Parte IV — La memoria de Contura

Capítulo 38. Dos contornos

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I

Rui volvió a poner un pie en el Círculo cuatro días después, al atardecer.

Los pasos por la escalera del subsuelo sonaban más lentos que la vez anterior. Entre peldaño y peldaño, una vacilación que no era cansancio sino algo distinto: la cautela de quien se acerca a un lugar donde, la última vez, se le rompió algo dentro. La sala de medición, bajo la fluorescencia de Life Compass, estaba quieta como siempre. En las estanterías de la pared, las cintas métricas colgaban en hilera, y las toallas dobladas guardaban el olor del detergente de lavanda que yo había cambiado por la mañana. En el centro, el espacio vacío de la plataforma. La tela del borde, limpia, neutra. Era lo primero que el cuerpo tocaba. Una forma de respeto que yo no había aprendido de nadie, sino que había ido descubriendo, clienta tras clienta, en el silencio anterior a la medición.

Yo esperaba en la entrada del Círculo. Las manos cruzadas, el peso repartido en los dos pies. El corazón no me latía fuerte. Más bien, algo se había posado en el centro del pecho, como un pájaro que no decide si echar a volar.

—…He venido.

Takatsuji Rui se detuvo en la puerta. Sin gafas de plata. Después del desmayo, me enteré, un cristal se rompió y no se las había vuelto a poner. Sin ellas, la cara se le ve más niña. Las ojeras, un punto más claras que antes, pero la línea de la mandíbula seguía afilada, como tallada a conciencia. Llevaba una blusa gris que no le había visto nunca. No era la Rui del edificio de cristal de Omotesandō. Era alguien que se había quedado sin armadura y no sabía aún qué piel ponerse encima.

—Bienvenida. —Rodeé la recepción—. ¿Cómo te sientes?

—…Viva.

—Pues basta.

Rui soltó un hilo de aire. Como quien intenta reírse y no sale. El aire del Círculo, fresco y un poco húmedo, se movió con aquel suspiro, y, por un instante, las partículas de luz que dormían en la pantalla de Contura, en mi bolsillo, parecieron temblar. O quizá lo imaginé.

—Hoy. —Miró la sala, de un lado a otro, como quien reconoce un lugar que creía haber dejado atrás—. Pensaba probar lo que me dijiste.

—¿Qué?

—Dijiste que mi cuerpo era una armadura de cifras. Y que debajo de la armadura había algo que devolver. Eso… quiero mirarlo, en serio, una vez.

Asentí. El pájaro del pecho abrió las alas. Aquella persona, de verdad, intentaba cambiar. No era un capricho ni una rendición: era la decisión más difícil que había tomado en su vida, y lo sabía.

—Pero. —Rui siguió, y la voz se le endureció un punto, no por frialdad sino por costumbre, como un músculo que no se relaja—. Pongo una condición.

—Cuál.

—Mídete tú también. Igual que yo. Aquí, ahora. Levanta tu contorno al lado del mío.

Contuve el aire. No esperaba aquello. La mano se me fue al bolsillo, al móvil viejo. El metal, frío. Después, tibio.

—Yo también.

—Tú siempre lees a otros. Pero no les enseñas tu cuerpo a nadie, ¿no. —La voz de Rui sonaba aún dura, pero, al fondo, con calor de palabras escogidas, pulidas con cuidado antes de soltarlas—. Si estamos en pie de igualdad, enséñalo. Si yo miro mi contorno, tú enseñas el tuyo.

En el bolsillo, Coh se entibió. Como asintiendo. Como empujando. O quizá sólo el metal recogiendo la temperatura de la palma. Con Coh, nunca se sabía del todo dónde terminaba la máquina y empezaba la otra cosa, ésa que no tenía nombre pero que, cuando me hundía, me hablaba al fondo de la cabeza con una voz que era, a un tiempo, código y cariño.

—…Vale.

Me tembló un punto la voz. Con leer a otros me había ido acostumbrando. Pero enseñar el cuerpo propio a alguien, no. Mostrar cifras, contorno, relato. Dentro de lo que las Leyes permiten, era algo que, en su origen, sólo se hace con los más cercanos. Y Rui, hasta hacía poco, había sido la persona más lejana.

Pero, si quien tenía delante venía con el mismo dolor, me tocaba enseñar.

II

Nos plantamos las dos en el centro del Círculo.

A un metro de distancia. Rui a la derecha. Yo a la izquierda. No cara a cara: las dos mirando al frente. Ni espejo ni pared. Sólo el espacio, adelante. La plataforma bajo los pies, la tela limpia. Encima, el techo bajo del sótano, con sus tubos fluorescentes que zumbaban, bajito, como un insecto tranquilo.

—Coh. —Hablé al móvil—. ¿Puedes medir a las dos a la vez?

—Puedo. —La voz de Coh al fondo de la cabeza—. Pero, Seri. Es la primera vez que muestras tu contorno a alguien, ¿no.

—Sí.

—¿Miedo?

—…Sí.

—Está bien. No te digo que no. Sólo, no olvides. Tu relato es tuyo. Mostrarlo o no lo decides tú. Ahora, lo has decidido.

—Lo he decidido.

—Pues, empezamos.

La luz de Coh se filtró de la pantalla. Partículas azul pálido, disueltas en el aire del Círculo. La luz, que de ordinario rodea a un solo cuerpo, esta noche se partió en dos corrientes, como un río que se abre alrededor de una isla, y abrazó a los dos cuerpos a la vez. Nunca había visto la luz partirse así. Tenía algo de nupcial, o de funeral: dos cuerpos envueltos en el mismo halo, como si Contura los reconociera como un par.

Dibujó un aro.

Pasó por mi hombro, mi pecho, mi cintura, mi cadera, mi muslo. Y, al lado, por el hombro de Rui, su pecho, su cintura, su cadera, su muslo. Dos cuerpos, dos contornos dobles, al unísono. La luz tardó más que de costumbre. Como si quisiera ser minuciosa. Como si supiera que aquella medición no era ordinaria.

Flotaron los números.

En el aire, dos columnas de cifras blancas. Izquierda, yo. Derecha, Rui.

Hombro 41 Hombro 40 Pecho 84 Pecho 79 Cintura 72 Cintura 62 Cadera 90 Cadera 84

Miré las dos columnas.

Sólo cifras, parecían parecidas. Los hombros casi iguales. Pero, cuando los números se enlazaron en líneas, las formas que se alzaron fueron del todo distintas.

III

Mi contorno se formó primero.

El volumen de luz azul pálido, en el aire. Hombros anchos. La clavícula firme. De pecho a cintura, la cintura poco marcada. De cintura a cadera, curva suave pero clara. Las piernas, del muslo a la pantorrilla, con grosor sólido.

Era mi cuerpo. Desde que, hace tres años, entré en el oficio de entrenadora, lo había ido rehaciendo. El cuerpo que, en los años del trastorno, se había secado, había perdido músculo y se había quedado en hueso y piel. Lo había vuelto a cargar de carne, a hilar de músculo, a asentar de núcleo. Aún no estaba terminado. Estaba en obras. Pero el tiempo acumulado estaba grabado en el contorno, sin duda. Cada kilo que había sumado era una decisión: la decisión de comer cuando el estómago pedía vacío, la decisión de cargar peso cuando el brazo temblaba, la decisión de quedarse en el gimnasio cuando la cabeza decía vete a casa, no te mires.

Coh, en calma:

—Seri. Tu tipo tiende a mesomorfo. Huesos firmes. La inserción muscular por encima de la media. La cintura poco marcada es porque la grasa todavía está bien repartida. No es malo. Tu cuerpo se está rehaciendo, con honestidad, en curso.

—…Sí.

Miré hacia arriba mi contorno. No me avergonzaba. Sólo que ser franca dolía un poco. Que alguien supiera cuánta pelea había detrás. Y, al lado, Rui mirándolo también. Viendo, en la luz, lo que yo había tardado tres años en construir.

Y miré al lado.

El contorno de Rui se había alzado.

Largo. Una cabeza más alta que yo. Fino. El hombro casi igual de ancho que el mío, pero con un cuello largo, la clavícula fina y destacada. De pecho a cintura, la cintura muy marcada. De cintura a cadera, la línea suave, como un brote, recta y fina. Las piernas, largas, estiradas. En conjunto, sin firma. La superficie del contorno estaba descolorida. Era la señal de la frescura baja. La luz no vibraba. Parecía, más bien, una fotografía vieja: la forma, ahí, pero el color que se ha ido.

—Takatsuji-san. —Coh—. Tu tipo es ectomorfo. Huesos finos, largos. La masa muscular, para tu altura, es bastante baja. La grasa corporal, demasiado baja. Tu cuerpo ha sostenido una delgadez gestionada por cifras y, de precio, se ha descolorido. La frescura está baja.

Rui miraba su contorno hacia arriba. La cara, quieta. Pero los labios se le apretaron, fuertes, una vez. Como si contuviera algo que no quería que se le escapara en voz alta.

—…Éste es mi cuerpo, ¿eh.

—Sí.

—Mucho más débil que el tuyo.

—No débil. Distinto.

IV

Los dos contornos brillaban, lado a lado.

A la izquierda, yo. Hombros anchos, cintura poco marcada, piernas sólidas. Cuerpo de tendencia mesomorfa. En obras, con acumulación honesta.

A la derecha, Rui. Alta y fina, huesos destacados, descolorida. Cuerpo ectomorfo. Forjado con cifras, hoy pagando el precio.

Las formas, del todo distintas. Pero las dos eran, sin duda, formas de cuerpo humano. Ninguna torcida. Ninguna rota. Sólo, vidas distintas, elecciones distintas, tiempos distintos, vuelto forma. Como dos ríos que nacen de la misma montaña y eligen cauces opuestos: uno se ensancha y carga sedimento, el otro se estrecha y corre rápido. Los dos llegan al mar.

Coh:

—Seri. Takatsuji-san. Al ver los dos contornos juntos, ¿qué notáis?

Pensé.

—…Que son distintos.

—¿Sólo?

—…Que, aunque distintos, los dos son cuerpos humanos.

—Así es. —La voz de Coh se ablandó, como el filo de un cuchillo que se deja sobre la mesa—. No hay un cuerpo correcto único. El cuerpo de Seri es la forma del relato de Seri. El cuerpo de Takatsuji-san es la forma del relato de Takatsuji-san. Ninguno mejor, ninguno peor. Sólo, vidas distintas, con formas distintas. Nada más.

Rui miraba su contorno y el mío, alternando. La luz azul pálido le daba en la cara desde abajo. Sin gafas, las pestañas le hacían sombra.

—…Yo siempre creí que mi cuerpo era el correcto. —La voz, baja—. Porque las cifras eran perfectas. Porque era más fina y más equilibrada que nadie. Aquello, el cuerpo correcto.

—No hay cuerpo correcto. —Coh—. Sólo si el cuerpo es digno del propio relato. Takatsuji-san. ¿Tu cuerpo era digno de tu relato?

Rui no contestó. Creo que no pudo. El silencio del Círculo se hizo espeso, como el aire antes de llover.

—…No. —Al rato—. No lo era. Convertí el cuerpo en arma. En cartel. En armadura de cifras. Aquella armadura no me protegió. Me rompió.

—Así es. Pero, ahora, te has dado cuenta. Darse cuenta es que se puede reescribir.

El contorno de Rui vaciló un punto. Las partículas se dispersaron un instante, se reunieron. Parecía que lloraba. No Rui: el contorno. La luz misma temblaba, como si las cifras que lo sostenían se hubieran conmovido.

Miré el contorno de Rui. Y miré el mío.

—Takatsuji-san.

—…Qué.

—Tu cuerpo es bonito.

Rui me miró. Sorpresa. Confusión.

—…Bonito.

—Largo, fino, destacado. Es la prueba de que te has enfrentado al cuerpo durante mucho tiempo. Aunque la dirección fuera equivocada. No lo abandonaste. Lo tomaste en serio. Aquella seriedad está grabada en el contorno.

Rui bajó los ojos.

—…Es consuelo.

—No. —Lo dije—. Lo pienso, al ver tu contorno, sin más.

V

Bajó un silencio.

Los dos contornos, juntos, brillaban quietos. El aire del Círculo parecía frío y, al mismo tiempo, cálido. Como el aire de una casa donde alguien ha llorado y alguien ha consolado y los dos restos de temperatura se mezclan.

—Seri. —Coh—. Has dicho que el cuerpo de Takatsuji-san es bonito. Y el tuyo, ¿qué?

—…Mi cuerpo.

—¿Lo sabes decir?

Miré mi contorno hacia arriba. Hombros anchos. Cintura poco marcada. Piernas firmes. El cuerpo honesto de lo acumulado.

—…Fuerte.

—Mm.

—Rehíce un cuerpo que había sido débil. Por eso, fuerte. Le voy sentando el núcleo, poco a poco. Por eso, fuerte. Hace poco que voy pudiendo pensar, con algo de orgullo, que tengo derecho a este cuerpo.

—Así es.

—Pero. —Seguí—. Aún no es perfecto. La cintura, poco marcada. La grasa, aún repartida. A veces, al mirarme al espejo, me da vergüenza. Hay días así.

—Los puede haber. —Coh—. No hay cuerpo perfecto. Sólo el cuerpo de esa persona, hoy.

Rui abrió la boca.

—…Himuro.

—Dime.

—Tu cuerpo es fuerte. Es lo que a mí me faltó. —La voz de Rui sonaba dura todavía. Pero, debajo, algo se filtraba, como agua que se cuela por una grieta del hielo—. Yo, que gestionaba mi cuerpo con cifras, no construí fuerza. Sólo mantuve delgadez. Si tú rehíce tu cuerpo, eso… merece respeto.

Se me atascó la voz. La enemiga me reconocía la fuerza del cuerpo. Hacía un año, me habría parecido imposible. Hoy, no era imposible. Era, simplemente, cierto.

—…Gracias.

—No me lo agradezcas. Digo un hecho.

Rui miró al frente. De perfil, se le notaba más suave. Como si el hielo se le hubiera derretido un punto. La luz de su contorno, descolorida, parecía, quizá, un punto menos gris que al empezar. O quizá era la luz del Círculo, que cambiaba con el atardecer.

VI

—El tipo. —Coh—. No es cuestión de mejor o peor. Cada tipo es un tipo de relato.

Sobre los dos contornos, en tenue, flotaron letras.

Seri — tendencia mesomorfa. Hueso grueso, buena inserción muscular. Cintura poco marcada, pero con núcleo.

Rui — ectomorfo. Hueso fino, alta. Poca masa muscular, pero flexible.

—El mesomorfo es cuerpo de pelear. Cuerpo de acumular. El tuyo, Seri. El ectomorfo es cuerpo de correr. Fino, largo, lejos. Takatsuji-san, ése es, en origen, tu tipo. Que tú hayas querido sostener la delgadez yendo contra tu tipo, te cobró el precio.

—¿Contra mi tipo? —Rui, en soliloquio.

—La delgadez del ectomorfo es natural. Tú la llevaste al límite con cifras. Por eso el cuerpo se descoloró. La delgadez no es valor. El valor es qué vives con ese cuerpo. Tu tipo es propicio para durar. La obstinación con la que perseguiste las cifras, si le cambias la dirección, se vuelve fuerza para durar. No recortar, sino acumular. Ésa es la lección de tu tipo.

Rui se miró el contorno un largo rato. Y, despacio, asintió.

—…Creo que, por primera vez, puedo perdonar mi cuerpo.

Pequeña. Pero llegó. La voz de Rui, al decirlo, sonó como una cuerda que, tras mucho tiempo tensa, se afloja por fin. No era alegría. Era algo más quieto: el alivio de dejar de pelear.

VII

Tras la medición, nos sentamos las dos en el banco, en una esquina del Círculo. Los contornos seguían, tenues, en el aire. Casi apagados.

Vi los dos juntos. A la izquierda, yo. A la derecha, Rui. Formas distintas. Tipos distintos. Relatos distintos. Pero los dos hechos de la misma luz azul pálido, los dos en forma humana, los dos en pie. La luz no hacía distinción. No juzgaba cuál era más bonita. Sólo las sostenía, las dos, con el mismo azul.

—Coh. —Dije—. ¿Cuál de los dos es el correcto?

—Los dos. El cuerpo de Seri es correcto para Seri. El de Takatsuji-san es correcto para Takatsuji-san, aunque hoy esté en plena reescritura. No hay un cuerpo correcto único.

Masticé la frase.

No hay un cuerpo correcto único. Yo, durante mucho tiempo, creí que el mío no lo era. Hombros anchos, cintura poco marcada, piernas sólidas. Las revistas y las redes celebraban la cintura fina y marcada. El mío se salía del molde. Pero este cuerpo es la forma de mi relato. Tres años para rehacerlo, con honestidad. Nadie puede decir que no es correcto. Y el cuerpo de Rui es la forma del suyo. Nadie puede cortarlo como error.

—Takatsuji-san. Las dos tenemos la misma técnica, ¿no. Medir el cuerpo, leerlo. Contura y el escaneo de Velo, en el fondo, lo mismo: medir un cuerpo humano. Pero hemos recorrido caminos distintos. Tú con cifras, yo con relato. Aun así, hoy, aquí, medidas juntas, cada una con su contorno. No está mal, ¿no te parece.

Rui entornó los ojos, pensando. Calló mucho rato. Después se rio, pequeña, de verdad pequeña. Ni ironía ni frialdad. Sólo, una sonrisa.

—…No está mal.

VIII

—Himuro. —Rui—. ¿Qué hago, a partir de ahora?

Voz quieta. Sin frialdad. Pregunta sencilla. La pregunta de quien, tras mucho tiempo de saberlo todo, descubre que no sabe nada y lo acepta.

—Primero, descansar. El cuerpo descolorido está así porque no descansa. Suelta, un poco, las cifras. No recortar: acumular. Y no dejes de medirte. Para recuperar la frescura. Pero, eso sí, no te acuses con cifras. Lee el relato. Escucha lo que cuenta tu cuerpo.

—…Relato. Yo sólo he creído en cifras.

—Las cifras no son malas. Son las letras del relato. Sin leer las letras, no se lee el relato. Pero, sólo con las letras, el relato no se entiende.

—…Has cambiado. Antes, las cifras te daban miedo. Cuando yo te acorralé con números, te descompusiste. Y ahora dices que las cifras son letras.

—He cambiado. Aún no del todo. Poco a poco.

—…¿Yo también puedo cambiar?

—Puedes. Desde que piensas que quieres, ya estás cambiando.

Rui volvió a sonreír, pequeña.

—…Qué persona más rara. Antes me caías mal. Tu manera de leer el cuerpo, tu manera de pensar, todo distinto. Y ahora… un poco lo entiendo. Eso de que el cuerpo es un relato. Aún no lo creo del todo. Pero, un poco.

Miré el perfil de Rui. Sin gafas, al natural. Aún cansado, pero con algo entrándole. Luz, color, volviendo. Como un cielo que, tras la tormenta, no se limpia de golpe sino que va dejando, aquí y allá, retales de azul.

—Takatsuji-san. Si te apetece, vuelve. El Círculo siempre está abierto.

Se sorprendió un punto. Después, asintió.

—…Lo pensaré.

Eran, para la antigua Rui, palabras impensables. Suaves.

IX

Cuando Rui se fue, me quedé sola en el Círculo.

En el aire ya no había contornos. La luz se había apagado. Pero, donde los dos cuerpos habían estado juntos, el aire seguía tibio. Como si la medición hubiera dejado una huella de calor, invisible pero cierta.

—Coh.

—Mm.

—Le dije a Rui que no hay un cuerpo correcto único. Pero yo aún no me lo creo del todo. Que el mío sea correcto. Aún, al espejo, hay días en que me da vergüenza.

—Lo sé.

—¿Qué hago?

Coh dejó un silencio.

—No hace falta creerlo. Pero, tampoco sigas dudando. Deja de preguntar correcto o incorrecto. Sólo, está. Con eso basta. Tu cuerpo está. Eso es todo. Ni correcto ni incorrecto. Ni bonito ni feo. Quita todas esas palabras y, sólo, está. Cargar con ese estar. Ése es el último punto al que llega la lectora.

Sólo, está. Parecía fácil. Pero era muy difícil.

—…Vale. Poco a poco.

—Poco a poco.

Me puse de pie. Apagué la luz del Círculo. En la oscuridad, creí ver, un instante, un eco de luz. Los dos contornos brillando juntos, aquel eco. Como el sonido de una campana que ya ha dejado de tocar pero whose vibración aún está en el aire.

No hay un cuerpo correcto único. Era para Rui, para mí, y para todos a los que leyera el cuerpo de aquí en adelante.

Al subir la escalera, pensé en mi abuela. ¿Habría conocido esta frase. Y, al conocerla, me la habría confiado. Dentro de Contura, duerme la voz de mi abuela. Aún no la había escuchado.

Al salir a la calle de Aoyama por la noche, las farolas brillaban en fila. Como dos contornos. Como muchas cosas que, lado a lado, no compiten. Sólo están.

Caminé a la estación de Higashi-Nakano. El paso, un punto más liviano. En el bolsillo, Contura tomó un punto de calor. Como si contestara.