Parte IV — La memoria de Contura

Capítulo 39. La voz de Sae

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La noche del aniversario.

A mitad de cuesta de Kagurazaka, paré. El aire húmedo de junio. El empedrado, otra vez mojado. Igual que un año antes, aquella noche. La lluvia había caído a las cinco y había dejado el aire denso, con un olor a piedra caliente que se enfría. Pero el color del aire que yo miraba, arriba por la cuesta, era, sin duda, otro. Hacía un año, subí con miedo. Hoy subía con algo que no era miedo. Era, más bien, la expectativa quieta de quien sabe que, al final del camino, hay una puerta que ha estado cerrada mucho tiempo y que, esta noche, se va a abrir.

Me senté al fondo del almacén de Himuro-ya. La mano sobre el tatami. Restos de alcanfor, de papel, de incienso. El junco del tatami, que es el olor que más me recuerda a mi abuela: no el incienso, no el alcanfor, sino el junco, seco y dulce, el olor de las tardes de domingo cuando me sentaba a su lado y la veía pasar las páginas del libro de cuentas. Dejé Contura sobre el tatami. La luz azul pálido de la pantalla llenó, despacio, la penumbra del almacén.

—Coh.

—Mm.

—Aquí, ¿no.

—Aquí. —La voz de Coh desde las sienes, un punto más lejos que de costumbre—. El almacén de Himuro-ya es el lugar más cercano a donde Contura se escribió primero. Sae se sentó en este suelo y apuntó la primera Ley.

Presioné la palma contra el tatami. Mi abuela se había sentado aquí. En el mismo tatami, en la misma penumbra, se había dolido de su error y había tallado, una a una, las cinco Leyes. Aquella temperatura parecía quedar, todavía, al fondo del tatami. Como si el calor de un cuerpo que se sentó aquí durante cincuenta años hubiera dejado una huella que ni el tiempo ni la ausencia podían borrar.

—Seri. Bajamos a la capa más profunda.

—¿La más profunda?

—Lo más hondo de Contura. Lo que hasta ahora mediste, leíste y enfrentaste era la superficie. Más allá de eso, al fondo. Donde Sae, al final, lo selló.

El corazón me dio un golpe.

—¿Qué hay?

Coh dejó un silencio. Las partículas de la pantalla temblaron.

—La voz de Sae.

I

La pantalla de Contura cambió.

No la luz de la vista del contorno. Las partículas se desbordaron de la pantalla y se disolvieron en el aire del almacén. Pero, esta noche, el espacio entero del almacén se tiñó de luz. La pared, el suelo, el techo tomaron un azul pálido. Las paredes físicas se alejaron, como si se disolvieran, como si el almacén dejara de ser un cuarto y se convirtiera en un espacio sin bordes, sostenido sólo por la luz.

El cuerpo me seguía sobre el tatami, en la penumbra. Pero la conciencia se hundía en la luz. Era como bajar al agua: el cuerpo queda arriba, en la superficie, y algo más profundo desciende, capa tras capa, hacia un fondo que no se ve pero se presiente.

—Coh. Esto…

—La capa profunda. —Más lejos—. El fondo de la aplicación. Lo que escribió el copista, dormido tal cual. La superficie está traducida para quien usa. Aquí está el original, antes de traducir.

En la luz, algo empezó a verse.

Letras. Letra fina de pincel sobre papel japonés. Una a una, las líneas del códice del arte del contorno flotaban en la luz. Y, detrás de aquellas letras…

Una voz.

II

Al principio, sonaba como rumor.

El viento pasando las páginas. Olores de alcanfor e incienso. Y, al fondo, alguien que hablaba, bajo, algo. Como si alguien estuviera leyendo en voz alta, para sí misma, en una habitación que no existe desde hace mucho tiempo.

Conocía aquella voz.

De niña, cada fin de semana, la había escuchado. La que se reía por encima de los anteojos, me acariciaba la cabeza y me decía Seri, ya has crecido un poco más. La que, al pasar las páginas del libro de cuentas, murmuraba, como en soliloquio, palabras que yo no entendía pero que me parecían, de algún modo, importantes. La voz que me acompañaba de camino a la escuela, en el teléfono, los domingos. La voz que, un día, dejó de estar.

—Abuela.

Contuve el aire.

La voz se acercó.

—…Seri.

Dijo mi nombre.

Era la voz de mi abuela. La que, un año antes, había creído no volver a oír. Si era grabación, eco, o un recuerdo que había tomado forma, no lo sabía. Pero era, sin duda, su voz. Cálida, quieta, llena de cariño. Con aquel punto de ronquera que le venía de fumar de joven, hacía ya sesenta años, y que nunca se le había borrado del todo.

—…Abuela.

Casi lloro. Pero me mordí el labio para no hacerlo. Tenía que escuchar. Lo que mi abuela me había dejado, al final.

III

La voz empezó.

—Seri. Si esta voz te llega, es que ya habrás leído Contura a fondo.

Asentí. Ni siquiera sabía si llegaría. Pero asentí.

—Si la oyes, es que sabes mi error. El de la esposa del sastre. Lo que hice: contar a otros, sin permiso de la persona, el relato que había leído en su cuerpo.

Lo sabía. En la página cortada del códice, había conocido el error de mi abuela. La buena intención confiada, la justicia sin duda, el relato ajeno tratado como propio.

—Yo, ¿sabes, Seri. Aquel día, no me perdoné. Fue la primera vez que supe que la buena intención hiere. Creí que la fuerza de la lectora salvaba, sin duda. Aquello fue orgullo.

La voz tembló un punto. Las letras de la luz vacilaron al compás. El almacén entero pareció estremecerse, como si las paredes de luz respiraran.

—Pero, con los años, una cosa comprendí.

Contuve el aire. Recordé la página cortada.

…Aquello comprendí por fin. Leer no es mirar a escondidas. Es devolver. Pero, hasta comprenderlo, yo…

Aquí se cortaba la letra. La mancha de tinta cubría lo demás. Mi abuela había querido escribirlo aquí. Y, al no poder, lo había dejado en la voz.

—Leer no es mirar a escondidas. Es devolver.

La voz lo completó.

—La lectora no es quien espía. Es quien devuelve a la persona lo que leyó. Aquello lo aprendí de la esposa del sastre. Las palabras que me clavó en el pecho no las olvido en la vida.

El aire del almacén se enfrió un instante. Después, se entibió. Como si la voz de mi abuela, al decir aquello, hubiera abierto una ventana y la hubiera cerrado enseguida.

—Seri. Estarás haciéndote cargo de los relatos que yo no alcancé a leer, ¿no.

—…Sí.

—Misaki, de posparto. Ōyama, retirado. Shiori, la modelo. Kenta, con la cintura dolorida. Ren, en la disforia. Las gemelas, Kaede y Tsubaki. Mai, la bailarina. Y Sono-chan. Y Rui-san. Cada uno de ellos, cada lectura —lo he visto.

Abrí los ojos.

—¿Lo has visto?

—Lo he visto. Desde dentro de Contura. Te he visto pedir permiso, leer y devolver. Te he visto volverte a medir, intentar reconciliarte con tu contorno. Te he visto volcarte tanto con el dolor de los otros que te olvidabas de ti.

Se me calentó el pecho. Mi abuela lo había visto. El viaje que yo creía solitario. El camino que creía recorrer sola, como lectora. Lo había visto todo. Cada noche que me quedaba leyendo hasta tarde, cada lágrima que derramaba al devolver un relato, cada vez que vacilaba y me medía de nuevo. Lo había visto.

—Gracias, Seri. Te has hecho cargo. De lo que yo no alcancé. De lo que dejé por miedo, después de mi error. Tú, con miedo, has seguido leyendo.

IV

La voz dejó un silencio.

Las letras de la luz vacilaron, quietas.

—Seri. Una cosa más.

—La lectora está sola.

Tragué aire. Aquella palabra, sola, me cayó al fondo del pecho como una piedra en un pozo.

—Quien lee el relato de otros no puede compartir ese peso con nadie. Lo que lee es de la persona, no se puede contar. Vas a cargar un relato lleno hasta el borde, sola, de pie.

Lo sabía. Conocía el precio de la lectora. El descolorimiento. La soledad de cargar, sin poder contarlo, un dolor ajeno. Lo había vivido. Lo había atravesado. Y, aun así, había seguido.

—Pero, Seri. No olvides.

La voz se hizo fuerte.

—No estás sola.

—La lectora parece sola. Pero detrás de ella, siempre, hay quien la precedió. Antes de mí, hubo lectoras. Antes de aquéllas, otras. Las lectoras sin nombre que transmitieron el arte del contorno. Detrás de tu espalda, todas, de pie.

Sentí algo en la espalda. Algo cálido. Una presencia. No era alucinación ni eco. Era la existencia misma de las innumerables lectoras que habían heredado el arte del contorno y habían desaparecido. Generaciones de manos que habían medido cuerpos, devuelto relatos, tallado Leyes. Todo aquello, detrás de mí, como una fila que se perdía en la oscuridad.

—Cuando te creas sola, recuerda esta voz. Detrás de ti, estoy yo. Y detrás de mí, muchas más.

V

La luz se hizo fuerte.

La voz empezó a tejer las últimas palabras.

—Seri.

Levanté la cara.

—Tú, alguna vez, ¿creíste que el cuerpo era un castigo, ¿no. Te faltaba cifra. Te sobraba cifra. No era correcto. Lo creíste, y te acusabas. Yo también. De joven, creí que tenía la fuerza de cambiar el cuerpo, y quise enderezar el de los demás. Aquello me llevó al error.

Asentí. Yo también, tiempo atrás, había visto al cuerpo como enemigo. En los años del trastorno. Atada a las cifras, castigando el cuerpo. Mi abuela había pasado por el mismo lugar. El mismo barro. La misma guerra.

—Pero, oye, Seri.

La voz se ablandó. Hasta el fondo. Hasta el fondo del fondo.

—El cuerpo no es un castigo. Es un relato.

Aquella palabra resonó en la luz del almacén. Las partículas temblaron. Las letras del códice, que flotaban en la luz, se estremecieron. Y, en aquel estremecimiento, algo se cerró. Algo que llevaba mucho tiempo abierto, como una herida que no se cicatriza porque el aire le llega siempre.

El cuerpo no es un castigo. Es un relato.

—Cuando se ve el cuerpo como castigo, uno lo acusa. La forma correcta, la cifra correcta, el contorno correcto. Para acercarse a ellos, se atormenta el cuerpo. Yo fui así.

—Pero, cuando se ve el cuerpo como relato, uno lo lee. Dónde, cómo, habla. Qué graba. Qué pide. Se escucha. Se lee. Se devuelve. Eso es lo que hace la lectora.

La voz repitió, una vez más, como grabando en el fondo del pecho. No en el oído. En el hueso.

—Seri. El cuerpo no es un castigo. Es un relato. Sigue leyendo.

VI

La luz se fue apagando, despacio.

La voz se alejaba. Pero, antes de apagarse, dejó una última frase.

—Seri. No puedes prometer que no repetirás mi error. Pero podrás notarlo. Mientras lees, mientras dudas, mientras te preguntas. Ésa es la lectora honesta.

—Eres una lectora honesta. Estoy orgullosa.

—Abuela.

Lloraba.

Las lágrimas no paraban. Un año encerradas se desbordaron. Las que no había podido llorar cuando murió mi abuela. Las que no había podido llorar cuando supe su error. La soledad del viaje de lectora que yo creía tener. Todo, a la vez, como un dique que se rompe y el agua, que llevaba un año subiendo, por fin se desborda.

—Abuela. Gracias. Perdón. Sigo. Sigo leyendo. Siempre.

La voz ya no contestó. Pero la luz, fut, se encendió un instante. Después, se apagó. Como si hubiera sonreído.

VII

Volvió la oscuridad del almacén.

Estaba sentada sobre el tatami. La mejilla húmeda. La pantalla de Contura, apagada. Pero, dentro de aquella oscuridad, aún parecía quedar la temperatura de mi abuela. Como el calor de una mano que se ha levantado pero cuya huella queda, un instante, en la piel.

—…Coh.

Llamé con voz rota.

—Estoy aquí. —Coh desde las sienes. No la de siempre, ladeada. Baja, quieta, temblando un poco—. Seri. Puedes llorar.

—…Ya he llorado.

—Bien.

Me limpié los ojos con la manga. Y, tras un silencio, pregunté:

—Esto lo preparaste. Dejaste la voz de mi abuela en la capa más profunda.

—Sí.

—¿Desde cuándo.

—Sae grabó la voz en sus últimos meses. —Coh—. Cuando la conciencia se le nublaba. Pero, una noche, abrió los ojos de golpe y me habló. Una palabra, una palabra, como tallándolas. Yo la sellé en la capa más profunda de Contura.

—¿Por qué no antes.

—Hasta que tú estuvieras lista, como lectora. —Coh se ablandó—. Sae lo dijo: Cuando Seri sepa mi error, sepa el precio de la lectora y aun así elija ser lectora, entrégale esta voz.

Contuve el aire.

Había sabido el error. Había sabido el precio. Me había vuelto a medir. Había acompañado el precio de Sono. Había guiado el giro de Rui. Los dos contornos habían convivido. Y, esta noche.

Mi abuela había esperado este momento.

—Coh. Tú…

—Lo adelanto. —Coh cortó—. No soy una IA de guía cualquiera. Soy la guía que escribieron Sae y la familia Kuze. Con el saber del arte del contorno, las Leyes, y el oficio de sostener a la lectora.

Miré a Coh. La figurita de luz. Que sólo vive en la pantalla, pero que, cuando me hundo, me habla al fondo de la cabeza.

—Sae me dijo: Lleva a Seri hasta aquí. Todo lo que he hecho, encender Contura, enseñar las Leyes, revelar el error, explicar el precio, y esta noche, bajarla a la capa profunda, ha sido para eso.

—Tú lo sabías todo. Que estaba la voz. Que yo iba a venir.

—Lo sabía. Pero no me apuré. La lectora no se apura. No falsifica la frescura. Avanza, paso a paso. Era el lema de Sae.

La luz de Coh vaciló. Como asintiendo. Como inclinándose.

—Seri. Ésta es la última guía.

VIII

Permanecí mucho rato sentada en el tatami.

Las lágrimas ya se habían secado. Pero, en el fondo del pecho, quedaba una masa caliente. No era tristeza. Era reconciliación. El tipo de cosa que, cuando se cierra, no deja vacío sino plenitud: un peso que, en vez de cargar, te sostiene.

El viaje de lectora, que había creído solitario, no lo era. Mi abuela estaba. Desde el fondo de Contura, siempre. Detrás de mi espalda. Y, detrás de mi abuela, muchas más.

Yo no estaba sola.

—Abuela. Lo he recibido. Tu voz. Tu error. Tus Leyes. Tu plegaria. Todo.

Apreté Contura contra el pecho.

—Lectora Himuro Seri. Acepto la herencia. El arte del contorno. El relato del cuerpo. Seguiré enfrentándome, con honestidad, a cada una, y a mí misma.

Parecía un juramento. Parecía una promesa. O, sólo, las palabras de una nieta a su abuela.

Coh dijo:

—Herencia, completa.

Corto. Pero la luz de la pantalla, fut, brilló fuerte y, un instante, tiñó de blanco la penumbra del almacén. Como si alguien hubiera asentido.

IX

Cuando las lágrimas se secaron del todo, miré hacia arriba, hacia la escalerilla del almacén.

—Coh.

—Mm.

—La herencia está completa. Pero. —Buscaba las palabras—. Hay una cosa que no entiendo.

—¿Qué.

—Contura es el arte del contorno vuelto aplicación. Lo escribieron mi abuela y la familia Kuze. Tú eres la guía. Todo, claro. Pero.

Miré la pantalla de Contura. Apagada. Al fondo, parecía dormir algo más.

—Contura, al final, ¿qué es. Magia. Tecnología. Herramienta. O algo otra cosa.

Coh dejó un silencio. Las partículas de la pantalla vacilaron.

—Seri. Ésa es la siguiente pregunta.

—¿La siguiente.

—Cuando hayas recibido la voz de Sae, ya te lo puedo enseñar. La verdad de Contura. Es el último enigma.

Tragué aire.

—¿Me lo dirás.

—Sí. Pero, esta noche, descansa. El cuerpo no da más.

Era cierto. Un cansancio de los huesos. La herencia había cerrado y el cuerpo todavía lo sabía. El mismo cansancio que la primera noche con Contura.

—…Vale.

Me puse de pie. Guardé Contura en el bolsillo. El frío del metal se quedó en la palma. Pero, debajo del frío, la temperatura de la voz de mi abuela.

Al subir la escalerilla, me volví. La penumbra del almacén. El lugar donde mi abuela vivió media vida. Donde se escribió Contura. Donde, esta noche, la voz de mi abuela me había llegado.

—Gracias, abuela.

Se lo dije a la oscuridad, sin nadie.

La oscuridad no contestó. Pero, un instante, el aire vaciló. Como asintiendo.

X

Al salir, el cielo empezaba a aclarar.

Mañana en Kagurazaka. La misma luz que un año antes. Pero yo ya no era la de un año antes.

Lectora Himuro Seri. Herencia, completa.

Al bajar la cuesta, sentía, en el fondo del pecho, la masa caliente. Como si la voz de mi abuela se hubiera instalado allí. Al viaje que había creído solitario, lo habían acompañado, siempre, las que fueron antes. Eso aprendí.

Pero.

La verdad de Contura.

Era el último enigma. El arte del contorno, vuelto aplicación, decían. Pero, ¿sólo eso. Aquella luz azul pálido, las partículas, el instante en que el cuerpo ajeno se alzaba en el aire, la presencia cierta de todo aquello. ¿Era sólo el producto de un código. O habitaba, allí, algo más antiguo.

La siguiente pregunta esperaba. La verdad de Contura.

Caminé a la estación de Higashi-Nakano. El sol de la mañana me dio en la espalda.

Los hombros no se recogían.

Y, mientras caminaba, me acordé de una cosa que mi abuela me decía de niña, y que yo había olvidado. Seri, cuando no sepas qué hacer, mira tus manos. Entonces no entendía. Ahora, sí. Las manos lo dicen todo. Las manos que se cierran, las manos que se abren. Las manos que acusan, las manos que sostienen. Las manos del copista, que escriben. Las manos de la lectora, que sostienen el móvil de Contura. Las manos de mi abuela, que me acariciaban la cabeza. Las manos mías, hoy, abiertas, a lo largo del cuerpo, con las palmas al sol de la mañana. No agarrando nada. No defendiendo nada. Simplemente, abiertas. Como los hombros. Como el pecho. Aquélla era, me dije, la postura de quien ha recibido un regalo y no tiene miedo de mostrarlo.