Parte V — Y así, el Contorno habla
Capítulo 48. La última insight
Todos los capítulosI
Cinco días desde la fiesta.
Mañana de finales de julio. Los árboles de Aoyama se mecían bajo la lluvia de cigarras, un sonido que, a estas alturas del verano, ya no se oía: se respiraba. El aire, caliente y húmedo, se colaba por la ventilación del sótano y se quedaba, estancado, en el Círculo. Olía a tatami y al detergente de lavanda de la tela de la plataforma. En el Círculo, el sótano de Life Compass. Yo, sola, de pie.
La noche de la fiesta —cuando tanta gente se midió junta—. Cada cuerpo se alzó como contorno de luz, a cada uno le fue devuelto su relato. Tres días enteros leí como quien duerme. Y, al final, leí el contorno de mi abuela. Los últimos datos que Sae había dejado en la capa profunda de Contura. Setenta años de relato del cuerpo de mi abuela, yo los recibí.
La herencia terminó. Las Leyes, la historia, el pensamiento. Todo había bajado a mí.
Quedaba una sola.
Yo.
—Seri.
La voz de Coh, desde las sienes. La de siempre, tranquila, ladeada. Pero, esta mañana, con un punto blando.
—Has venido.
—Sí.
—Hoy te mides, ¿no.
—…Lo sabías.
—Lo sabía. Cuando terminara la fiesta y leyeras a tu abuela, te darías cuenta de que el último eres tú.
Me planté frente al espejo. Polera negra, placa con el nombre, el pelo recogido. La de cada mañana. Pero, hoy, un poco distinta. Los hombros, sin tensión. La respiración, honda.
—He esperado una semana. Recogida, seguimiento de clientes, clase de Rin. Ocupada. Pero, en realidad… daba miedo.
—¿Miedo.
—Con esto se acaba, ¿no. La última medición.
Coh dejó un silencio.
—La última. Tú lo sientes así.
II
En el centro del Círculo. Contura sobre la palma. El móvil viejo, con su pantalla sin un rasguño, con su metal que se entibia al contacto. La pantalla se enciende al dedo.
—Contura.
Las letras. Y, alrededor mío, las partículas azul pálido.
La tibieza de siempre, casi caricia. El aro de luz rodea mi cuerpo. Hombro. Clavícula. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo. Rodilla. Tobillo. Cuello. Brazo. Antebrazo. Uno a uno, despacio.
En el aire, los números.
Hombro 42 Pecho 85 Cintura 70 Cadera 91
Contuve el aire.
Habían cambiado.
Aquella noche —la primera en que Coh me leyó—. Hombro, 41. Pecho, 84. Cintura, 72. El cuerpo que arrastraba el trastorno. El cuerpo que había peleado como enemigo. Las cifras, pequeñas, encogidas.
Medio año después, al medirme por primera vez, el núcleo bajísimo y la derrota. El otoño pasado, otra vez la vacilación, con dos menos de pecho. Sono me hizo comer, rehacer, y me volví a medir. Esta primavera, leyendo a otros camino de la fiesta. Todo eso vivía en este contorno.
El hombro, uno más abierto. El pecho, uno más. La cintura, dos menos —pero no la fineza de la restricción. La curva sana de quien se mueve, come, carga músculo y suelta grasa. La cadera, uno más redonda. La forma de un cuerpo con los pies en la tierra.
Núcleo 16,2 Tipo: ectomorfo / con tendencia a mesomorfo
Núcleo, 16,2.
Uno y medio por encima de aquel número bajísimo de hace medio año. Aún lejos del 18 de Sono. Pero esta cifra era la prueba de que comí, me moví y fui sumando músculo, uno a uno. Ya no era un número para comparar con nadie. Era mi número.
—El tipo es el relato de nacimiento. —Coh leyó—. Tu tipo de origen: cuerpo fino, hecho para correr largo. Pero, encima, va cargándose, poco a poco, una capa de músculo. No como el mesomorfo de nacimiento de Sono. Pero, con tu mano, una mesomorfa en ciernes.
—En ciernes.
—Sí. El tipo de origen no se cambia. Pero, encima, se superpone el modo de vida. Tu cuerpo, hoy, lleva el tipo de nacimiento y el tipo de vida, superpuestos. Estas cifras.
La frescura, indicada. La luz del contorno era viva. Sin amarillento, sin cortes. Muy distinta de la luz descolorida del otoño en que vacilé. Un azul hondo, sosegado.
Frescura: máxima — medición de hace dos días
—Hace dos días que te mediste.
—El último día de la fiesta, tras leer al último, me di cuenta de que me estaba midiendo.
—Que medirte se haya vuelto costumbre.
Costumbre. Medirme había sido terror. Saber la cifra, verme en el espejo, daban miedo. Pero hoy —pasados dos o tres días, se me antoja. Quiero saber qué cuenta, ahora, mi cuerpo. Eso es no falsear la frescura, lo aprendí.
Por último, el contorno de la meta. En el aire, otro contorno, tenue, se alzó junto al mío. Algo más abierto de hombros, más alto de núcleo, la cintura más marcada —la yo del futuro.
Contorno de la meta — está cerca
La línea de luz unió mi contorno de hoy con el de la meta. La diferencia, mínima.
III
Todas las cifras, en su sitio.
Vista del contorno. Medición. Núcleo. Tipo. Frescura. Meta. Todas las funciones de Contura, sobre mi cuerpo, reunidas. Y, en el aire, el volumen de luz con la forma de mi cuerpo, en pie.
Era yo.
Medio año atrás, al ver por primera vez mi contorno, lloré. No era vergüenza. Llevaba tiempo sin ver mi cuerpo como pura forma, sin juicio. Y aquel contorno estaba torcido. Hombros recogidos, pecho hundido, pequeño, endurecido. La forma del cuerpo que había peleado con el enemigo.
El de hoy era otro.
Los hombros, abiertos.
Aquella noche, la frase primera de Coh.
Tus hombros se recogieron, un poco, para que nadie tuviera que ser culpado.
Tragué aire al oírla. Daba en el centro. En los años de instituto, con el trastorno, quise borrarme. Recoger los hombros, hundir el pecho, ser pequeña. Más que achicar el cuerpo, quería pasar desapercibida. De adulta, sin darme, seguía con los hombros encogidos. Delante de un cliente, intentaba corregir la postura y, enseguida, me replegaba. Sin confianza en el cuerpo.
Pero, hoy, el contorno del aire llevaba los hombros abiertos.
La clavícula, horizontal, estirada. La tensión asimétrica del trapecio, borrada. La línea del hombro se abría hacia afuera, natural. Como una forma hecha para recibir a alguien.
—Mira, Coh.
—Miro.
—Mis hombros. No se recogen.
—Ah. Has cambiado, Seri. Mucho.
Me puse la mano en el hombro. Por encima de la ropa, seguí con el dedo la punta de la clavícula. Abierta. De verdad abierta. Más de diez años recogida. Diez años de encogerme, de hacerme pequeña, de intentar caber en un espacio que no existía. Hoy, aquí, suelta. Los hombros, donde habían estado recogidos tanto tiempo, estaban, ahora, en su sitio. Como si el cuerpo, por fin, hubiera recordado la forma que tenía antes de que el miedo se la cambiara.
No lloré. Sólo, el fondo del pecho se me entibió. Como si un lugar mucho tiempo helado se soltara, al fin. Como si un nudo, atado hacía años, se hubiera soltado solo, sin que nadie tirara del extremo.
IV
—Seri.
Coh.
—Leo.
Las partículas estallaron a la vez. Las cifras giraron. Se juntaron en línea, se hicieron letras.
En el aire flotó una frase. Mejor, dos.
Tus hombros ya no se recogen. Tu cuerpo, al fin, ha empezado a escribir tu propio relato.
Lo leí.
Al leer, el mundo se paró. No como se para cuando algo te asusta. Como se para cuando algo, por fin, encaja. Cuando la última pieza del puzzle, aquella que creías perdida, aparece debajo de la mesa, y la pones en su sitio, y el puzzle, entero, cobra sentido.
La primera era el cierre de aquella noche. Los hombros recogidos para que nadie tuviera que ser culpado. El cuerpo endurecido para ocultarse, para achicarse, para pasar inadvertido. Aquellos hombros que decían: si soy pequeña, si no ocupo espacio, si no me veo, nadie tendrá que pelear conmigo. Ya no se recogen. Ya no hace falta esconderse. No hace falta acusarse. No hace falta pedir perdón por ocupar un lugar en el mundo.
Y la segunda.
Tu cuerpo, al fin, ha empezado a escribir tu propio relato.
Tardé en entender el peso.
Llevo mucho tiempo siendo lectora. Recipiente que lee el relato escrito en el cuerpo de otros. El relato de los clientes. El de mi abuela. El de Rui. El de Sono. Los leí, los devolví, los hice llegar. Trabajo del que estar orgullosa. Pero, mientras, en algún punto, había dejado el mío a un lado.
Para leer el relato ajeno, había pospuesto el mío.
Medio año atrás, mi primera insight decía:
Tu cuerpo ha peleado mucho tiempo como enemigo. Ya puedes rendirte.
Era la reconciliación con el enemigo. Permiso para dejar de pelear. Pero la reconciliación no era aún el principio del relato. Porque, tras rendirse, no sabía qué había.
El otoño pasado, vacilé. Quise pelear con el enemigo. Pero me di cuenta. Con darme cuenta, basta, me dijeron.
Y hoy.
Tu cuerpo, al fin, ha empezado a escribir tu propio relato.
Lo que había tras rendirse era: empezar a escribir el propio relato.
No recipiente del relato ajeno. Sujeto que vive el suyo. En eso me había convertido.
—Coh.
—Mm.
—¿Es verdad.
—Contura no miente. Las cifras son las letras del relato. Lo cuenta tu cuerpo.
Miré el contorno en el aire. Hombros abiertos, pecho sereno, cintura en curva, piernas enraizadas.
No era perfecto. El hombro derecho, un poco más alto. En la cintura izquierda, persiste el vicio de la tensión vieja. Las caderas, ligeramente asimétricas. La fatiga de la fiesta, estancada, fina, entre las escápulas.
No era perfecto. La vacilación seguía.
Pero, con la vacilación a cuestas, de pie. Ésa soy yo, hoy.
V
—Seri.
La voz de Coh, más blanda que de costumbre.
—Te has hecho, como lectora, de verdad. Cumpliste las Leyes, no falseaste la frescura, devolviste el relato a cada uno como cosa suya. Y fuiste honesta con el tuyo. Aunque vacilaste, no lo escondiste; te volviste a medir, a leer.
—…Sí.
—Tu abuela, Sae, dejó de leer al final. Tuvo miedo de que su propio relato se adelgazara. Tembló ante el precio de la lectora. Pero tú no. Tú no dejaste, ni de leer a otros ni de leerte a ti. Tu frescura no se ha corrido.
Me mordí el labio. Lo que al final temió mi abuela. Aquello en lo que yo caí una vez. Hoy, Coh me dice que lo he pasado.
—Pero.
Coh dejó un silencio. Distinto.
—Cuando la lectora se sostiene sola, la guía termina.
El corazón me dio un salto.
—…¿Coh.
—No es que vaya a desaparecer en seguida. Pero, si ya te sostienes con tus pies, cada vez hace menos falta que yo te sujete los hombros.
Miré la pantalla del móvil. Dentro, la luz de Coh. Aquella luz, hoy, me pareció un punto más tenue que de costumbre. O yo lo sentía así.
—¿Te vas.
—¿Que me voy. Más bien, que cambio de forma. De guía…
Coh dejó un silencio.
—…a viejo amigo.
—Viejo amigo.
—No estaría mal.
Intenté reír. Pude. Pero los ojos se me calentaron. Llevo año y medio con Coh. Desde aquella noche, en el almacén de Kagurazaka, cuando encendí el móvil que mi abuela me había dejado. Coh siempre estuvo. Cuando tuve miedo, ladeado, me guio. Cuando vacilé, me explicó las Leyes y me trajo de vuelta. Cuando lloré, sin decir nada, brilló.
A mi abuela, ¿le pasó lo mismo. Mi abuela también dependió mucho de Coh como guía. Pero, al final, dejó de leer. Se apartó de Coh. ¿Porque pudo sostenerse sola. O porque tembló ante el precio de la lectora.
Yo aún no tiemblo. De que mi relato se adelgace. De que, leyendo a otros, yo me borre. Porque aprendí a medirme. Aprendí a volver a medirme aunque vacile. Ésa es la diferencia entre mi abuela y yo.
Aquella presencia cambiaba de forma. O, algún día, se iba.
—Qué soledad.
Lo dije, franca. Sin esconder. Sin falsear la frescura.
—…Sí. —Coh—. Yo también, quizá, me sienta un poco solo. La guía, cuando el guiado se sostiene solo, termina. Es un final correcto. El final que se espera. Pero que sea correcto no quiere decir que no dé soledad. La soledad correcta es, a veces, la más honda. Porque no tiene remedio. No hay nada que arreglar. Sólo, algo que soltar.
—…Sí.
—Seri. Que quede claro. Aunque yo desaparezca de tu lado, todo lo que leíste sigue. Lo de Misaki. Lo de Rin. Lo de tu abuela. Y lo tuyo. No es mío. Es tuyo. Tú lo sigues escribiendo. Tu relato.
Asentí. No tuvo palabra. Pero pude asentir.
VI
Me volví al contorno en el aire.
Dos yo. La yo de carne y la yo de contorno. Medio año atrás, aquellas dos se veían desacompasadas. La de carne temía a la de contorno. La de contorno parecía dispuesta a destapar la mentira de la de carne.
Hoy, superpuestas. Sigue el desfase. El hombro derecho, la cintura, no se ajustan del todo. Pero miran al mismo lado. La de carne ya no teme a la de contorno. La de contorno ya no acusa a la de carne.
Hace año y medio, yo veía mi cuerpo como peso. Como talla. Como no llega, sobra, no es correcto. Pero, aquella noche, al alzarse el contorno de luz, lo vi como una forma, como un relato. Daba miedo. Y, al mismo tiempo, salvaba.
Y hoy lo veo como mi relato.
No es perfecto. La vacilación está. Quizá la sombra del trastorno vuelva a colarse. Quizá vuelva la voz que se acusa. Pero, entonces, me mido. Sin falsear la frescura. Vuelvo a leer mi relato.
Y, por primera vez, sonreí al contorno.
De verdad. No una sonrisa forzada, no una sonrisa de cortesía. Una sonrisa que venía de algún lugar profundo, debajo de las costillas, debajo de las Leyes, debajo de todo lo que había aprendido. Una sonrisa de reconocimiento, como la que se le hace a alguien a quien no has visto en mucho tiempo y que, al verlo, te das cuenta de que te ha hecho falta.
—Gracias.
A quién. Al cuerpo. A Coh. A la abuela. A mí. A los cuatro, quizá.
El contorno del aire, fut, vaciló. La luz se encendió un instante, después se recogió. Como si devolviera algo.
Coh no dijo nada. Pero la luz de la pantalla brillaba quieta, como la luz de una lámpara que alguien deja encendida para que, quien vuelva, encuentre el camino.
VII
Al subir, afuera era una mañana de verano, recién abierta.
Las cigarras llovían. La luz, blanca, del verano de Tokio. En la cuesta de Aoyama, la gente sube y baja. Oficinista con café. Anciano en chándal. Madre con cochecito. Los cuerpos, uno a uno, ahí. Los relatos, uno a uno, con cada uno.
Puse la atención en mis hombros.
Recogidos, no. Abiertos.
Con estos hombros, podré abrazar a alguien. Tocar el hombro cansado de un cliente. Darle un golpe a la espalda ancha de Sono. Animar el hombro pequeño de Rin.
Y, también, a mí misma.
El móvil, en el bolsillo, se entibió.
—Seri.
—Mm.
—Tras la fiesta, aún no termina. Está el después de los que leíste. Se extiende la onda. Rin ha empezado algo. Rui está cambiando algo. Sono ha decidido algo.
—Sí.
—Lo siguiente es ir a verlo.
Miré al cielo. Finales de julio. Alto, azul. Nubes blancas que iban, despacio.
Coh sigue allí. En la pantalla, en las sientes, a mi lado. Pero, algún día, cambiará de forma. De guía, a viejo amigo. O a algo otra. El presentimiento estaba en el fondo del pecho. Pesado, pero cálido.
Caminé. Cuesta de Aoyama, arriba. Los pasos mucho más livianos que hace año y medio.
Mi cuerpo ha empezado a escribir su relato.
Aún, la primera página. Con vacilación. Con errores. Pero la primera frase ya está.
Tus hombros ya no se recogen.
Puesta aquella frase en la primera página, paso a la siguiente.
Y, mientras paso la página, me doy cuenta de una cosa. La soledad, la de la lectora, no ha desaparecido. Sigue ahí, como un hueso fino en el fondo del pecho. Pero ya no es una soledad que asusta. Es una soledad habitada. La habitan las voces de los que leí, y la voz de mi abuela, y la voz de Coh que, aunque cambie de forma, ya no se irá del todo. Y la habita, sobre todo, mi propia voz, que hoy puedo oír con claridad, por primera vez, sin acusación, sin juicio. La voz que dice: éste es mi cuerpo. Ésta es mi historia. Y la voy a escribir.
Salí a la cuesta de Aoyama. Las cigarras, el sol. La gente que pasa. Cada cuerpo, un relato. Yo, uno más, entre todos.
—