Parte IV — La memoria de Contura

Capítulo 35. El valor de medirse

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I

La luz de Contura empezó a recorrer la superficie de mi cuerpo.

Medio año.

La última vez, aquella noche. Cuando leí: tu cuerpo ha peleado mucho tiempo como enemigo; ya puedes rendirte. Desde entonces, no me leí. En la Parte II, en la Parte III, cuántos cuerpos ajenos leí. Los hombros de Ōyama, el cuerpo de cristal de Shiori, la cintura de Kenta, el contorno de Ren, los pliegues de Yoshie, el cambio de Rin, el derrumbe de Rui. A cada uno, atención. A mí, ni una gota.

Las partículas azul pálido fluían de las puntas de los dedos al hueco de la clavícula, a cada costilla, al ángulo del hueso de la cadera. Luz tibia, casi agua. Una temperatura acariciante. Pero, aquella noche, la tibieza dolía. Como si, al fin, una mano tocara un cuerpo mucho tiempo abandonado. Mezcla de disculpa, alivio y miedo.

—No cierres los ojos. —Coh—. Esta vez, mira. Mira tu contorno sin rehuir.

II

Me quedé de pie con los ojos abiertos, en el centro de los seis tatamis.

La luz dibujó un aro a mi alrededor. Una línea de luz corre por encima de las escápulas.

Hombro 41

Pecho.

Pecho 84

Cintura. Cadera. Muslo. Los números flotaban, uno detrás de otro. Casi iguales a los de medio año antes. Pero, mirando bien, en algunos puntos había cambio.

Cintura 72 Cadera 90 Brazo 24,5 Muslo 52

El brazo había perdido, muy poco, el tacto firme de medio año antes. El muslo, igual. Diferencias que los números no delataban del todo. Pero, cuando la luz recorría el contorno, aquella soltura sutil se notaba, como pasando el dedo.

Y, en el aire, se alzó el volumen de luz con la forma de mi cuerpo.

Después de medio año, mi contorno.

III

Se parecía al de la última vez. Pero no era igual.

Los hombros. Medio año antes, anchos y rectos. El contorno de ahora tenía, el derecho, un poco enrollado hacia delante. Alrededor del escaleno, la luz se estancaba. La huella de estar inclinada hacia delante, en el escritorio y en las mediciones de los clientes.

La cintura. Medio año antes, poco marcada, pero simétrica. Ahora se inclinaba, un punto, a la derecha. Tenía la costumbre de cargar, sin saberlo, el peso en el pie derecho cuando medía de pie mucho rato. Aquello me torcía la línea de la cintura.

El cuello. Antes, recto, con la cabeza bien puesta. Ahora sobresalía, un poco, hacia delante. La postura de quien escruta una pantalla.

—…Está torcido. —Lo dije bajito.

—Más que torcido, usado. —Coh, en calma—. Tu cuerpo ha trabajado medio año sin parar. Inclinada hacia los clientes, de pie. El cuerpo se deforma en esa medida. No es malo. El problema es que no lo mirabas.

—No lo miraba.

—La frescura había bajado. No sabías el relato más nuevo de tu cuerpo. Creías que la de ayer era la de hoy. Ahí empieza el precio.

Me mordí el labio. Coh tenía razón.

IV

El contorno de luz cambió. Las partículas se hundieron bajo la piel y se hizo una transparencia hacia dentro. Detrás de la capa de grasa, subió una luz de músculo, rojez tenue.

—Medio año atrás, tu número de núcleo era 13,8.

En el aire, la cifra.

Núcleo 14,2

—Ha subido. —Lo dije casi sin querer.

—Empezaste con Sono a hacer músculo. Sentadillas, planchas, peso muerto. Dos, tres veces por semana. Está funcionando. El músculo, hecho, se queda. En medio año, el núcleo creció, poco.

14,2. Desde 13,8, medio año antes. Subida de 0,4. Mínima. Pero subía. Cuando Sono me enseñaba, me temblaban las rodillas en la sentadilla y se me rompía la forma. Ahora me defendía. La plancha, antes de 30 segundos, hoy aguantaba un minuto. Aquella suma se notaba en el 0,4.

—Pero. —Coh—. En lo que ganaste núcleo, sin darte cuenta, perdiste en otro lado.

Nuevas líneas sobre el contorno.

Estabilidad del tronco: baja Tensión muscular postural: derecha dominante Acumulación de fatiga: media

—Hiciste músculo. Pero no revisaste el uso. En las mediciones, echada hacia delante, con el peso a la derecha. Aquel desequilibrio se sobreescribe encima del músculo nuevo. Tienes núcleo. Pero ese núcleo está montado sobre un armazón torcido.

—…Torcido.

—El precio de no mirar, Seri. Hacer músculo y mirar son cosas distintas. Aunque hagas músculo, si no miras la realidad de tu cuerpo, el desequilibrio no se arregla.

V

Las partículas de luz giraron en el aire en remolino, se juntaron, formaron una frase.

La anterior aún flotaba, tenue.

Tu cuerpo ha peleado mucho tiempo como enemigo. Ya puedes rendirte.

Al lado de la vieja, subió la nueva.

Tu cuerpo, para sostener a otros, se había olvidado de sí. Otra vez te toca a ti.

Contuve el aire.

Lo leí. Y lo entendí.

El enemigo de medio año antes ya no estaba. La pelea del cuerpo del trastorno había cerrado. Aquella insight era para la que la necesitó entonces. Para la que necesitaba permiso para rendirse.

Pero el relato de ahora estaba en otro sitio.

Yo había sostenido a otros. Los hombros de Ōyama, la delgadez de Shiori, la cintura de Kenta, el contorno de Ren, la edad de Yoshie, el cambio de Rin, el derrumbe de Rui. De cada cuerpo había recogido el relato, lo había leído y devuelto. Era justo. Como lectora, había sido honesta.

Pero, mientras, me había olvidado del mío.

No me había dado cuenta de que mi hombro se enrollaba. Ni de que la cintura se ladeaba. Había confundido mi cansancio con el de los clientes. Había tapado mi dolor.

Para sostener a otros, me había olvidado de mí.

No era el mismo dolor que el de los años de guerra con el cuerpo. Pero tenía la misma raíz. La costumbre de posponer el cuerpo propio. La costumbre de aguantar el dolor. Eso llevaba diez años conmigo.

—…Es cierto. —Cerré los ojos y los abrí—. Había olvidado. Que me tocaba a mí.

—Seri. —Coh—. La insight anterior te aconsejó rendirte. Ésta te aconseja volver. Volver a levantarte del lugar donde te rendiste. Volver a poner, una vez, la mano que dabas a otros hacia ti.

—Volver.

—Volver al propio relato. Ésa es la siguiente clase de valor.

VI

Miré hacia arriba el contorno en el aire. El hombro torcido. La cintura ladeada. Y, al fondo, la luz del músculo rojizo. El núcleo, 14,2. Mi contorno, descolorido a medias, pero aún aquí.

—Coh. ¿Cómo se tiene el precio al mínimo?

—Una sola manera. —Coh, recto—. Medirse siempre. Hacerse la costumbre. Nada más.

—Costumbre.

—La lectora, antes de leer a otros, se mide. Cada día, si quiere. Cada semana, también. A intervalos regulares, levantar siempre el propio contorno. Ver los propios números. Leer la propia insight. No parar. Ésa es la única manera de tener el precio al mínimo.

—Cada día.

—El relato tiene frescura. Pasa un día, el cuerpo cambia. Tres días, el relato empieza a descolorirse. Más de una semana sin tocar, ya no se sabe el último yo. Por eso, medir. Qué cuerpo tengo hoy. Qué relato vivo hoy. Mantenerlo siempre fresco. Antes de hundirse en el relato de otros, actualizar el propio al último. Ésa es la rutina de la lectora.

—Rutina.

—Sae lo olvidó. Se apasionó por los otros, descuidó su actualización. Una vez, dos, tres. La negligencia se acumuló, y no se dio cuenta de que el contorno se adelgazaba. Cuando se dio cuenta, le dio miedo volver. Dejó de medirse. Y, al dejarlo, aún le costó más volver. Círculo vicioso.

—Yo no paro.

—No basta con decidir no parar. —Coh—. Hay que hacerlo costumbre. Si no, no sirve. La resolución se diluye. En tres días, se olvida. En una semana, la excusa: hoy no. En un mes, bueno, tampoco pasa nada. Ésa es la cara de la negligencia.

Callé. Coh tenía razón.

Se me daba bien decidir. Pero continuar, no. El registro de comidas, el diario de sueño, los estiramientos: en tres días, abandonados. Cuántas veces me dije mañana, en serio. Y mañana no llegaba.

Pero el entrenamiento del músculo sí siguió medio año.

VII

Recordé el día en que Sono me enseñó.

—Seri. El músculo se hace. Conoce lo divertido que es hacerlo.

Sono me tomó de la mano y me enseñó la sentadilla. Las rodillas me temblaban, la cadera se me iba atrás, daba pena. Pero Sono se rió. Bien, así está bien. El músculo se rompe hasta llorar y vuelve a nacer. Eso es lo divertido.

Medio año, seguido. Al principio, con Sono. Después, sola. Por la mañana, al levantarme, después de estirar, diez sentadillas. Treinta segundos de plancha. Al volver del trabajo, peso muerto, con mancuernas ligeras, tres series. Sono me había machacado: la forma importa más que el peso. Así que el peso era aún ligero. Pero la forma, estable.

Por qué siguió. Lo sabía. Porque me gustaba. Porque me alegraba ver músculo. Porque me alegraba asentar la forma. Porque me gustaba ver que mi cuerpo cambiaba. No como castigo. Como gusto. Por eso siguió.

—Con medir, ¿pasará lo mismo? —dije—. No como miedo. Como gusto.

—Puede. —Coh—. Seguiste el entrenamiento, no como castigo, sino como gusto. Lo mismo, con la medición. Si recibes el número como sentencia o como diálogo, lo decides tú.

—Diálogo.

—Sí. Tiempo de diálogo con tu cuerpo. Hoy, los hombros están duros. Estoy ladeada a la derecha. Tengo fatiga acumulada. Lees. Y respondes. Descansas. Estiras. Mueves. Medir no es sentenciar, es escuchar. Escuchar lo que dice el cuerpo hoy.

Escuchar.

Masticqué la palabra.

Diez años atrás, cada vez que subía a la báscula, el número me sentenciaba. Demasiado, temblaba. No suficiente, me apuraba. El número era juez.

Pero el número de Contura no sentenciaba. Sólo decía ahí está. El hombro enrollado. La cintura ladeada. El núcleo que subió. Presentación de hechos, no de juicio. Oír los hechos y decidir qué hacer: eso me tocaba a mí.

—Me mediré cada noche. —Lo dije—. Antes de dormir. Al final del día. Leerme y, después, dormir. Hacerlo costumbre.

—Cada noche, qué elegancia. —Coh, como si riese—. Pero no te aferres a la forma. Por la mañana, también vale. Después del trabajo, también. Lo importante es el intervalo regular, sin abandonar. Puedes dejar tres días. Pero más de una semana, no. Una semana es el límite de la frescura.

—Vale.

—Una cosa más. —Coh—. Si te mides, registra. Apunta los números. Haz visible el cambio. Lo mismo que has hecho con tus clientes, hazlo contigo. Cuídate como cuidaste sus cambios. Eso es la honestidad.

—Honestidad conmigo.

—Sí. La lectora honesta con otros y deshonesta consigo misma termina derrumbándose.

VIII

Me senté en el borde de la cama.

El contorno en el aire iba cambiando.

Al principio, tenue. Descolorido, corrido, como de otra persona. Pero, ahora que había terminado de medirse, el contorno recuperaba, poco a poco, el color.

El azul se espesaba. La línea, más clara. La línea de los hombros, la cintura poco marcada, la curva de las caderas. Torcido, pero sin duda mío.

—Coh. Vuelve el color.

—Porque has vuelto a medirte. Se actualizó la frescura. Al contorno viejo, abandonado, se le sobreescribió un relato nuevo. El descolorimiento no se borra de golpe. Pero, si sigues midiéndote, espesa. Eso es recuperarse.

—Recuperarse.

—Sae lo descuidó. Por eso no volvió del todo. Tú aún llegas. Medio año es mucho. Pero, antes de descolorirse del todo, te has vuelto a medir. Si lo haces costumbre desde ahora, se recupera.

Me puse la mano en el hombro. El hombro derecho torcido. La escápula enrollada. Debajo, el músculo. El núcleo 14,2.

—Me toca a mí. —Lo dije bajito.

La frase de la insight. Para sostener a otros, te habías olvidado de ti. Otra vez te toca a ti.

Me toca a mí. No significa rechazar al otro. Ni dejar de leer a los demás. Sólo, antes de leer a otros, leerse. Mantenerse al día. El propio contorno fresco. Sólo así se lee el relato ajeno con la frescura intacta.

Equilibrio nuevo. Mi nuevo punto de apoyo como lectora.

IX

Aquella noche, decidí medirme cada noche.

Volver del trabajo, ducharme, antes de dormir. Encender Contura, levantar mi contorno. Ver los números. Leer la insight. No llevaba más de tres minutos. Pero, al final del día, gastarlos en mí.

Los tres primeros días, novedad. El cuarto, llegué tarde del trabajo, me dio pereza. Pero Contura brilló, en calma. Coh, al fondo de la pantalla. No me dijo ¿hoy no te mides?. Sólo estaba. Y bastó para que lo encendiera.

El contorno del cuarto día era casi igual al del anterior. Pero el enrollamiento del hombro derecho se había aflojado, un punto. Por la mañana, me había cuidado de abrir el pecho. Medir, notar, corregir. Otra vez.

A la semana, se iba volviendo costumbre. Como cepillarse los dientes. Medirme antes de dormir. El miedo, ya no. Los números no me sentenciaban. Sólo me decían el hoy. Estás cansada. La postura está torcida. Dormiste bien.

Medir es escuchar.

Las palabras de Coh.

Había empezado a escuchar la voz del cuerpo. La voz que, durante diez años, me tapé.

X

A la mañana siguiente, en el vestuario de Life Compass.

Me puse la polera del uniforme. Abrí los hombros. Abrí un poco el pecho. En el espejo, mi contorno se veía, sentía, un poco más espeso. No seguridad. Certera. Saber qué dice mi cuerpo.

—Buenos días, Seri. —Sono abrió la puerta. Pelo corto, sonrisa—. Hoy también, con fuerza.

—Buenos días, Sono-san. —Me volví—. Oye, quería pedirte un consejo.

—¿Mm? ¿Qué?

—Sono-san, ¿te mides el cuerpo de vez en cuando? El núcleo, el contorno.

Sono puso cara de sorpresa. Después, se rio.

—Me mido. Una vez por semana, por lo menos. Si no conozco mi cuerpo, termino mintiendo a los clientes.

—También tú te mides.

—Claro. El entrenador que mira a los clientes pero no se mira a sí mismo, no sirve. Kurosawa lo dice siempre.

Volvieron las palabras de Kurosawa. El cuerpo no miente; los números, sí. Pero los números que no se miran, antes de mentir, no existen. Si no se miran, tampoco mienten.

—…Sono-san. ¿Te vuelvo a medir? Desde aquella vez, ha pasado mucho. Quiero leer, nueva, tu cuerpo.

Sono entornó los ojos. La sonrisa de siempre, agradable. Pero, al fondo, como una sombra finísima. Se apoyó en la taquilla, cruzó los pies descalzos. El vestuario olía a madera vieja y a desinfectante. Por la ventana abierta entraba, con el sol de la mañana, el canto espeso de las cigarras. Sono, en aquel instante, parecía medirme con la mirada: como evaluando si yo, hoy, estaba en condiciones de sostener lo que su cuerpo iba a decirme. Y yo hacía lo propio con ella. Sin decirlo. Como dos entrenadoras que se leen la mañana antes de hablar. Sono tiene, de su época de competición, la costumbre de oler el estado del otro antes de preguntar. Yo, de la época del trastorno, la costumbre de esconder el mío. Aquella mañana, entre las dos, no hacía falta decir nada: Sono ya sabía que yo estaba mejor. Se apoyó en la taquilla, cruzó los pies descalzos. El vestuario olía a madera vieja y a desinfectante. Por la ventana abierta entraba, con el sol de la mañana, el canto espeso de las cigarras. Sono, en aquel instante, parecía medirme con la mirada: como evaluando si yo, hoy, estaba en condiciones de sostener lo que su cuerpo iba a decirme. Y yo hacía lo propio con ella. Sin decirlo. Como dos entrenadoras que se leen la mañana antes de hablar.

—…Ah, vale. Pero, Seri. El mío también ha cambiado un poco.

—¿Cambiado?

—Sí. Bueno, eso, lo ves al medir.

Sono se rio. Pero la risa, más ligera que de costumbre. Como si tapara algo.

Me quedó la espina. Pero no pregunté más. El cuerpo de Sono es de Sono. Si había que escuchar, medir y preguntar de frente. Como había hecho conmigo. Esperar, medir, escuchar. Ése es el modo honesto.

—Pues luego, bajamos al Círculo.

—Sí, deja.

Sono abrió la taquilla. Me dio la espalda. Y aquella espalda —la espalda ancha y gruesa forjada en la lucha— se veía, hoy, más redonda. Como si cubriera algo.

Deslicé el móvil conectado a Contura en el bolsillo de la polera. El frío del metal.

Ya tenía el valor de medirme. Lo siguiente era usar aquel valor para el otro.

Pero, antes, la espalda de Sono seguía preocupándome. En el espejo del vestuario, me vieron pasar las entrenadoras que entraban y salían. Yo me peinaba, despacio, sin prisa. Por primera vez en semanas, me miraba la cara sin apartar la vista en seguida. Los ojos cansados, sí. Pero los míos. La mandíbula, un poco tensa. Pero mía. El pelo recogido con la goma de siempre, flojo de la nuca. Pero mi cabeza, sobre mi cuello. Nada que no pudiera sostener.

Mi contorno recuperaba el color. Con el equilibrio nuevo, estaba lista para leer al otro. Pero lo que el cuerpo de Sono iba a contar, aún no lo había escuchado.