Parte I — Encontrar el Contorno
Capítulo 8. La decoloración de la frescura
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Un martes al final de julio, bochornoso, al atardecer.
Recolocaba los folletos del mostrador cuando sonó la campana de la entrada. Al levantar la vista estaba Rin Suzumiya.
—…Buenas tardes.
Ya no era la voz espinosa de tres semanas atrás. Tenía un tono cansado, sin sede. La blazer del uniforme, la misma; pero el puño de la camisa, con el sudor, había cambiado un poco de color. Venía directa desde el instituto.
—Rin.
—Me he vuelto a colar, ¿lo ve.
Se descalzó para subir. La manera de andar era distinta. Se cuidaba el tobillo derecho, un poco. Cada paso, confirmaba el peso antes de pasarlo.
—¿El pie, qué te pasa?
Rin, un momento, quiso mentir. Y no.
—…Me pasé, quizá, corriendo.
Dejé el folleto. Tres semanas antes había medido a esta chica en el Círculo, le hablé del tipo, le leí el insight. Unas piernas para correr. Y después pensé que no iba a volver. Coh también lo había dicho: que creería que con una vez bastaba.
Pero había vuelto. Y con el pie lastimado.
—¿Tu madre?
—Hoy he venido sola. Sin decirle a mamá. Si no, me vuelve a frenar.
Miré la puerta del fondo del mostrador. La que baja al Círculo. Tres semanas antes había alzado el contorno de Rin allí.
—Rin. ¿Me cuentas un poco? Aquí, primero.
Le señalé el sofá. Rin se sentó, sin oponer nada. No al borde, como la vez anterior, levantando un muro; en el centro, las rodillas juntas.
II
La historia de Rin fue esta.
Aquel día, en el tren de vuelta, se estuvo repitiendo un tipo para correr. Seri-san había dicho: tus piernas fueron hechas para correr. Una forma de aquí en adelante.
—Pues corro, pensé.
Desde el día siguiente empezó a correr. Al salir del instituto, por la ribera cerca de casa. Al principio, treinta minutos. En una semana, una hora. A la segunda semana, dos. Cada día, sin parar.
—Creí que me pondría delgada. Como eran piernas para correr, pues corriendo me pondría en ese tipo, ¿no.
Sentí que algo se me enfriaba en el fondo del pecho. Se había tomado el insight como receta. La frase sobre el talento, como una orden tragada.
—Pero no me adelgazo. —Rin se entrelazó los dedos sobre la rodilla—. Mejor dicho, los muslos se me tensaron. Las pantorrillas se me pusieron duras. Y la espinilla me empezó a doler. Ayer ni siquiera podía bajar escaleras, bien.
—¿Y hoy?
—Un poco mejor. Pero al andar me rebota.
Le pregunté por el punto del dolor. La parte baja, interna de la espinilla. El sitio que a veces se lesiona quien empieza a correr. No puedo decir nada técnico. Pero sí vi que era una zona que precisaba descanso.
—Oye, Rin. Hace tres semanas te dije, ¿te acuerdas?: tus piernas fueron hechas para correr distancias largas. Todavía no han terminado de correr; son una forma de aquí en adelante.
—…Sí.
—Yo no te dije que corrieras.
Rin levantó la cara.
—…¿No?
—No. Aquello fue solo leer qué forma tiene tu cuerpo. Que tienes el talento de poder correr. Pero el talento y la obligación son dos cosas. Correr o no correr, lo decides tú.
Rin se calló. Se apoyó la frente en la rodilla. Se le arrugó la falda del uniforme.
—Entonces, ¿para qué estaba corriendo?
A esa pregunta no supe contestar enseguida.
III
En el bolsillo, Contura se calentó. Me incliné un poco y miré la pantalla. Estaba Coh.
—Seri —la voz de Coh me sonó detrás de las sientes; Rin no la oía—. Hay otra cosa que tienes que decirle.
—¿Cuál?
—Que ella se ha creído el insight de hace tres semanas. Hay dos motivos. Uno, que tú hiciste que el talento sonara a receta. El otro…
Coh dejó un silencio en la pantalla.
—Que el insight de hace tres semanas era la historia de la Rin de entonces, no la historia de la Rin de ahora.
Masticé las palabras de Coh.
—Frescura.
—Así. La historia tiene frescura. El cuerpo cambia cada día. Lo que ha comido, lo que se ha movido, lo que ha dormido, lo que le ha dado vueltas, lo que le ha hecho reír. Todo reescribe, poco a poco, el contorno. Leer al de hoy con las cifras de hace tres semanas es como leer la carta de otra persona.
La carta de otra persona. Contuve el aire con aquella metáfora.
La carta que escribió la Rin de hace tres semanas. La Rin de hoy la lee creyendo que es suya. Pero quien la escribió fue otra Rin, distinta. No esta Rin que está aquí con el tobillo dolorido.
—Coh. ¿Cómo se ve una historia vieja?
—Se decolora. La luz del contorno se vuelve tenue, amarillenta. Como un libro viejo, con la tinta tostada por el sol. No es que no se pueda leer. Pero no es el color real de esa persona ahora.
Miré a Rin. Seguía con la frente en la rodilla.
—Oye, Rin —le dije—. ¿Te acuerdas del contorno que viste aquí hace tres semanas?
—…Me acuerdo. Las piernas para correr.
—Aquella era la historia de tu cuerpo de hace tres semanas. No la de ahora.
Rin levantó la cara, perpleja.
—…¿Ahora soy distinta?
—Debes de serlo. Si has estado corriendo cada día. Si te duele la espinilla. El cuerpo, por todo eso que has corrido, ya ha cambiado. Con una lectura de hace tres semanas no llegas a la de ahora.
Rin se llevó la mano al tobillo. Tenía cara de enterarse, por primera vez, de que allí había un cambio que no se veía.
IV
—¿Lo medimos otra vez? Tu contorno, el de ahora.
Rin dudó.
—…Pero acaba de decirme que no hace falta correr. Si me vuelve a decir un tipo para correr, pues para qué…
—Quizá no te lo diga. Quizá haya cambiado. Vamos a verlo.
El Círculo, abajo. Luz tenue, paredes de espejos. En aquella sala callada, las dos solas. Cabía ser lo mismo que tres semanas atrás, y sin embargo el aire pesaba distinto. Entonces, Rin estaba de pie erizada de espinas. Hoy, las espinas se le habían caído y, en su lugar, se le pegaba un cansancio.
Rin se subió a la plataforma. Se quitó los calcetines. Las uñas, rosa pálido, igual que entonces. Pero el tobillo derecho estaba un poco hinchado.
—Los brazos, un poco abiertos. Así. Sueltos.
El aro de luz se puso en marcha.
— ¿Eh?
Contuve el aire. Las partículas azul pálido, que cabía ser que fueran las mismas, se veían un poco turbias. No que las partículas estuvieran turbias. Contura estaba intentando solapar la nueva medición sobre el registro anterior y los dos contornos se interferían.
—Coh, esto.
—Sigue ahí el registro viejo. Descolorado. Eso es la decoloración de la frescura. Borra el viejo y alza el nuevo.
Operé Contura. Borré el contorno anterior. La luz se retiró del aire. Rin se puso cara de preocupación.
—Tranquila. Voy a alzarte a la de ahora, otra vez.
El aro de luz recorrió de nuevo el cuerpo de Rin. Pantorrilla, rodilla, muslo. Cintura, cadera, pecho. Hombro, brazo, cuello. Y, en el aire, se alzó el contorno de Rin ahora.
La misma luz azul pálido. Pero lo vi enseguida.
El cambio era fino. Pero estaba.
El empuje del muslo se había endurecido respecto a la vez anterior. El músculo quedaba tenso, coagulado. La línea de la pantorrilla se afilaba, y en cambio alrededor de la rodilla se acumulaba una luz estancada, como de fatiga. Los hombros, más adelantados que la vez anterior. Al correr se iba echada hacia delante. Los hombros le recordaban la postura torcida.
Y lo más llamativo, el tobillo.
El tobillo fino y suelto de tres semanas antes estaba hoy, solo el derecho, un poco abultado. La luz se le teñía de rojo, latía. Color de dolor.
—Aquí. —Apoyé el dedo en el tobillo de luz—. Aquí te duele, ¿no.
Rin contuvo el aire.
—…¿Cómo lo sabe?
—Lo está diciendo el cuerpo. Hace tres semanas no tenía esta forma. Ahora lleva el dolor. Es la huella de que has corrido cada día.
Le pedí a Contura que sacara, una vez más, el registro anterior, tenue. Una Rin descolorida, traslúcida, de tres semanas antes. Junto a ella, la Rin recién medida.
Las dos, juntas.
Rin se miró, los dos contornos.
—…¿Estas soy yo? ¿Las dos?
—Las dos. La de hace tres semanas y la de ahora. La misma, y no la misma.
V
Coh estaba a punto de hacer flotar una frase sobre el contorno nuevo. Las cifras del aire estallaron, giraron, se juntaron, se hicieron línea, se hicieron letras.
Unos pies que han empezado a moverse. Esa eres tú ahora.
Se la leí en voz alta.
—Unos pies que han empezado a moverse —repitió Rin—. ¿No unas piernas para correr?
—No. La de hace tres semanas tenía piernas para correr. Como posibilidad. Pero la de ahora, de verdad, se ha puesto en marcha. Ha corrido. Ese hecho, el haber corrido, es la historia de ti ahora.
—Pero me duele. La espinilla y el tobillo.
—Que duela es que el cuerpo quiere pararse y descansar. Unos pies que se han movido, ahora quieren un poco de descanso.
Rin se quedó mirando el tobillo de luz.
—Yo pensaba que tenía que correr. Que como eran piernas para correr, tenía que correr. Que si un día no corría, se me volvían a hacer piernas gruesas y nada más.
—No se vuelven. Un cuerpo que se ha movido es distinto de uno que no se había movido. Pero moverse sin parar y descansar no se oponen. Lo que tu cuerpo cuenta ahora es: me moví, y quiero descansar un poco.
Rin lloró. Esta vez no se aguantó. Tres semanas de cansancio, de prisa y de duda se le salieron con las lágrimas. No dije nada. Me quedé al lado. El contorno de luz se movía al mismo ritmo que le temblaba el hombro a Rin.
VI
Cuando se le secaron las lágrimas, Rin se limpió los ojos con la manga de la blazer.
—Seri-san.
—Ajá.
—Yo estaba equivocada. Creía que, con que me leyera una vez, esa era mi historia para siempre. Que un tipo para correr era una etiqueta para toda la vida.
—Ajá.
—Pero no, ¿eh. Mi cuerpo cambia cada día. El tipo para correr de hace tres semanas ya es viejo. La de hoy es otra forma: me he puesto en marcha y estoy adolorida.
—Así es. La historia se sigue escribiendo. La página que escribiste una vez no es la última. La de mañana vuelve a no ser la de hoy.
Rin comparó los dos contornos del aire — el descolorido de tres semanas antes y el vivo de ahora —. Miró el viejo hacia arriba y sonrió un poco. Como despidiéndose.
—Entonces, Seri-san, ¿me leerá otra vez? Cuando cambie mi cuerpo, otra vez, lo que haya cambiado.
—Claro. Cuando tú quieras que te lea.
—…¿La semana que viene, puedo venir?
Al oír aquello, supe que mi presentimiento de hacía tres semanas se había equivocado. No creyó que con una vez bastaba. Dijo otra vez.
—Sí. Te espero.
Rin se rio un poco. Una sonrisa pequeña y serena, como de otra persona que aquella chica espinosa de tres semanas antes.
—Oye, voy a dejar de correr, un poco. Cuando se me cure la espinilla, ya decidiré si vuelvo o no.
—Ajá. Así.
—Mi cuerpo, ya no lo odio. —Rin lo dijo así—. Cuando me dijeron que era un tipo para correr, llegué a quererlo un poco. Pero al pasarme corriendo y dolerme, estuve a punto de volver a odiarlo. Y ahora, después de que me lo hayas leído, ya sé que el dolor es solo que el cuerpo quiere descansar. Otra vez lo quiero.
—Quererlo y no quererlo es lo normal. Porque es una historia. Porque tiene frescura. Porque cada día se escribe una página nueva.
Rin asintió. Y, en la puerta, al irse, se volvió.
—Seri-san, ¿usted se lee su cuerpo?
Me atascó la pregunta.
—…Sí. A veces.
—A veces no basta, ¿no. —Rin puso cara seria—. Yo, como corrí cada día, mi cuerpo cambió. El de Seri-san también cambia cada día, ¿no. Si no me lo sigue leyendo, a Seri-san también se le decolora.
Aquel palabras de dieciséis años se me cayeron al fondo del pecho.
VII
Cuando Rin se fue, me quedé sola en el Círculo.
Coh me miraba desde la pantalla.
—Seri.
—Ajá.
—¿Y la tuya, de frescura, cómo va?
No supe qué decir. Tres semanas sin medirme. Creyéndome una lectura que hice una vez. Hombros anchos, cintura sin marcar, tronco con poca fuerza. Aquello es mi tipo, lo acepté, y lo dejé ahí.
Igual que Rin se ató al insight de tres semanas antes. Yo me había atado a mi única lectura.
—…No me he medido. En tres semanas, ni una.
—Me lo figuraba. La cuarta Ley, no falsifiques la frescura. No solo la de los demás. También la tuya.
Me miré en el espejo. Hombros anchos, cintura sin marcar. Tal cual tres semanas antes. Pero no debía de ser igual. Estas tres semanas me había preocupado por Rin. Había tenido noches sin dormir. Había entrenado con Sono y me había quedado con agujetas. Todo estaba grabado en mi cuerpo.
—Voy a medirme —dije. Mi propio contorno. Con la frescura de ahora.
El aro de luz me recorrió. Se alzó una yo distinta de la que me había leído tres semanas antes. La tirantez del hombro había subido un poco. Alrededor de la cintura se veía un sedimento de fatiga. Pero — el músculo se asentaba un poco más firme, el núcleo se había engrosado. La huella de haber entrenado con Sono estas tres semanas.
Flotó una frase nueva.
Tu cuerpo ha empezado a aprender a seguir leyéndose. Aún va por la mitad. Pero ya no vuelve atrás.
La leí. Y sonríe un poco. No podía dejársela leer a Rin, era mi historia. Pero allí estaba, sin duda. La historia que mi cuerpo me contaba, con la frescura de ahora.
—Coh. Tengo que seguir midiéndome, ¿no. Igual que hago con Rin.
—Igual. La lectora, antes de leer a otros, tiene que tener abierta su última página. Si está atada a su historia vieja, tampoco se da cuenta de la historia vieja de los demás.
Asentí. No un diagnóstico de una vez. Una relación que se continúa. Con Rin. Conmigo.
VIII
Al subir, fuera había pasado un aguacero. La calle de Aoyama tenía charcos que recogían la luz de las farolas. El aire bochornoso se había aclarado un punto.
En el bolsillo, Contura se templó, apenas. Me pareció que se acordaba de la cita de Rin para la semana que viene.
Frescura. La decoloración de la historia. Con una lectura no se llega. El cuerpo pasa cada día una página nueva. La vieja se vuelve amarillenta y la tinta se difumina. Si te la crees sin más, te atas a tu yo del pasado. Te atas a las palabras de otro del pasado.
La próxima vez que venga Rin, le leeré su contorno de entonces. Y la siguiente. Y la siguiente. Cada vez que cambie, releer. Ese es el oficio de la lectora. No un diagnóstico de una vez. Una relación en la que ver cambiar, juntas.
Fui hacia la estación de Higashi-Nakano. Antes de la semana que viene, me mediré otra vez. Mantendré la frescura. Como ella me dijo: si no me sigue leyendo, se me decolora. Con aquella mirada recta de dieciséis años, acordándome.
En el tren de vuelta, pensé. Cuando vuelva Rin, quizá me diga: Seri-san, quiero ser así.
Una figura que quiere uno ser. La distancia entre la de ahora y la que quiere ser. Coh había dicho que esa distancia se puede dibujar con el contorno. El contorno de meta. La línea de objetivo.
Yo también tenía — algo que quería ser. Hacer núcleo. Hacerme lectora. Reconciliarme con mi cuerpo. Aquellos modos de llegar a ser brillaban, tenues, por delante de mí.
La próxima historia empieza ahí.
—