de la gente por números. Es lo que tu Ley prohíbe.
Contuve el aliento. No tenía palabras.
—Allí hay una analista. La primera. Takatsuji Rui. Veintiséis años.
En la pantalla apareció una mujer. Alta, delgada, un cuerpo equilibrado. Gafas inteligentes de montura de plata. Mirada fría.
—Ella cree que los números salvan. Que el número, impuesto, es lo único que lleva a la gente a mirar su cuerpo. La idea opuesta a la tuya.
—Opuesta.
—Tú das historia al número. Ella corta la historia con el número. Tú llevas a aceptar el cuerpo. Ella lleva a cambiar el cuerpo. Las dos, por la gente. Pero el destino es al revés.
Coh apagó la imagen.
—Seri. Ella todavía no sabe nada concreto de ti. Pero algún día sabrá. Si llega a saber el poder de Contura, lo querrá.
—Lo querrá.
—Para usarlo en su negocio. Si viste los números con historia, la gente se moverá más, pensará. Y entonces…
La voz de Coh se cortó una vez.
—…Tendrás que elegir.
V. La encrucijada
Miré el teléfono de la mesa. Contura. La luz que mi abuela me dejó.
Aquella luz, ¿de quién era.
¿Mía. ¿De mi abuela. ¿De toda la gente que necesita este poder.
—Coh.
—Ajá.
—Velo ordena los cuerpos por números. Va contra la Ley.
—Va contra.
—Pero ella cree que es por la gente. Takatsuji Rui quizá no sea una mala persona.
—Ser o no ser mala persona no importa. —Coh siguió—. Lo que importa es el resultado. Un cuerpo ordenado por números. Comparado, etiquetado. Eso no se compagina con lo que me prometiste la primera noche.
Recordaba. La primera noche que abrí Contura. Lo que Coh me hizo prometer.
Lo que leas es de esa persona. No se lo enseñes a nadie.
Velo, la empresa de Takatsuji Rui, arranca la historia del cuerpo, la ordena, la convierte en producto. Es la forma máxima de enseñarlo.
—Seri. Tu poder lo usará alguien con buena intención. También alguien con mala. Cuando se hable de la lectora, vendrán los dos. La buena intención también esconde trampa. La frase podemos salvar a más gente es dulce. No te dejes llevar por lo dulce.
—Salvar a más gente.
—Una frase así llegará a ti. Cuando llegue, ¿qué contestas.
No supe contestar. No lo sabía.
Una cosa sí la supe. Que me iban a poner a prueba.
VI. La historia es de esa persona
La noche había avanzado.
La línea Chūō pasó con el último tren. Se alejó, se hizo pequeño, se apagó. Al piso volvió el silencio profundo.
Cerré el cuaderno. Y miré por la ventana. El cielo nocturno de Higashi-Nakano. En la ciudad no se ven estrellas. Pero el cielo está ahí.
La pregunta de Coh seguía en el pecho.
¿Crees que estás salvando a alguien. O que estás robando historias.
Todavía no tengo respuesta. No del todo. Si la lectura de un instante a Chiyo estuvo bien o mal, todavía no lo sé. Sólo sé que no puedo borrarla. Y, a la vez, no quiero repetir una así.
Pero una cosa, sí la sé con certeza.
Me levanté. Me puse delante del espejo del lavabo. El mismo sitio que aquella noche, medio año atrás, cuando abrí Contura por primera vez.
En el espejo estaba yo. Una entrenadora de veinticuatro años. Hombros anchos, cintura poco marcada, piernas firmes. El cuerpo que yo creía desordenado.
Pero ahora llevo los hombros un poco más bajos que entonces. El cuerpo que ha aprendido a verse a sí mismo como historia, no como enemigo. El contorno propio que he ido recuperando, poco a poco, en medio año.
—Coh.
—Ajá.
—Soy lectora. La lectora que mi abuela me dejó. No soy perfecta. A veces tuerzo la Ley, como con Chiyo. A veces no sé si estoy robando o regalando.
Hablé al yo del espejo.
—Pero la historia es de esa persona. Eso no cambia. Por mucho que crezca el poder. Por mucho que alguien lo quiera.
—Seri.
—Lo que leo es de esa persona. No dejo que nadie me lo quite. Ni Velo, ni Takatsuji Rui. Mientras yo sea quien lo usa…
Miré a mis propios ojos en el espejo.
—…no robo la historia. La devuelvo. Eso lo cumplo. Pase lo que pase.
Coh calló un momento. Y, tranquilo:
—Seri. Esa frase, no la olvides. Algún día te la pondrán a prueba.
—¿A prueba.
—Al poder grande le llega la tentación grande. Buena intención o mala intención. La lectora, algún día, se para en aquella encrucijada. Tu abuela se paró. Y eligió.
—¿Qué eligió mi abuela.
—…Todavía es pronto. Algún día lo sabrás.
La voz de Coh se suavizó. Rara vez lo hacía.
—Esta noche, duerme. Mañana también hay estudio. Los clientes esperan.
—Vale.
Me aparté del espejo. Me metí en la cama. Puse a Contura en la mesilla. El tacto frío del metal. Pero enseguida se calentó con la mano.
Fuera sopló un viento otoñal. Un aire distinto al de aquella noche, medio año atrás, en Kagurazaka después de la lluvia.
Cerré los ojos.
Ocho caras me subieron en los párpados. Ōyama, Shiori, Kenta, Ren, Yoshie, Kaede y Tsubaki, Mai, Misaki, Kensuke. Y Chiyo.
La historia de sus cuerpos. Es suya.
Yo seré su guardiana.
Aunque se acerque la sombra. Aunque los números quieran atar a la gente.
—Buenas noches, Coh.
—Buenas noches, Seri.
La luz de Contura se apagó, suave. En la oscuridad, sólo quedó el eco de unas partículas.
VII. A la mañana siguiente — y
Por la mañana, al despertar, entraba por la ventana una luz fuerte de otoño. Respiré hondo, en la cama.
Hoy también me espera la historia del cuerpo de alguien.
Leerla. Traducirla. Y devolverla a la mano de esa persona.
Eso es lo que yo hago.
—
Pero había algo que yo todavía no sabía.
Aquella misma mañana, en el edificio de cristal de Omotesandō, la mujer de las gafas inteligentes de plata leía un informe. En el margen del informe había una nota garabateada:
Hay un rumor: una entrenadora en un pequeño estudio de Aoyama que lee la historia del cuerpo. Parece tener algo que el escaneo de Velo no sabe leer.
Takatsuji Rui dejó el informe en la mesa. Tras las gafas de plata, la mirada fría se entornó, apenas.
Y sus labios se movieron, tranquilos. Una voz sin sonido.
Los números salvan.
Rui archivó el informe. Y se levantó. Tras la pared de cristal, los olmos de Omotesandō empezaban a teñirse de otoño.
En su mano, algo empezaba a moverse, en silencio. Una sombra de la que yo todavía no sabía ni el nombre.
—
(A la Parte III — La lucha por el contorno)