Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta

Capítulo 16. Las cinturas gemelas

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I

El viernes por la tarde, la puerta automática del estudio se abrió dos veces seguidas.

Por ser exactos: se abrió una vez y entraron dos personas. Pero el paso sonaba tan al unísono que a mí me llegó como dos.

—¡Buenas tardes!

La que habló primero llevaba el pelo corto. Voz clara, recortada. Blusa blanca, pantalón de pinza estrecho, un pendiente de oro pequeño en cada oreja. Zancada larga.

—Eh, bueno, es la primera vez que venimos.

La que venía detrás tenía la misma cara.

Pero la voz era distinta. Más baja, más suave, con las puntas redondeadas.

—…Hermana, vas demasiado rápido.

—¿Eh? Si tenemos cita.

Dejé la pluma en la mesa.

La misma cara. La misma estatura. Los mismos ojos negros, dominantes. La misma ceja, el mismo grosor de labios, el mismo ángulo de oreja. Sin duda las había puesto frente a un espejo mil veces. Pero la manera de estar de pie no podía ser más opuesta. La primera cargaba el peso hacia delante, con los hombros un poco adelantados. La segunda lo echaba atrás, y se apretaba el bolso contra el vientre con las dos manos.

La misma cara con aire de dos personas distintas. Una sensación rarísima. Dos cuerpos levantados del mismo plano que habían vivido tiempos distintos y traían puestos aires distintos.

—¿Son gemelas?

—Sí.

—¿Se nota?

—Algo.

Para ser sincera, por la cara sola no me habría atrevido a distinguirlas. Pero por la manera de estar de pie lo adiviné. La mayor, la primera; la menor, la segunda. El orden de nacimiento se queda en el cuerpo sin que uno se dé cuenta.

—Himuro. Seri, encantada.

—Yo soy la mayor. Tachibana Kaede.

—La menor, Tachibana Tsubaki. …Encantada.

—Las dos juntas, ¿no es raro? —rió Kaede—. Dos hermanas viniendo a que les midan.

—No es raro. Bienvenidas a Life Compass.

II

Les serví té de cebada en la barra. Se sentaron una al lado de la otra.

—¿Tienen alguna preocupación?

Kaede abrió primero.

—Somos gemelas. Mellizas idénticas.

—Sí.

—Pues teniendo la misma cara y los mismos genes, las preocupaciones del cuerpo son totalmente distintas. A mí me duelen los hombros horrores. Y esta dice que le duele la espalda.

Tsubaki bajó un poco las cejas.

—…Es que mi hermana tiene un trabajo más duro.

—Qué va, ser educadora infantil tampoco es moco de pavo.

Se miraron y rieron. Una risa perfectamente sincronizada. Pero lo que se quedó en la boca después era distinto. En la sonrisa de Kaede había sombra de cansancio; en la de Tsubaki, una prudencia.

—Y entonces —siguió Kaede—, con los mismos genes, ¿por qué nos duele sitio distinto. Queríamos que nos midiera a las dos. Para comparar.

—Comparar.

—Sí. Da curiosidad. En el instituto teníamos exactamente el mismo cuerpo. Los dos mismos clubes, los dos mismos entrenamientos. Desde que nos hicimos adultas, cada vez que nos vemos, noto que nos vamos separando un poco.

Tsubaki rodeó la taza con las dos manos. Tenía los dedos más cortos que su hermana, con las uñas muy recortadas, sin esmalte. Manos de trabajar con niños, de lavar pinturas y atar cordones.

—…Nos vemos una vez al mes, más o menos. Yo me quedé en el pueblo.

—Yo me vine a Tokio y ahí sigo. Por eso, cuando nos vemos, se nota más.

—A ti te dicen que estás más delgada.

—Y a ti te dicen que estás más rellenita.

—…No lo digas.

Volvieron a reír. Pero en aquella risa había un matiz triste, como si intentaran rellenar el tiempo en que no estuvieron. Salidas del mismo vientre, con la misma cara, pero viviendo separadas. En el instituto todavía se vestían igual, se peinaban igual, hasta se pasaban los apuntes con la misma letra indistinguible. La gente las confundía a propósito, como un juego. Luego Kaede se fue a Tokio a estudiar comercio, y Tsubaki se quedó en el pueblo, el pueblo de los padres, con la guardería del barrio y la casa de tejas oscuras. El primer año se veían cada semana. Luego cada mes. Luego, sin darse cuenta, las llamadas se espaciaron y los cuerpos, calladamente, empezaron a separarse. Lo que aquel tiempo hubiera hecho con sus cuerpos, eso venían a comprobar.

Tsubaki asintió en voz baja.

—…Mi hermana insistó mucho. Yo también tengo curiosidad, la verdad.

Miré a una, después a la otra.

Medición de gemelas. Los mismos genes, otra vida. Hasta dónde se superponían el tipo y la historia, desde dónde se separaban. Un encargo que nunca me había llegado.

—Está bien —dije—. Pero es una medición especial. Vamos a levantar su cuerpo en el aire, en tres dimensiones. —Es la historia de su cuerpo, así que necesito su permiso.

Historia —Kaede ladeó la cabeza.

—Ahora no sabría explicarlo bien. Pero en cuanto lo vea, lo entenderá.

—Suena divertido. —Los ojos de Kaede brillaron—. Vamos, Tsubaki.

—…Vale.

III

En el Círculo, en el sótano, abrí Contura.

Decidí empezar por Kaede. Tsubaki se sentó fuera del círculo, en una silla, mirando.

—Kaede-san, al centro, por favor.

Kaede se quitó las zapatillas y se plantó en el círculo. El gesto de estirar la espalda no tenía desperdicio. Una manera de ponerse de pie pulida en la trinchera de una empresa. Zapato de jugador.

—Comenzamos.

El aro de luz empezó a girar alrededor de Kaede. Cuello, hombro, pecho, cintura, cadera, muslo. Las cifras subieron una detrás de otra, quietas en el aire como una constelación menor. Y las partículas de un azul pálido se alzaron y montaron en el aire el contorno de Kaede. La sala cambió. Ya no éramos tres mujeres en un sótano: éramos tres mujeres y un cuerpo de luz, suspendido.

—Vaya —dijo Kaede—. Qué fuerte. ¿Esta soy yo?

—Sí. Su contorno.

Tsubaki, desde la silla, también contuvo el aliento.

—Qué bonito…

El contorno giró despacio.

Complexión media. Hombros firmes, cintura poco marcada. La curva de pecho a cadera tenía fuerza, con empuje. La masa muscular estaba bien asentada. Por tipo, claramente mesomorfo: un cuerpo de pelea, activo, recio.

Kaede miraba su contorno como quien mira a un desconocido encontrado por primera vez. Una gemela de cara idéntica frente a su yo de luz. Una imagen de espejo doble.

Pero, fijándome, vi que los hombros no estaban al mismo nivel. El derecho un poco más alto. Y el trapecio —el músculo que baja del cuello al hombro— se abultaba de manera desigual y endurecida.

—Tiene el hombro derecho subido —le dije.

—Ah, ya sabía yo. —Kaede hizo una mueca—. El ratón es con la derecha.

—¿Muchas horas en la mesa?

—Comercio exterior. De la mañana a la noche, correos y reuniones. Inglés, chino y japonés, cambiando entre los tres, sin parar a ver quién miente.

Kaede se movió los hombros. Sonaron crujidos secos.

—Los findes tampoco suelto el móvil. La chica de masaje me dice que los tengo como tablas.

—Como tablas —miré la zona en el contorno—. En efecto. Hasta en la luz del contorno se ve cuajado alrededor del hombro.

Revisé las cifras. El número central, el FFMI, más alto de lo esperado. Más fondo del que se aprecia. El cuerpo que siguió moviéndose en una comercial sigue habiendo construido músculo para pelear. Kaede, al oír el número, levantó las cejas: ¿Tanto? Si yo no voy al gimnasio. Le dije que el gimnasio no era el único sitio donde se hacía músculo. Las reuniones de tres horas, el móvil hasta la madrugada, el cuerpo en guardia permanente, todo eso cuenta. El cuerpo no distingue entre levantar pesas y levantar correos. Lo que se tensa, se queda.

IV

Luego medí a Tsubaki.

Se colocó en el centro del círculo. El aro de luz le dio la vuelta igual.

Cuando se levantó el contorno, contuve el aliento.

Se parecía.

El armazón —la estructura ósea, el ancho de hombro, el de cintura, dónde se estrechaba, cómo se abría el pecho— era asombrosamente igual que el de Kaede. El mismo hueso, salido del mismo plano. El tipo también mesomorfo. Las medidas casi idénticas.

Hubiera bastado con poner los dos contornos uno al lado del otro para verlo. Ser gemelas era esto. Lo comprendí por primera vez de pie frente a la luz.

Pero había diferencias.

Donde Kaede tenía el hombro endurecido, Tsubaki lo llevaba blando, caído. En cambio, la cintura —la posición de la pelvis — estaba volcada hacia delante, y la parte baja de la espalda encorvada. La línea de cintura a cadera se inclinaba, suave pero claramente, hacia adelante.

—La espalda la tiene encorvada —le dije.

—Ah, ya sabía yo. —Tsubaki sonrió poco—. Es que trabajo en guardería. Cuando coges a los niños pequeños, te quedas así, inclinada hacia delante. Todo el rato.

—Coger a los niños se le ha quedado de costumbre.

—Sí. Docenas de veces al día. Levantarse, agacharse. Cuando dije que me dolía la espalda, mi hermana me trajo aquí casi a la fuerza.

—¿A la fuerza?

—…A la fuerza, con cariño. —Tsubaki bajó la cabeza, cohibida.

El número central era un poco más bajo que el de Kaede. Pero la masa muscular de las piernas, sobre todo del muslo, igualaba o superaba a la de su hermana. La fuerza de unas piernas que habían estado cogiendo niños sin parar.

Puse los dos contornos en el aire, lado a lado.

El mismo tipo, las mismas medidas, otra historia.

V

—Vamos a ponerlos juntos.

En el aire flotaban ahora dos contornos de luz azul pálido. Izquierda, Kaede; derecha, Tsubaki.

La voz de Coh sonó detrás de las sienes.

—Mira, Seri. Mismo tipo. Mismo somatotipo, mismas medidas. Pero la historia no tiene nada que ver.

—…Es cierto.

—El tipo es solo la salida. El marco que tus genes tienden. A partir de ahí, la vida va marcando. La vida se marca en el hombro como pelea o se marca en la cintura como cariño. Sobre el mismo papel, dos cuadros distintos.

Traduje a Coh a mis palabras.

—Kaede-san, Tsubaki-san. Miren. Sus dos contornos tienen el mismo tipo: mesomorfo. Las medidas, casi iguales.

—Es verdad —Kaede se fijó—. Los hombros, la cintura, todo prácticamente igual.

—Pero, si miran con detalle, se ven diferencias. Kaede-san tiene el hombro derecho subido y el trapecio endurecido. Tsubaki-san tiene la pelvis inclinada hacia delante y la parte baja de la espalda encorvada.

—Ah —Tsubaki dejó ir la voz—. Es verdad. Yo tengo la espalda completamente doblada.

—Con los mismos genes, lo que se ha puesto duro es distinto —murmuró Kaede—. ¿Por qué será.

—Por la vida —le dije—. Aunque se nazca con el mismo cuerpo, si se usa distinto, acaba tomando otra forma. Kaede-san ha peleado en el comercio exterior con tres lenguas. Ese cansancio se le quedó en los hombros. Tsubaki-san ha cogido a sus niños un montón de veces. Esa delicadeza se le quedó en la cintura.

—…¿Las mismas cifras quieren decir cosas distintas? —A Kaede se le humedecieron un poco los ojos.

—Sí. El hombro de cuarenta y dos, para Kaede-san, es el ancho de los campos de batalla donde ha peleado. Para Tsubaki-san, es el ancho del escudo que ha envuelto a cuerpos pequeños. La cintura de sesenta y ocho, para Kaede-san, es el vientre tenso de quien aprieta. Para Tsubaki-san, el arco amable de quien se inclinó a buscar manitas.

El aire del sótano tembló un poco.

Tsubaki estaba llorando en silencio. Sin intentar limpiarse.

VI

La voz de Coh.

—Lee, Seri.

Asentí. Las cifras del aire se rompieron en partículas y subieron las letras.

Sobre el contorno de Kaede.

Tus hombros se endurecieron peleando en tres lenguas.

Kaede contuvo el aire.

—…¿Cómo.

—Su cuerpo lo está contando.

—Después de las reuniones en chino siempre me duele el hombro derecho. Cuando vuelvo al japonés y respiro, solo en ese instante, se alivia. …Eso, lo sabía.

—La asimetría del hombro, la tensión desigual de las clavículas. Su cuerpo recuerda el tiempo que pasó entre las lenguas, peleando.

Kaede miró la frase hacia arriba. Los ojos firmes se movieron un punto.

Después, sobre el contorno de Tsubaki.

Tu cintura es un arco amable que recogió cientos de veces a manos pequeñas.

Tsubaki se mordió el labio.

—…Qué exageración. Yo, yo solo estoy haciendo mi trabajo.

—No es exageración —le dije—. El arqueo de su espalda es la marca de haber vivido mirando hacia abajo, a la altura de los niños. Cientos, miles de veces, recogió manitas. Esa delicadeza se quedó en la forma del hueso.

Tsubaki se cubrió la cara con las manos y lloró. Ante el contorno de luz, los hombros pequeños le temblaban.

Kaede le acarició la espalda, sin decir nada. Lo hizo con una naturalidad que delataba años de practice. Se notaba que las hermanas se habían acompañado así muchas veces, quizá de niñas, cuando una caía enferma y la otra se sentaba al borde de la cama y le pasaba la mano por la espalda hasta que se dormía. Un gesto antiguo, anterior a las palabras, anterior a Tokio, anterior a la separación.

—Tsubaki —dijo Kaede—. Cuánto lo pasabas, y yo sin saberlo.

—…Tú también.

—Yo solo peleaba.

—Pelear así también es duro.

Las dos, con la misma cara, tenían dos expresiones distintas.

VII

Sobre los contornos de luz aparecieron dos títulos.

Sobre Kaede.

Guerrera de tres lenguas

Sobre Tsubaki.

Arco de manos pequeñas

Las dos miraron el suyo. Luego se miraron.

—Teniendo la misma cara, nos han dado medallas muy distintas —rió Kaede.

—…Sí.

—Pero, Tsubaki. Lo de mis hombros es mi historia. Lo de tu espalda es la tuya. Dos cuadros distintos sobre el mismo papel. —Kaede vaciló—. No está mal, ¿no.

—No. No está mal.

Tsubaki sonrió. Por primera vez sin prudencia.

Miré los dos contornos. Mismo tipo, mismas medidas, otra historia. El tipo no es destino. El tipo es solo el punto de partida de la historia. A partir de ahí, el tiempo vivido va cambiando el cuerpo poco a poco. Aunque los genes sean los mismos, si la vida es otra, el cuerpo toma otra forma. Pensé en todas las gemelas del mundo, en todos los hermanos criados en la misma casa que terminan con cuerpos irreconocibles. No es que se hayan traicionado. Es que la vida es un cincel paciente, y dos piedras idénticas, golpeadas distinto, acaban con dos esculturas distintas.

Eso me enseñaron hoy los contornos de las gemelas. Una verdad que no está en ningún manual ni en ningún libro de texto: solo el cuerpo la conoce.

Esa es la historia del cuerpo.

VIII

Al terminar la medición subimos.

Kaede dijo en la barra:

—Himuro-san, muchísimas gracias. —Voy a arreglar los hombros. No voy a dejar de pelear con tres lenguas, pero me buscaré ratos para descansar.

—Bien.

—¿Tú, Tsubaki?

—…Voy a intentar estirar la espalda. En la guarderia, con los peques.

—Eso está muy bien. A ellos también les hará ilusión.

Se miraron y rieron.

—Hermana, ¿de vez en cuando tomamos algo juntas?

—Claro, claro. Aunque sea a altas horas. Avísame.

—…¿Puedo irme a dormir a tu casa de vez en cuando?

—Por supuesto. Tu cuarto lo dejé tal cual.

Tsubaki entrelazó el brazo con el de su hermana, con suavidad. Kaede, entre cortada y contenta, le dio palmaditas en el brazo.

Salieron las dos a la vez por la puerta automática. La luz del atardecer de Aoyama les dio en la espalda por igual. Pero la manera de andar era distinta. Kaede delante, Tsubaki medio paso detrás.

Pero la distancia era corta. La distancia de dos hermanas que se acompañan.

Vi marcharse las dos espaldas.

Los mismos genes, otra vida. El mismo tipo, otra historia. Las cinturas de las gemelas tenían la misma forma y significaban cosas distintas.

—Seri —la voz de Coh—. ¿Lo has entendido.

—¿El qué.

—El tipo no es destino. Es el punto de partida. Mismo tipo, otra vida, otro contorno. —Eso es lo que la lectora sabe.

—…Sí.

—La próxima vendrá otro tipo. Unas piernas que bailan.

Me volví. —¿Que bailan?

—La próxima cliente. —Coh se rió un poco—. Puedes esperar con ilusión.

Guardé Contura en el bolsillo. En el Círculo de abajo, me pareció oír que aún quedaba el eco de las dos luces. Dos contornos de la misma forma. Pero dentro, dos historias distintas.

El tipo no es destino. Es solo el punto de partida.

Eso aprendí hoy de las gemelas.

Al subir la escalera, me llevé, sin querer, la mano al hombro y a la cintura. Mi tipo es mi punto de partida. Qué historia escribiré a partir de ahí. Qué cansancio se quedará grabado en mis hombros, qué cariño en mi espalda, qué dudas en la línea del cuello. Todavía no lo sé. Pero sé una cosa: lo que escriba se notará. Aunque nadie me lo lea, el contorno lo guardará. Como guardó, en dos hermanas iguales, dos vidas que ya no lo eran.

Todavía no lo sé.

Pero empezar a escribirla, eso sí puedo.