Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta
Capítulo 14. El género en el espejo
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Ren (蓮) vino a Life Compass una tarde en que el viento húmedo se paró entre dos lluvias.
Lo pasé al espacio de consulta de la planta baja. No al Círculo. Aún no sabía si usaría aquella sala. En el bolsillo, Contura se templaba, apenas. Pero Coh no habló. La lectora empieza por escuchar. Aquella Ley, Coh también la cumplía.
Ren, veinte años, supe después. Pero al sentarse enfrente daba un aire a la vez más mayor y más niño, una atmósfera rara. Pelo negro corto. Camiseta gris holgada, pantalones cargo anchos. Una manera de vestir que plegaba las líneas del cuerpo debajo de la ropa. Buena mirada, negra, clara, recta, pero un poco caída, como aguantando algo.
—Himuro-san, ¿verdad.
Voz baja, un poco ronca. Modesta, con centro.
—Sí. Seri, nada más.
—Seri-san. —Oye, yo. —Ren cortó la frase. Los dedos enlazados y desenlazados sobre las rodillas—. No sé por dónde empezar.
—No hace falta correr —le dije—. Aquí no hay orden. Por donde quieras.
Ren se aflojó un poco los hombros. Y bajó la mirada al dorso de la mano.
—Yo, al nacer, me hicieron niño.
La primera frase se cayó en calma. Asentí. Sin más reacción. Esperé a que Ren siguiera.
—Pero nunca cuadró. Cada vez que me veía en el espejo pensaba, ese no soy yo. Mi cuerpo no era yo.
II
Las palabras de Ren subieron despacio, como el agua que se saca de un pozo hondo con un cubo.
La infancia. El uniforme. El aire de la frontera, en los vestuarios del gimnasio. El terror de la adolescencia, al ver el cuerpo madurar en una dirección distinta a la de dentro. Empezar a evitar el espejo. Cambiarse con la toalla por delante.
—En el instituto encontré la palabra. Transgénero. No binario. Yo, supongo, estoy más cerca del chico. No sé si puedo decir del todo que chico o del todo que chica. Pero el chico está más cerca de mí.
Ren levantó la cara.
—Seri-san, ¿digo cosas raras.
—No. Sigue.
—Pero el cuerpo no acompaña. Cada vez que me veo al espejo me entran los pechos, las curvas de la cintura, y me falta el aire. Esto no es mío. Lo escondí con ropa, lo escondí, lo fui apañando, pero ya llego al límite. Estoy cansado de esconder.
—El espejo te castiga.
—Me castiga. —Lo dijo firme. Aquella firmeza dolía más—. Por eso quiero acercar mi cuerpo a mi historia. No lo sé todo, ni sé lo que hace falta. Aún hay cosas que no sé poner en palabras. Pero vivir esquivando el espejo, no.
En el bolsillo, la presencia de Coh se movió, apenas.
—Seri —la voz de Coh, detrás de las sientes, solo para mí—. La lectora primero escucha. Sin correr. Hasta donde él pueda decir, escucha.
Él, dijo Coh. De Ren. Me guardé aquel modo de referirme en algún rincón del pecho.
III
Lo escuché unos diez minutos. La época en que faltaba al instituto. Cómo se lo dijo a la familia, o aún no. Las consultas médicas. El nombre. Ren, lo había elegido él. El registro civil aún no, pero para él era su nombre.
Lo escuché, una cosa cada vez. No era una medición. Era la historia de Ren.
—Me dijeron que aquí medían el cuerpo. Pero, la verdad, daba miedo. Que el cuerpo que no quiero que me midan lo convirtieran en cifras. Como si me lo clavaran.
Las palabras de Ren me pincharon. Yo, tiempo atrás, igual. La cifra de la báscula se me volvía sentencia. El espejo, enemigo.
—Ren —le dije—. Antes de medir, deja que confirme una cosa.
—Diga.
—¿Hoy quieres medirte. O prefieres otro día. Hoy solo hablar, también vale.
Ren lo pensó.
—…Quiero medirme. Si no, vuelvo a esquivar el espejo.
—Vale. ¿Me dices qué quieres que te mida. No hace falta todo. Solo lo que Ren quiera saber.
Ren se miró el cuerpo, por encima de la ropa, como trazándolo.
—Los hombros, sí. A ver si se ensanchan más. El pecho… sí, mídelo, pero verlo, duele. La cintura. La cadera. Pero todo; necesito saber cómo está mi cuerpo ahora. Si no, tampoco sabré a dónde quiero ir.
—Vale. Otra cosa. Lo que mida, ¿para qué lo usas. Lo que yo lea es tuyo. No se lo digo a nadie en una forma que tú no quieras.
—…Gracias. —La voz de Ren se movió—. ¿Me lo devuelves a mí. Como mi historia.
—Por supuesto. Es la Ley.
—Pues, adelante.
IV
Lo llevé al Círculo.
Bajé la luz. Solo la lámpara indirecta de la pared, alumbrando flojo el suelo. En aquella penumbra, la luz de Coh se recorta más clara.
—Este es el Círculo.
Ren se plantó en el centro. Miró alrededor.
—…Da calma este sitio.
—¿Sí.
—Como no hay espejos, quizá. No hay espejo.
Ahora que lo decía: en el Círculo no había espejos. El contorno de luz se alza en el aire, pero no hay superficie que lo refleje. Una sala para verse uno no como imagen en el espejo, sino como contorno.
—No hay espejo —dije—. Lo que vas a ver aquí eres tú, Ren. No el Ren del espejo.
Ren soltó un poco el aire.
—Pues mido.
Disparé Contura. La luz de Coh bajó, azul pálido en partículas, alrededor de Ren.
La luz dibujó un aro y lo rodeó. Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo. Una vuelta, y subieron las medidas. Y, en el aire — se alzó el contorno de Ren.
Un volumen de luz azul pálido. Sin ropa, solo el contorno. Líneas rectas de veinte años.
Miré el contorno con honestidad.
Los hombros iban todavía recogidos. La línea del pecho, la que Ren escondía: igual que la imaginaba debajo de la ropa. La curva de cintura a cadera, suave. Los muslos, delgados, pero con un destello de músculo.
Pero todo era solo una forma. No debía ser enjuiciada con el rasero de nadie. Simplemente estaba allí. Un contorno.
Ren miró el suyo hacia arriba. Largo rato.
—…Ah —dijo Ren—. Soy yo.
—Sí. Tu cuerpo, ahora.
—Qué raro. Al espejo da más lejos, ¿sabes. Lo veo más objetivo. Siendo mi cuerpo, como si viera el de otra persona, con calma.
—Eso es la vista del contorno. El espejo se vuelve fácilmente una herramienta para acusarse. Pero el contorno es solo una forma. Sin acusación ni alabanza. Simplemente, está.
Ren bajó los hombros, un poco.
—…Al espejo, se me corta el aire. ¿Ese soy yo?, un golpe. Pero esto sí lo veo. Mi cuerpo como una forma.
A los ojos de Ren les volvió un poco de luz.
V
—Ren, ¿te parece si dibujamos juntos la figura que quieres ser.
—La figura que quiero ser.
—El contorno de la meta. Encima del tuyo de ahora, podemos trazar fino la figura a la que quieres llegar. Lejos o cerca. Con tus palabras, le damos forma.
Ren se miró otra vez el contorno en el aire.
—…Los hombros, más anchos. Un poco. El pecho. —Ren se atascó un poco—. Si esta línea estuviera un poco más plana, ya. La cintura también, un poco más recta.
Le fui recogiendo las palabras, una a una. Sin negarlas. Sin embellecerlas. La forma que Ren quería, intentar darle forma.
—¿Más.
—Y, en general, con un poco más de músculo. Núcleo, ¿es la palabra. La sensación de tenerme de pie con mis pies. Ahora mismo siento que mi cuerpo no tiene núcleo. Endeble.
—Vale.
Tecleé en Contura, en el campo de objetivo, las palabras de Ren. Hombros, un poco más anchos. La línea del pecho, hacia plana. La cintura, más recta. Masa muscular general, poco a poco.
Y — sobre el contorno de Ren, corrió otra línea.
Los hombros un poco más abiertos que ahora. La línea del pecho, casi imperceptible, hacia plana. La curva de cintura a cadera, más recta. El asentamiento del músculo, un poco más.
Los dos contornos se solaparon, luminosos. La posición actual y la posición deseada. En la parte de la diferencia — hombros, pecho, cintura — la luz se tintó. Pero no aquella blanca, cegadora, de Rin. El contorno de meta de Ren era más suave, azul agua.
—…Está cerca —dijo Ren—. Más de lo que pensaba.
—Porque el objetivo no estaba lejos. Tu cuerpo de ahora ya se acerca, poco a poco, a tu historia. Por eso la luz no es fuerte.
Ren miró la línea, fijo.
—…Esto no es para recortarme, ¿no.
—No. Es un camino. Para señalar adónde se va. No hace falta correr. Se puede marcar en etapas.
Ren entornó los ojos. Vi, en aquellos ojos, el cuerpo que por primera vez se reconciliaba consigo mismo.
VI
Las cifras del aire estallaron a la vez en partículas.
Las partículas giraron, se juntaron, se hicieron línea, se hicieron letras. Coh había leído la historia del cuerpo de Ren.
Tu cuerpo está intentando alcanzar tu propia historia. No te apresures; se puede reescribir.
Ren leyó la frase. Largo rato.
—…Se puede reescribir —repitió—. Yo siempre creí que este cuerpo era una condena terminada. Que me habían impuesto algo inamovible. Pero. Se puede reescribir.
—Se puede —le dije—. No todo a la vez. Despacio. Pero tu cuerpo, poco a poco, va alcanzando tu historia. Para eso están aquí las herramientas.
Ren sonrió por primera vez. Pequeño, en calma. Pero sonrió.
—Seri-san. Llevo años esquivando el espejo. Cada vez, este cuerpo no es mío. Pero hoy, por primera vez, he podido ver mi cuerpo como mi cuerpo. No como las partes que duelen, sino como un manuscrito en el que se puede escribir.
—Manuscrito.
—Sí. No una condena terminada, sino un manuscrito que se reescribe. Al pensarlo así, pude respirar.
A Ren se le cayó una gota. Se la limpió con la manga, deprisa.
—…Perdone.
—No tienes de qué.
Coh, solo para mí:
—Seri. Esta persona ha vivido mucho tiempo con el cuerpo como enemigo. El espejo era su condena. Hoy ha llamado al cuerpo manuscrito. No es un paso pequeño.
Asentí.
VII
Al volver cambiado, Ren tenía la cara un poco más despierta que al llegar.
—Seri-san. —Ren se volvió en la puerta del Círculo—. Oye, ¿puedo hacerle foto. Al contorno de la meta.
—Claro.
Ren fotografió la pantalla — su contorno de ahora, el deseado, y la luz suave, azul agua, entre los dos.
—Al mirarlo, me da calma. Como un objetivo, o como un camino. Como sé adónde voy.
—Saberlo da calma, ¿no.
—Sí. …Hasta ahora creo que ni yo quería saber a dónde quería ir. Si lo sabía, la distancia con el ahora dolía mucho. Pero hoy he podido ver la historia de mi cuerpo bien. Y la distancia no era una condena, era un camino. Eso es lo que más me ha alegrado.
Ren se guardó el móvil y me miró otra vez.
Aquella mirada ya no estaba caída. Recta, hacia mí.
—Seri-san. ¿Puedo volver.
La pregunta sonó recta en el aire tenue del Círculo.
No dudé.
—Cuando quieras.
Ren asintió. Y subió la escalera. El paso, un poco más recto que al llegar.
VIII
Sola en el Círculo, miré apagarse la luz del aire.
Coh, en calma:
—Seri. ¿Qué has sentido.
Le busqué las palabras.
—…He escuchado a mucha gente hablar de su cuerpo. La talla, el peso, la edad, la lesión. Pero lo de Ren era distinto. El cuerpo que desentona con lo de dentro. Aquel dolor. Yo, en la época del trastorno, quizá sentí algo parecido. Mi cuerpo no soy yo. Pero lo de Ren era más hondo, más largo, con raíces más firmes.
—Ajá.
—Y aun así, Ren no había tirado la toalla con su historia. Podría haber seguido evitando el espejo. Y quiso acercar el cuerpo a su historia. Esa fuerza la he. admirado.
—Seri.
—Dime.
—El género, la manera del cuerpo, es de cada cual. No hay una sola forma correcta. La lectora lee la historia de la persona, no si la persona se acerca al rasero de alguien. La historia de Ren es de Ren. Lo que tú has hecho es devolvérsela. Nada más.
—…Sí.
—Pero, solo eso, a veces salva. Sobre todo cuando uno no se había dado cuenta de su propia historia.
Asentí. Las palabras de Coh se me cayeron al fondo.
Género. Cuerpo. Historia. Espejo. Cuando se desencuadran, cuánto duele. No lo entiendo todo. Pero una cosa, sí.
El derecho a vivir la propia historia.
Eso, todo el mundo lo tiene. Sea cual sea el cuerpo. Sea cual sea el género. La historia es de uno. Y acercar el cuerpo a la propia historia — está permitido. Sin prisa, una etapa cada vez, reescribiendo.
El viaje de Ren será largo. El contorno de meta de hoy es solo la puerta. Pero Ren marcó el primer paso. Con sus pies.
Guardé Contura en el bolsillo.
Salí del Círculo. Subí la escalera. Desde el estudio, lejos, la risa de Sono.
Fuera, el cielo del atardecer de Aoyama dejó caer un hilo de luz por entre las nubes.
El cuerpo es una historia. Se puede releer. Se puede reescribir.
Aquello lo supe hoy, una vez más, a fondo. Para que alguna vez le llegue a quien está frente al espejo. Como lectora, una historia más, apretada en el puño.
—