Parte I — Encontrar el Contorno
Capítulo 7. El tipo que eres
Todos los capítulosI
Un jueves de finales de junio, por la tarde, al mostrador de Life Compass llegaron dos caras desconocidas.
Delante, una mujer que parecía madre. Cuarentona, bien vestida, con un surco profundo entre las cejas. Detrás, una adolescente que fingía mirar un póster de la pared, de medio lado.
—Perdonen, venimos sin avisar —dijo la madre—. ¿Podría mirar a mi hija?
Dejé el folleto en el mostrador.
—¿Mirarla, en qué sentido?
—Entrenamiento, o asesoramiento, o… —la madre buscó las palabras—. Es que quiere adelgazar, no hay manera. Está comiendo menos. Por la mañana no desayuna. Por la noche, solo un poco. Le digo que pare y no me escucha.
Miré el tablón de corcho del fondo. La semana pasada Sono había colgado un cartel. Kurosawa había escrito: El cuerpo no es un castigo.
La chica se volvió hacia mí.
Rin Suzumiya (涼木凜), dieciséis años. La blazer del uniforme le nadaba un poco. Mejor dicho: no nadaba; se le notaba, en las arrugas de la blazer, el rastro de un cuerpo que se había encogido en los últimos meses. La mandíbula afilada, las clavículas asomando bajo la piel fina. Poca sangre en las mejillas. Pero los ojos, rabiosos. No con nadie: con su propio cuerpo.
—Siéntate —le dije.
Rin se sentó en el borde del sofá. A una distancia de un cojín de su madre. Aquella distancia lo contaba todo.
—¿Cómo te llamas?
—Rin Suzumiya. —Cortante, de soslayo—. Mi madre me ha traído por la fuerza. Yo no tengo nada, ¿eh?
La madre suspiró, queda. En aquel suspiro había medio año de cansancio.
Me llevé la mano al bulto del polo, suave. El metal frío de Contura.
En el bolsillo, el teléfono vibró, leve. Coh quería decir algo.
II
A la madre le pedí que esperara en la recepción. Rin había insistido. Con mi madre delante no puedo hablar.
En el Círculo, abajo, nos quedamos Rin y yo. Luz tenue, paredes de espejos, la plataforma de medición en el centro.
—¿Qué es esta sala? —Rin miró alrededor—. ¿Para fotografiar?
—Para medir el cuerpo.
—¿Medir, qué?
—El contorno. —Lo dije recto—. Pero antes hace falta una promesa.
—¿Una promesa?
—Lo que mida y veamos, si no quieres, no se lo cuento a nadie. La historia de tu cuerpo es tuya. Yo no me la llevo.
Rin puso cara de desconcierto.
—Qué buena persona te haces. No se preocupe, mi cuerpo no es para tanto.
Diciendo eso, se agarró con las dos manos al muslo. Debajo de la falda del uniforme, la parte exterior del muslo. Apretándolo. Lo blanca que iba la mano, lo fuerte que apretaba, se me apretó el pecho.
—¿Te estás haciendo daño? —pregunté.
Rin soltó.
—…No.
—Tu madre me ha dicho que no desayunas.
—Es que no quiero comer. Para no engordar.
—¿Te da miedo engordar?
—Miedo, más bien… —Rin se miró en el espejo—. Asco. A este cuerpo. A esta carne. —Se dio un golpe en el muslo—. En redes todo el mundo es delgado. Las piernas juntas. Yo no me las junto. Por aquí, porque son gruesas.
Miré los muslos de Rin. Desde luego, no eran finos. Pero la palabra gruesos no iba con ellos. Tenían empuje. Curvas con fuerza. Eran piernas de quien corre.
Eso, además, se lo decía en este momento y no le iba a llegar. Lo sabía.
—Oye —dije—. Hay una cosa que me gustaría enseñarte. Tu cuerpo, también a ti. ¿Vale?
—¿Qué cosa?
—Tu cuerpo en tres dimensiones. Solo el contorno, sacado, para que lo veas.
Rin frunció el ceño, recelosa.
—¿Cómo es eso. Un escáner 3D o algo, como una app del Mac.
—Algo parecido. Pero distinto. Quiero que veas con tus propios ojos qué forma tiene tu cuerpo.
Rin lo pensó un momento.
—Me encuentra rara, ¿eh.
Pero la orilla de la voz llevaba curiosidad.
—Si no te convence, lo borro. No se lo digo a nadie. ¿Así?
—…Vale. Pruébelo.
III
Saqué Contura. El teléfono viejo. En la pantalla flotó un azul pálido.
—Ponte en la plataforma. ¿Te importa quitarte los calcetines?
Rin se los quitó. Los pies descalzos tocaron el suelo frío. Las uñas, pintadas de rosa pálido. Tiene dieciséis años, pensé.
—Los brazos, un poco abiertos. Así. Sueltos.
El aro de luz se puso en marcha.
Rodeó el cuerpo de Rin desde los tobillos. Las partículas azul pálido le trazaban el contorno, subiendo. Pantorrilla, rodilla, muslo. Cintura, cadera, pecho. Hombro, brazo, cuello.
Rin contuvo el aire al ver la luz revolotearle alrededor.
—Vaya.
Eso fue todo.
Y, en el aire, se alzó el cuerpo de Rin.
Un volumen de luz azul pálido. La Rin del contorno. La forma real, debajo de la ropa. Sin rostro. Pero, sin duda, Rin.
—¿Esta soy yo?
—Tú.
Rin miró su contorno hacia arriba. Giró despacio. El volumen giró con ella. De lado. De tres cuartos. Desde detrás.
—…Gruesos —murmuró Rin—. Ya lo decía. Gruesos. Aquí. —Señaló los muslos de luz.
No dije nada. Solo me puse a su lado y miré en la misma dirección.
En el bolsillo, el teléfono volvió a vibrar. Esta vez, la pantalla se encendió. Coh salió.
—Seri —la voz de Coh, al otro lado de la pantalla; Rin no la oía; me sonó directamente detrás de las sienes—. Lee el tipo. Ella no conoce su tipo. Está odiando lo que no conoce.
El tipo. El somatotipo. Un concepto que yo misma estaba aprendiendo todavía.
En la pantalla de Contura, sobre el contorno de Rin, empezaron a alinearse cifras. Y debajo, tres signos flotaron como luz.
Tipo corporal (somatotipo) Endomorfo: bajo Mesomorfo: medio Ectomorfo: alto
—Tendencia ectomorfa —murmuré.
—Pero en las piernas, empuje —apostilló Coh—. El tronco es fino, ligero. Pero muslos, pantorrillas, cadera — el músculo de correr está bien asentado. A la ligereza del ectomorfo se le suma, solo en las piernas, la fuerza del mesomorfo. No es una disposición extraña. Es el tipo de quien corre.
Miré otra vez el contorno de Rin. Desde luego, de cintura para arriba era fina. Los hombros recogidos, el pecho delgado. El tronco, largo, esbelto. La ligereza del ectomorfo, como de un brote que se estira.
Pero de cintura para abajo iba distinto. La cadera, redonda, con empuje. Los muslos, gruesos, recios. Las pantorrillas rectas, con el tendón marcado. No era fina ni gruesa. Eran piernas para moverse.
—Rin —le dije—. Lo que te parece grueso, ¿es aquí, no? —Señalé los muslos de luz.
Rin asintió, pequeña.
—Pues es justo la parte más fuerte de tu cuerpo.
IV
—¿Fuerte, cómo? —preguntó Rin. La guardia le había vuelto a la voz.
Miré a Coh de reojo. Coh asintió — un gesto del contorno.
—Oye, Rin. Los cuerpos traen, de nacimiento, un tipo. Se dividen en tres grandes.
Le señalé, en el aire, los tres contornos que Coh había flotado. Tres figuras humanas.
—Uno, endomorfo. El tipo que guarda. Calor que retiene la energía en el cuerpo. Redondeces, blandura, un cuerpo que da calidez abrazarlo. Se dice que es frecuente en la gente de los países fríos. La forma de proteger la vida.
—El segundo, mesomorfo. El tipo que mueve. Fuerte, con músculo, hueso recio. El cuerpo de quien pelea, de quien carga. Kiryū-san, mi senior, es justo este tipo. Da de mirarla, qué guapa.
—El tercero, ectomorfo. El tipo ligero. Fino, largo, gastador. Con poca energía se mueve mucho tiempo. Los corredores de maratón, esa gente fina como un palo que llega lejos.
Rin miró los tres contornos de hito en hito.
—Y yo, ¿cuál?
—Tú, verás. La base es el tercero. Ectomorfo. Fina, ligera. De verdad, tu tronco es muy fino. Las clavículas se te ven, ¿no.
Rin se llevó la mano a la clavícula. Casi con vergüenza.
—Pero, solo de cintura para abajo, se te mezcla el segundo. La fuerza del mesomorfo, alojada en las piernas. Por eso — tu cuerpo está hecho para correr ligera, largo tiempo.
—¿Para correr?
—Para correr. Distancias largas, con poca energía, con piernas fuertes, pisando firme. Tu cuerpo tiene esa forma.
Rin se calló. Miró su contorno hacia arriba. Otra vez los muslos de luz.
—…Pero —la voz de Rin se le movió—. Pero no es fina. Aquí es gruesa. No se parece a la gente de redes.
—No —afirmé—. Tu cuerpo no se parece a la gente fina de redes. Pero eso no es que tu cuerpo sea malo. Tu cuerpo es un tipo para correr. La gente de redes tiene su tipo. Nada más.
—Que el tipo es distinto.
—Sí. No hay tipo malo.
Rin puso cara de estar a punto de llorar. No lloró. Pero lo parecía. Se mordía el labio para aguantarse.
—Yo, siempre —dijo Rin—. Yo creía que mi cuerpo era de tipo malo. Que era malo ser gruesa. Que ser fina era lo correcto. Siempre, así.
—Ajá.
—¿Pero es de tipo para correr? ¿De verdad?
—De verdad. Estas piernas son fuerza. Que no sean finas no es algo malo. Es que tienen fuerza.
V
Coh hizo flotar, sobre el contorno, una frase.
Tus piernas fueron hechas para correr distancias largas. Todavía no han terminado de correr; son una forma de aquí en adelante.
Se la leí en voz alta.
Al principio Rin no se lo creyó.
—¿Eh? ¿Mi cuerpo está diciendo esto?
—Sí. La frase que ha dicho tu cuerpo. No la he escrito yo. Tu contorno ha contado, solo, su historia.
—…Todavía no han terminado de correr.
—Así es. Tu cuerpo no está terminado. Dieciséis años, ¿no. Aún no se ha decidido cómo vas a correr, hasta dónde vas a correr. Es una forma de camino.
Rin se quedó mirando aquella curva fuerte de los muslos del contorno. Largo rato.
—Mi cuerpo —dijo. La voz no era la de antes, la resentida. Más franca, más frágil—. Mi cuerpo no era un tipo malo. Era un tipo para correr.
—Así es.
—Pues, ¿por qué nadie me lo ha dicho hasta ahora? —A Rin le tembló la voz al final—. Todo el mundo decía * qué delgada*, sin pasarse. Nunca * qué gruesa*, claro. Pero nadie me dijo nunca * un tipo para correr*. Ni los profes, ni mi madre, ni las amigas. Todos: delgada, delgada. Como si no ser delgada fuera raro.
—Ajá —asentí—. Lo siento. Los mayores no nos dimos cuenta. No teníamos la palabra tipo. O la teníamos y la habíamos olvidado.
Me miré, casualmente, los hombros. Anchos. La cintura sin marcar. Este era mi tipo. Distinto del de Sono. Distinto del de Rin. Pero no malo. El tipo de mi historia.
Al pensarlo, los hombros se me aligeraron un poco.
—Seri-san —preguntó Rin—. ¿Y el de Seri-san, qué tipo es?
—¿Yo? Verás. —Me reí—. Hombros anchos, poca cintura, nada fina. Casi mesomorfa. El tipo que carga peso. Dicho por una misma, suena un poco heroico, ¿no?
—No para correr, entonces.
—No, yo no. Más bien, el tipo de mantenerse de pie y sostener. Aunque me falta núcleo. —Me puse la mano en el vientre. El FFMI bajo, mi cuerpo—. Pero me han enseñado hace poco que el núcleo se hace. Así que lo voy haciendo, poco a poco.
Rin me miró el cuerpo.
—Seri-san, ¿te gusta su cuerpo?
Me atascó un punto. Y se lo dije, con sinceridad:
—Todavía no del todo. Pero más que antes. Antes pensaba que era el enemigo. Ahora creo que mi cuerpo cuenta mi historia.
—Historia —murmuró Rin. Y, al contorno de luz que flotaba en el aire, le dijo—: Pues mi cuerpo es una historia para correr.
El contorno de luz me pareció que se encendía, apenas. A lo mejor Coh le había hecho flotar un título. O a lo mejor fue solo que la luz osciló. Pero, sobre el contorno de Rin, brilló, un instante, una palabra.
La que echa a correr
Rin la vio.
—¿Esto es mío?
—Es tuyo —le dije—. La primera historia que ha contado tu cuerpo. Se puede escribir mucho más.
VI
Rin se fue con la cara un poco más despierta. Es un tipo para correr, le dijo a su madre, sin orgullo pero sin rencor. La madre se quedó atónita, pero se notó que la cara de Rin no era la de media hora antes.
Me quedé sola en el Círculo. Coh me observaba desde la pantalla.
—Seri —dijo Coh—. Parece que también tú has vuelto a aceptar tu tipo.
—Sí. Explicándoselo a Rin lo he entendido. Los hombros anchos y la cintura sin marcar no son un tipo malo. Son mi tipo.
—Exacto. Los tipos no compiten. Solo hay diferencias. Formas para contar cada historia.
—Ajá.
—Pero —Coh bajó la voz—. Seri, ten cuidado con una cosa.
—¿Con qué?
—Ella, Rin. Ahora cree que ya conoce su tipo. Pero… —Coh, en la pantalla, hizo girar el contorno, despacio—. La historia tiene frescura. No se lee una vez y se acaba. El cuerpo sigue vivo. Dentro de tres meses contará otra. Si ella cree que con una lectura basta, otra vez se ata a una historia vieja.
—¿Una historia vieja?
—Dentro de tres meses puede que ya no sea La que echa a correr. A lo mejor ha dejado de correr. A lo mejor empieza a mudar a otro tipo. Si en ese momento se cree la de hace tres meses, va a chocar con su ahora y a perderse otra vez.
Me llevé la mano a Contura, en el bolsillo.
—Frescura.
—Así. La frescura de la historia. El cuerpo pasa páginas sin parar. La lectora tiene que leer siempre la última página. Leer una vieja es falsificar la frescura.
Miré la entrada del Círculo, por donde se había ido Rin. Aquellas piernas fuertes de dieciséis años subiendo la escalera. La que echa a correr.
Pero, casi con seguridad, no iba a volver. Pensaría que con una vez bastaba. Lo presentía. Detrás de aquella cara más despierta no había estado la frase otra vez.
—Coh —le dije—. Rin va a tener que volver, ¿no.
—Sí. Pero no se la puede obligar. Es la Ley. Lo que se lee es de ella. Hasta que ella quiera que me leas otra vez, tú no la puedes perseguir.
—…Ajá.
—Pero, Seri. —Coh se le puso suave la voz—. Lo tuyo es igual. Hoy has vuelto a aceptar tu tipo. Pero esa es la frescura de hoy. La de mañana serás, otra vez, un poco distinta. Sigue leyéndote. Tu propio contorno.
Asentí.
El Círculo del sótano del estudio. La sala tenue, callada. Mi contorno en el espejo. Hombros anchos, cintura sin marcar, tronco con poca fuerza. Pero es mi tipo. La forma de mi historia.
Metí Contura en el bolsillo. Y subí la escalera.
Al salir, el sol fuerte de julio caía sobre la calle de Aoyama. De Rin no quedaba ni rastro.
Pensé: la historia que contó su cuerpo va por la mitad. Acaba de echar a correr. Pero la historia se decolora si la lectora no la sigue leyendo.
La decoloración de la frescura.
Eso, en adelante, iba a conocer.
—