Parte I — Encontrar el Contorno

Capítulo 9. El contorno de la meta

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I

Rin volvió al Círculo el sábado siguiente por la tarde. Solo cinco días desde la última medición.

Había bajado la luz del sótano. Solo una lámpara indirecta, al pie de la pared, alumbrando flojo el suelo. En aquella penumbra, la luz de Coh se recortaba más clara. Presumía que Rin traía algo que quería decir.

—Seri-san, verá, lo he pensado. Yo quiero llegar a ser algo.

Levanté la mirada, con la cinta en la mano.

Era la primera vez que Rin decía quiero llegar a ser con su boca. Hasta ahora solo había tenido quiero ser más delgada, una palabra que solo apuntaba en la dirección de la huida. Aquel quiero llegar a ser sonaba distinto.

—¿Me lo cuentas?

Rin me enseñó el móvil. En la pantalla, una mujer muy delgada, de pie, en bañador. La cintura, muy marcada. Las piernas, casi sin carne. En los comentarios, un ideal, mi meta.

—Quiero ser como esa gente. Más delgada. La cintura por aquí. Las piernas, un poco más finas.

Estuve un rato mirando la pantalla.

No la negué. Si la negaba, Rin se cerraba. Ya lo había aprendido.

Pero al mismo tiempo el fondo del pecho se me enfrió. Yo también, tiempo atrás, había hecho scroll por esa misma pantalla cientos de veces. Aquella cintura, aquellas piernas, el ideal. Intentaba recortarlo a mi contorno. Los días que no podía, me quitaba comidas. Los días que sí, me enorgullecía del vacío. En los dos me castigaba.

—Conque quieres ser más delgada. Le devolví el móvil.

—Ajá.

—¿Te puedo preguntar una cosa?

—Ajá.

—Más delgada, ¿para qué?

II

Rin se quedó perpleja.

—¿Para qué?

—Tener una figura que quieres ser está bien. Pero dime lo de después. Si fueras más delgada, ¿qué harías?

Rin abrió la boca y la cerró. Bajó la mirada. La punta del pie volvió a frotar el suelo.

—…Correr, quizá.

—¿Correr?

—En el club, hago atletismo. Medio fondo. Pero, cuando corro, me falta el aire enseguida… En los entrenamientos me quedo la última, da corcho. Las senior me dicen que corra más, y nada.

La voz de Rin se humedeció.

—Y en redes vi que, aflojando el cuerpo, se corre mejor. Que siendo más ligera, más rápida. Así que creo que quiero ser así.

Escuché sin decir nada.

La mitad sería verdad. Si el cuerpo se aligera, en parte corre mejor. Pero el delgadez de aquella pantalla no es el cuerpo para correr. Es un cuerpo para ser mirado. Un cuerpo para recortar. El cuerpo para correr debería tener otra forma.

—Pero, en el fondo, creo que no hace falta ser tan delgada. Solo… me da vergüenza la de mí misma corriendo sin aliento. Y la del espejo también me da vergüenza.

Rin cortó la frase. Y levantó la cara.

—Seri-san, ¿qué quiero yo ser?

Aquella pregunta sí era de verdad. Mucho más que la cintura de la pantalla.

—Vale —dije—. Vamos a escarbar un poco en eso de querer correr. Adelgazar no es un objetivo. El objetivo, ¿no será llegar a correr? Adelgazar quizá sea una consecuencia, o quizá no. Pero si quieres correr, pues construyes un cuerpo que sepa correr.

Rin abrió un poco los ojos. Y, despacio, asintió.

III

—Vamos a dibujarlo —dije—. El contorno de la figura que quieres ser.

—¿El contorno?

—El contorno de la meta, lo llamo. Contura puede dibujar, encima del contorno tuyo de ahora, una línea fina con la figura que quieres ser.

A Rin le brillaron los ojos, un punto.

—¿Se puede ver?

—Se puede. ¿Me dejas medirte?

—Ajá.

Disparé Contura. La luz de Coh recorrió, despacio, a Rin en el centro del círculo. Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo. El aro de luz dio una vuelta y subieron las medidas. Y, en el aire, el contorno de Rin — un volumen de luz azul pálido — se alzó.

Un cuerpo de dieciséis años, recto. Los hombros todavía recogidos, la línea de la cintura suave. Los muslos, con un poco de empuje, el principio de quien corre. Un cuerpo sin terminar, pero que, sin duda, se mueve.

—Esta eres tú, ahora.

Rin miró su contorno, extrañada.

—…Un poco gruesa.

—Son piernas para correr. Vamos a dibujar el contorno de la meta. Dime la figura que quieres ser, en cifras. Cintura, ¿hasta dónde?

Rin echó un vistazo al móvil y dijo cincuenta y ocho. Ahora iba por sesenta y tres. Las piernas, el muslo, por cuarenta y cinco.

—Vale.

Tecleé aquellas cifras en el campo de objetivo de Contura.

Y entonces — sobre el contorno de Rin en el aire, corrió otra línea.

Visiblemente más fina que la actual. La cintura más marcada, el muslo afilado. Los dos contornos se solaparon, luminosos. La posición actual y la posición objetivo. Y en la parte de la diferencia — cintura, muslo, vientre — la luz se hizo más fuerte. Blanca, casi cegadora. Como si empujara a recortar de allí.

A Rin se le puso dura la cara.

—…Marea.

—Ajá.

—¿Esto, todo, se quita?

La voz de Rin tembló. La línea de luz era demasiado fuerte. La distancia entre el ahora y el objetivo se iba demasiado lejos. La luz no parecía una guía. Parecía un filo con sentencia.

Vi, un instante, mi propio pasado. Aquella cifra. Dos kilos menos. Dos centímetros menos. El objetivo siempre iba a recortarme. La que recortaban era yo. Rin lo estaba viendo ahora.

IV

—Coh —le dije, en voz baja—. ¿No es demasiado fuerte?

—El objetivo está lejos —contestó Coh—. Cuanto mayor es la distancia entre el ahora y el objetivo, más fuerte es la luz. No es un castigo. Solo, hay distancia.

Miré la cara tensa de Rin.

—Rin, vamos a redibujar.

—¿Eh?

—El objetivo se queda. Ese contorno lo dejamos ahí, como el sitio al que algún día quieres llegar. Solo dejarlo puesto. Pero si la luz es tan fuerte es porque el objetivo está demasiado lejos. Con un paso no se llega. Así que, en medio, le marcamos un punto intermedio.

Tecleé en Contura una cifra nueva.

—Dentro de tres meses. Cintura, sesenta y uno. Muslo, cuarenta y siete. Un poco más allá de ahora.

El contorno de meta cambió. Aquella luz blanca cegadora se adelgazó. En cambio, la diferencia entre el ahora y el de tres meses se dibujó con una línea suave, azul agua. Fina. Cercana, al alcance.

—Este es el primer paso. Dejamos el punto final lejos, y le marcamos delante una etapa.

Rin miró la línea, fijo.

—…Esto ya.

—Ajá. Esto ya se llega, ¿no. ¿Cómo haces para llegar?

Rin lo pensó un poco.

—…Correr, quizá. Ir al club, en serio. Sin escaquearme.

—Ajá.

—Y los estiramientos que me enseñó. Hacerlos bien.

—Ajá.

—Y… el sueño. Últimamente veo el móvil hasta tarde y no duermo nada. Dicen que también va mal para correr.

—Va mal. El cuerpo se hace mientras duermes.

—Pues, primero, a las once a la cama. Sin móvil en la habitación.

Rin lo dijo sola. Sin que se lo dijera nadie. Fue el momento en que el contorno del objetivo, dentro de Rin, dejó de ser cifra de castigo y se hizo contorno de acciones.

Coh dijo, en voz baja:

—Seri. El contorno de la meta no es una vara de castigo. Es un mojón. Díselo.

Se lo traduje a Rin. Con palabras más fáciles.

—Oye, Rin. El objetivo no está para acusarte. Está para que sepas adónde vas.

Rin abrió un poco los ojos.

—…Claro. No es para acusarme.

—No. Tener objetivo hace más fácil caminar. Sin él, también se camina; con él, da tranquilidad, ¿no?

—…Ajá.

Los hombros de Rin bajaron un poco. Se le soltó la tensión.

V

Mientras Rin se cambiaba, me quedé sola en el Círculo.

En el aire ya no quedaba ningún contorno. Solo la pantalla de Contura, tenue.

—Seri —dijo Coh—. ¿Y si lo dibujas tú?

—¿El mío?

—El contorno de la meta. El tuyo.

Dudé un poco.

Mi figura deseada. Llevar mucho tiempo sin pensarla. En la época del trastorno, la figura deseada era siempre una herramienta de castigo. Tantos kilos de menos. Tantos centímetros de menos. El objetivo era siempre un número para azotarme. Por eso, tener un objetivo me daba miedo. Tener un objetivo era lo mismo que castigarme.

—…Me da miedo.

—Miedo, vale —dijo Coh—. Pero dibújalo una vez. Ahora, quizá puedas dibujarlo como otra cosa, no como castigo.

Reorienté Contura. Y me medí.

El aro de luz me rodeó. Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo. Salieron los números y, en el aire, se alzó mi contorno. Hombros anchos, cintura sin marcar, piernas recias. Mi forma de siempre.

—La figura que quiero ser, eh —murmuré.

¿Delgadez de modelo? No. Esa ya no es mi historia. ¿Músculo como el de Sono? Me encanta, pero para mí de momento está demasiado lejos.

Pues, ¿qué?

Lo pensé. Y subió una palabra.

Quiero hacer núcleo.

El FFMI. El número central. El mío sigue siendo bajo. Me falta el fondo del músculo. Quiero amontonarlo, poco a poco. Un cuerpo que no le tenga miedo al peso. Un cuerpo que no se deje zarandear por las cifras. Un núcleo para tenerse de pie, con mis pies.

Era curioso. La de hace medio año no habría podido decir quiero ganar músculo. El músculo pesa. Y el peso, para mí, fue enemigo mucho tiempo. Que subiera la aguja de la báscula, que se ensanchara el contorno del espejo: todo, derrota. Pero ahora quiero hacer mío aquel peso. Igual que Rin quiere correr. Yo también quiero un sitio donde tenerme de pie.

—Dentro de tres meses —teclee en Contura—. El peso puede subir. Músculo. Que suba el FFMI, un poco.

Se dibujó el contorno de la meta.

Sobre mi contorno de ahora, se solapó el de dentro de tres meses. El hombro se ensancha un poco. La cintura se marca apenas más, al crecer el músculo. El muslo se prieta.

La línea de luz no fue fuerte. El objetivo no estaba lejos. Cercana, al alcance. Una luz suave, azul agua.

Miré la línea y sentí algo raro.

Esto no es un castigo.

Había dibujado el objetivo como un cuidado hacia mí. Quizá era la primera vez. Hasta ahora, el objetivo siempre medía lo que me falta. Aún no, no llega, más. En cambio ahora, esta línea azul agua solo me apuntaba vamos hasta aquí. No me acusaba. Al fondo de la línea no había castigo; había una cita: la de mí, dentro de tres meses, esperando allí.

—…Buen contorno —dijo Coh, en calma.

—Coh.

—¿Dime?

—¿Podré caminar, con esto?

—Podrás. Ya estás caminando —Coh se le ablandó la voz—.

VI

Rin volvió cambiada. Encima del chándal, una sudadera.

—Seri-san, esto. —Señaló la pantalla de Contura—. ¿Puedo hacerle foto y llevarmelo?

—Claro.

Rin fotografió la pantalla — su contorno de ahora, el de tres meses, y la luz suave entre los dos.

—Mirándolo, me da como tranquilidad. Más que objetivo, parece un mojón.

—Un mojón.

—Ajá. Como sabes dónde vas. Como no te pierdes. Como no hace falta correr. Lo de hacer scroll queriendo ser como esa gente me quedó lejos. Esta línea sí me parece mía.

Rin se abrazó el móvil al pecho.

—Seri-san, gracias. Hasta el mes que viene.

—Ajá. Medimos, ¿vale. La historia tiene frescura.

—Me acuerdo. Unos pies que han empezado a moverse, ¿no.

Rin se rio y subió la escalera corriendo. El paso, sin duda, más ligero que el de la llegada.

VII

Sola en el Círculo, miré apagarse la luz del aire.

Coh, en voz baja:

—Seri. Ya tienes las herramientas.

—¿Las herramientas?

—La vista del contorno. La medición. La lectura del relato. El número central. El tipo corporal. La frescura de la historia. Y el contorno de la meta. Las herramientas de la lectora, en general, ya están en tus manos.

Me miré las manos. No empuño nada. Pero, sin duda, algo tengo en la palma.

—Pero no tengo la sensación de ser lectora todavía.

—¿Por qué?

—Tener herramientas no es ser lectora, ¿no. Me falta nombre.

—Nombre. —Coh dejó un silencio—. El nombre de la lectora. No es algo que yo pueda dar. Es algo que tú encuentras.

—Pues tendré que buscarlo.

—Búscalo.

Guardé Contura en el bolsillo. Salí del Círculo, subí la escalera. Desde el estudio, lejos, llegó la risa de Sono.

Fuera, el cielo del atardecer de Aoyama teñido de rojo. La gente pasaba rápida hacia la estación.

Me paré y miré el cielo.

El contorno de la meta. El objetivo. El mojón. Llevaba el mío en el bolsillo. Una luz suave, azul agua. No era para acusarme. Era una promesa pequeña que yo me había hecho a mí.

El nombre de la lectora.

Aún no aparece. Pero las herramientas para buscarlo ya están. Las herramientas para leer el contorno. Las herramientas para dibujar el objetivo. Y el criterio para tomar el objetivo como mojón y no como látigo. Solo me falta, a mí, levantar el nombre.

Fui andando a la estación. Al lado, un niño corriendo, los pies rápidos. Un anciano que cruza, los pies lentos. Cada uno camina su contorno, su historia.

La mía, un paso.