Parte IV — La memoria de Contura
Capítulo 37. El regreso de Rui
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El teléfono sonó el martes por la noche, pasadas las nueve.
En el bolsillo, dentro del Círculo de Life Compass, mientras terminaba de recoger. Número desconocido. Iba a dejarlo en el buzón, como siempre.
—Seri. —La voz de Coh al fondo del oído—. Contesta.
—¿Por qué? No conozco el número.
—En el registro del otro lado, figura el nombre de Takatsuji Rui.
Detuve el dedo. Deslicé y llevé el móvil al oído.
—…Soy Himuro.
—…¿Himuro-san? —Voz de mujer, aseada—. Soy de Velo. Takatsuji, Takatsuji Rui, la tenía a usted como primera en sus contactos de emergencia.
—¿De emergencia?
—Hace un momento se desplomó. En el ensayo del escaneo público de Mirage Omotesandō. Tiene conciencia. Pero no se sostiene en pie. Hemos llamado a la ambulancia. Ella pedía por usted.
Al otro lado del auricular, una sirena a lo lejos.
—¿El hospital?
—Hospital Kyoritsu de Aoyama, en el centro de urgencias.
—Bien. Voy.
Colgué. La mano me temblaba más de lo que creía.
La enemiga. La mujer que juzgaba con cifras, que se rio de mis Leyes, que quiso robar a mi clienta. Aquella mujer me había puesto a mí, la primera, en los contactos de emergencia.
—Seri. —Coh—. ¿Recuerdas el contorno de ella que te enseñé aquel día?
—Descolorido. —Subía la escalera del sótano mientras contestaba—. Con grietas. No le queda mucho, dijiste.
—Desde entonces, no ha cambiado. Al contrario, avanza. Date prisa.
Ir directa a Aoyama era más corto que volver a Omotesandō. Corrí a la estación. Al pasar el torniquete, ya iba a medio correr.
No sabía por qué me apuraba. Rui tenía motivos para odiarme: yo le había rechazado el trato. Le había soltado la mano. La propuesta de compartir Contura y salvar a millones. Aun así, había puesto mi nombre la primera. Ni empleada, ni colega, ni siquiera conocida: a la enemiga.
En el andén, mientras esperaba el metro, el aire de la estación me dio en la cara, con olor a polvo y a raíles calientes. Me temblaban las rodillas, y no sólo de la carrera. Algo, en el fondo del pecho, me apretaba. No era miedo a Rui, ni culpa. Era otra cosa. La imagen de aquel contorno amarillento, agrietado, que Coh me había mostrado a escondidas la noche de la medición pública. La luz que se desgranaba, como arena, por las grietas de la línea. Lo que vi entonces, sin que ella lo supiera, me había quedado dentro, como una espina fina. Y ahora, la persona de aquel contorno estaba, en algún hospital, con el suero clavado en la muñeca, pidiéndome a mí.
La enemiga.
Bajé al vagón. El aire acondicionado helado. Me senté. Cerré los ojos. Traté de ordenar lo que sentía. Rabia, no. Lástima, tampoco, no exactamente. Era más bien la sospecha de que, aquella noche, en la sala de cristal de Velo, cuando Coh leyó el cuerpo debajo de la armadura ya está llorado, yo había visto algo que me correspondía. No en la forma. En el fondo. La forma de abandonar el propio cuerpo para sostener un número. Yo la conocía. La había vivido, con otra cifra, otro espejo, otra época. Rui y yo no éramos la misma persona. Pero el lugar del que habíamos caído era parecido.
El metro cruzó el túnel. Luces que pasaban, ráfagas. Me agarré a la correa. La palma, fría. Coh, al fondo, callaba. Respetaba el silencio.
Dentro del vagón, Coh:
—Seri. La razón de que te haya elegido es sencilla.
—¿Sencilla?
—No conoce a nadie más que pueda leer su cuerpo como relato. Las cifras, las sacan los médicos, los colegas. Pero el relato, sólo tú.
Agarré la correa del tren. La palma, fría.
Llegué al hospital pasadas las diez. En la planta de urgencias, la luz blanca de los fluorescentes no perdonaba: ponía en evidencia cada ojera, cada pliegue de la sábana, cada mancha en la tapicería de las butacas del pasillo. Olía a desinfectante, con un fondo de café frío y metal. Alguios pacientes, en camilla, esperaban. Una tos, floja, se repetía al fondo. En la central, una enfermera hablaba bajo por teléfono. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte para el verano; se notaba en los brazos desnudos de quien esperaba.
Pregunté por Takatsuji Rui. Planta tercera, habitación 312. Subí la escalera, no quise esperar al ascensor. A cada peldaño, notaba cómo me aflojaba el nudo del pecho y, al mismo tiempo, cómo subía, del estómago a la garganta, una cosa tibia, difícil de nombrar. No es mío, pensé. No es mi enemiga. Tampoco mi amiga. Es una persona cuyo cuerpo he visto, sin permiso, en su forma más frágil.
La puerta de la 312 estaba entornada. Empujé, despacio.
II
La planta de urgencias olía a fluorescencia y desinfectante, incluso de noche. Aire frío. Al fondo del pasillo, una tos. El teléfono de la central sonaba, discreto.
Takatsuji Rui estaba en la cama. Un suero fino clavado en la muñeca. Las gafas de plata, apartadas, en la bandeja de la mesilla. Sin gafas, parecía otra. Las ojeras, violáceas. Las mejillas, más hundidas de lo que recordaba. Los labios, secos, blancos. La manga de la camisa del hospital abierta sobre un brazo que no era equilibrado: era, más bien, hueso y piel, sin más.
Sobre la mesilla, junto a las gafas, había un vaso de agua con hielo, intacto, y un pequeño reloj de pulsera, también de plata, parado a las nueve y veinte. La hora del desmayo. La pantalla de un portátil, cerrado, con el logo de Velo. El monitor, al lado de la cama, marcaba, en verde, la curva del pulso. Regular. Pero fino, como un hilo.
Rui tenía los ojos cerrados. La televisión, en el rincón, sin sonido, daba un parte meteorológico. Por la persiana semi-cerrada entraba, en franja, la luz blanca de las farolas del aparcamiento. Todo, en aquella habitación, estaba en orden. Frío, liso, sin una arruga. Un cuarto de hospital de alguien que, incluso caída, mantenía las cosas en su sitio. Hasta el dobladillo de la manta estaba recto.
Tosí, suave, para avisar. Rui abrió los ojos.
—…Himuro-san.
Me vio. Voz rota. La frialdad con que solía cortarme, en ninguna parte.
—Has venido.
—He venido. Me lo dijeron en Velo.
—…Perdona. No tenía a nadie más a quien avisar.
Aquello me pinchó, pequeño, en el pecho.
Rui había tenido, alguna vez, empleados, clientas, una cifra incontable de números. Y, en la urgencia, no tenía a nadie más que yo.
—Cómo estás.
—El médico me dijo. —Miró al techo—. Fatiga extrema. Desnutrición. Deshidratación. La regla, medio año sin bajar. Densidad ósea muy por debajo de lo que toca por edad.
Lo soltaba como si leyese un cartel. Sin emoción.
—…Todo números. —Rui intentó reír. Sólo se le movió la comisura—. Lo mío, ¿no.
No tuve palabra.
—Himuro-san. —Me miró. Los ojos no eran fríos; eran, sólo, de pánico—. Quiero pedirte algo.
—¿Qué?
—¿Puedes leer mi cuerpo?
Se me cortó el aire.
—…Cómo estoy. No en números. Con tu manera. El relato, ¿lo llamas. Qué está contando mi cuerpo ahora mismo… dímelo.
III
Miré a Coh. En la pantalla, la figurita de luz, quieta.
—Seri. —Sólo para mí—. Cumple las Leyes.
—Lo sé. Pido permiso.
—Ella ahora está débil. Quizá no pueda negarse. Que no puedas negarte no te autoriza a leer por la fuerza.
—Lo sé.
Me volví a Rui.
—Takatsuji-san. Antes de medir, confirmemos.
—…Qué.
—Quien medimos es tú. Lo que lea es tuyo. No lo voy a interpretar a mi manera, ni enseñarlo a nadie. Pero.
—¿Pero?
—Quiero saber si tienes la resolución de conocer el relato de tu cuerpo, hoy.
Rui miró al techo un rato. Después, levantó la mano del suero. Temblaba.
—Yo, ¿sabes, Himuro-san? Nunca me he leído.
—…¿Eh?
—Cuerpos ajenos, miles. Escaneos, números, ranks, planes de mejora. Pero mi propio cuerpo, nunca lo miré en serio. Siempre esquivé el espejo.
Llevó la mano del suero al pecho.
—Entonces, léelo. Por favor. Qué está diciendo. Quiero saberlo.
—…Bien.
Dejé el móvil en la mesilla. La luz de Coh se filtró en la habitación. Partículas azul pálido que atravesaron el tubo del suero y llegaron a Rui. Un aro de luz la rodeó.
Cuello. Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo.
En el aire, los números flotaron. Blancos, de luz. Después, se enlazaron en una sola línea de contorno.
La entrenadora que hay en mí, primero, se fijó en la exactitud. Contura mide más fino que una cinta métrica. Pero, al mismoiento, otra mirada, fría, leía las cifras. Cintura, brazo. Cuánta disciplina, cada día, hacía falta para sostenerlos. La piel del oficio lo decía. Esto no es una delgadez sana.
IV
Se alzó el contorno de luz de Rui.
Pero no era aquél, el perfecto, que había exhibido.
Sólo cifras: seguía fina, seguía equilibrada. La línea de hombro a cintura, recta; la grasa subcutánea, extremadamente fina. En términos matemáticos, sin fallo.
Pero el contorno en sí estaba descolorido.
La luz azul pálido, en origen, tendría que ser más honda. Los contornos de mis clientas siempre tiraban a un azul de fondo de agua, denso y cálido. El de Rui era como un género que ha estado mucho tiempo al sol: pierde color.
Y estaba agrietado.
Por la superficie del contorno corrían fisuras finísimas. Como tierra seca. O como papel estirado a la fuerza. Quebradizo, a punto de desgranarse. Las grietas eran más hondas en los encuentros de hombro y cintura. Llevaba años soportando, en aquellas zonas, posturas forzadas. La forma lo contaba.
—La frescura está seca. —Coh, en calma—. El relato del cuerpo vive de ser reescrito. Ella se ha negado, durante años, a reescribir el suyo. Por eso el relato viejo se ha gastado y se ha agrietado.
—¿Negarse a reescribir?
—Por creer sólo en cifras. La cifra congela el relato. Ella quiso fijar su cuerpo en un combo perfecto de números ideales. Pero el cuerpo es criatura viva. Cambia cada día. A un cuerpo al que no se le permite cambiar, le pasa esto. Llora. Éstas son las grietas.
—…Frágil. —Lo dije bajito—. Como si pudiera romperse en cualquier momento.
—Por eso, esta noche, se rompió. —Coh, corto.
Miré a Rui. Miraba, hacia arriba, su contorno descolorido.
—…Ésta soy yo.
—Sí.
—Qué sin color.
La voz de Rui tembló.
—Esa luz azul tan bonita que les mostrabas a tus clientas… la mía, no la tiene.
—…Hoy, no.
—¿Nunca la tuvo?
—No puedo saberlo. Pero, hoy, tu cuerpo tiene el relato seco. Eso, sí.
Rui cerró los ojos. Le temblaron las pestañas. Y una gota bajó por la mejilla hundida.
V
—Leo. —Coh.
Los números en el aire estallaron en partículas. Giraron, se juntaron en línea, se hicieron letras.
Tu cuerpo ha vestido los números como armadura, durante años, sin escuchar su llanto. Ya puedes quitarte la armadura.
Las letras temblaban suaves.
—…Qué ironía. —Coh, como en soliloquio—. Ella ha leído las cifras de otros con tanta precisión. Y no se había dado cuenta de que el suyo gritaba así. Quien lee números, a veces se vuelve ciega para los propios.
Rui alzó la voz.
No fue un grito. Fue un llanto. Ahogado, sacado del fondo de la garganta. Que de la boca que me había cortado, fría, saliera aquel sonido.
—…Yo. —Rui—. He medido a la gente. A miles. La evaluaba con cifras, la clasificaba. Creía que era justo. Que los salvaba.
La escuché en silencio.
—Pero. ¿Sabes. No me había escuchado a mí. Desde hacía años. ¿Estás cansada. ¿Te duele. ¿Tienes hambre. No le preguntaba. Si las cifras estaban bien, bastaba. Si las cifras eran perfectas, el cuerpo no se quejaba.
Me vi, hace cinco años. La que creía que, mientras el peso fuera tal, todo estaba en orden. La que vivía dentro de los números, donde había seguridad, y se tapaba los oídos al dolor, a la ira, al hambre del cuerpo. Las palabras de Rui sonaban a las que yo no había podido decirme entonces.
—Yo me estaba maltratando, ¿verdad. —Cortó la frase. Le faltaba aire—. Igual que hice con los demás. No: antes de hacérselo a los demás, me lo hacía a mí. Por eso pude hacérselo a los demás. Porque a mí no me dolía.
No se quitaba las lágrimas. El tubo del suero temblaba con ella.
—…Himuro-san. Fui cobarde. Me reí de tu lectura del relato, la llamé sentimiento. Pero quien nunca se había leído el suyo era yo.
Cortó la frase. Buscando algo, miró al techo.
—Oye, Himuro-san. No me guardas rencor, ¿verdad. Por aquella noche, que te quise quitar a la clienta.
—No. —Le contesté—. Aquella noche, yo había visto, sólo un momento, tu contorno. Antes de que hicieras daño a nadie, ya te estabas haciendo tú. Lo sabía. Y, además.
—¿Además?
—Yo también era la misma. Me juzgaba con cifras. Peso, talla, calorías. Creía que aquello era todo. Lo entiendo. Las cifras son fáciles. Te permiten no mirar el relato.
Rui me miró. Aquellos ojos ya no eran de quien ve al enemigo.
El monitor marcaba el pulso, regular, la línea verde subiendo y bajando. En la tele, sin sonido, un anuncio de bebidas isotónicas: corredores brillantes, cuerpos en plena forma, sonrisas anchas. Ninguno de aquellos cuerpos había pagado precio. Rui también los miró, un segundo, y apartó la cara, como si le quemara. La distancia entre el cuarto de hospital y la pantalla era la distancia entre el relato y el anuncio. Entre el cuerpo que llora y el cuerpo que vende.
—Himuro-san.
—Dime.
—Yo crecí viendo a mi madre pesarse cada mañana. En la báscula del baño, con la puerta abierta, sin esconderse. Hoy, 52,3. Y, según el número, su cara cambiaba. No recuerdo haberla visto nunca desayunar sin antes haberse pesado. Yo creía que aquello era lo normal. Que los números eran lo primero. Que el cuerpo venía después.
Callé. Rui, por primera vez, me estaba contando algo que no era un argumento. Era un pedazo de infancia.
—Mi madre seguía haciéndolo cuando yo entré en la pubertad. Yo empecé a los doce. La báscula fue lo primero que aprendí a leer de mi cuerpo. Mucho antes que el espejo.
—…Rui.
—No te lo cuento para que me compadezcas. Te lo cuento porque ahora entiendo. Lo que mi madre me enseñó no era odio al cuerpo. Era miedo al cuerpo. Miedo a que el cuerpo cambiara sin permiso. Y, para conjurar el miedo, había que fijarlo. Ponerle número. Ponerle ranking. Ponerle una puntuación. Creer que, si el número era correcto, el cuerpo no iba a desmandarse.
Se le quebró la voz.
—Mi madre también rompió su cuerpo. A los cuarenta y cinco, osteoporosis. Menopausia adelantada. La vimos romperse en casa, despacio, sin quejarse. Es lo que toca, decía. Yo, entonces, lo creí. Hoy, aquí, en esta cama, empiezo a dudar.
Coh, desde las sienes, muy bajito:
—…Seri. Está leyendo su propio relato. Sin Contura. Sin insight. Lo está contando. Escúchala.
Asentí, en silencio. Rui siguió.
—No quiero acabar como ella. No quiero que mi cuerpo se rompa en silencio, creyendo que es lo que toca. Por eso, cuando me caí, en el ensayo, y vi que no me sostenía en pie, pedí que te llamaran. No a mi madre, que murió hace cuatro años. No a mi padre, que vive en Osaka y no entiende nada de esto. A ti. Porque tú habías visto mi contorno. Porque tú eras la única persona que podía leerlo sin juzgar.
Me costó tragar.
VI
—Takatsuji-san. ¿Puedo hablar?
—…Qué.
—Lo médico no es lo mío. Fatiga, nutrición, regla, densidad ósea. Para eso, especialistas. Aquí, lo que yo puedo hacer es limitado.
—…Sí.
—Así que, primero, recibe tratamiento. Comida, descanso y, si hace falta, asesoría especializada. Es la base del relato. Con la base rota, no se sostiene ninguna lectura.
—…Base.
—Pero la recuperación del relato, ésa te la puedo prometer. Tu cuerpo se va a reescribir, poco a poco. No garantizo que las grietas cierren. Pero dicen que por las grietas entra la luz. Por el sitio roto puede empezar un relato nuevo. Ahí sí te ayudo.
—…Por el sitio roto.
—Estás llorando. Eso ya es empezar. Tu cuerpo, por fin, pudo alzar la voz. Y tú, que lo escuchaste, lloras. Es el primer paso de la recuperación.
Rui calló un largo rato. Sólo el monitor marcaba el compás, regular, en el aire de la habitación. Fuera, todavía oscuro. Pero las luces de la calle iban mudando, despacio, el color de la noche. Después, abrió la boca.
—…Himuro-san.
—Sí.
—Yo te tenía por enemiga. Negaba tu manera. Pero hoy, al ver mi contorno sin color… pienso. Quizá tú tenías razón desde el principio.
—No es razón o sin razón. —Lo dije—. Sólo que el cuerpo lleva un relato. No se me olvida.
—…No se te olvida.
Repitió. Y, despacio, levantó la mano sin suero y se la puso en el pecho, sobre el corazón.
—Aquí siento algo. Nunca antes. Me duele, pero… calienta.
—Ése es el relato.
—…Relato.
Lo dijo otra vez. Esta vez, sin la ironía de cuando se burlaba. Como una palabra nueva.
VII
—Seri-san.
—Dime.
—¿Puedo… volver a mirar mi cuerpo, en serio?
Aún faltaba para el amanecer. La fluorescencia del urgencias seguía, blanca. Pero, en el azul descolorido del contorno de Rui, parecía haber regresado, un poco, un fondo. Las grietas seguían. Sin embargo, por las grietas se filtraba una luz tenue.
—Cuando quieras.
Le contesté. Con la misma palabra que, tiempo atrás, me dieron Sono, Misaki, Rin y mi abuela.
—