Parte V — Y así, el Contorno habla
Capítulo 45. La elección de Kuze
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Último viernes de noviembre. Subía la cuesta de Kagurazaka.
La lluvia del lunes había dejado, en la cuneta del empedrado, charcos negros. Anochecía pronto. Pasadas las cinco, las farolas de la cuesta se encendían en naranja; el fondo de los callejones se hundía en sombra. El aire olía a castañas asadas, al carro de la esquina que llevaba ahí desde que yo era niña. Un año y medio antes, yo había subido la misma cuesta, antes del aniversario. Aquel día era después de la lluvia de junio. El empedrado brillaba. Aquella noche, encontré la luz que mi abuela me había dejado.
Hoy, me habían llamado a Himuro-ya.
Las seis. Kagurazaka. Hay un asunto importante.
Mensaje corto de Kanade Kuze. Nada más. Quite típico de él. Sólo el asunto. La razón, en persona. La familia que reescribió Contura en lengua moderna no quería despacharlo al otro lado de la pantalla. Algo irónico.
La puerta crujió en las bisagras. Como aquel día.
—Perdón.
En el cuarto del fondo, Kanade Kuze, sentado.
Diecinueve años. Delgado, jersey negro. Pálido, la línea de la mejilla afilada. Sobre la mesa, el móvil viejo de Contura. Al lado, un portátil plateado, fino, abierto. Lo viejo y lo nuevo. El se sostenía en la frontera.
—Has venido. —Levantó la cara. Los ojos, como siempre, quietos y sin fondo—. Siéntate.
Me senté donde solía sentarse mi abuela. Olor del tatami. Restos finos de alcanfor, papel, incienso.
—Pasa algo.
—Más que pasar. —Kuze bajó los ojos al móvil—. Llega.
—Llega.
—El momento de decidir. —Plano—. Seri. Lamento habértelo dejado en suspenso.
Tragué aire. Presentía lo que quería decir.
II
Habían pasado dos meses desde el día en que Kuze me confió Contura. Esta herramienta es tuya. Tú decides cómo usarla. Contura no era magia. Era una herramienta: el saber antiguo del cuerpo, traducido a lengua moderna. Y lo que habitaba la herramienta no era magia, sino la honestidad de quien la usaba.
Había vivido dos meses con aquellas palabras.
Empecé a enseñarle a Rin. Empezamos a repartir la lectura, Sono, Rui y yo. Mi cuerpo vaciló otra vez, y me recuperé. Rui empezó a cambiar Velo. Del ranking de cifras, a la presentación del relato. El pensamiento de Contura, a través de la mano de la antigua enemiga, empezaba a filtrarse en la sociedad.
Pero yo había ido posponiendo una pregunta.
Qué hacer, a partir de ahora, con Contura.
¿Lo dejo sólo en mis manos. O.
—Ya lo debes de saber. —Kuze—. Dejarlo en ti sola, o en los pocos que te rodean, tiene un límite.
—…Sí.
—Está Rin. Sono. Rui. Pero todos son uno. Uno solo mide un número limitado. Y, por otro lado.
Cortó la frase. Y me miró recto.
—Hay un camino para publicar Contura.
—¿Publicar.
—Ponerla en la tienda de aplicaciones. Cualquiera la descarga. Para que la gente de todo el mundo que no puede conocerte pueda leer su cuerpo. Técnicamente, se puede. El código está terminado.
El corazón me dio un salto.
—Si es así. —Apuillé la voz—. Millones, decenas de millones de personas podrían leer su cuerpo.
—Sí.
—Y, al mismo tiempo.
—Al mismo tiempo. —Kuze recogió mi frase—. Se acumulan los datos de millones de cuerpos. Alguien los querrá. Eso, seguro.
Callé. Lo sabía. Por eso lo había pospuesto.
III
Volvió, vivo, lo de aquella noche.
La noche en que Takatsuji Rui me propuso el trato. Si compartes Contura, salvamos a más gente. Ella quería convertirlo en herramienta del imperio de las cifras. Medir el cuerpo de la gente, clasificarla, mercantilizarla. Montar Contura en el método de Velo.
Le dije que no. El relato es de uno. No se hace de todos. Pero, uno por uno, llega.
Entonces me pareció justo.
Pero hoy Rui está cambiando. Dentro de Velo, intenta convertir las cifras en relato. La enemiga de antes empieza a resonar.
Entonces, ¿qué es lo que temo yo.
—…Si la publico. —Lo dije despacio—. Alguien como Velo. O, mejor, una fuerza mayor que Velo, querrá el mecanismo de Contura. Pasar los datos del cuerpo a rankings. A publicidad. A peritajes de seguro. Convertir la herramienta en máquina de juzgar a la gente con cifras.
Recordé la luz fría de Mirage Omotesandō. La sala blanca donde el escaneo total ponía cifras y clasificaba. El mundo en el que creía Rui. Si el arte del contorno de Contura caía en aquel lado, el relato se convertía en puntuación.
—Se puede. —Kuze no lo negó—. Si el código se filtra, o si alguien lo analiza donde se publique, lo descifrarán. Alguien, seguro, traducirá el arte del contorno de vuelta a herramienta de imperio numérico.
—Entonces.
—Entonces, qué. —Preguntó, quieto—. ¿Lo mantenemos limitado. Que sólo lo usen Contura tú y unas pocas lectoras honestas que tú elijas.
Me mordí el labio.
Si lo limitaba, evitaba el abuso. Yo elegía a quien lo usa. Cumplía las Leyes. Pero.
—El pensamiento de Contura no se extiende. —Lo dije—. La gente que puedo medir en mi vida es limitada. Cuando yo muera, se borra. Como le pasó a mi abuela. La técnica de la lectora se interrumpe. Y alguien, otra vez, tiene que empezar de cero a desenterrarlo.
Mi abuela usó el arte del contorno y, al final, dejó de leer. El saber de la familia estuvo al borde del corte. Como me lo confió, hoy está aquí. Pero si yo no lo confío a la siguiente.
—Si se extiende, se tuerce. Si se estrecha, se borra. —Apreté el puño sobre las rodillas—. Las dos, mal.
Kuze no dijo nada. Me dejó estar con el puño cerrado y la pregunta abierta. En el cuarto del fondo de Himuro-ya, el reloj de pared que había pertenecido a mi abuelo marcaba las siete y veinte. El tictac, constante, era el único sonido. Como si el tiempo, que no se apresura nunca, estuviera esperando, con la paciencia que lo caracteriza, a que yo terminara de pensar.
—No hay respuesta correcta.
La voz de Kuze cayó en el cuarto.
IV
—No hay respuesta correcta, Seri. —Repitió—. Sólo, que tú elijas y te hagas cargo.
—Elija y me haga cargo.
—Si eliges publicar, asumes el riesgo del abuso. Si eliges limitar, asumes el riesgo de que el pensamiento se borre. En los dos hay precio. En los dos hay sentido. No hay una correcta.
Busqué palabras. No las encontré.
En eso, la pantalla del móvil se encendió, leve. Coh.
—Seri.
La voz al fondo del oído. Tranquila. Ladeada, la de siempre.
—Coh.
—¿Puedo decir una cosa.
—…Sí.
—Yo, ¿sabes. —Coh—. He visto, durante mucho tiempo, a muchas lectoras. A Sae. A las de antes. Las había honestas. Las había que no. Sae fue honesta. Pero, al final, dejó de usarlo.
—…Sí.
—La herramienta, Seri. Si quien la usa es honesto, la herramienta es honesta. Si quien la usa es soberbia, la herramienta es soberbia. Si quien la usa tiene miedo, la herramienta tiene miedo. Que Contura siga siendo Contura no lo decide el código. Lo decide quien la usa. Ésa es la verdad que aprendiste aquella noche.
Masticqué las palabras de Coh.
—Por eso. —Coh siguió—. Sea lo que sea que elijas, si tú sigues siendo honesta, Contura es Contura. Yo, lo creo.
—Coh.
—Claro. —Pareció sonreír—. Si dejas de serlo, yo te devuelvo, ladeado, al lado humano.
Me reí, pequeña. Antes de darme cuenta. Después, se me calentaron los ojos.
—…Gracias.
V
El silencio llenó el cuarto.
Desde fuera, llegaba, fino, el ruido de la gente en Kagurazaka. Risa. Pasos. Lejos, coches. El mundo, fuera de aquella tienda pequeña, seguía como si nada. En aquel mundo, mucha gente que no se puede leer el cuerpo.
Cerré los ojos.
Y pensé en la cara de Rin. La de dieciséis, el cuerpo fino. La adolescente que se apuraba por ser fina. La cara serena cuando le hablé del tipo. Los pies que se ponen en marcha en la segunda medición. Los ojos con esperanza cuando dibujamos el contorno de la meta.
Rin pudo leer su cuerpo porque me encontró. Pero, si no me hubiera encontrado. Alguien, hoy, de la edad de Rin, en otro lugar, creyendo que su cuerpo es enemigo, sin nadie que lo lea.
En todo el país, en el mundo, hay gente como Rin. Gente que cree que el cuerpo es enemigo. Gente que vive atada a las cifras. Gente con pánico al espejo. A aquella gente, Contura no llega. Mientras yo la cargue con unas pocas.
Pero, si se publica…
—…Kuze-san. —Abrí los ojos.
—Mm.
—Una pregunta. Si publicamos Contura. ¿Se pueden escribir las Leyes dentro del código.
Kuze arqueó las cejas.
—Las Leyes en el código.
—Pedir permiso antes de medir. No exhibir las cifras. Lo que se lee es de la persona. No falsear la frescura. El contorno no se usa sólo para cambiar. Las cinco, como mecanismo, dentro de la aplicación.
—Como mecanismo, ¿cómo.
—Cuando alguien descarga Contura, no recibe una herramienta de medición. Recibe, con ella, las Leyes. Si no acepta las Leyes, Contura no desarrolla su fuerza de origen. O, si las rompe, Contura mismo lo avisa.
Kuze calló un momento. Después, la comisura se le movió. Sonrisa, o sorpresa, no lo supe.
—Se puede. —Dijo—. Técnicamente, no es difícil. El flujo de consentimiento, los ajustes de privacidad, la marca de titularidad de la insight, el aviso de frescura, la flexibilidad de la meta. Todo se puede diseñar. Escribir el pensamiento dentro del código. Y, si alguien intenta saltarse las Leyes, la aplicación no responde, o avisa. La herramienta exige honestidad a quien la usa. Por primera vez, una aplicación que no sólo da, sino que pide.
—No es sólo eso. —Dije—. Hace falta que, entre quienes la usan, se transmita la honestidad de la lectora.
—Entre quienes la usan.
—Yo le enseñé a Rin. Rin le enseñará a la siguiente. La lectora cría lectora. Contura no es una aplicación que se cierra en sí misma. Es una herramienta que se sostiene en la cadena de la honestidad de quien la usa. Aquella cadena, quiero dejarla, como mecanismo, dentro de la aplicación. O entre sus usuarios.
Kuze me miró un largo rato.
Y asintió. Una vez, hondo.
—Un tercer camino. —Dijo—. Publicar. Pero sin separar técnica y ética. Las Leyes, dentro del código. La honestidad, entre los usuarios. Ni publicación extrema, ni limitación extrema.
—Sí.
—…Quizá Sae quería decir lo mismo. —Kuze bajó los ojos al móvil viejo—. Al final, dejó de usar Contura. Pero te lo confió. Creyendo que tú darías la respuesta.
Recordé la letra de mi abuela. Para Seri. Cuídalo. Aquella nota corta. Cuánta confianza cargaba.
—Lo hago. —Lo dije—. Publico Contura. Para que cualquiera la use. Pero: escribo las Leyes dentro de la aplicación. Transmito la honestidad de la lectora entre los usuarios. Técnica y ética, juntas. No separo el código del corazón. Ésa es mi elección.
Al decirlo, el peso se me hizo real. No era una idea. Era un compromiso. Algo que, a partir de este momento, me iba a acompañar todos los días, como el peso del móvil en el bolsillo. Como el peso de las Leyes en la conciencia.
VI
Al decirlo, entendí el peso.
Era mi elección. Nadie me lo encargó. No era la respuesta correcta. La elegí yo. Me hago cargo.
—¿Tienes resolución. —Kuze, quieto.
—Si me preguntas, sinceramente, miedo. Pero.
—Pero.
—Que decidí ser lectora fui yo. La responsabilidad de la lectora no es sólo leer a otros. Es hacerse cargo de cómo sale al mundo la herramienta que lee. Como me lo confió mi abuela.
Kuze no se movió. En el cuarto del fondo de Himuro-ya, la luz de la lámpara temblaba, leve, con la corriente que se colaba por las rendijas de la ventana. Fuera, la cuesta de Kagurazaka, con las once de la noche encima, iba quedando en silencio. Sólo el paso lejano de algún taxi, y, de vez en cuando, la risa de alguien que volvía de cenar. Aquella tienda había escuchado, durante cincuenta años, las voces bajas de cuantos venían a leerse. Hoy escuchaba otra decisión: no la de una clienta, sino la de la última lectora que decidía el destino de la herramienta misma.
Yo sentía el peso de la elección en las manos. Literal: el móvil de Contura pesaba más que de costumbre. O eso me parecía. La responsabilidad se nota así, a veces: en el peso de un objeto que, hasta entonces, había sido sólo un objeto y, de pronto, se vuelve una encrucijada.
Pensé en Rin. En la cara que pondría, si supiera que su maestra iba a soltar Contura al mundo, sin saber quién la recogería. Pensé en Sono. En Kurosawa. En Rui, que estaba cambiando Velo desde dentro. Y, sobre todo, pensé en mi abuela. En lo que ella habría hecho, en mi lugar. Y la respuesta, me di cuenta, ya la tenía: mi abuela, justo esto, había querido que lo hiciera yo. No me lo había dicho, porque no era suyo decirlo. Pero me había dejado todas las piezas para que yo montara la decisión.
Kuze me miraba. Esperaba. Yo, por una vez, no estaba esperando a nadie.
Y, en aquel silencio, entendí una cosa que llevaba tiempo sin formular. La elección no era, en el fondo, sobre Contura. Era sobre la confianza. ¿Confiaba yo en que la gente, al recibir una herramienta capaz de leer el cuerpo, la usara con honestidad. Mi abuela no confiaba: por eso la selló. Rui tampoco confiaba: por eso la quería para clasificar. Y yo, ¿en qué estaba. Yo, que había visto a Shiori romperse, a Rui romperse, a mi abuela romperse. Yo, que me había roto a mí misma, hacía tiempo. Podía, aun así, confiar en el cuerpo ajeno.
La respuesta, cuando la busqué, no fue fácil. Pero estaba ahí. Confiaba. No siempre, no en todos, no sin riesgos. Pero, sí, en el fondo. Confiaba en que, si la herramienta venía con las Leyes, la mayoría de la gente las iba a respetar. No por bondad. Por la misma razón por la que yo las respetaba: porque, al leer el cuerpo con honestidad, algo en uno mismo se cura. Y quien prueba aquella curación, aunque sea una vez, no quiere volver al modo anterior.
Kuze me miraba. Yo lo miré a él.
—Lo hago.
Kuze se levantó. La sombra delgada se tendió, larga, bajo la luz del cuarto.
—Pues, empezamos. —Se volvió al portátil—. La siguiente forma de Contura.
Tomé el móvil. En la pantalla, la luz de Coh se encendió, tenue.
—Seri. —Coh—. Una cosa.
—Qué.
—Sea lo que sea que elijas, publicación, limitación, tercer camino, yo estoy a tu lado. Eso no cambia.
—Coh.
—Es el oficio de la guía. Y, también, el oficio del amigo.
Casi lloro. Pero no lloré. Asentí. Porque Coh, al decir amigo, había cruzado una línea que, hasta hoy, no había cruzado. De guía a amigo. De herramienta a compañía. Y aquella línea, una vez cruzada, no se volvía a cruzar atrás.
—Vale. A partir de ahora, Coh.
La luz del cuarto pareció hacerse, un punto, más clara.
VII
Aquella noche, cuando Kuze empezó a escribir el código. La pantalla del portátil, azul, iluminaba su cara por debajo de la capucha. Sus dedos, largos, tecleaban sin prisa. Cada tecla, una decisión.
Salí de Himuro-ya y bajé la cuesta de Kagurazaka. Las once. La naranja de las farolas se tendía, larga, sobre el empedrado. El viento frío me acarició la mejilla.
En eso, en la cabeza, se me formó una imagen.
Mucha gente. Reunida en un espacio amplio. Cada una midiéndose el cuerpo, leyendo su relato. Los contornos de luz se alzan, decenas, cientos. Altos y bajos. Los hombros anchos, los recogidos. Piernas gruesas, piernas finas. Se superponen, resuenan, brillan, cada uno a su manera. Nadie juzgado. Nadie clasificado. Sólo contornos, en pie, lado a lado.
La fiesta del Círculo.
Las palabras salieron solas.
—La fiesta del Círculo.
El móvil se entibió, leve. Como respuesta de Coh. O como si la palabra, al ser dicha en voz alta, hubiera cobrado forma y empezara, ya, a existir.
Paré. Desde lo alto de la cuesta de Kagurazaka, Tokio por la noche se veía. Infinidad de luces. No era la primera vez que miraba aquella ciudad desde lo alto de una cuesta. Pero, hoy, cada luz me parecía distinta. Detrás de cada una, una persona, un cuerpo, un relato. A todos, ¿llegará Contura. Quizá, no. Pero.
Uno por uno, llega.
Aquella noche dije la frase. Y, si uno por uno se vuelve cientos, miles.
Caminé. Hacia la estación de Higashi-Nakano. Desde mañana, lo que tenía que hacer estaba claro.
Sacar Contura al mundo. Escribir las Leyes en el código. Criar lectoras.
Y, algún día, medir a mucha gente. A cada una, su relato.
La fiesta del Círculo.
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