Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta

Capítulo 19. La lectura de un instante

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I

Mediados de julio. Martes, al atardecer.

Había terminado a las seis y salí del estudio de Aoyama. Torcí, como a veces, hacia el lado contrario de la estación. Hacia Kagurazaka. Quería pasar por delante de Himuruya, la antigua tienda de mi abuela, antes de volver a casa. Desde que ella murió, la tienda la llevaba un sobrino lejano que la había convertido en una especie de cafetería con algunas antigüedades en las paredes. Pero la fachada seguía siendo la misma, con el letrero de madera oscura y el noren azul con el sello de la familia. A veces iba sólo para verla. Para acordarme de que había existido un lugar donde alguien leía cuerpos en silencio, antes de que yo supiera que aquello existía.

La lluvia de la tarde había escampado. El cielo se había aclarado un poco, y por las rendijas de las nubes se colaba una luz naranja pálida, casi tímida, como si el sol no se atreviera a despedirse del todo. Pero el adoquinado seguía mojado. La luz de los faroles se extendía sobre la piedra y, a cada paso, la suela del zapato se escurría, fina. Una cuesta resbaladiza. Las calles de Kagurazaka, con sus pendientes y su piedra, eran bonitas y traicioneras después de la lluvia. Había que poner los pies con cuidado, sobre todo quien ya no podía ponerlos con la misma seguridad.

En el bolsillo, Contura me daba frío contra el vientre.

A mitad de cuesta vi, delante, una sombra pequeña.

Abrigo azul marino. Cabeza blanca. Una espalda que subía despacio, con cuidado, poniendo bien cada pie, como si cada peldaño fuera una pequeña negociación con el suelo. En la mano izquierda, una bolsa de plástico blanca con algo dentro, quizá verduras, quizá un paquete de la farmacia de la esquina. En la derecha, un bastón. La punta del bastón golpeaba la piedra mojada con un ritmo débil, constante. Toc, toc, toc. Era el ritmo de alguien que ha vivido lo suficiente como para saber que no hay que correr, que la cuesta no se enfada si se tarda.

La iba a adelantar, despacio, sin asustarla. Pero entonces pasó.

El bastón resbaló.

El toc se cortó a la mitad. La sombra se inclinó hacia un lado. La bolsa de plástico flotó en el aire, con la cebolla y el paquete dentro. Y, sin soltar siquiera un grito pequeño —quizá no le dio tiempo, quizá se lo tragó el susto—, la sombra se desplomó sobre la cuesta, con un ruido sordo de cuerpo contra la piedra mojada.

II

Corrí. Bajé la cuesta corriendo. La piedra mojada me resbalaba debajo. Pero los pies no se pararon. Son pies de entrenadora. Alguien se había caído. Con eso bastaba para que el cuerpo se moviera solo.

—¿Está bien.

Me hinqué de rodillas al lado de la mujer mayor.

Estaba tumbada boca arriba. Pero tenía los ojos abiertos. Sorprendidos, avergonzados.

—…Estoy bien, estoy bien.

Voz discreta. Débil, pero serena. Una voz con la educación de toda una vida, de esas que piden perdón hasta cuando el cuerpo duele. Debía de ser de las que nunca han querido dar la lata. De las que se levantan solas, se arreglan solas, se callan solas, hasta que ya no pueden.

—Perdone la molestia. Estoy bien, de verdad.

La mujer apoyó la mano izquierda y probó a levantarse. Pero arrugó la cara. Fuerte. El entrecejo se le hundió. El labio se le apretó para no quejarse. Era evidente que le dolía mucho más de lo que quería admitir.

—…Ah.

Un aire corto, contenido. Una persona que ha aprendido a tragarse el dolor.

—¿Le duele algo.

—…No, no es nada. Me he torcido un pie. Ahora me levanto.

Pero no se levantó. La mano derecha empujaba el suelo. Pero la pierna derecha no respondía. Alrededor del muslo derecho. La mujer parecía ir allí con la intención y retirar la mano antes de tocar.

—No se mueva —le dije—. No se levante por fuerza.

—Pero.

—¿Me dice cómo se llama.

—…Chiyo. Ikeda Chiyo.

—Chiyo-san. Yo soy Himuro Seri. Trabajo de entrenadora en un estudio de Aoyama.

—¿Entrenadora.

—Sí. Mirar el cuerpo es mi oficio. ¿Me deja que le eche un vistazo, un momento.

III

Saqué Contura del bolsillo.

Chiyo me miró con ojos raros.

—…¿Qué va a hacer.

—Déjeme verla un momento. Enseguida.

No había tiempo de pedir permiso. Me lo dije como excusa. La verdad es que no había tiempo. La cara de Chiyo iba perdiendo color, poco a poco. El dolor crecía.

Abrí Contura.

Contura El cuerpo cuenta tu historia.

Pero aquella vez no era en el Círculo. Ni en la sala tranquila del sótano. Era en la calle. En una cuesta mojada. Con la luz de los faroles y la mirada de la gente que pasaba.

La pantalla de Contura tenía un color distinto. La luz azul pálido latía, se encendía y se apagaba. Era una luz de emergencia, más viva que la del Círculo, con un pulso apresurado, como un corazón que se da prisa. La sentí distinta en el pecho. Coh también estaba tenso.

—Seri —sonó la voz de Coh, detrás de las sienes—. ¿Urgente.

—Sí. Se ha caído. El muslo derecho le duele.

—…Entendido. La medición normal es imposible. Ahora usamos la lectura de un instante.

—La lectura de un instante.

—Aquello que anuncié la vez pasada. Levantar un contorno provisional en el acto, con pistas mínimas. No es como en el Círculo, donde se mide despacio. Pierde precisión. Pero ahora hace falta rapidez.

—¿Cómo se hace.

—Lo hago yo. Seri, apunta la cámara a Chiyo. No la muevas. Y… ya.

Hice lo que me dijo.

La luz corrió.

Pero no fue la luz pausada de siempre, la que dibujaba el aro. Las partículas salieron de golpe. Trazaron a Chiyo entera en un instante. Tres segundos, o cuatro. Ni tiempo de soltar el aire. Alguien que pasaba frenó y se dio vuelta. Escena rara debió de parecer: una anciana caída en una cuesta mojada, una joven arrodillada a su lado haciendo danzar una luz azul en el aire. Pero yo no tenía ojos para los demás.

Y, en el aire, se alzó un contorno basto.

Basto, dije. La línea se rompía en trozos, con huecos. Las cifras no salieron todas. Hombro, cintura, cadera, se veían flojos. Pero la cara y los detalles quedaron borrosos.

—…Esto —contuve el aire.

—Es un contorno provisional —dijo Coh—. La lectura de un instante sacrifica precisión para comprar velocidad. Apenas lee la mitad de una medición completa. Pero, para ahora, basta.

IV

Miré el contorno basto.

El cuerpo de Chiyo. Un cuerpo con setenta y ocho años grabados. La espalda encogida. Los hombros redondos. La cintura inclinada hacia la derecha. Un cuerpo que era la forma de una vida entera.

Pero mis ojos se fueron a un punto.

El muslo derecho.

El contorno tenía allí otro color. En la luz azul pálido corría una línea roja, fina, como una grieta en el esmalte de una taza. Alrededor del fémur derecho de Chiyo. El contorno, sólo allí, se torcía. La línea del hueso, que debería ir recta, se desviaba, sutil. Aquella línea roja no la había visto nunca. En el Círculo, los contornos eran siempre azules, limpios. Aquello era la primera vez que Contura me mostraba un daño. Un daño posible. La línea latía, como si el propio contorno estuviera diciendo aquí, aquí, aquí.

—Coh.

—Lo sé. —La voz de Coh bajó—. Seri, esto es… una posibilidad.

—¿Posibilidad.

—Posibilidad de fractura. En el cuello del fémur, o cerca. La señal del golpe transmitida al hueso se puede leer. Pero…

Coh cortó la frase.

—Esto es conjetura. No es diagnóstico. La lectora no es médico. Contura no es aparato médico. Seri, no lo olvides.

Asentí. Me lo dije en el pecho.

—Sí. Lo sé.

—Pero. Que haya posibilidad, eso sí puedes decírselo. No, debes decírselo. Y, después, al hospital. Ese es el límite de la lectora, y la responsabilidad de la lectora.

Chiyo me miraba.

—…¿Ve algo.

Sus ojos estaban quietos. Ojos de niña, puros.

—Chiyo-san.

Escogí las palabras. Con cuidado.

—Del detalle no puedo decir nada. Pero en la zona de su pierna derecha parece que hay algo. Por si acaso, vayamos al hospital.

—Al hospital, qué exageración. Es un golpe.

—Puede ser. Pero, por si acaso. Con su edad, y después de una caída así.

Chiyo se quedó callada. Después soltó una risa floja.

—…Llámame Chiyo. Chiyo, basta.

—Chiyo-san.

—Señorita. ¿Me lleva al hospital.

Al oírlo, se me calentó el pecho.

V

Llamé a la ambulancia.

Chiyo decía con un taxi basta. Pero yo negué con la cabeza. Pensando en la posibilidad del muslo derecho, mejor no moverla.

La sirena se acercó desde abajo en la cuesta. Los sanitarios subieron a Chiyo a la camilla con cuidado. Chiyo repetía perdonen, perdonen, qué molestia.

—¿Hay algún acompañante.

El sanitario preguntó. Chiyo me miró.

—…Familia.

—Mi marido murió el año pasado. Mi hijo, en Yokohama. Le llamo.

—Entonces, acompáñenos.

Subí a la ambulancia. La mano de Chiyo agarraba la mía. Dedos finos, fríos. Como los de mi abuela. Aquel gesto me cerró la garganta. Una desconocida, en una ambulancia, agarrada a mi mano como a un salvavidas. Yo era lo único que tenía. Su marido había muerto, su hijo vivía lejos, y ahora mismo yo era toda su familia. No la solté en todo el trayecto. Le acaricié el dorso con el pulgar, despacio, sin decir nada, porque a veces las manos dicen más que las palabras.

Guardé Contura en el bolsillo. El contorno basto seguía en el fondo del ojo. La línea roja. La desviación.

—Coh.

Le llamé dentro.

—Ajá.

—Eso, ¿de verdad era una fractura.

—He dicho que no lo sé. Posibilidad. Pero, Seri, tu decisión de llevarla al hospital ha sido correcta. La lectora no es médico. Pero la lectora puede poner a la persona en manos de la medicina. Ese es el límite.

—Límite.

—Contura no diagnostica. Pero ve. No diagnosticar y no ver son dos cosas distintas. Ver, captar la posibilidad, pasársela al especialista. Esa es la tarea de la lectora.

Asentí. La ambulancia bajó la cuesta.

VI

El hospital, uno grande de Aoyama.

Llevaron a Chiyo a pruebas enseguida. Radiografía. TAC. Yo esperé en la sala. Con Contura apretada en la mano, esperé.

Una hora, o dos.

Llegó el hijo de Chiyo. De Yokohama, volando, dijo. Un hombre de cuarenta y tantos, con cara de cansancio. Llevaba la corbata aflojada y el traje arrugado. Debía de haber salido corriendo de la oficina. Tenía los ojos de quien no ha parado de pensar lo peor durante todo el trayecto.

—Himuro-san, ¿verdad. Mi madre le agradece mucho.

—No. Yo pasaba por allí.

—No. Si la persona que pasaba por allí no la hubiera llevado al hospital, mi madre habría vuelto a casa. Pensando que era un golpe.

Salió el médico.

—¿Familia de Ikeda-san.

—Sí.

—Hemos encontrado una fractura incompleta en el cuello del fémur derecho. No es una fractura total. Sólo hay una grieta. Pero, si se hubiera dejado pasar, en pocos días se habría roto del todo. Entonces la operación habría sido mucho mayor. Menos mal que la hemos encontrado a tiempo.

El hijo se volvió a mí. Y me hizo una reverencia honda.

—Gracias. Por salvar a mi madre.

No supe qué contestar. Sólo devolví la reverencia.

VII

Chiyo iba a ingresar.

El hijo hizo los trámites. Yo salí del hospital. Pasaban de las diez de la noche.

Caminé por la avenida. Había escampado. En el cielo había alguna rendija. Estrellas no se veían: era Tokio. Pero que detrás de las nubes había estrellas, eso sí lo sabía.

Caminando, pensé.

No había pedido permiso.

Le había dicho a Chiyo déjeme verla un momento. Pero no había tenido tiempo de explicarle qué quería decir eso. Qué era Contura. Cómo funcionaba. Qué se levantaría de su cuerpo. Ella seguía sin saberlo. La había leído sin que ella lo supiera, y aquel contorno basto, con su línea roja, seguía en mis ojos como algo que me pertenece a mí pero no debería pertenecerme. Era de Chiyo. Su cuerpo, su historia, su fractura posible. Y yo la llevaba conmigo, calle abajo, sin que ella supiera que la llevaba.

La Ley primera. Pedir permiso antes de medir. La había saltado.

—Coh.

—Ajá.

—He saltado la Ley.

—La has saltado. —Coh lo confirmó. No me dejó escapatoria—. Era urgente. Por el estado de Chiyo, no había margen para esperar su permiso. Es cierto. Lo urgente es la excepción.

—Entonces.

—Pero no lo olvides. —La voz de Coh se endureció un punto—. La palabra excepción se vuelve una muleta, a veces. Hoy Seri ha acertado. Pero la próxima vez, la misma excusa no vale necesariamente. La lectora, cada vez, ha de dudar de su propia decisión. No te creas perdonada.

Asentí. La noche estaba fría.

—Y otra cosa.

—Qué.

—Que hayas leído significa que has cambiado el destino de Chiyo.

Paré los pies.

—¿Destino.

—Si Seri no pasa por allí. Si no hace la lectura de un instante. Chiyo vuelve a casa. En pocos días, se rompe del todo. La operación se agranda. La recuperación se retrasa. O…

—Para.

—La lectora paga un precio.

Aquella frase me cortó el aliento.

Era la frase de Kanade Kuze. La que dejó al marcharse aquella noche.

La lectora paga un precio. Por haber leído la historia de alguien.

En aquel entonces no entendí el significado. Todavía no lo entiendo del todo. Pero una cosa, sí.

Leer no es sólo ver. Ver, y con eso cambiar el rumbo de alguien. Cargar con el cambio. Eso es el precio.

VIII

Al volver al piso de Higashi-Nakano, el tren de la línea Chūō pasó por fuera. Me senté en la cama. Estaba agotada. Un cansancio profundo, que me sonaba a los huesos. Igual que la noche de la primera lectura.

Conecté Contura al cargador. La pantalla se iluminó.

—Seri —dijo Coh—. Hoy has visto una frontera nueva.

—Frontera.

—Una situación en que el poder toca la vida de alguien. No es como leer la preocupación de un cliente en el estudio. Tampoco como leer a alguien caído en la calle. Tus lecturas de hasta ahora eran para salvar el corazón de alguien. La de hoy era para salvar el cuerpo de alguien.

—…

—Es pesado. Más responsabilidad.

Asentí.

—Hace falta resolución, ¿no.

—Hace falta. La resolución de la lectora. No es algo que se diga con la boca. Es algo que se entiende al ponerse en aquella situación. Hoy te has puesto.

—Sí.

—¿Y aun así, lees.

Aquella era la pregunta de Coh.

Pensé un momento. Los dedos finos y fríos de Chiyo. Cómo me agarró la mano. La frase del médico. En pocos días, se habría roto del todo. La reverencia honda del hijo.

—Leo.

—Es tu elección. No lo olvides.

Me eché en la cama. Fuera, la línea Chūō pasó otra vez, con su sonido de costumbre. Gatan, goton. Dos juntas. En aquel piso de seis tatamis, aquel sonido había sido mi compañía desde que llegué a Tokio. Esta noche sonaba distinto. Sonaba como el final de algo, y el principio de otra cosa.

Miré al techo. Techo oscuro. Pero, al cerrar los ojos, subió el contorno basto. El de Chiyo. La línea roja. La desviación.

¿Habría estado bien.

Creo que sí. Pero pensar que estuvo bien no basta. Hacer lo correcto también puede dejar dolor. Eso es el precio de la lectora.

Mi abuela, ¿lo habría cargado también. En el cuarto del fondo de Himuruya, abriendo un cuaderno, leyendo el cuerpo de alguien, ¿se había callado el peso. Las tardes que la veía con la mirada perdida, sentada junto a la ventana, ¿estarían llenas de esto, de cuerpos leídos y destinos movidos y noches sin dormir preguntándose si estuvo bien. Yo entonces no entendía su cansancio. Es mayor, pensaba. Pero quizá no era sólo la edad. Quizá era todo lo que había leído. Hacia el final dejó de leer, dijo Coh. El porqué, todavía no lo sé. Pero esta noche lo he presentido, un poco. Lo que pesa seguir leyendo.

A la mañana siguiente llamé al hospital. Pregunté por Chiyo. Estable, dijeron. Al oírlo, solté un poco el aire.

En la pantalla de Contura apareció una letra nueva.

Próxima guía: seis historias leídas. Y, al fondo, una pregunta.

Las seis historias. Ōyama, Shiori, Kenta, Ren, Yoshie, Kaede y Tsubaki, Mai, Misaki, Kensuke. Y Chiyo. Cada nombre con su contorno, su historia, su luz. Las historias leídas en el Círculo del estudio. Y una más, leída en un instante en la calle.

Todas se estaban juntando, dentro de mí, en una sola pregunta.

La lectora, ¿está salvando a la gente.

O…

Estaba cerca el momento de responder.