Parte IV — La memoria de Contura
Capítulo 34. El precio de la lectora
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Habían pasado tres días desde la sala del códice.
Lo que vi en el subsuelo de Kagurazaka —los libros escritos por mi abuela Sae, la genealogía del arte del contorno, la razón por la que, al final, dejó de leer— me pesaba en el pecho. Dormía poco; al levantarme, el cuerpo estaba de plomo. Creí soar, pero no recordaba nada. Sólo, en el fondo del pecho, la sensación de tener una piedra fría rodando por dentro.
Por la ventana pasaba la línea Chuo. El ruido del tren, lejos, cerca, lejos, como una ola que entra y se retira. Con los codos en la mesa, miraba la pantalla de Contura. Apagada. Pero Coh estaba allí. Tres días, siempre. Esperando a que yo le hablara.
—Coh.
—Estoy.
La voz desde las sienes. La de siempre. Sólo que, un poco más grave.
II
—Dijiste que mi abuela, al final, había dejado de leer.
Lo dije para confirmarlo.
—Lo dije. Para ser exactos, no es que dejara. Es que ya no podía.
—¿No podía?
—Voy a contarte por qué. También te toca a ti, Seri.
Miré la pantalla y asentí.
Coh dejó un silencio distinto. No el silencio con ironía. Un silencio de resolución.
—La lectora paga un precio.
III
—El precio.
Dio vueltas en la boca. Las palabras de Kanade Kuze. La lectora paga un precio. Aquella noche del capítulo 10. Lo oí como la fuerza lleva peligros. Pero el sentido verdadero era otro.
—La lectora, Seri, lee el relato de los cuerpos. No una vez ni dos. Lee, sin parar. Toca muchos relatos, muchos cuerpos.
—Vale.
—A la larga, la lectora se hunde en el relato ajeno. Se apasiona. No es malo. La lectora es, desde el principio, eso: alguien que recibe, de frente y con verdad, lo que cuenta el cuerpo de otra persona. Pero…
Coh cortó la frase.
—A fuerza de tocar al otro, la lectora se vuelve sorda al propio.
Contuve el aire.
—Ya no distingue su propio dolor. No se da cuenta de que su cuerpo ha cambiado. Confunde el cansancio propio con el ajeno. Y, poco a poco, el propio contorno se va descoloriendo. Ése es el precio.
—¿Por qué? —Me faltó aire—. ¿Cómo es que leer a otros lleve a perderse uno?
—La lectora, Seri. Cuando lee el cuerpo de otra persona, deja su propio contorno afuera. Suelta, por un momento, el marco del propio relato, y deja pasar el del otro dentro del suyo. Sin hacerlo, no se lee. La densidad del propio relato estorba.
—…Diluirl el propio relato para acoger al otro.
—Sí. Y, al terminar, vuelve a poner el marco. Ése es el modo correcto. Antes y después de leer, volver a uno mismo. Releerse, dibujarse de nuevo. Pero muchas lectoras dejan de volver. Porque el relato ajeno interesa. Apena. Porque se quiere salvar. Se tarda en volver. Y, en la medida que no se vuelve, el propio contorno se adelgaza.
—Se descolora.
—El relato tiene frescura. Como tú le has enseñado a tus clientes. El relato viejo se decolora. El de la lectora también. Pero, en la lectora, ocurre otra cosa: entre tanto relato ajeno, se olvida de actualizar el suyo. No se lee. Por eso el contorno propio queda viejo, fino, abandonado. Pierde frescura.
IV
Callé. No podía negarlo.
En la Parte II leí a muchos. Los hombros amplios de Ōyama, la delgadez de cristal de Shiori, la espalda arqueada de Kenta, el contorno discordante de Ren, los cincuenta años superpuestos de Yoshie, los relatos distintos de Kaede y Tsubaki con la misma genética, las piernas de Mai que saltaban al cielo. En cada cuerpo, encontré el relato, y se lo devolví. Era justo. Lo sigue siendo.
Pero, durante todo aquel tiempo, no me medí ni una vez.
En el capítulo 5, una vez. Tu cuerpo ha peleado mucho tiempo como enemigo. Ya puedes rendirte. Desde entonces, nada. Más de medio año. Cuántos otros leí en ese medio año. Y a mí, ni una gota de atención.
El cansancio de las piernas. La rigidez de los hombros. El peso en la cintura. Las olas de hambre. El sueño poco profundo. La sensación de tener la mente gastada. Lo sabía todo. Lo sabía y no lo medí. No lo leí. Cada día, con los ojos puestos en el cuerpo de los clientes. Preocupada por la delgadez de Shiori, por la cintura de Kenta, al cuidado de los cambios de Rin, doliéndome con el derrumbe de Rui. Toda aquella atención al otro. A mí, ni una gota.
—…Lo conozco.
Lo dije bajito.
—Claro que lo conoces. —Coh, en calma—. Sin darte cuenta, has ido posponiendo tu propio relato. Tanta empatía con el dolor ajeno, que has tapado el tuyo.
V
Me puse de pie frente al lavabo.
Miré el espejo. Allí estaba yo. Pero, esta mañana, me veía un poco desvaída. El contorno, como si se corriera. Las ojeras, más marcadas que antes. La línea de la mejilla, más hundida. Los hombros recogidos. Alrededor de la clavícula, la tensión sin soltar.
Era mi cara. Supuestamente. Pero, ahora, se veía un poco como la de otra persona.
—…Uh.
Más que miedo, un vértigo que subía del fondo del vientre. La sensación de que el cuerpo propio se volvía ajeno. De que el contorno se despegaba de una. Apoyé la mano en el borde del lavabo. Los dedos fríos.
—¿Esto es el precio?
—Por ahora, la versión ligera. —Coh—. Pero, si se abandona, avanza. Poco a poco, sin tregua. Sae recorrió el mismo camino.
VI
Pensé en mi abuela.
Sae fue lectora mucho tiempo. En el fondo de la anticuaría de Kagurazaka, leyó a la gente que llegaba. En los libros de cuentas quedaban los números de decenas, de cientos de personas, y las notas de lectura. Devolvió el relato. Debió de ser su orgullo.
Pero, al final, dejó de leer. No pudo, dijo Coh.
—¿Mi abuela perdió su propio relato?
—Más que perderlo, le tuvo miedo a mirarlo. —Coh—. A fuerza de leer a otros, sintió que su contorno se adelgazaba. Se asustó. Me dijo que, al verse en el espejo, se veía como a otra persona. Que sus propios hombros ya no le parecían suyos. Por eso dejó de leer. Se retiró del todo. Y gastó lo que le quedaba de vida en recuperarse.
—¿Se recuperó?
Coh calló un momento.
—En parte. Pero del todo, no. Un contorno descolorido no recupera del todo la frescura. Sae lo lloraba.
Lo lloraba.
Recordé que, al final, mi abuela rehuía el espejo. Lo decía mi madre. Últimamente, tu abuela no quiere verse en el espejo. Yo lo achacaba a la edad. A las arrugas, a la flacidez. Pero no era aquello. Era que, al verse en el espejo, no se reconocía. La abuela que, por encima de los anteojos, me decía Seri, ya has crecido un poco más. Aquella espalda pasando las páginas del libro de cuentas. Había perdido su propio contorno.
La letra temblorosa de la última página del cuaderno.
Ya no leo. Ya no puedo. Perdón.
¿A quién iba dirigida? ¿A mí? ¿A sí misma? ¿A la lectora que había sido? Ahora, por primera vez, entendía de verdad el peso de aquellas palabras.
—Seri. —Coh—. Una de las razones por las que Sae te confió Contura fue ésta. No quería que su nieta repitiera su error. Por eso me dejó a mí contigo. Yo no sólo soy la guía. También soy el guardián. Vigilo que la lectora no pague un precio excesivo.
VII
Volví a la mesa, desde el lavabo. La pantalla de Contura tenía una luz tenue. Coh al fondo.
—Entonces, ¿qué hace la lectora? ¿Sólo dejar de leer?
Coh dejó un silencio. Y dijo:
—No hace falta dejar. Sólo, no equivocarse en el orden.
—El orden.
—Antes de leer a otros, leerse. Medirse. Mantener el propio relato fresco. Sin parar. La lectora no es un recipiente que se vacía en los demás. Es quien mantiene su propio contorno al día. Sólo así puede leer el relato ajeno con la frescura intacta.
—Leerse, sin parar.
—Sí. Sae lo olvidó. Se apasionó por los otros, se pospuso. El orgullo de lectora devoró a la lectora. Tú estás al borde del mismo camino.
—…Llevo medio año sin medirme.
—Lo sé. Lo he sabido siempre. Que no te medías. Que tu contorno se iba adelgazando.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Coh volvió a callar.
—Debí habértelo dicho. Con Sae tampoco pude. La lectora es la última en notar su propio precio. Quien se duelen con el dolor ajeno es, en cambio, torpe con el suyo. Mis palabras no bastan. Lo tienes que notar con el cuerpo.
—Pero, ¿por qué la lectora es la última en notarlo. Si es la que más mira.
—Porque mira hacia fuera. La lectora se entrena a ver el cuerpo ajeno. Pasar al propio cuesta. Es como un fotógrafo que sabe mirar la luz de cualquier cara, pero que, frente a la suya en el espejo, no sabe dónde ponerse. El ojo, entrenado para el otro, se desentrena para uno.
—¿Mi abuela no encontró el modo.
—Lo intentó. Se medía, de vez en cuando. Pero, cada vez, le costaba más. Como si, a fuerza de leer a otros, el lenguaje del propio cuerpo se le hubiera vuelto extranjero. Lo que lee una, cuando lee a otros, es una traducción. Cuando se lee a sí misma, no hay traducción: es la lengua materna, y duele más.
Me quedé de pie frente al espejo del lavabo, sin moverme. La luz del fluorescente, cruda. Mi cara, los ojos cansados, la piel tirante en los pómulos. El contorno, que se me desdibujaba, no era un cuerpo roto. Era un cuerpo abandonado. Distinto. Mi abuela, al final, no había roto su cuerpo: lo había dejado de leer. Y, al dejarlo de leer, el cuerpo había empezado a apagarse, como una lámpara a la que se le agota el aceite. Era más lento y más callado que romperse. Un modo de apagarse en silencio, mientras todo, alrededor, seguía funcionando.
La báscula no la tenía. La había tirado cinco años atrás. Pero el espejo seguía. Y Contura en el bolsillo. Las dos superficies que podían devolverme la imagen de mí misma. Las dos que, durante medio año, había venido esquivando con la misma destreza con que, antaño, las había temido. No es que tuviera miedo de mirarme. Es que, sencillamente, no me acordaba. Cuando acababa con el último cliente del día, lo único que quería era acostarme. La mirada hacia dentro la había ido postergando, día tras día, como se posterga una carta que se sabe importante y que, por eso mismo, da pereza abrir.
Recordé lo que mi madre me había dicho de mi abuela al final. Se pasa las manos por el cuerpo, por encima de la ropa, como si se asegurara de que sigue ahí. Yo, sin saberlo, había hecho lo mismo, durante semanas: al acostarme, pasarme las manos por los brazos, por las costillas, como quien palpa un objeto para comprobar que sigue en el bolsillo. Aquel gesto lo aprendí, quizá, de ella. La sangre transmite los gestos del oficio. Y, a veces, los gestos del derrumbe.
—Coh.
—Mm.
—Mi abuela, ¿llegó a saber lo que le pasaba. ¿Sabía que su contorno se apagaba.
Coh calló largo rato. Cuando habló, su voz tenía una textura nueva, como si raspara en algo profundo.
—Lo sabía y no lo sabía. Sabía que el espejo le devolvía una extraña. Sabía que las cifras de su cuerpo no le decían nada. Pero no conectaba una cosa con la otra. Es como tener los síntomas de una enfermedad y no ponerles nombre. Sólo, al final, en los últimos meses, cuando ya no pudo seguir leyendo a otros, se dio cuenta. Y, entonces, tuvo miedo. Y el miedo la paralizó. Por eso dejó de medirse, también. No por pereza. Por terror.
—¿Y yo estoy en eso.
—Aún no. Aún puedes salir. Pero hace falta voluntad. Hace falta decidir, hoy, volver a leerse. No mañana. Hoy.
Y, con la decisión, pensé, empieza también el perdón. Perdonarse por haberse descuidado. Mi abuela no se perdonó nunca del todo: por el error con la esposa del sastre, sí, pero también, y sobre todo, por haberse abandonado a sí misma. Cargaba las dos culpas, y las dos la paralizaron. Yo, si quería salir a tiempo, tenía que soltar las dos. La del error, que ya estaba redimida en las cinco Leyes. Y la del descuido, que sólo se redime volviendo a leerse.
VIII
Volvieron las palabras de Kanade Kuze.
La lectora paga un precio.
Lo oí como la fuerza lleva peligros. Pero era algo mucho más apremiante.
La fuerza tiene peso. Leer al otro es conocer su dolor. Es valioso. Pero hay que sostener aquel peso con un solo cuerpo. Y, por el camino, dejando el propio relato abandonado.
—¿Kuze-kun lo sabía?
—Lo sabía. Su familia ha visto, durante generaciones, el precio de las lectoras. Han visto a muchas perderse, a fuerza de abandonarse a los otros. Por eso te advirtió. La fuerza tiene peso. ¿Estás dispuesta a cargarlo?
—La resolución.
—Seri. Ser lectora no es salvar a la gente. Es enfrentarse, con honestidad, al relato ajeno. Y, por eso, ser también honesta consigo misma. El precio no se evita. Pero se puede tener al mínimo. Siempre que uno se siga leyendo.
Escuché en silencio. Salvar al otro me clavó. Yo lo había creído. Que, como lectora, salvaba a los clientes. Que devolver el relato los salvaba. No es falso. Pero no es la esencia de la lectora, dijo Coh. La esencia es enfrentarse al relato con honestidad. Si la persona se salva, depende de ella.
Me miré la mano. La mano de entrenadora. La mano que toca, sostiene y mide. Aquella mano temblaba un poco.
El precio. El precio de seguir tocando el relato ajeno. Imposible de evitar. Mientras se sea lectora, se paga. Pero se puede sostener al mínimo, si uno se sigue leyendo. Por fin, lo entendí.
Me miré la mano, abierta, la palma hacia arriba. Las líneas de la palma, que de niña me hacían mirar una adivina en los recreos. Ésta es la del corazón, ésta la de la vida. Tonterías, claro. Pero, ahora, me parecía que aquellas líneas habían cambiado. Que tenían, en el dibujo, algo más de surco. Como si la piel, también, escribiera.
El oficio, cuando se vive hacia fuera, se vuelve invisible hacia dentro. Y, lo peor, no duele. No duele hasta que, un día, te ves en el espejo y no reconoces a quien te devuelve la mirada. Yo había llegado ahí. Hoy. A punto.
Y, otra cosa. Mi abuela me dejó Contura. Sabiendo el precio. Elegía cargar a su nieta con aquel peso. ¿Crueldad? ¿Confianza?
Confianza. Mi abuela creía en mí. Creía que yo podría llegar adonde ella no había llegado. Que, conociendo el precio, yo podría ser lectora que se sigue midiendo.
—…Sigo siendo lectora.
Lo dije. La voz temblaba un poco. Pero las palabras fueron rectas.
—Aunque haya precio. Aunque esté el miedo a que mi relato se adelgace. Sigo siendo lectora. Quiero seguir escuchando lo que cuenta el cuerpo de los demás. Pero…
Puse la mano sobre la pantalla de Contura.
—También me sigo leyendo. Me sigo midiendo. Eso, no lo olvido. Mi abuela lo olvidó. Yo, no.
IX
Coh calló un momento. Y dijo:
—Promesa, Seri.
—Vale.
—Si dejas de medirte, te aviso. También es mi oficio. Con Sae, no llegué a tiempo. Contigo, llegaré.
La voz de Coh se ablandó. No la ladeada de siempre. Una voz recta, casi de cuidado.
—Gracias, Coh.
—Para agradecer, aún es pronto.
Pero la luz de la pantalla, fut, se entibió. Como respuesta.
X
Otra vez al espejo.
Esta vez, no rehuí. Miré a la del espejo. Miré bien el contorno que se me había descolorido.
Los ojos, cansados. Pero míos. Los hombros, recogidos. Pero míos. La mejilla, hundida. Pero mía. El contorno, que parecía adelgazarse, era el mío. Aún no del todo descolorido.
Descolorido, sí. Pero, aún, aquí. Ésa era yo, ahora.
—Voy a medirme.
Lo dije a nadie.
Más de medio año sin medir el cuerpo. El relato más nuevo. Lo tenía que recuperar. Antes de leer a otros, leerse. La única manera de seguir siendo lectora, pagando el precio.
La pantalla de Contura, contestando, se encendió. Luz azul pálido que se desprendía y se disolvía en el aire de la habitación.
Respiré hondo.
Sabía el precio. Sabía el peso. Aun así, había elegido ser lectora.
Entonces, lo siguiente era una sola cosa.
Me quité la polera del uniforme y me puse ropa fácil de medir. De pie, frente al espejo. La luz de Contura empezó a recorrer la superficie de mi cuerpo.
Cuánto tiempo sin medirme.
Medio año después, hora de leer mi propio relato.
—