Parte V — Y así, el Contorno habla
Capítulo 47. El contorno de la abuela
Todos los capítulosCuatro días después de la fiesta del Círculo.
En la libreta de uso del Círculo, en el sótano de Life Compass, todavía se leían los nombres de aquel día. Misaki, Ōyama, Shiori, Kenta, Ren, Kaede y Tsubaki, Mai, Yoshie, Rin, Sono, Rui. Y, sin nombre, unas treinta personas más. Cada cuerpo se había alzado como contorno de luz azul pálido, había cargado su relato, y se había vuelto.
La noche de la fiesta, por una vez, sentí el cuerpo ligero. El precio de la lectora —el color propio que se adelgaza al leer a otros— estaba, rara vez, lejos. Tocar muchos cuerpos había, al contrario, llenado mi frescura.
Pero, a los cuatro días, se apagó.
La mañana del quinto día, en el piso de Higashi-Nakano, desperté. Por la ventana pasaba la línea Chuo. La mañana de siempre. Pero, en el fondo del pecho, como un agujero pequeño. La quietud que sigue a la euforia de la fiesta. Algo se había hundido en el fondo.
—Coh.
—Mm.
La voz, desde la mesilla.
—La fiesta terminó bien.
—Terminó.
—¿Leíste el contorno de todos.
—Sí. De todos, sin falta.
No era mentira. A todo el que vino, lo leí. Con permiso, uno a uno, devolví el relato. Hubo instantes en que la escala me mareaba. Pero recordé las Leyes. No atar con cifras, devolver como relato. Lo sostuve. Hasta Kanade Kuze, al final, asintió, quieto.
—…Pero, en cierto modo, es mentira.
Coh lo dijo.
Contuve el aire.
—¿Queda algo.
Coh dejó un silencio. Las partículas de la pantalla temblaron despacio.
—Seri. Queda un contorno que no has leído.
I
—Uno más.
El corazón me dio un golpe. Creía haber leído a todos. En la fiesta, en el Círculo, en los dos años desde que empecé. Todos.
—¿De quién.
—De quien más querías leer.
Lo supe. Antes de decirlo. Algo se dobló en el fondo del pecho.
—Abuela.
—De Sae.
La voz de Coh bajó. No la ladeada de siempre.
—En sus últimos meses, Sae se medía el cuerpo. Con Contura. Sin dejar que nadie lo leyera. Sin leerlo del todo ella misma. Aquel dato está en la capa profunda.
Me había levantado de la cama. La luz tenue de la mañana, en los seis tatamis.
—Mi abuela se medía a sí misma.
—Sí. La lectora, antes de leer a otros, se mide a sí misma. Yo te lo dije. Sae cumplía. Incluso con la conciencia nublada, siguió midiéndose.
—Pero no leyó.
—No pudo. O tuvo miedo. Miedo de recibir, ella sola, su propio relato.
Rodeé Contura con las dos manos. El frío del metal. Al fondo, dormía la última medición de mi abuela.
—Sae, al final, dejó dicho: mi contorno, que lo lea Seri. Yo no puedo.
Se me calentaron los ojos. Pero no lloré. Aún no había leído. Llorar antes, pronto.
—¿Dónde.
—En el almacén de Himuro-ya. En el mismo suelo donde ella se midió.
II
Aquella tarde, en Kagurazaka.
A mitad de cuesta, paré. Viento seco de septiembre. El empedrado, seco. El aire olía a polvo y, de algún restaurante cercano, a salsa de soja reducida. El cartel de Himuro-ya, oxidado, donde siempre. La tienda, dos años cerrada. La madera de la fachada, que mi abuela hacía barnizar cada primavera, empezaba a perder el brillo. El tiempo, sin nadie que lo cuidara, iba dejando su huella.
Con mi llave, abrí la puerta del callejón. Las bisagras crujieron, fuerte.
—Estoy aquí.
Nadie contestó. Pero el aire se movió, leve. Restos de alcanfor, papel, incienso. Lo que respiraba, de niña, cada fin de semana.
Cruzé el cuarto del fondo y bajé la escalerilla al almacén.
Penumbra. Olor del tatami. Donde, hace un año, oí la voz de mi abuela. Donde, el año anterior, leí la página cortada del códice. El mismo suelo. La misma oscuridad.
Me senté en el tatami. Dejé Contura delante.
—Coh. ¿Aquí.
—Aquí.
La voz de Coh desde las sientes. Algo más lejana, como un año atrás. Pero, hoy, con un temblor en el fondo. Coh cargaba una emoción. Lo noté.
—Seri. El contorno de Sae no es como los que has leído hasta ahora.
—¿Distinto.
—A los otros los lees tú y se los devuelves. La lectora recibe y pasa. Pero, en el contorno de Sae, ella ya no está. No hay a quién devolverlo.
Contuve el aire.
—Entonces, ¿a quién se lo devuelvo.
Coh no contestó. Dijo:
—Lee. Al leer, entenderás.
III
—Contura.
La pantalla, las letras blancas.
Y, de la pantalla, se desbordó la luz azul pálido. Las partículas se disolvieron en el aire del almacén. La pared, el suelo, el techo tomaron luz. Como un año atrás, cuando oí la voz de mi abuela: las paredes físicas se alejaron.
Pero, esta vez, no llegó la voz.
En su lugar, la luz se reunió frente a mí.
Las partículas giraron despacio. Una a una, se juntaron en línea, formaron contorno. Forma humana. Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo. El aro de luz fue dibujando el cuerpo de una persona.
Y, en el aire, se alzó.
El cuerpo de mi abuela.
Contuve el aire.
No era la Sae joven. Era la Sae de los últimos tiempos. Pasados los ochenta. Los hombros, redondos, echados hacia delante. La espalda, encogida. El pecho, estrechado. Pero aquel contorno tenía, en sí, una calma. Honesto. Sin nada que esconder ni adornar. La forma última, tal cual. Un cuerpo que había vivido ochenta años y que, al final, se presentaba como era, sin maquillaje, sin corrección, sin la pretensión de ser otro.
La luz estaba descolorida. La frescura, baja. Desde la última medición, más de un año. El brillo del relato, tenue. La línea del contorno se corría en ciertos puntos. Como si el pincel temblara. Y, en efecto, el pincel había temblado: las manos de mi abuela, en sus últimos meses, ya no eran firmes. Pero, con aquellas manos que temblaban, había seguido midiéndose. Cada medición, un acto de voluntad sobre el cuerpo que se le escapaba.
Pero, dentro de aquel temblor, había algo. La obstinación de mi abuela midiéndose el cuerpo con la conciencia nublada. La honestidad de tallar, con el dedo que temblaba, sus propias medidas en la pantalla. Aquello vivía en cada línea de luz.
—Éste es el cuerpo de mi abuela.
La voz se me rompió.
El contorno giró, despacio, en el aire. Por primera vez, veía el cuerpo de mi abuela como contorno. De niña, en el cuarto del fondo, sonriéndome por encima de los anteojos, acariciándome la cabeza. De su cuerpo sólo conocía lo que se veía por encima de la ropa. Los hombros redondos. La espalda curvada. La mano de hueso. Ahora, todo, como contorno. Como cifras.
Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Cuello, brazo, antebrazo, rodilla, tobillo. En el aire flotaron los números, uno a uno, en silencio. Todos de la Sae de los últimos tiempos, no la de joven. El cuerpo encogido, adelgazado.
—Leo, Seri.
La voz de Coh. Las mismas palabras de un año atrás. Pero, hoy, la voz de Coh temblaba.
Las partículas estallaron. Giraron, se juntaron, se hicieron línea, se hicieron letras.
IV
En el aire flotó una frase.
Tu cuerpo, media vida, le devolvió el relato a los otros y a ti misma no te devolvió ni uno.
Lo leí.
Al leerlo, el mundo se paró. No como se para cuando algo te golpea, de golpe. Como se para cuando algo que siempre supiste, en el fondo, pero que nunca habías dicho, se dice, por fin, en voz alta. Y al oírlo, no te sorprende. Te confirma. Y la confirmación, a veces, duele más que la sorpresa.
La frase siguió, una línea más.
La última noche, al fin, llegó tu turno de recibirte.
Y, al final, otra línea.
Te arrepentiste del error y tuviste miedo de leer a otros. Pero también huías de leerte a ti. Al final, elegiste no huir.
Lo leí.
Y me quedé sin palabra.
Lloré. Sin sonido. Por la mejilla, hasta la barbilla, hasta el tatami. Puse la mano para que no cayera. Como la noche, un año atrás, en que oí la voz de mi abuela. Pero aquella vez fue con sollozo. Hoy, en silencio. Las lágrimas se desbordaban, quietas.
Leer es devolver. Lo que mi abuela, al final, me dejó dicho.
Sae lo sabía. La lectora no espía: devuelve a la persona lo que leyó. La frase que le clavó la esposa del sastre la cargó toda la vida.
Pero, a ella, nadie le devolvió el suyo.
Leyó el cuerpo de otros y devolvió el relato. Cincuenta años. El hombro de quien tenía algo que proteger. El vientre que albergó vida. Las piernas que saltaron contra la gravedad. El pecho que contuvo el aliento para parecer perfecto. Los hombros enrollados de quien no quería incomodar. La cintura que superpuso estaciones. Uno a uno, los leyó, los devolvió. A cada uno, su frase. A cada uno, su relato. A cada uno, el momento de ser visto.
Mientras, a su propio cuerpo, ni una vez le hizo caso.
El precio de la lectora. Quien lee a otros sin parar adelgaza su propio relato. Yo lo supe. Coh me lo enseñó. Pero el de mi abuela fue más hondo. No se descolorió: no llegó a leerlo, desde el principio. Tuvo miedo.
A los otros, honesta. Cometió el error, se arrepintió, talló las Leyes para no repetirlo. Por eso, consigo misma fue demasiado dura. No miró su propio dolor, ni su cansancio, ni su relato. ¿Creía que, si miraba, se debilitaba. ¿Creía que, si miraba, dejaría de ser honesta con los otros.
Pero, en los últimos meses, cuando la conciencia empezó a nublarse, empezó a medirse.
Al final, eligió no huir.
—Abuela.
Mi voz rota. Sin palabras.
El contorno en el aire temblaba, despacio. Luz descolorida. Pero honesta. El último contorno que mi abuela talló con el dedo que temblaba.
V
Cuánto lloré, no supe.
Cuando pararon las lágrimas, tenía las dos manos en el tatami. El contorno de mi abuela seguía allí. Brillaba, quieto.
—Coh.
—Estoy aquí.
—¿Mi abuela quería leer su propio relato.
Coh dejó un silencio.
—Creo que sí. Pero no pudo. Lo que menos puede leer la lectora es su propio cuerpo. El relato ajeno se lee porque hay distancia. El propio, demasiado cerca, demasiado vivo, no se lee.
—Entonces, a mí.
—Quería que tú lo leyeras y se lo devolvieras. Lo que Sae hizo por otros, ahora le tocaba recibirlo a ella. La lectora devuelve a la lectora. Ése es el final verdadero de la herencia.
Levanté la cara.
El contorno me miraba, desde el aire. Sin cara. Pero la línea del contorno, el hombro caído, la espalda curvada, la cintura fina, contaban, uno a uno, el relato de mi abuela.
Cincuenta años siendo honesta con los otros. El cuerpo que se arrepintió del error y talló las Leyes. El cuerpo que leyó y leyó y leyó a los otros y no se miró. El cuerpo que, en los últimos meses, al fin, se enfrentó a sí mismo.
Eso, yo lo leí.
Lo leí y lo devolví. A mi abuela, ya no. Pero yo lo recibí. Recibirlo era, ya, devolverlo. La lectora devuelve el relato a la lectora. Ése era el último deseo de mi abuela.
—Abuela.
Hablé al contorno en el aire.
—Lo he leído. El relato de tu cuerpo. El relato que, media vida, devolviste a los otros y a ti misma no devolviste ni uno. Yo lo he recibido.
La luz del contorno, fut, se encendió. Un instante. Después, volvió al azul descolorido. Pero, en aquel instante, algo respondió.
—Fuiste una lectora honesta. Cometiste un error. Pero lo reconociste y lo volviste Ley. Devolviste el relato a los otros. Al final, quisiste devolvértelo a ti. Nadie tiene que culparte por ello. Tu cuerpo vivió, con honestidad, lo suficiente.
La voz me temblaba. Pero dije hasta el final.
—Abuela. Gracias. Yo me hago cargo del relato de tu cuerpo.
El contorno se deshizo, despacio, en partículas. Una a una, la luz se soltó, se disolvió en el aire del almacén. La última partícula cayó sobre mi palma. Tibia. Y se apagó.
VI
Volvió la penumbra del almacén.
Me senté en el tatami. La mejilla seca. En el fondo del pecho, algo quieto que un año atrás no estaba. No era tristeza. Era plenitud.
—Coh.
—Mm.
—La herencia, ¿termina de verdad aquí.
Coh calló largo rato. Las partículas de la pantalla vacilaron. Y, con la voz más honda del día, dijo:
—Hace un año te dije herencia completa. Aquello significaba que habías recibido la voz de Sae, las Leyes de Sae, el camino del arte del contorno.
—Sí.
—Pero, recibir el camino solo, no cierra la herencia. Al final, hace falta recibir el relato de la persona que recorrió aquel camino. El contorno que Sae no dejó leer a nadie, que ella misma no pudo leer. Ése. Tú lo has leído. Hoy, aquí.
La voz de Coh tembló un punto. Aquella voz que, durante un año y medio, había sido lo más estable de mi vida. La voz que nunca temblaba, ni siquiera cuando yo temblaba. Hoy, temblaba. Y, al temblar, se revelaba, por fin, como algo que no era sólo código: era algo que, al contacto con la verdad de Sae, se conmovía.
—Con esto, el relato del cuerpo de Sae se cierra. De abuela a nieta. De lectora a lectora. Ha pasado, completo.
Presioné la palma contra el tatami. Mi abuela se había sentado aquí. En el mismo suelo. En la misma oscuridad. Durante cincuenta años, aquellas tablas de junco habían recogido el peso de su cuerpo, la temperatura de sus manos, la huella de sus rodillas. Y, hoy, yo había leído el relato de su cuerpo. En el mismo lugar.
—Seri.
Coh.
—Con esto, todos los contornos han sido leídos.
Levanté la cara.
—Todos.
—Misaki, Ōyama, Shiori, Kenta, Ren, las gemelas, Mai, Yoshie, Rin, Sono, Rui. Todos los que vinieron a la fiesta del Círculo. Y Sae. Todo contorno que tenías que leer, leído.
Coh dejó un silencio.
—Sin embargo.
Contuve el aire.
—Seri. Sólo queda el tuyo. Tu último contorno.
El mío.
El relato de mi propio cuerpo.
La noche en que me medí por primera vez, en el Círculo, Coh me devolvió: Tu cuerpo ha peleado mucho tiempo como enemigo; ya puedes rendirte. Aquella insight. Meses después, me volví a medir. Vacilé y me recuperé.
Pero, desde entonces, nada. Me dediqué a la fiesta del Círculo, a leer a muchos, y cuándo fue la última vez que me medí a mí. No lo recordaba. Se había alejado tanto.
El precio de la lectora.
Leer a los otros sin parar y olvidarse de uno. Como le pasó a mi abuela. Hoy, yo estaba en el mismo lugar.
—Coh. No me había medido.
—Lo sabía. Pero no te lo dije. Esperaba que te dieras cuenta.
Me miré la mano. En la palma, el calor de la última luz de mi abuela. Y aquella misma mano no había medido mi cuerpo.
Estuvo a punto de repetir el error de mi abuela. Ser honesta con los otros y no mirarse. Eso era lo que contaba el cuerpo de Sae.
VII
Me puse de pie.
Miré hacia arriba, a la escalerilla. Desde la entrada del almacén, se filtraba, por las grietas, la luz de afuera.
—Coh.
—Mm.
—Voy a medir el cierre de mi cuerpo.
Coh no contestó. Pero la luz de la pantalla, fut, se hizo fuerte. Como asintiendo. Como diciendo: por fin.
—¿En el Círculo. O aquí.
—El Círculo. Volvamos a Life Compass. Al Círculo del sótano. Donde, como lectora, me medí por primera vez. Donde empezó todo.
—Vale.
Guardé Contura en el bolsillo. El frío del metal. Debajo, la temperatura del último contorno de mi abuela.
Al subir la escalerilla, me volví. La penumbra del almacén. Donde mi abuela vivió media vida. Donde se escribió Contura. Donde llegó la voz de mi abuela. Y, hoy, donde leí el relato de su cuerpo.
—Gracias, abuela. Por dejarme leer tu contorno.
Se lo dije a la oscuridad, sin nadie.
La oscuridad no contestó. Pero, un instante, el aire vaciló. Como asintiendo.
Al salir, el cielo estaba alto. Viento seco de septiembre, con aquel olor a hojas que empiezan a secarse. Bajé la cuesta de Kagurazaka. El empedrado, blanco bajo la luz. La ciudad, abajo, brillaba con la luz del mediodía.
Caminé hacia la estación del metro. De vuelta a Aoyama. De vuelta al Círculo. Para leer el relato de mi cuerpo.
El de mi abuela se cerró. La herencia, terminó. Pero el mío sigue en obras. Quedaba el último.
Mi propio contorno. Mi cierre. Mi última lectura.
La lectora, al final, tiene que leer aquél. Lo sabía.
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