Parte III — La lucha por el Contorno
Capítulo 24. La medición entre rivales
Todos los capítulosEl pasillo blanco de Espejismo Omotesandō se parecía mucho al de un hospital.
Sólo que más silencioso que un hospital, más frío y más caro. Las paredes, blanco mate. El suelo, una piedra gris oscura que tragaba la luz. Los empotrados del techo la derramaban pareja, como una sentencia. En el aire, un punto de cítrico y un olor mineral a desinfectante.
Dije mi nombre en la recepción. Himuro Seri. Con Takatsuji Rui-sama.
La recepcionista levantó una sonrisa demasiado correcta y me hizo pasar. El ascensor subió sin ruido, con un zumbido sordo de maquinaria cara. Las paredes de la cabina eran de espejo, y me vi reflejada en cuatro ángulos a la vez: el polo blanco, la placa con el nombre, los hombros que hacía medio año habían aprendido a no recogerse. Me miré los ojos y me dije, sin voz: no vengas a perder. El ascensor se abrió en el último piso. Una sala de cristal, de pared a pared. Al fondo, Takatsuji Rui, de pie.
I
Rui estaba de espaldas a la ventana. La calle de Omotesandō se extendía tras su silueta delgada. Las gafas de plata le devolvían el sol de la tarde.
—Has venido.
Ni saludo. Me lanzó una mirada y señaló, con la barbilla, la silla de acera. No me senté.
—Takatsuji Rui-san.
Dije el nombre claro. La voz resonó en la sala de cristal.
—Quiero preguntarte una cosa.
—¿Una pregunta. Qué casualidad. Yo también tengo una.
Rui sonrió. Sólo la boca. Una sonrisa sin temperatura.
Yo dije lo que llevaba preparado, masticando cada palabra.
—Mi clienta la medisteis sin su permiso real. Y la historia que cuenta su cuerpo la habéis puesto en un anuncio de Velo. Eso lo quiero de vuelta. Los datos y la historia. Son de ella.
Rui calló un momento. Luego miró por la ventana. Los olmos de Omotesandō se movían con el viento de comienzos de verano.
—Himuro Seri-san.
Se volvió hacia mí.
—Pones la palabra historia en un santuario demasiado alto.
—¿Santuario.
—Algo que no se toca, algo que no se reduce a cifra. La tratas así. Es un desvarío sentimental.
Rui caminó hasta la mesa del centro. Sobre ella, una tablet fina. Pasó los dedos por la pantalla.
—¿Tu historia, de verdad, salva a alguien. O es sólo sentimiento, una mentira piadosa, una satisfacción personal. Puedes probarlo.
—Probar.
—Probar. La cifra puede probar. Tiene reproducibilidad. ¿Tu lectura, la llamas, tiene aquello.
Me mordí el labio. Quise contestar y no encontré palabras. Lo que Rui decía era, en cierto modo, correcto. La historia no tiene reproducibilidad. El mismo cuerpo, medido dos veces, puede leerse distinto según la luz del día. Eso era, a la vez, su fuerza y su debilidad.
—¿No lo sabes.
Rui interpretó así mi silencio.
—Entonces, probémoslo.
II
Lo que propuso fue una medición pública en vivo.
—Un mismo sujeto. Tú y yo lo medimos a la vez. Yo, con el escaneo total de Velo, lo cifro. Tú, con aquello… Contura, ¿era. Lo lees. Y, en el acto, cada una saca su resultado en público.
—En público.
—Sí. En esta sala, unos cuantos espectadores. Personal de Velo y un acompañante tuyo. Un tercero imparcial. Vemos, ahí mismo, cuál de las dos lecturas llega al sujeto.
—Eso.
—¿Vas a huir.
Rui entornó los ojos. Tras las gafas, una luz fría.
No podía huir. Lo que supe en el capítulo anterior —Velo exprimió los datos de mi clienta y, de la historia que salió de allí, hizo un anuncio como si el análisis fuera suyo— no podía dejarlo pasar. Y, si me echaba atrás aquí, Rui saldría gritando que la lectura era sentmentalismo.
—Está bien.
Acepté.
—Pero una condición.
—Dila.
—Antes de medir el cuerpo del sujeto, pedir su permiso. Y lo leído, si la persona no quiere, no se publica. Esas dos cosas, cúmplelas.
Rui puso cara de sorpresa, un punto. Luego asintió, pequeño.
—Tus Leyes, ¿verdad. Está bien. Acepto. Pero.
Levantó la tablet.
—¿Y si el sujeto quiere publicarlo por su cuenta.
—…Entonces, su voluntad.
—Llamémoslo, entonces.
III
Como sujeto llamaron a una asistente de Velo, Kaede Mizushima. Veinticuatro años. Mi misma edad, más o menos.
Kaede, de pie al lado de Rui, estaba tensa. Cuerpo frágil, blusa blanca, pantalón azul oscuro. Los hombros recogidos apenas. Un vicio de las que tienen miedo al espejo, lo reconocí. Al tener la misma edad, lo identificaba. Me recordaba, de chica, a mí misma. Aquella manera de entrar en una habitación intentando ocupar el menor sitio posible. Aquella manera de decir sí sin que le llegara al pecho. Kaede no era un sujeto de medición para Rui: era un espejo donde Rui se medía a sí misma, un cuerpo moldeable para demostrar que el método funcionaba. Y Kaede, sin saberlo, había puesto su valor entero en aquella aprobación.
—Kaede. Vamos a medir tu cuerpo. En vivo, en público. ¿Te importa.
Rui lo preguntó. Kaede dudó un momento. Asintió.
—Sí. Si lo ve Takatsuji-san.
En la voz se mezclaban veneración, dependencia y un miedo fino. No se me escapó. Esta chica ponía su valor en que Rui la evaluara. Si la cifra era buena, alivio; si mala, se hundía. Vivía así.
Como espectadores entraron unos cuantos. Dos de Velo. Y, como mi acompañante, había venido Sono Kiryū. Sono se apoyó en la pared de la entrada, los brazos cruzados. Cuando nos miramos, asintió, pequeño. Aquí estoy, decía.
Como tercero, un periodista de una revista del sector. Rui lo había tramado. Para ser imparcial, dijo. Yo sabía de qué lado iba a caer aquella imparcialidad. Pero no tenía cómo oponerse.
IV
La medición fue a la par.
En el centro de la sala, dos cabinas de cristal, una al lado de otra. A la izquierda, el escáner total de Velo. A la derecha, un espacio vacío. Allí iba yo a levantar la vista del contorno con Contura.
Rui se movió primero.
—Kaede, quítate la ropa.
Una orden corta. Kaede se desabrochó la blusa, se bajó los pantalones. En sujetador deportivo y bragas, el cuerpo delgado quedó bajo la luz blanca.
Rui picó en el panel. Una luz azulada recorrió a Kaede de la coronilla a los pies en un instante.
En la pantalla cayó una cascada de cifras.
—Estatura, ciento sesenta y uno. Peso, cuarenta y nueve coma dos. Grasa corporal, veintidós coma uno. Masa muscular, treinta y seis coma ocho. IMC, dieciocho coma nueve. Metabolismo basal, mil doscientas veintiocho kilocalorías.
La voz de Rui era una lectura en voz alta. Sin inflexión. Sólo cifras, una tras otra.
—Asimetría: hombro derecho, cuarenta y uno coma tres. Hombro izquierdo, cuarenta coma ocho. Pierna derecha, cincuenta y uno coma dos. Pierna izquierda, cincuenta coma ocho. Ligera inclinación a la derecha. Por la mano dominante.
Y siguió.
—Puntuación de belleza: elasticidad de la piel, setenta y dos. Color, sesenta y ocho. Desviación de tipología, cincuenta y ocho. Dentro del diez por ciento superior del grupo de edad.
Al final, Rui puso la pantalla hacia el público. Allí, el modelo 3D del cuerpo de Kaede giraba. Las cifras pegadas como etiquetas a cada zona.
—Evaluación global. Desviación de tipología cincuenta y ocho, grasa corporal veintidós coma uno por ciento. Más delgada que la media, masa muscular por debajo de la media. Margen de mejora. Recomendación: doce horas de musculación al mes, aumento de proteína a sesenta gramos diarios.
Rui dejó la tablet.
—Esto es.
Exacto. Frío, perfecto, exacto. El periodista tomaba notas afanosamente. Los de Velo asentían. La cifra es clara. Objetiva. Tenía peso.
Se me secó la garganta.
Kaede, dentro de la cabina de cristal, miraba su cuerpo cubierto de cifras. ¿Qué tenía en la cara. Alivio, no. Terror, tampoco. Casi resignación. Ah, así es mi cuerpo, la cara de quien recibe un veredicto en números. La misma cara que yo había puesto, muchas veces, frente al espejo. La diferencia es que, frente al espejo, el veredicto me lo daba yo misma, y podía discutirlo. Aquí se lo daba una máquina, y las máquinas no se discuten. Por eso dolía más. Por eso se le hundía la espalda.
V
—Ahora tú.
Rui me miró.
Me puse en la cabina derecha. Le pedí permiso a Kaede otra vez.
—Mizushima-san. ¿Puedo leer su cuerpo.
Kaede se sorprendió. En la medición de Rui, no le habían pedido permiso. Eh, ah, sí. Adelante.
Abrí Contura.
El móvil, en el bolsillo. Toqué la pantalla. La voz de Coh me sonó dentro.
—Seri. Midamos. Saco la luz.
Las partículas de un azul pálido se deslizaron de mi mano. Se disolvieron en el aire y recorrieron la superficie del cuerpo de Kaede como trazando.
Hombro. Clavícula. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo.
La luz dibujó un aro y dio vueltas alrededor de Kaede. Y, en el aire, subieron las cifras. Eran casi las mismas que las de Rui. Hombro, pecho, cintura, cadera. La medida es la medida. La vista del contorno de Contura y la medición se sustentan, en el fondo, en las mismas cifras.
Pero, a partir de ahí, fue distinto.
Las cifras estallaron a la vez en partículas. Giraron, se juntaron en un hilo, se hicieron letras.
Y, en el aire, se alzó un volumen de luz con la forma del cuerpo de Kaede.
Miré el contorno.
Cuerpo delgado. Los hombros, no anchos. Pero el derecho, sólo el derecho, llevaba un punto más de empuje. El izquierdo se recogía hacia dentro. El pecho, plano. La línea de cintura a cadera, suave. Y el cuello se adelantaba, apenas. Con los hombros, todo el cuerpo se iba hacia delante, encogido.
Coh susurró.
—¿Puedes leer, Seri.
—Puedo.
Y leí.
VI
—Mizushima-san.
Me dirigí a Kaede. La voz me tembló un poco. Pero las palabras salieron claras.
—Tu cuerpo está contando algo.
Rui cruzó los brazos y se apoyó en la pared. Adelante, abrió la mano con ironía.
Yo dije:
—Tu hombro derecho es un poco más ancho que el izquierdo. Puede ser por la mano dominante. Como dice Takatsuji-san. Pero que el izquierdo se recoja hacia dentro no es sólo por la mano.
Señalé, en el contorno de luz, el hombro izquierdo.
—Aquí está recogido. Como protegiendo a alguien. O como escondiéndose de algo. El cuerpo pone en forma lo que el corazón hace sin darse cuenta. Tú estás asustada de algo. Estás intentando hacer el cuerpo pequeño, que no se note.
Los ojos de Kaede se abrieron.
Seguí.
—El cuello se te va hacia delante. Es la marca de haber vivido mucho tiempo mirando al suelo. La pantalla, o la cara de alguien, espiándola. Tu cuerpo está siempre preguntando: ¿estaré bien.
—Para…
Kaede se ahogó.
—Y la línea de cintura a cadera. Aquí es suave, redonda. Es la forma de la amabilidad. Tú tenías, desde el principio, un cuerpo que acoge, blando. Y ahora está duro. La tensión ha cuajado el músculo. El cuerpo se está defendiendo.
Al final, dije el insight. Las letras del aire brillaron.
Tu cuerpo se ha ido encogiendo, poco a poco, para responder a la evaluación de alguien. Pero aquella amplitud no se ha apagado del todo.
VII
Kaede lloraba.
Sin hacer ruido, sólo se le caían las lágrimas. En la cabina de cristal, se abrazaba los brazos.
—…¿Cómo.
La voz rota.
—¿Cómo lo sabe. Yo no lo he dicho. A nadie se lo he dicho.
—Tu cuerpo lo contaba.
Lo dije tranquila.
—Lo que tú no pusiste en palabras, lo decía tu cuerpo. Yo sólo lo he leído.
Rui se movió.
—…Ya veo.
Levantó la tablet.
—Las cifras coinciden con mi escaneo. En exactitud, no he perdido. Pero tu lectura toca una dimensión que no está en las cifras. Lo admito.
Eran palabras poco propias de Rui. Sono, en la esquina, levantó las cejas.
Pero, enseguida, recuperó la frialdad.
—Pero que con eso se salve a alguien no es seguro. Tu lectura es conmovedora. Kaede ha llorado. Pero, después de llorar, ¿qué queda. Mañana, cuando se mire al espejo, ¿qué habrá cambiado. Tu historia arranca lágrimas, pero ¿cambia el cuerpo. ¿Lo pone de pie con sus propios pies.
Rui se volvió hacia Kaede.
—Kaede. ¿Lloras y se acabó. O usas estas cifras para mejorar. Elige.
Kaede se limpió las lágrimas y miró a Rui. En los ojos, duda. El cuerpo acostumbrado a depender se siente más cómodo obedeciendo a la cifra. La historia es más difícil de seguir que la orden.
—Yo…
Kaede abrió la boca, se paró.
Y me miró.
—Himuro-san, ¿verdad.
—Sí.
—Lo que ha leído. La amplitud no se ha apagado. ¿Es verdad. ¿Todavía puedo ser ancha.
—Sí.
Asentí.
—Tu cuerpo, ahora, está encogido. Pero tiene la fuerza de abrirse. Cómo usarla, lo decides tú.
Kaede sonrió un poco. Una sonrisa floja, de entre llanto. Pero parecía estar, un punto más que antes, de pie con sus propios pies, frente a Rui.
VIII
Los espectadores se fueron. El periodista se marchó tomando notas. Los de Velo, en silencio. Sólo Sono se quedó, y me trajo agua.
—Seri. ¿Has ganado.
Sono, en voz baja.
—No lo sé.
Era cierto. El análisis de Rui era exacto. Mi insight le había llegado a Kaede. Pero la pregunta de Rui —después de llorar, ¿qué queda— era afilada. La historia mueve a la persona en el momento. Pero si perdura, no se sabe. La cifra es fría, pero mañana y pasado también está ahí.
Rui, en una esquina de la sala de cristal, tecleaba en la tablet. Al terminar, se acercó.
—Himuro Seri-san.
—Sí.
—Admiro tu poder. Pero se reduce a cifra.
—¿A cifra.
—El hombro izquierdo recogido, la inclinación del cuello, la tensión del músculo. Todo expresable en cifra. Ángulo postural, posición de la rigidez muscular. Lo que tú llamas historia es la traducción literaria de un análisis fino de cifras. En lo esencial, lo mismo que hago yo. Sólo el aderezo de la emoción. Nada más.
Iba a rebatir y me paré. Lo de Rui era, en cierto modo, correcto. Cifra e historia quizá vienen de la misma raíz. Quizá sólo cuentan el mismo cuerpo en dos lenguas.
Pero también pensé: no.
La mirada de Kaede cuando se volvió a mí. ¿Todavía puedo ser ancha. Aquello no nace de la cifra. La cifra dice margen de mejora. No dice todavía puedes abrirte. Aquella diferencia la tenía yo que probar. Todavía no lo había probado.
—Takatsuji-san.
Pregunté al final.
—¿Has medido tu propio cuerpo alguna vez.
La mano de Rui se paró. Un instante, sólo un instante, los ojos le vacilaron. Luego volvió la sonrisa fría.
—Todos los días. Lo gestiono perfecto.
—Ya.
No ahondé. Algo no cuadraba, lo sentía. Pero, de momento, no tenía modo de comprobarlo.
IX
Con Sono caminé hacia la estación de Omotesandō. Cercaba el atardecer. Los olmos echaban sombras largas.
—Seri.
Sono preguntó.
—Aquella Rui no es de ganaste-perdiste.
—…No.
—Tu lectura ha sido fuerte. La chica lloraba. Pero Rui no cedió hasta el final. Se reduce a cifra. ¿Era postura, sólo.
—No lo sé.
Lo dije bajito.
—Pero una cosa sé. Rui ha admitido mi poder. Pero, tras admitirlo, sigue creyendo que se reduce a cifra. Sin dar vuelta a eso, la historia robada no vuelve. Mientras piense que lo mismo se hace mejor con cifras, no para.
—Pues ¿qué hacemos.
Paré los pies. La entrada de la estación, delante. La gente iba y venía. Cada cuerpo, cada historia a cuestas, andando.
—La próxima vez tengo que probar algo más grande. Que la historia tiene algo que no se reduce a cifra. No basta con que llegue al corazón. El cuerpo cambia. Y el cambio no se explica con cifra sólo.
Sono cruzó los brazos, pensativa.
—…Curro gordo.
—Sí.
Me toqué el bolsillo donde iba Contura. El tacto frío del metal. Coh se dejaba sentir, tibio, apenas.
—Pero es lo único.
El siguiente paso. Probar que la historia cambia a la persona. Y que el escenario de aquella prueba estaba ya cerca, lo presentía.
El atardecer de Omotesandō mezclaba naranja, malva y añil. Con Sono al lado, bajé la escalera de la estación.
—
En el tren de vuelta leí, en la pantalla antigua de Contura, una línea que había salido sin saber yo cuándo.
Lo mecánico es la parte de medir. La parte de leer es de la gente.
Si la había dejado Coh para mí. O si era algo que mi abuela había escrito. No lo sabía. Pero guardé aquella línea en el fondo del pecho. Porque, hoy, en aquella sala de cristal, lo había entendido. La máquina de Rui medía mejor, más rápido, más exacto. Pero no leía. Y la lectura era, precisamente, lo que Kaede necesitaba. No un veredicto, sino una voz que le dijera tu cuerpo todavía puede abrirse. Aquello, ninguna máquina lo diría. Sólo una lectora. Sólo una persona.
Mañana me muevo. Para probar que la historia gana.
—