Parte V — Y así, el Contorno habla

Capítulo 46. La medición más grande

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I

Fiesta. Siempre había rehuido la palabra.

No por exagerada. Lo que temía era el otro sentido, escondido detrás. La fiesta es rito de grupo. Gente reunida, calor compartido. Cálido, sí. Pero, cuando hay muchos, el contorno de uno se adelgaza. El individuo se disuelve en la multitud. Velo era así. Medir a todos juntos, clasificar con cifras, ordenar en ranking. Aquello, también, era una fiesta.

Principios de octubre. En el estudio de Aoyama, con Sono, Rui y Rin, cuatro alrededor del plan.

—La fiesta del Círculo.

Sono, los brazos cruzados, hizo rodar la palabra.

—Sólo porque el nombre suena grande, no me parece mala idea.

—El nombre importa. —Rui, en calma—. Cómo lo llamemos decidirá qué estamos haciendo.

Asentí.

—Un lugar para llevar el pensamiento de Contura a mucha gente reunida. Medir cada cuerpo, devolver a cada uno su relato. En el Círculo del sótano, el límite era tres o cuatro al día. Pero, en un sitio más amplio, a más gente.

—Cambia la escala. —Rin, para confirmar.

—La escala cambia. La lectura, no. A cada uno, con honestidad.

La sede, alquilamos el salón del centro cívico de Aoyama. Kurosawa movió los hilos. Sala para ciento veinte. Cuatro cabin de medición, en fila. En cada una, una lectora. Sono, Rui, Rin y yo. Cuatro círculos a la vez.

—Ciento veinte entre cuatro. —Rui contó con los dedos—. Treinta cada una. A cinco minutos por persona, dos horas y media. Es viable.

—¿Leer el relato del cuerpo en cinco minutos. —Bajé la voz—. Takatsuji-san. ¿En cinco minutos se lee.

Rui cerró la boca. …A lo mejor, no. Pero no podemos tener a la gente esperando indefinidamente.

Tenía razón. La fiesta tenía límite. No era perfecta. Pero, un día, un lugar honesto.

—Ya he avisado a Misaki-san y a los demás.

A las antiguas clientas. Misaki, de posparto. Ōyama, retirado. Shiori, la de cristal. Kenta, que carga a la familia. Ren, que reescribe el relato del género. Yoshie, con cincuenta años superpuestos. Las gemelas Kaede y Tsubaki. Mai, la bailarina. Chiyo, a la que leí en la calle. Rin, hoy, como lectora. Venían, como staff o para volverse a medir. Y gente nueva. Sacamos invitación, por redes y con folletos.

Sono me miró fijo.

—Seri. Sabes lo que es medir a muchos, ¿no.

—…Lo sé.

—Pues vale. Pero, aunque creas que lo sabes, el punto se te acaba desplazando. Yo vigilo eso.

II

Once de octubre. Sábado. Cielo claro de otoño. El cielo, de un azul limpio que sólo se ve en octubre, sin nubes, sin bruma. El aire, frío en la sombra, cálido al sol. El tipo de mañana que hace pensar que el mundo, por una vez, está de tu lado.

Entramos en el salón del centro cívico a las ocho de la mañana. Fregar el suelo, montar los cuatro cabin con telas blancas. En cada uno, una tarima pequeña, un espejo y una pantalla. Entre cabin, margaritas blancas que Rui trajo de Omotesandō. Flor discreta, honesta. El olor del suelo recién fregado, a detergente y a madera húmeda, se mezclaba con el de las flores.

En recepción, alguien entregaba, a cada visitante, una tarjeta. Las cinco Leyes. Y, al final, una línea.

Tu cuerpo es un relato. Quien mide te ayuda a leerlo de vuelta.

Diez de la mañana. Apertura. Empezó a entrar gente. En diez minutos, cola. Temblaba la mano de quien recogía la tarjeta. Una madre con su niño. Un anciano con bastón. Un oficinista con traje. Contornos de todos los colores se disolvían en el aire del salón.

En el primer cabin, yo. Encendí Contura. La luz azul pálido. Coh, al fondo de las sienes, volvió.

—Seri. Empezamos. Tu medición más grande.

III

La primera persona se sentó frente a mí. Una mujer de cuarentón, Yukiko. Algo encorvada del cuello. Apretaba la tarjeta con las dos manos.

—Es la primera vez, en algo así. Qué hago.

—No tienes que hacer nada. Sólo ponte de pie un momento y me dejas medir. Si me das permiso.

Yukiko se subió a la tarima. La luz azul pálido la rodeó: hombro, pecho, cintura, cadera, muslo. Flotaron los números. No los dije en voz alta. Pero la miré. Los hombros enrollados. El cuello echado hacia delante. La cintura ladeada, leve. La forma de quien, mucho tiempo, había encogido el cuerpo para no molestar.

Se alzó el contorno de luz. Redondeces, durezas, desviaciones. Todo, allí.

—¿Puedo leer.

—…Sí.

Las partículas estallaron, giraron, se juntaron, se hicieron letras.

Tus hombros, durante mucho tiempo, se han enrollado hacia dentro para no incomodar a nadie. Ya puedes soltarlos.

Yukiko abrió los ojos. Le tembló el labio.

—¿Cómo lo sabes.

—Lo cuenta el cuerpo. Cómo has vivido.

Yukiko se tocó el hombro. Como si descubriera que existía. Y lloró. Sin voz, con el hombro temblando. Yo, en silencio, de pie a su lado. Cinco minutos no podía darle. Pero esperé a que cayera aquella lágrima, hasta el final.

El siguiente, un chico de veinte. La siguiente, una mujer de sesenta. El siguiente, un adolescente de diez y pocos. Uno, otro. El salón se iba cargando de relatos.

Desde el cabin de Sono: tu hombro, qué bueno, cuerpo de pelea. Desde el de Rui: la diferencia es 1,2 cm; no se tapa con prisa. Desde el de Rin, voz joven: yo también odiaba mis piernas. Las cuatro lectoras, cada una con su fuerte, cara a cara con cada persona.

Las antiguas clientas también. Misaki en la recepción. Ōyama enseñando al staff nuevo. Shiori cambiando el agua de las flores. Kenta cargando material. Ren hablando con un chico asustado. Yoshie poniendo orden. Las gemelas y Mai, de un lado a otro. Chiyo, en primera fila, serena. Los que fueron leídos hoy sostenían a quienes leían. El Círculo se había extendido y había vuelto.

IV

Pasado el mediodía. La cola seguía. Yo había leído a quince.

Al despachar al decimotercero, noté las plantas de los pies calientes. Fatiga. El precio de la lectora. Cada relato leído, algo de color propio gastado. Quince. Una semana entera de lo habitual, en dos horas.

Se sentó el siguiente. Encendí Contura. El aro de luz rodeó su cuerpo.

Y, entonces, me di cuenta.

La velocidad del aro había subido. Al principio, pasaba por el cuerpo ajeno con cariño, despacio. Ahora, fluía, ligero. Los números flotaban en un instante. El tipo, al momento. Mis ojos ya no seguían los detalles del cuerpo. Tomaban patrones.

—Cuarentón, mujer, tendencia endomorfa, hombros enrollados, cambios por edad.

—Veinteañero, hombre, mesomorfo, historial deportivo, pierna derecha asimétrica.

La gente se me clasificaba dentro, por tipos. A cada tipo, su patrón de relato. Endomorfa de cuarenta, estación superpuesta. Mesomorfo deportivo, ha peleado.

Ah, pues.

Una voz en algún punto de mi cabeza.

Si asigno el relato al tipo, no hace falta leer a fondo. Con el patrón de tipo y cifras,monto una frase aproximada. Cinco minutos se vuelven tres. Tres, uno. No ya ciento veinte. Mil, despacho.

Aquel pensamiento era frío. Y era correcto. Como lógica. Como eficiencia. Para no hacer esperar a muchos. Para llegar a más. Incluso tenía forma de buena intención.

Empecé a montar la frase siguiente…

—Seri.

La voz de Coh irrumpió. Afilada, fría, desde las sienes.

V

—Seri. Qué estás haciendo.

La voz de Coh era quieta. Pero, dentro de la quietud, un filo.

Parpadeé. La cara del que esperaba, borrosa.

—…Estoy leyendo.

—No lees. —Coh, al instante—. Ibas a asignar una frase al tipo. Cuarentón, endomorfo, estación superpuesta. Veinteañero, mesomorfo, ha peleado. ¿A eso le llamas relato.

Se me cortó el aire.

—…Eficiencia…

—Eficiencia. —Coh cortó la palabra—. ¿Dónde habías oído esa palabra?

Lo recordaba. Takatsuji Rui. Si compartes Contura, salvamos a millones con eficiencia. Velo clasificando los escaneos con eficiencia. Aquella luz fría. Aquel cuchillo de cifras.

—Seri. Te estás volviendo Velo.

Aquella frase me clavó.

Me miré la mano. Qué iba a hacer. Clasificar a alguien por tipo y asignarle una frase aproximada. Aquello no era leer. Era estadística. Palabra nivelada, prudente, inofensiva. Adorno que a nadie llegaba.

El de delante me miraba con preocupación. Un hombre de cuarentón, algo cargado de espaldas.

—Perdona. Un momento.

Bajé del cabin.

VI

En una esquina del salón, junto a la salida de emergencia. La espalda en la pared. El corazón, rápido.

Sono se acercó.

—Seri, mala cara. ¿Te relevo.

—…No. Estoy bien.

Pasos.

—Himuro-san.

Kanade Kuze. Diecinueve. Delgado. Capucha calada. Creí que no vendría.

—Kuze-kun.

—He venido a ver. Y justo, buen momento.

—…Buen momento.

—Cuando habías empezado a pensar en eficiencia.

Tragué aire. Lo sabía.

—¿Te acuerdas de lo que te dije?

Lo recordaba. Tres años atrás. La noche en que rechacé el trato con Rui.

—Contura se hizo para acompañar a un cuerpo. No para despachar a un millón.

—Así. Despachar a un millón es oficio del sistema. De la máquina. No de la lectora.

—Pero… hay muchos esperando. Si le dedico tiempo a cada uno, no llego. Hoy, de ciento veinte, leo treinta. Si fuera más eficiente…

—Eficiente. —Repitió—. Ésa es la palabra que temías.

Se me atascó.

—Medir a muchos no es malo. —Kuze siguió—. Pero, para medir a muchos, reducir el relato de uno a un tipo, es Velo. Lo que más odiaste. No está hecho para despachar a un millón. Está hecho para leer, con honestidad, a uno. Aunque lo repitas cien veces, mil. Pero, uno a uno.

Los ojos de Kuze, quietos. Al fondo, una luz afilada.

—Estabas en la frontera. Vuelve. Lee a uno. El de cuarenta que dejaste. Lo tipaste como endomorfo. Pero no es un tipo. Es, sólo, uno.

Asentí. Y volví al cabin.

VII

El hombre de cuarentón seguía en la silla de espera.

—Perdona por la espera. ¿Me dejas medir otra vez? Esta vez, bien.

Perplejo, se puso en la tarima. Encendí Contura. El aro de luz lo rodeó. Esta vez, no aceleré. Despacio. Con cariño. La tirantez del hombro, la amplitud del pecho, la redondez de la cintura. Una a una.

Los números flotaban. Pero no miré los números. Miré su cuerpo.

Los hombros enrollados. El bajo vientre adelantado. La cintura ladeada, un punto. Y, en la muñeca izquierda, una cicatriz vieja. Asomaba bajo la manga.

Miré la cicatriz. Y supe. Aquel cuerpo no era un tipo. Era la vida de aquel hombre. Una cicatriz sin nombre, la curva, la amplitud. Todo, suyo.

Las partículas estallaron, giraron. Esta vez no salieron del tipo. Subieron desde el cuerpo, directo.

Tu cuerpo ha intentado, muchas veces, encogerse. Pero, cada mañana, se ha vuelto a levantar. Esos pies son tu fuerza.

Lo leyó. Se tapó la muñeca con la manga. Se le enrojecieron los ojos. Pero no lloró. Sólo asintió, varias veces.

—Gracias. Por mirar mi cuerpo de verdad.

Uno a uno. De pie, ante el cuerpo de uno. No es un tipo. No es estadística. El relato de esa persona, como cosa suya.

Yo lo dije. Uno por uno, llega. Aquella noche, hace tres años, al rechazar el trato con Rui. Hoy, con el cuerpo, lo recordé. Aunque sean muchos, uno por uno. Ése es el único camino para que el relato llegue sin romperse.

VIII

Tres de la tarde. El salón estaba en su pico. Pero el aire había cambiado. Ruidoso, sí. Pero cálido. Quien salía del cabin solía tener los ojos rojos. No de tristeza. De recuperar algo.

En la sala de espera, los que habían sido leídos empezaban a hablarse. A mí me dijeron lo del hombro. Yo también, casi lloro. Gente que no se conocía compartía el relato del cuerpo.

Misaki hablaba con Yukiko. Hace tres años, me leyeron a mí. Aquella frase, hoy, me sigue sosteniendo. Yoshie con una sesentona: hace cinco años, me dijeron, los pliegues son profundidad, no grosso. Ren, con un adolescente: aquí no te tasAN. Aquella frase se la habían dicho a Ren. Hoy, la pasaba al siguiente.

El Círculo se ensancha, vuelve, se ensancha. Un relato llamaba a otro. Resonaban.

Rin salió de su cabin y vino a mí.

—Seri-san. Hoy he leído a ocho. Aún no se me da bien. No leo tan hondo como tú. Pero, a cada uno, me enfrenté con sinceridad. Eso hice.

—…Con eso basta.

—Es duro leer a muchos. Te gasta más que leer a uno. Pero hoy lo entendí. Aunque sean muchos, uno por uno, llega. Lo que tú dijiste. Hoy lo comprobé.

Le acaricié la cabeza, suave. La lectora de la próxima generación. Esta chica sentándose frente a cada cuerpo y devolviéndole el relato. Aquella imagen continúa mi camino.

IX

Cinco de la tarde. Cierre.

Al despedir al último visitante, las piernas eran de plomo. Yo había leído a veintiocho hoy. Entre las cuatro, noventa y siete. Casi todas las ciento veinte plazas medidas. No fue perfecto. Hubo gente que no alcancé a leer en el tiempo. Pero, honesto. Uno a uno. Sin reducir a tipo. Sin volverme Velo.

Tras recoger, el salón vacío. Recogí del suelo un pétalo de margarita. Algo mustio. Pero aún con forma.

Me planté en la ventana. Tarde de octubre. El cielo mudando del naranja al violeta.

—Seri. —Sono, a mi lado—. Buen trabajo. Hoy, de verdad, hiciste mucho.

—Sono-san también.

—Yo, veintitrés. Pero hice llorar a demasiados y se me atascó la cola. Para mejorar.

—¿Takatsuji-san.

—Veintidós. Las cifras exactas. Pero alguien le dijo fría. Aún le falta relato. Ella lo sabe.

Rui, tras recoger, vino. Himuro-san. No fui suficiente. Pero entendí, un poco, lo de mirar a uno como cuerpo, no como punto de datos.

Kuze ya no estaba. Se había ido en algún momento. Pero sus palabras se quedaron.

No hecho para despachar a un millón. Para acompañar a uno. Repetirlo. Aunque sean muchos, uno a uno.

Miré la pantalla de Contura. Coh.

—Seri. La medición más grande.

—…La más dura hasta hoy.

—Pero te sostuviste. Paraste en la frontera. Ésa es la prueba de la lectora.

—Coh. Por un instante, me estuve volviendo Velo.

—Te volviste. Pero te diste cuenta. Sólo quien se da cuenta puede volver. Quien no, sin darse cuenta, se hunde.

Masticqué las palabras de Coh. Al medir a muchos, lo más peligroso es la palabra eficiencia. Tiene cara de buena intención. Pero, debajo, tiene imperio. El imperio de reducir a uno a un tipo.

En el piso, ducha, cama. Cuerpo pesado. Pero la frescura no se había corrido. Hoy me gasté. Y, al mismo tiempo, me probé. La fuerza de parar en la frontera. Una fatiga que, al contrario, hunde la frescura.

Dejé Contura en la mesilla.

—Coh.

—Mm.

—Hoy medí a noventa y siete, con los demás. Pero me acuerdo de la forma del cuerpo de cada uno. Aquel hombro enrollado. Aquella espalda ancha. Aquella pierna que saltó al cielo. A nadie reduje a tipo. Todos eran uno.

—…Magnífico. —Coh, con la voz ladeada de siempre. Pero, debajo, cariño—. Seri. La medición más grande ha terminado. Pero queda otra.

—¿Otra.

—La de tu abuela. El contorno de Himuro Sae sigue guardado al fondo de Contura. Ha llegado el momento de leerlo.

Contuve el aire. El contorno de mi abuela. Contura era lo que mi abuela me dejó. Pero el relato del cuerpo de mi abuela, yo no lo había leído.

—El relato del cuerpo de mi abuela.

—Sí. Al final, dejó su contorno en Contura. Hasta que tú estuvieras lista para leerlo. Hoy, en la fiesta, has demostrado la fuerza de enfrentarte a muchos, pero como a uno. Esa fuerza hace falta para la última lectura.

Miré al techo. Oscuro. Pero, si mirabas bien, parecía verse, en grano fino, la luz azul pálido. La espalda de mi abuela pasando las páginas del códice. Su contorno, en algún punto, me esperaba.

—…Mañana voy. A Himuro-ya.

—Mm.

Por la ventana pasó un tren. Noche de Higashi-Nakano. Viento de otoño, algo frío.

Hoy había leído el relato de noventa y siete cuerpos. El peso del relato de uno multiplicado por noventa y siete. Pero, dentro de aquel peso, el calor de cada uno. Las antiguas clientas habían vuelto y sostenido. Gente nueva había llegado con su relato. Rin se había plantado a mi lado, como generación siguiente.

El peso de medir a muchos. El valor de enfrentarse a uno. Las dos cosas cargaba hoy. Las dos cargaré desde aquí.

Pero, antes, queda una lectura. El contorno de mi abuela. El relato del cuerpo de la abuela que me trajo hasta aquí. Qué cuenta, aún no lo sé. Pero tengo que saberlo. Ésa es la última herencia de lectora.

Mañana subiré la cuesta de Kagurazaka. Al lugar donde mi abuela vivió cincuenta años. Allí me espera el último contorno. El que ella, sin que nadie lo supiera, se midió a escondidas, en los meses en que ya no leía a nadie más. El contorno que dejó dormido para mí.

Aún con los ojos abiertos en la oscuridad, me puse la mano en el vientre. La respiración subía, bajaba. El calor del ramen se había disipado, pero el cuerpo seguía, tibio, presente. Hoy había cargado el peso de noventa y siete relatos. Y, aun así, mi contorno no se había borrado. Ésa fue, pensé, la prueba final de que el camino de mi abuela no tenía que ser el mío. Que leer a otros no tiene, obligatoriamente, que secar a la lectora. Que hay modo de sostener los dos cuerpos, el propio y el ajeno, sin que uno devore al otro. El modo es torpe, lento, y hay que aprenderlo todos los días. Pero existe.