Parte III — La lucha por el Contorno
Capítulo 25. La victoria sin núcleo
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El Foro de Innovación Corporal de Velo se celebró en el último piso de Espejismo Omotesandō.
Paredes, suelo, techo, todo blanco. La iluminación, LED sin temperatura, bañaba la sala por igual. La luz opuesta a la del Círculo de Life Compass, aquella lámpara indirecta que teñía el sótano de naranja tenue. Allí no había sombra. Sólo cifra.
Habían pasado unos diez días desde la medición en vivo. Me llegó una carta cerrada de Rui. Quiero enseñarte lo que Velo ha conseguido. Tinta plateada, letras altivas y frías. Al final, una línea: quiero confirmar tu derrota. Decidí ir. No a confirmar mi derrota. A ver con mis ojos lo que Rui quería enseñarme.
En la sala había unos trescientos invitados. Belleza, fitness, prensa, inversores. Todos miraban hacia la pantalla.
En el estrado, Takatsuji Rui. Gafas de plata, cuello alto negro, chaqueta blanca. Ella misma era el cartel de Velo.
—Hoy presentamos los resultados del duodécimo programa de gestión por cifras. —La voz de Rui cortó el silencio como una hoja—. Los dieciocho participantes han alcanzado los valores objetivo. Hoy mostramos el caso de mejora más espectacular.
La pantalla cambió.
—Caso S. Veintitrés años, mujer. Modelo de pasarela.
En la pantalla apareció el escaneo total de una mujer. Sobre fondo blanco, con una cascada de cifras. El cuerpo era delgado. Demasiado. Las clavículas se le marcaban bajo la piel, los brazos parecían quebrar, la cintura estrecha reproducía la forma del hueso de la cadera. Aquel cuerpo, en la pantalla, giraba como una pieza de museo, iluminado, etiquetado, clasificado. La mujer real, la que respiraba detrás de los números, no estaba. Sólo su sombra medida. Me pregunté cuánta gente, en aquella sala de trescientos, veía el cuerpo o sólo las cifras pegadas a él.
Contuve el aliento.
—Conozco ese cuerpo.
II
Shiori Shindō. La muchacha de cristal que se plantó en el Círculo aquella tarde de julio. Los dedos fríos. La cintura de cincuenta y cuatro. El número central de trece coma cero. El insight: has tragado un cuchillo, ya puedes escupirlo. Y, al irse: mañana voy al hospital.
Había pasado medio año.
Sabía que Shiori había ido al hospital. Me llegó un único mensaje. Himuro-san, he ido al hospital. Como poco a poco. Le contesté: sin prisa. Y nada más. Como entrenadora, sólo podía velar. La historia de Shiori era de Shiori.
Pero. Aquella Shiori estaba ahora, en la pantalla de Velo, como caso de éxito.
—Antes del programa, grasa corporal veinte por ciento. Puntuación de belleza, setenta y nueve. —Rui leyó las cifras en voz plana—. Actualmente, grasa corporal once por ciento. Puntuación de belleza, noventa y seis. Objetivo alcanzado, ciento quince por ciento.
El público rumoró. Aplausos por todas partes.
—Este caso partía de antecedentes de conducta alimentaria y, con la autogestión tradicional, no se estabilizaba. Tras la introducción del programa de Velo, con escaneo diario y feedback, la conducta alimentaria se hizo visible en cifra. Se pasó del ciclo inestable de atracones y restricciones al mantenimiento estable de grasa baja.
Mantenimiento estable de grasa baja. Rui lo dijo así. No mentía. En cifra, la grasa corporal de Shiori se había estabilizado. Las oscilaciones ya no se veían. Si uno miraba el número, Shiori estaba recuperada.
Miré al estrado. Shiori estaba de pie al lado de la pantalla. Más bien, estaba puesta de pie. Incluso con la ropa de deporte se le veía el ángulo del hueso del hombro. El cuello más fino. Las mejillas hundidas un punto. Más delgada que medio año antes, sin duda.
Y los ojos. Aquel brillo quieto de cuentas de cristal. En los ojos de la Shiori de hace medio año, en el fondo de una vasija vacía, había una piedrecilla de resolución. En los de hoy no había nada.
—Seri. —La voz de Coh tras las sienes—. ¿Lees.
—…Leo.
—Aquellas cifras son exactas. En el análisis de Rui no hay error.
—…Lo sé.
Tenía que admitirlo. Las cifras de Rui eran exactas. Grasa corporal, puntuación de belleza, la curva semanal. El escaneo de Velo era de alta gama. En las cifras no había mentira.
—Pero, ¿el número central. —Le pregunté a Coh—. ¿El FFMI.
Coh calló un momento.
—Ha bajado. Antes, trece coma cero. Ahora, doce coma dos. Al bajar la grasa, también se fue el músculo. El programa de Velo persigue la reducción de grasa pero no incorpora el mantenimiento del núcleo. Como resultado, la puntuación de belleza ganó, y el núcleo se vació.
—¿Vació.
—Sí. Una victoria sin núcleo.
III
Después de la presentación, busqué el camerino. Al fondo de la sala, una sala pequeña para el personal. Golpeé. Una voz floja desde dentro.
—Sí.
Shiori. En ropa de deporte, en una silla plegable. Con una botella de proteína con el logo de Velo. Bebida a medias, casi sin bajar.
—Shindō-san.
Shiori levantó los ojos. Me reconoció. Se le abrieron un poco. Y sonrió. Con aquella sonrisa de cristal rajado.
—…Himuro-san.
—Perdona por entrar así. He visto la presentación.
Shiori bajó la mirada.
—…La ha visto, ¿eh.
Silencio. Los fluorescentes del camerino, blancos y fríos.
—Shindō-san. ¿Puedo hablarte.
—…Sí.
Me senté en la silla de enfrente.
—Fuiste al hospital, ¿verdad.
—Fui. Tres meses. Pude comer poco a poco. Subí tres kilos. El médico me dijo que iba bien.
—Entonces, ¿por qué.
—Vino alguien de Velo. —La voz de Shiori era débil, oscilaba—. Por la agencia. Me dijo que, con cifras, ya no haría falta tener miedo. Que podría entender su cuerpo con datos. En el hospital practiqué comer. Pero, al volver al trabajo, otra vez tenía que estar delgada. Me dio miedo. Y, con Velo, podía afinarme con seguridad, viendo los números.
—Con seguridad.
—Cada día salen números. Grasa corporal, puntuación de belleza. Al verlos, me parece que lo entiendo. Qué estoy siendo. En cifra. En el hospital tenía que comer por sensación. Pero la sensación…
La mano de Shiori temblaba. La botella de proteína sonaba.
—…no era de fiar.
—Los números, pensé, no me traicionarían.
No tuve qué decir. No se equivocaba. Los números no mienten. Rui tenía razón. La cifra no engaña. Pero. La cifra no la traicionó. Sólo la volvió a encerrar. Una jaula exacta. Por ser correcta, sin salida.
IV
—Shindō-san. Déjame medirte otra vez. —Le dije—. Tu contorno de ahora.
Tras una duda pequeña, Shiori asintió.
—…Vale.
Apoyé el móvil y abrí Contura.
—Cierra los ojos.
La luz azul pálido recorrió el cuerpo de Shiori. De las puntas de los dedos, del cuello, de los hombros, de la cintura. El aro de luz dio la vuelta, y en el aire subieron cifras blancas.
Hombro 34 Pecho 74 Cintura 54 Cadera 77
Cintura, cincuenta y cuatro. Dos centímetros menos que los cincuenta y seis de hace medio año. El volumen de luz se alzó en el aire. Aún más fino que el de cristal de entonces. Las costillas se marcaban una a una como líneas de luz, el vientre hundido. El rojo del músculo, más tenue. Un rescoldo pequeño, a punto de apagarse.
En el aire, una cifra.
Número central 12,2
Y una nota.
Tu número central está muy por debajo de la media de tu grupo. Respecto a la última medición, ha descendido.
—Leo.
Las partículas se juntaron en un hilo, en letras.
Has vuelto a tragar un cuchillo. Esta vez, no por la belleza: por la cifra. Pero ya conoces la palabra para escupirlo.
V
Shiori leyó. Y lloró. Sin sonido, sólo se le cayeron las lágrimas. De los ojos de cristal, transparentes, tranquilas. Llevaba medio año enterrando el cuchillo sin saber que lo enterraba. Cada mañana, al mirar la cifra, se había dicho estoy bien, el número lo dice. Y el número lo decía. Pero el cuchillo, enterrado, seguía ahí, y el sueño se le iba, y las uñas se le quebraban, y el frío en las manos no se iba nunca, y todo eso la cifra no lo recogía. La cifra recogía la grasa y la puntuación y nada más. Lo demás, lo que vivía dentro del hueso, era asunto de nadie.
Como las del Círculo de hace medio año. Pero algo iba distinto. Las de entonces eran lágrimas de resolución: escupir el cuchillo. Las de ahora eran lágrimas de darse cuenta: que lo había vuelto a tragar.
—Yo… —Shiori temblaba—. En el hospital mejoré un poco. Pero, al volver al trabajo, me dio miedo. Mirarme al espejo. Así que miraba el número. El número me daba seguridad.
—Sí.
—Pero, cada vez que lo miraba, más. Si bajaba un punto más de grasa, más bonita. Si subía dos puntos la puntuación, más trabajo. Al final… —Shiori se miró la mano fría—. Era lo mismo. Había tragado un cuchillo otra vez. Un cuchillo nuevo. Un cuchillo llamado número.
Me puse en cuclillas delante de ella.
—Shindō-san. El cuchillo de ahora quizá afila más. Porque el número es correcto. Lo correcto cuesta dudarlo. Por eso no te dabas cuenta. De que lo tragabas.
Shiori asintió.
—Pero te has dado cuenta. Hoy. Con este contorno.
—…Sí.
—La otra vez te dije que ya podías escupirlo. Esta vez, igual. Escúpió. Y, después, vuelve al hospital. Esta vez no sola. Yo estoy.
Shiori miró largo rato su contorno. El cuerpo de cristal en el aire. Las costillas marcadas, el vientre hundido, la luz del núcleo a punto de apagarse.
Y dijo.
—…Quiero volver con Himuro-san. Dejo Velo.
Lo dijo sin alzar la voz. Pero la frase se quedó en el aire del camerino como una cosa recién cortada, aún caliente. Shiori se miró las manos, sorprendida de sí misma, como si no supiera que tenía aquella frase dentro y acabara de descubrirla. Se le aflojaron los hombros, un punto. Por primera vez desde que la había visto en la pantalla, parecía estar en la sala y no en otro sitio.
VI
Se abrió la puerta del camerino. Takatsuji Rui.
Gafas de plata, chaqueta blanca. Cara fría y compuesta. Sus ojos vieron el contorno de Shiori flotando en el aire. Y la luz de Contura.
—¿Qué haces.
Me levanté.
—He leído el contorno de Shiori-san.
—Sin permiso.
—No. Me lo ha dado.
Rui entornó los ojos.
—Ella es clienta de Velo. No tuya.
—Shindō-san era mi clienta. Hace medio año. La sacaste tú.
—No la saqué. Ella eligió. —Rui dio un paso—. Quiso entender su cuerpo con cifras. Nosotros dimos el medio. Y el resultado. —Señaló a la pantalla—. Grasa once por ciento. Puntuación noventa y seis. La cifra mejoró. No sé qué le devolviste tú, pero nuestro programa funciona.
Me mordí el labio.
—…Sí. La cifra no miente. Rui-san. Tu análisis es exacto. La grasa bajó. La puntuación subió. Lo admito todo.
Rui abrió un punto los ojos. No esperaba que admitiera.
—Pero. —Señalé el contorno en el aire—. Mira el número central. Doce coma dos. Hace medio año, trece coma cero. Tu programa bajó la grasa. Pero también el músculo. El núcleo se vació. La puntuación de belleza ganó. El núcleo perdió.
—La masa muscular…
—La total quizá se mantenga. Pero el número central bajó. Al quitar grasa, el núcleo se adelgazó relativamente. Tu programa persigue la reducción de grasa pero no incorpora el mantenimiento del núcleo.
—Eso…
—Es una victoria sin núcleo. —Lo dije tranquila. Pero segura—. Victoria que vació el núcleo del cuerpo y el del corazón. La cifra mejoró. Pero ella…
Miré a Shiori. Se apretaba la mano fría. Temblaba.
—…Ella ha vuelto a tragar un cuchillo.
Rui calló mucho rato. Tras las gafas, los ojos fijos en el contorno del aire. Las costillas marcadas, el vientre hundido, la luz del núcleo a punto de apagarse.
—…La cifra no miente. —La voz le vaciló un punto—. La grasa once. La puntuación noventa y seis. Es mejora. Lo que tu lectura diga no cambia la cifra.
—Sí. La cifra no cambia. Pero la cifra no lo cuenta todo. El número central no lo estás mirando.
—…Lo miro.
—Entonces, ¿por qué.
—El número central es secundario. —Rui lo dijo frío—. La puntuación de belleza va directa al deseo del cliente. Ofrecemos lo que el cliente quiere. Eso es negocio.
Negocio. Aquella palabra me enfrió el pecho.
—…Quiero volver con Himuro-san. —Shiori lo dijo flojo, pero claro, mirando a Rui—. Dejo Velo. No quiero ver mi cuerpo sólo en número.
Rui miró a Shiori. Qué le pasó por los ojos, no lo supe. Quizá conmoción. Quizá rabia. O ninguna de las dos: otra cosa.
—…Como quieras. —Lo dijo frío. Pero la orilla de la voz le tembló, apenas—. Sin restricción contractual. Pero.
Rui me miró.
—¿Crees que puedes salvarla. Sin cifras.
—Si puedo, no lo sé. Pero estaré. Haré un sitio donde no se tenga miedo de las cifras.
Rui no dijo nada. Volvió la espalda y salió del camerino. La chaqueta blanca desapareció tras la puerta. Pero, antes de cruzar el umbral, la vi detenerse un instante, apenas un segundo, con la mano en el marco, como si fuera a volverse a decir algo. No se volvió. Y se fue. Aquel segundo se me quedó grabado. No era la pausa de quien pierde. Era la pausa de quien ha visto algo que no esperaba ver y todavía no sabe cómo llamarlo.
VII
Puse a Shiori en un taxi. De la sede de Velo a su piso. Pagué yo la carrera.
Shiori pegó la frente al cristal. Los faroles corrían.
—…Perdone, Himuro-san. Otra vez, la molestia.
—No es molestia. Te lo prometí. Que estaba.
—…Sí.
Cuando el taxi se fue, caminé hasta la estación de Omotesandō. El viento de la noche estaba frío. Siendo noche de julio, yo temblaba.
—Coh.
—Ajá.
—Las cifras de Rui-san eran correctas. Todas. Ni una equivocada. La grasa, la puntuación, la precisión del análisis. Todo exacto. Lo admito.
—Sí.
—Pero Shiori-san estaba rota. Había vuelto a tragar un cuchillo. Aunque la cifra acertara. No. Porque la cifra acertaba, Shiori-san no podía dudar. La corrección se le hizo jaula.
Coh calló un punto.
—Lo correcto y lo amable no son lo mismo, Seri.
—…Es verdad.
—Ser exacto no es ser amable. Hacer creer que la cifra correcta es la verdad puede ser, a veces, la jaula más cruel. Rui es correcta. Pero, por correcta, no se da cuenta de lo que está recortando.
Bajé la escalera de la estación. Me senté en un banco del andén. Quedaba rato para el tren.
El cuerpo pesaba. El cansancio de lectora, ese que suena a los huesos. Leer la historia de alguien es gastar el propio cuerpo. Había leído pasando por el dolor de Shiori. Aquel dolor se me había quedado dentro.
Pero más pesado que aquello, otro.
Rui tenía razón. La técnica era exacta. Lo admitía todo. Y, a pesar de todo aquello correcto, Shiori se había roto.
La técnica correcta hace daño. No es un fallo ni un error. Es que el diseño es así. Para subir la puntuación de belleza, quitar grasa. En aquel diseño no entran ni el núcleo ni el cuidado del corazón. No hieren a propósito. Sólo ven el cuerpo como un montón de cifras. Esa es la filosofía de Rui.
Por fin lo entendí. El choque con Rui no es una pugna de precisión técnica. Qué es el cuerpo. ¿Un montón de cifras o la forma de una historia. No es un problema técnico. Es una pelea filosófica. Y en las peleas filosóficas, las cifras no deciden nada. Deciden las historias que la gente se cuenta a sí misma al mirarse al espejo por la mañana. Rui tenía una historia: los números me salvaron. Yo tenía otra: mi cuerpo dejó de ser mi enemigo cuando alguien lo leyó. Las dos eran verdad para quien las vivía. Pero, de las dos, sólo la mía dejaba sitio a Shiori para ser, además de un cuerpo, una persona. La de Rui la reducía a un expediente. Y un expediente, por bien rellenado que esté, no come, no duerme, no tiene frío en las manos.
—Coh.
—Ajá.
—Estoy cansada.
—…Sí. Descansa.
Me eché en el banco. El techo del andén, gris frío de hormigón. La luz, blanca. Igual que la de Omotesandō.
Pensé. Mañana veré a Sono. Aquel número central alto de Sono. El orgullo del músculo. La fuerza de quien se enorgullece del cuerpo. Ahora la necesitaba.
Un escudo contra la filosofía de Rui.
Entró el tren en el andén. Se abrieron las puertas. Me levanté.
El cuerpo pesaba. Pero Shiori había vuelto. La vuelvo a guardar. No dejo más victorias sin núcleo. Y, esta vez, sabía que no iba a ser sólo mi lucha. Hacía falta un escudo. Un escudo de los que no se hacen con palabras sino con cuerpo. Con el cuerpo de alguien que pudiera mirar a Rui a la cara y decir, con cada fibra: mi cuerpo no es un expediente. Y yo conocía a una persona así.
Para eso.
Subí al tren. Hacia Aoyama, donde estaba Sono.
—
(Al capítulo 26 — El escudo de Sono)