Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta

Capítulo 15. Los pliegues de la edad

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I

A finales de julio, Aoyama acumulaba un calor espeso, sin salida. El asfalto devolvía el sol del mediodía mucho después de que éste se hubiera ido, y el aire entre los edificios olía a hormigón caliente y a las hojas mojadas de los tilos de la avenida. En Life Compass habían cerrado las ventanas y encendido el deshumidificador; aun así, en el Círculo, la sala subterránea, la humedad se colaba por las juntas del suelo como una respiración.

Yo cambiaba la tela del borde de la plataforma de medición. La de la mañana, una corredora amateur con mucho jabón, la había dejado con olor a detergente de lavanda. Prefería que cada persona que se subiera encontrara una tela seca, neutra. La tela era lo primero que el cuerpo tocaba. Era una forma de respeto.

La cita de la tarde venía de parte de Kurosawa. Yoshie Yūki. Cincuenta y cinco años. Dirigía una cadena de restaurantes; nada más sabía. Kurosawa, al pasarme la nota, me había dicho solo: Es de las que no se rinden. Ve con cuidado. Con Kurosawa, esa frase bastaba. No me explicó más. Sabía que yo leería.

Los pasos que bajaban la escalera eran lentos. Pero cada uno llevaba un peso sin titubeo. Eran los pasos de alguien que durante mucho tiempo había decidido por sí mismo y caminado con su propio pie. Cada peldaño, una nota redonda y firme, sin atajos.

—Perdone la molestia.

Voz baja, posada. La mujer que abrió la puerta entornó los ojos ante la penumbra de la sala.

Era una persona elegante. Chaqueta gris, de buena tela. En el escote, un alfiler de plata fino. El pelo lo llevaba recogido a la altura de los hombros, con alguna cana aquí y allá. Pero aquella blancura no estaba escondida como una culpa: estaba limpia, tiesa, casi luminosa. La postura, recta. Demasiado recta, en realidad. Bajo la línea de la chaqueta se adivinaba un esfuerzo: el vientre, conscientemente recogido. Una tensión que se filtraba en la tela.

—Yūki. Kurosawa-san me tiene muy bien cuidada, gracias.

—Himuro Seri. Encantada.

Yoshie me miró y sonrió un poco. Aquella sonrisa tenía distinción, y también una sombra fina, como de quien aguanta algo.

—…Le voy a ser sincera, Himuro-san. Antes de bajar, ya dudé tres veces. Casi me doy la vuelta.

—¿Sí.

—Últimamente me da miedo el espejo. Un poco.

Yoshie dejó la frase en el aire. Y se puso la palma sobre el vientre, con suavidad. Aquel gesto —como de tocar algo que pide disculpas, una mezcla de rechazo y de vergüenza— lo reconocí enseguida. Esta persona también. Igual que Ōyama, igual que yo en otra época. Alguien que en algún rincón lleva al cuerpo como a un enemigo.

—Siéntese —le dije, apartando la silla—. Antes de medir, ¿me permite que la escuche un rato.

II

Yoshie habló con calma, pero de golpe, como cuando se levanta una presa.

A los veintitantos había abierto un pequeño comedor. Se acordaba del día de la inauguración: una cocina de cuatro fuegos, dos mesas, un cartel escrito a mano. El primer cliente había sido un obrero que pidió cerdo estofado y se comió dos raciones en silencio. Si como él vuelve mañana, el local vive, se había dicho. El obrero volvió, y con él, poco a poco, un barrio entero. Luego el comedor se hizo tres locales, luego diez. Ahora tenía más de veinte, sobre todo por Kanto. Treinta años así: compras, personal, cifras, ida y vuelta al frente. Cada día con la misma hora de salida y la misma hora de llegada, hasta que las horas dejaron de ser horas y se convirtieron en años.

—Cuando era joven era fuerte. De pie desde la mañana hasta la noche y ni me enteraba. Comía y comía y no engordaba. Hasta que, hace tres o cuatro años, de repente, todo cambió.

—Cuando era joven era fuerte. De pie desde la mañana hasta la noche y ni me enteraba. Comía y comía y no engordaba. Hasta que, hace tres o cuatro años, de repente, todo cambió.

—Cambió.

—La ropa me quedó pequeña. En el espejo había otra persona. ¿Esa soy yo? Me puse a comparar la foto de hace cinco años con la de ahora.

Yoshie bajó un poco la mirada.

—Quiero volver a la talla de antes. Sinceramente. Aunque, mirándolo bien, quizá lo que quiero es volver a ser la de antes.

Detrás de aquellas palabras se adivinaba algo. Debajo de talla se enredaban juventud y valor. Para ella, haber engordado no era simplemente haber engordado. En algún lugar lo sentía como una derrota. Como si envejecer fuera perder.

Escogí las palabras.

—Yoshie-san. No le puedo prometer volver a la talla de antes.

Puse a Contura al lado de la plataforma. La pantalla se iluminó, apenas.

—Pero ¿quiere escuchar lo que su cuerpo de cincuenta años está contando? No se trata de volver. Se trata de leer qué historia lleva grabada, ahora, en el contorno. Eso es lo que me gustaría probar.

Yoshie miró la luz de Contura. Luego me miró a mí.

—…Qué cosas dice.

—Un poco raro, lo sé.

—Kurosawa-san me advirtió: es una chica distinta. ¿Puedo confiar?

—Compruébelo usted misma.

Yoshie volvió a sonreír. Esta vez, la sombra había aflojado un poco.

—…Está bien. Léame. Léame este cuerpo que ha envejecido.

—No que ha envejecido —dije—. Que ha superpuesto estaciones.

III

La medición la hice como siempre.

Antes de llamar a la luz, le expliqué a Yoshie qué iba a pasar. Le dije que, al terminar, su cuerpo se alzaría en el aire como un volumen de luz, que algunas personas lo encontraban raro la primera vez, que podía cerrar los ojos si quería. Me escuchó con los brazos cruzados, asintiendo despacio, como quien revisa un contrato antes de firmarlo. Luego soltó los brazos y dijo: He visto cosas más raras en treinta años de hostelería. Adelante.

Yoshie se subió a la plataforma. Le dije que se quedara con la camisa. En el pecho repassé dos Leyes: pedir permiso antes de medir; no lucir lo medido. La pantalla de Contura subió de luz. Partículas de un azul pálido descendieron alrededor de Yoshie y le recorrieron la superficie del cuerpo despacio, como acariciándolo, como siguiendo una cordillera. Noté que contenía la respiración un instante; luego la soltó, larga, como quien decide confiar.

Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo. Brazo. Cuello.

El aro de luz dio la vuelta. En el aire se encendieron las cifras.

Hombro 39 Pecho 92 Cintura 82 Cadera 98 Muslo 56

Las cifras se enlazaron en una línea, y el contorno de Yoshie se alzó en el aire: un volumen de luz azul pálido, con su forma.

Lo miré con honestidad.

Había redondez.

La línea de hombro a pecho dibujaba un arco suave. La cintura apenas se estrechaba, y la curva hacia la cadera se abría generosa, tibia, ancha. Los muslos eran firmes, las piernas recias. Todo el cuerpo era redondo, blando, con la forma de un recipiente. Como hecho para envolver algo.

Y debajo de aquella redondez se palpaba el músculo. Sobre todo en las piernas, en el muslo: una densidad espesa. Eran piernas que habían estado de pie treinta años en una cocina, que habían recorrido locales. Piernas que habían sostenido.

—…Ah —dijo Yoshie, mirando su contorno hacia arriba—. Esta soy yo.

—Sí. Su cuerpo, ahora.

—Redondo.

Lo dijo en voz plana, sin burla. Solo confirmando.

—¿Redondo?

—Antes era más delgada. Con más aristas, ¿cómo lo digo. Ahora todo es redondo.

—¿Eso es malo?

Yoshie se quedó callada un momento.

—…Malo, será, ¿no. El mundo lo dice.

—Lo que dice el mundo y lo que usted siente son cosas distintas. Aquí dentro, sobre todo.

Me miró y asintió, apenas.

La voz de Coh resonó detrás de las sienes. Solo yo la oía.

—Seri. Lee el tipo.

—Endomorfo —dije, para que Yoshie lo oyera—. Hueso recio, capa blanda, cuerpo redondeado y cálido. Se le llama el tipo que almacena.

Que almacena.

—Sí. La grasa corporal está en un treinta y dos por ciento. Para su edad, no es en absoluto una cifra anormal. La masa muscular está por encima de la media de su generación. Sobre todo en las piernas y en el tronco.

Al oír aquellas cifras, Yoshie movió apenas las cejas.

—Treinta y dos. En la revisión ginecológica me dijeron lo mismo. Pero entonces no sentí nada. Solo: alta. Hoy, no sé por qué, suena distinto.

—Las cifras solo significan algo cuando vienen con su contexto.

IV

—Seri —dijo Coh en mi cabeza—. Explícale el endomorfo, ¿quieres. Con tus palabras.

Asentí.

—Yoshie-san. El endomorfo no es en absoluto un tipo inferior. Es uno de los tres —endo, meso, ecto—, y cada uno es un tipo de historia. Nada más.

Tipo de historia.

—Sí. El endomorfo es el tipo que almacena. Cálido, blando, hecho para envolver la vida. Por eso muchos cuerpos de madre son de este tipo. No porque sean débiles, sino porque pueden guardar calor. Porque pueden acunar.

A Yoshie se le abrieron un poco los ojos.

—Envolver la vida.

—La redondez del vientre, la blandura de la cintura, no son carne de más. Son forma de guardar energía, de mantener la temperatura, de proteger los órganos, de envolver a otros. Es la forma de una abundancia. No es ser peor. Es tener otra riqueza.

Coh continuó, tranquilo:

—Seri tiene razón. Los tres tipos no compiten. El mesomorfo lucha. El ectomorfo vuela. El endomorfo envuelve. Preguntar cuál es mejor no tiene sentido. Los tres son formas de la vida.

Yoshie estiró la mano hacia el vientre redondo de su contorno. La mano cruzó la luz. Pero el gesto era el mismo que Ōyama había tenido al posar la mano en su espalda: un gesto de cuidar.

—…Envolver la vida, ¿eh. Ja. En veinte años habré visto pasar a tres mil empleados. Los que llegan a mis locales casi siempre traen algo a cuestas: la familia, una deuda, una enfermedad. Verles comer, verles recuperar un poco el ánimo, eso me gustaba. Si es envolver, entonces yo he vivido envolviendo.

—Sí. Como envuelve a la gente, su cuerpo también envuelve.

Yoshie bajó un momento los párpados. Los levantó. Aquellos ojos estaban más serenos que al entrar.

V

—Voy a leer —dijo Coh.

Las cifras del aire estallaron a la vez en partículas. Giraron, se juntaron en un hilo, se hicieron letras.

Tu cuerpo ha superpuesto estaciones durante cincuenta años. Esa superposición no es grosor, es profundidad.

La sala quedó en silencio.

Yoshie leyó la frase. Largo rato. Yo no tenía prisa. La historia es de la persona.

—…No es grosor —murmuró Yoshie—. Es profundidad.

—Sí.

—Mire, Himuro-san. Yo, durante treinta años, no me he pasado el día entero creyendo que mi cuerpo era el enemigo. De joven estuve orgullosa. Recia, me decía. Aguantadora. Pero al pasar los cuarenta el cuerpo dejó de seguirme. Y cada vez que me veía en el espejo, sentía que me estropeaba. Me estropeo, pensaba.

—¿Y ahora?

Yoshie volvió a leer la frase en el aire.

—Ahora suena distinto. Profundidad. He superpuesto estaciones. No es grosor, es hondura. Oírlo así… siento que estos treinta años no han sido inútiles. Que todo lo que fui guardando se ha quedado en este cuerpo.

Se puso la mano en el vientre otra vez. Esta vez para cerciorarse. Para aceptar. Ya no como al principio, con aquel rechazo.

Engordar no significaba peor. Solo superpuesto. Una estación, y otra.

—Así es. La edad es sedimentación. El tiempo que usted ha vivido se va depositando en capas, y eso, en sí mismo, es el grosor de la historia. No es un cuerpo para volver atrás. Es un cuerpo acumulado. Ese es el cuerpo que tiene ahora. El espejo le dice qué lejos estás de los veinte. El contorno le dice cuánto has vivido desde entonces. Las dos cosas son ciertas. Pero solo una de ellas es la historia.

Yoshie cerró los ojos. Mucho rato. Al abrirlos, en el borde del párpado brillaba algo.

—…Gracias. Himuro-san. Treinta años… por fin me parece que me he perdonado.

VI

Sobre el contorno de Yoshie se juntó la luz.

Un brillo más fuerte se formó encima, como letras. Coh lo anunció en voz baja.

Título — La que superpuso estaciones

La que superpuso estaciones.

Yoshie repitió el título. Y soltó una risa suave. Profunda.

—…¿Me sienta bien?

—Le sienta maravillosamente.

Miró una vez más su contorno en el aire. Y aquella redondez la miró ahora con orgullo.

—Himuro-san. ¿Puedo preguntarle una cosa?

—Diga.

—Yo, de joven, bailaba. Un poco de jazz. Treinta años sin pisar una pista.

Sonrió con picardía. En aquella sonrisa no había ninguna edad: tenía la luz de una chica.

—¿Con un cuerpo de cincuenta, todavía se puede bailar?

Contuve el aliento.

Porque la pregunta era demasiado bonita.

La mujer que pedía volver a su talla de antes, ahora, ya no hablaba de volver. Hablaba de bailar con el cuerpo de ahora. No era un paso pequeño. Llevaba mucho tiempo tratando al espejo como enemigo; en su lugar había mirado un contorno, y en el contorno había visto profundidad. Y con aquel cuerpo de profundidad, quería bailar.

—Se puede —le dije—. Yoshie-san, ese cuerpo ha superpuesto estaciones. Cada capa que se sumó le dio fondo. Una bailarina con fondo hace cosas que una bailarina superficial no puede.

A Yoshie se le humedecieron los ojos, un poco. Asintió.

—…¿Puedo volver?

—Cuando quiera. La próxima vez trazamos juntas el contorno de la meta. Adónde quiere ir, con sus palabras.

—Sí. Ahora tengo ganas de saber a dónde quiero ir, yo misma. No era solo volver a la juventud, ¿verdad.

Yoshie bajó de la plataforma. El paso era, con seguridad, más ligero que al entrar. Había soltado la tensión del vientre.

VII

Cuando Yoshie subió la escalera, me quedé sola bajo la luz tenue del Círculo.

Coh dijo, tranquilo:

—Seri. ¿Qué has sentido.

Le busqué las palabras.

—…Existe un culto a la juventud —le dije—. El mundo trata el cuerpo joven, delgado, firme, como si fuera el cuerpo correcto. Pero no es más que una historia entre otras. Un cuerpo que ha vivido cincuenta años y ha superpuesto estaciones tiene una profundidad propia. Llamar a eso grosor y echarse la culpa es un error. Como lectora, quiero leer la edad como sedimentación. Eso decidí hoy.

—Ajá.

—Yoshie ha envuelto a la gente durante treinta años. Esa capacidad de envolver está escrita en el cuerpo. Considerarla inferior es pobreza de miras. Eso creo.

Coh calló un momento. Luego:

—Seri. Buena lectura. Pero una cosa, no la olvides. La edad también es de cada cual. Hay quien la recibe como hondura, hay quien la carga como dolor. No puedes ir por ahí imponiendo es profundidad a quien no lo vea así. Que Yoshie hoy viera profundidad se debe a que ella misma tenía la fuerza de verla. Tú solo levantaste el contorno.

—…Sí. Lo sé.

Lo sé, eh. Bueno, está bien.

Guardé Contura en el bolsillo.

La luz del aire se fue apagando despacio. El contorno de Yoshie se adelgazó, se hizo partículas y se disolvió en la penumbra.

Pero yo cerré los ojos. En el interior del párpado seguía aquel contorno redondo, tibio, con forma de recipiente. Un contorno profundo, con cincuenta años de estaciones encima.

La edad como pliegues.

Nunca es grosor. Es profundidad. El tiempo vivido se deposita en el cuerpo, se hace estrato, se hace el grosor de la historia. El espejo solo muestra la superficie, la cara exterior del pliegue. El contorno, en cambio, es capaz de leer lo que hay debajo.

Pensé en mi propio cuerpo de veinticuatro años. Todavía somero. Cuántas estaciones iría superponiendo en las décadas por venir. Para entonces quería ser una lectora capaz de leer el contorno con honestidad, sin hacer del espejo un enemigo.

Y pensé en mi abuela Sae. En las fotos de sus últimos años, siempre la misma chaqueta oscura, el mismo pelo recogido, el mismo porte. Yo la miraba y no veía una mujer mayor: veía a mi abuela, su aroma a té y a madera vieja, la manera que tenía de cogerme la mano con dos dedos, sin apretar. Sólo cuando la perdí empecé a mirar las fotos de joven, aquella mujer de cintura estrecha que yo no había conocido, y sentí una culpa rara, como si la hubiera abandonado en su versión vieja. Pero la abuela que yo quería no era aquella de la foto. Era la de las manos con manchas, la del contorno redondo, la de cincuenta estaciones encima. Esa era mi abuela. Su profundidad.

Al salir, el cielo de Aoyama al atardecer teñía el borde oeste de carmín. Un color de finales de verano.

Subí la escalera pensando.

¿Quién vendrá después. Qué historia contará su cuerpo.

En el bolsillo, Contura tomó un poco de calor. Como si contestara.