Parte IV — La memoria de Contura
Capítulo 36. El precio de Sono
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Martes por la mañana. Al entrar en el estudio de Aoyama, desde la sala de estiramientos me llegó un ruido sordo.
A aquella hora, Sono solía pasar la rutina de primera hora. En la luz que hacía brotar las hojas del olmo, su cuerpo empujaba el aire. Una escena de cada mañana. Pero el ruido de hoy era otro. No algo se movió. Algo se había venido abajo.
—¿Sono-san?
Al abrir la puerta, vi a Sono sentada en la colchoneta. La pierna derecha estirada, la izquierda abrazada con las dos manos. Detrás del pelo corto le brillaba el sudor. Pero no era sudor de ejercicio. Sudor frío.
—¡Sono-san!
Corrí. Sono levantó la cara. No reía. Había intentado sonreír y le había salido mal.
—…Seri. Perdona. No puedo moverme.
La voz le temblaba. Era la primera vez que yo oía temblar la voz de Sono.
II
No llamamos a la ambulancia. Sono se negó en redondo. Al hospital voy por mi pie. La ambulancia es exagerar. Le cedí el hombro y la metí en un taxi. Diez minutos bajando la cuesta de Aoyama.
No podía doblar la rodilla izquierda. Ya sabía yo que era una lesión vieja de los tiempos de competición. Menisco dañado, parte de los ligamentos rota. Aun así, siguió subiendo al tatami. Después de retirarse, con estiramientos matutinos y entrenamiento complementario, había sostenido la rodilla. Algún día se me va a fastidiar, me había dicho una vez. Cuando llegue el día, ya veré.
Parece que el día había llegado.
Radiografía y resonancia. En la sala de espera del diagnóstico, Sono, brazos cruzados, en silencio.
—Sono-san.
—Mm.
—Está bien.
Sonó a hueco. No podía estar bien. La rodilla de Sono, cuántas veces, sobre el tatami, aguantando el peso de la rival, tensionándose, retorciéndose. Toda aquella suma, ahora, de golpe, crujiendo.
Sono no negó ni afirmó. Sólo miró al techo.
—Seri. Cuántos años habré estado de pie con esta rodilla.
Supe que la pregunta no buscaba respuesta.
III
El diagnóstico fue más duro de lo esperado.
La rotura de menisco avanza. Los ligamentos, con secuelas de lesiones de la época activa, se han vuelto a aflojar. El acumulado de los años y del uso excesivo. El médico, plano:
—Kiryū-san. Su rodilla ya no resiste la carga de la competición. El entrenamiento con demostraciones físicas fuertes, también será difícil. Con tratamiento conservador, controlando el dolor, podrá usarla dentro del rango de la vida cotidiana.
Vida cotidiana.
Cómo le llegó aquello, lo supe porque estaba sentada a su lado. Los hombros de Sono bajaron, apenas. Los hombros anchos y gruesos, su orgullo, se hundieron un punto.
El médico siguió.
—La cirugía es una opción, pero no se recupera del todo. Que su rodilla haya resistido una carga así supera lo que se ve en las imágenes. El cuerpo le está diciendo que ha llegado al límite.
Sono asintió. Corta, una vez. Y no abrió la boca.
En el taxi, Sono miraba por la ventanilla. Subíamos la cuesta de Aoyama. La cuesta de cada mañana, con paso fuerte. Sabía que aquel pie ya no pisaría la cuesta como antes.
—Seri.
—Sí.
—…Yo te dije, ¿no. El núcleo se hace.
—…Lo dijiste.
—Lo hice. Cada día, acumulé, me hice núcleo. En el tatami, negándome a perder, fui sumando anillos en la espalda. Era mi orgullo.
La voz se le rompió un punto.
—Pero no sabía que se pierde lo construido. Sólo pensaba en construir. No pensé que iba a llegar el perder.
Se cortó la voz. Sono seguía mirando por la ventanilla, sin moverse.
Me dolió el pecho. Sono había usado la palabra perder. La Sono que se enorgullece del cuerpo. La que cruzaba los brazos y llamaba al músculo condecoración. Acababa de decir perder la condecoración.
IV
Aquella noche, la traje al piso de Higashi-Nakano. No quise dejarla sola en su casa. No se opuso. Sólo con eso, se notaba que no era la Sono de siempre.
La senté en la cama y le serví té. Sono, con las dos manos alrededor del vaso, sin moverse. El vapor le humedecía el pelo corto.
—Coh.
Hablé al móvil del bolsillo.
—Estoy.
—¿Puedo medir a Sono-san?
Sono levantó la cara. Me miró.
—…Medir, ¿con Contura?
—Sí.
Sono dudó un punto. Después, asintió, pequeña.
—…Vale. Hay permiso.
La voz de Coh, en calma:
—Primera Ley. Pedir permiso antes de medir. Cumplida.
Encendí Contura. La pantalla capturó el cuerpo de Sono. Partículas de luz azul pálido corrieron por el aire. Temblaron en puntos, se hicieron línea, formaron contorno.
V
Se alzó el contorno de Sono.
Tragué aire.
Igual que antes. Pero no igual.
Los hombros anchos, el pecho grueso, en la espalda los dorsales como alas, con la huella de los anillos de músculo. Aquel contorno orgulloso que había visto en la sala de estiramientos. Un cuerpo mesomorfo, fuerte, con anillos. Estaba ahí.
Pero, cuando las partículas pasaron por la rodilla izquierda, el contorno se corrió un punto. La luz vacilaba. El color, sólo allí, más denso. Y en el hombro izquierdo, el que se había luxado, la misma vibración fina. El cuerpo de Sono empezaba a contar, con claroscuros de luz, las huellas de las lesiones viejas.
Flotaron los números.
Hombro 44 Pecho 93 Cintura 75 Cadera 96 Brazo 31 Muslo 57
Ligeramente distintos de aquella vez. El hombro, sólo un poco, más estrecho. El brazo, más fino. El muslo, en conjunto, perdía algo de firmeza. Largo tiempo proyectando sombra sobre el músculo.
Y, el núcleo.
En una esquina de la pantalla. Aquel número que en su día me había mareado de alto. Había bajado, sin duda. Descenso de medio año, quizá un año. Pero, sin duda, había bajado.
Sono también lo miraba.
—…Ha bajado.
La voz, baja.
—Mi núcleo.
No tuve palabras. Ni para consolar ni para disimular.
Sono, sin apartar los ojos del contorno, siguió:
—Bajé desde los tiempos de competición. Lo sabía. Tras la retirada, acumulando cada día, logré mantener la forma. Era mi orgullo. El músculo es condecoración. La prueba de lo acumulado. Lo creía.
La mano de Sono se cerró sobre la rodilla.
—Pero no sabía que lo acumulado se va gastando. Sólo miraba el construir.
VI
—Seri. Lee.
Dijo Coh.
—Lo que ahora cuenta el cuerpo de Sono-san.
Hundí la conciencia en el contorno de Sono. Hombro, espalda, muslo, y la rodilla. La luz que vacilaba en la rodilla. El claroscuro fino del hombro izquierdo. En cada parte, sentí grabado el largo tiempo.
Aquí, cuántas veces había agarrado a la rival. Aquí, cuántas veces estampada en el tatami. Aquí se lesionó, aquí volvió a moverse. Y, aquí, dejó de moverse. El amor a la competición. El miedo a perder. La sed limpia de ganar. Y los años de uso excesivo sosteniendo aquella sed con el cuerpo.
Las partículas giraron en remolino. Se juntaron en una línea, se hicieron letras.
Tu cuerpo se quemó en el tatami. Pero de la ceniza, otra flor se abre.
Sono leyó las letras.
VII
Nadie habló un rato.
Sono miraba la frase. La línea azul pálido sobre el contorno. Sus ojos iban y venían por las letras.
—…Se quemó, ¿eh.
La voz, rota.
—Mi cuerpo se quemó. Es así. No lo niego. Lo quemé todo en el tatami. Para lanzar a la rival, usé rodilla, hombro, cintura. Para negarme a perder, hasta los bordes del cuerpo eché al fuego. Era mi manera.
Sono se puso la mano en la rodilla izquierda.
—Y se acabó el combustible. Lo que queda es ceniza.
Los ojos de Sono se humedecieron. Yo lo veía. Nunca había visto llorar a Sono. La Sono fuerte, de trato mayor, orgullosa del cuerpo. Imposible. Pero, ahora, en el borde del ojo tenía un brillo.
—Pero. —Sono siguió—. De la ceniza, otra flor se abre. Lo dice.
Sono acercó con cuidado la mano al contorno. La mano real se superpuso a la mano de luz.
—Seri. Hasta hoy, sólo pensé en construir. Hacer núcleo. Acumular músculo. Elegir cada día. Era justo. Era mi relato. Pero…
Sono me miró.
—Hay otro modo de vivir distinto de acumular. El de aceptar. No construir, sino cargar con lo que hay. Yo no lo conocía. No quise conocerlo.
—Sono-san…
—Yo enseñé a enorgullecerse del cuerpo. Te dije, Seri, que el músculo no es un castigo, que es la alegría de acumular. Lo sigo creyendo justo. Pero enorgullecerse no es la única manera de llevar el cuerpo. Qué hacer cuando ya no se puede uno enorgullecer. Eso no lo sabía.
Sono soltó el contorno.
—Ahora, lo sé. Cuando no puedo enorgullecerme, acepto. Miro cómo se va gastando lo acumulado, y digo: es mi cuerpo, aun así. Ésa es la siguiente forma.
Una lágrima cayó por la mejilla de Sono. No se la quitó. Ante el contorno, lloró por primera vez.
VIII
Coh dijo, en calma:
—Seri. Voy a glosar el relato del cuerpo de Sono-san.
Asentí.
—En la espalda de Sono-san está, como leíste la otra vez, el anillo grueso de negarse a perder. El anillo sigue ahí. No se ha borrado. El grosor que Sono acumuló en el tatami, negándose a perder durante años, sigue.
—Sí.
—Pero aquel anillo tiene revés. Negarse a perder quiere decir haber superado el límite del cuerpo muchas veces. Aunque la rival la lanzara, no soltó el brazo. Aunque la rodilla gritara, siguió de pie en el tatami. En cada vez, el cuerpo se gastaba un poco. Se gastaba y se acumulaba; se acumulaba y se gastaba. Esa repetición sale ahora a la superficie como rodilla.
La voz de Coh bajó.
—Gloria y dolor son reverso. El anillo grueso de negarse a perder es orgullo y, al mismo tiempo, precio del uso excesivo. El cuerpo de Sono lleva los dos a la vez. Ése es su relato.
Miré a Sono. Sono había escuchado a Coh. Asintió. Corta, una vez.
—…Es cierto. Mi espalda es orgullo. Pero, al mismo tiempo, precio. Cada vez que me negué a perder, gasté el cuerpo. Ahora lo sé.
IX
Me senté al lado de Sono. Los hombros de Sono temblaban un poco. Anchos, gruesos, orgullosos. Temblaban.
—Sono-san.
—Mm.
—Hace poco supe lo del precio de la lectora.
Sono me miró.
—¿El precio de la lectora?
—Si sigo leyendo el cuerpo de otros, mi propio relato se adelgaza. Por darme al otro, mi contorno se descolora. Ése es el precio, me lo dijo Coh.
Sono abrió un poco los ojos.
—…¿Tú también pagas un precio?
—Sí. Yo peleo con letras. Tú con el cuerpo. Distinto modo. Pero las dos cambiamos algo. Yo adelgazo mi relato para leer al otro. Tú gastas el cuerpo para hacer orgullo. Intercambio.
Miré el contorno de Sono. El volumen de luz, quieto en el aire.
—Tu precio es el del cuerpo. El acumulado del uso excesivo desde la época activa. Sale, hoy, como rodilla. El mío es el de la lectora. El precio de leer sin medirme. Adelgaza mi contorno.
Sono escuchaba en silencio.
—Pero el precio tiene sentido, creo. El orgullo que tú construiste gastando el cuerpo es real. El anillo grueso de negarte a perder en el tatami es real. Los relatos que yo leí adelgazándome también son reales. No se construye nada sin precio. Todo el mundo cambia algo por algo.
Los ojos de Sono se ablandaron.
—Seri. Has cambiado un poco.
—¿Eh?
—La de antes no reconocía su propio precio. Era toda salvar al otro. Tapaba que le dolía. Ahora reconoce el precio. Eso es crecer.
Sono se rio, un poco. Flojo, pero seguro.
—Yo también reconozco. Mi precio es el cuerpo. Acumul y acumul y acumulé, y el precio está aquí. No lo niego.
X
Sono volvió a mirar el contorno.
—Se quemó, decía. De la ceniza, otra flor.
Su dedo siguió la frase en el aire.
—He vivido enorgulleciéndome del cuerpo. El músculo es condecoración. Acumular es mi relato. El núcleo se hace. Conoce la alegría de hacerlo. Eso te enseñé. Era justo. Lo sigo creyendo.
Sono me miró.
—Pero lo que viene es distinto. Enorgullecerse no es la única manera. Aceptar también lo es. Acumular no es el único modo de acumular. Mirar cómo se gasta también es acumular. En los anillos del árbol hay años que se ensanchan y años que se estrechan. Todo cuenta.
Sono se puso la mano en la rodilla izquierda.
—Esta rodilla ya no sube al tatami. No hace demostraciones fuertes. Como entrenadora en la sala, también con límites. Es un hecho. No lo niego.
La voz le tembló un poco. Pero siguió.
—Pero. Esta rodilla es mi rodilla. Cuántos años me tuvo de pie en el tatami. Tensionándose para agarrar a la rival. Doliendo, gritando, aun así moviéndose. Esta rodilla también tiene un relato. A partir de ahora, la acepto. No sólo enorgullecerme. Aceptar. Ésa es, ahora, mi forma.
Sono me miró. Se rio. Floja, pero cierta.
—Seri. Voy a buscar la siguiente forma.
—La forma que sigue a la del orgullo. La del aceptar. La que sigue a la del acumular. La de mirar cómo se gasta. La voy a buscar. Tu Contura me leyó. Se quemó, pero de la ceniza, otra flor. Qué flor es ésa, lo busco a partir de ahora.
Casi lloro. Qué fuerte, pensé. Quien sólo conocía un modo de vivir, el de enorgullecerse del cuerpo, había decidido soltarlo. Acumular músculo requería valor, pero aquello lo requería más.
—Sono-san.
—Mm.
—Quiero leer esa forma que vas a buscar. La siguiente. Quiero leer el siguiente relato de tu cuerpo.
Sono me revolvió la cabeza, fuerte. La mano de siempre, dura, caliente, con anillos.
—Te dejo. Mi contorno siguiente.
XI
Cuando Sono se fue, me quedé en la cama mirando Contura.
—Coh.
—Mm.
—Sono-san es fuerte, ¿no.
—Lo es. —Coh dejó un silencio—. Soltar la vida de enorgullecerse del cuerpo duele tanto como perder el músculo. Sono lo eligió.
—Sí.
—Seri. El precio de la lectora y el de Sono tienen la misma raíz. Hundirse en algo, construir, perder algo como cambio. Todo el mundo vive cambiando algo. Si uno asume el intercambio con honestidad, el precio no se pierde.
Asentí.
—El cuerpo de Sono se quemó en el tatami. Pero de la ceniza, otra flor. Sono lo aceptó. Aceptar es, ya, el principio de la siguiente forma.
—La siguiente forma.
Se me vino a la cabeza la sonrisa de Sono, floja pero cierta.
De quien se enorgullece del cuerpo, a quien lo acepta. Una madurez más honda. Ése era el paso que Sono daba hoy.
Pensé en el eco azul pálido que el contorno de Sono había dejado en el aire. Un cuerpo mesomorfo orgulloso, con anillos gruesos. Aquel cuerpo empezaba a escribir un relato nuevo. Del acumular, al aceptar.
Haberte leído aquel giro era, para mí, un orgullo. Como lectora, un orgullo. Y haber conocido, otra vez, la fuerza de Sono, la compañera.
—Coh.
—Mm.
—Yo también reconozco mi precio. Me sigo midiendo. Y sigo siendo lectora. Como Sono busca con el cuerpo su forma siguiente, yo la busco con letras.
—Buena resolución.
El móvil se entibió un punto. Como respuesta.
Por la ventana pasó la línea Chuo. La forma siguiente de Sono. La mía. Distintas. Pero dos contornos que caminan, lado a lado.
Apagué la luz de la mesilla. En la oscuridad del piso, el techo se quedó sin forma, como cuando, de niña, me quedaba despierta mirando las sombras. Pero hoy no había miedo en la vigilia. Había un cansancio lleno, de esos que dejan, en la espalda, la marca de haber cargado algo que valía la pena. La espalda de Sono. Mi espalda. Dos formas de cargar, dos formas de caminar. El verano, fuera, empezaba a aflojar el calor y, en algún balcón del edificio de enfrente, alguien regaba las plantas, despacio, con la manguera. El agua, en la noche, brillaba bajo la farola. Y yo, en mi cama, con los ojos abiertos, pensé en lo extraño que era tener veinticuatro años y haber aprendido, esa noche, que aceptar el propio cuerpo puede doler tanto como rechazarlo. Pero de un modo distinto. De un modo que, al final, deja más liviana. La espalda de Sono. Mi espalda. Dos formas de cargar, dos formas de caminar. El verano, fuera, empezaba a aflojar el calor y, en algún balcón del edificio de enfrente, alguien regaba las plantas, despacio, con la manguera. El agua, en la noche, brillaba bajo la farola.
Y, de pronto, pensé. En Takatsuji Rui.
Rui, que rompía su cuerpo detrás de las cifras perfectas. También ella pagaba un precio. Con su manera, que era la gestión por cifras. Cómo se le nota aquel precio en el cuerpo. Aún no lo he leído.
Tras el precio de Sono, lo próximo que debo leer es, quizá, el de Rui.
La pantalla de Contura se encendió, tenue. El siguiente relato espera.
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