Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta
Capítulo 13. La espalda que carga
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Un jueves bochornoso, en el resquicio entre lluvias.
A las tres de la tarde se abrió la puerta automática del estudio. Entró un hombre alto. Buzo de trabajo azul marino. Botas de seguridad marrones. Toalla blanca al cuello. La cara curtida, arrugas profundas en los ojos, pelo corto.
—Perdone, me han dicho que aquí asesoran sobre el cuerpo.
Voz baja, un poco ronca. Las formas de cortesía no le venían cómodas.
—Sí. Bienvenido a Life Compass.
Me levanté del mostrador. Sono estaba libre; yo estaba sola en la recepción.
El hombre dudó en la entrada. Parecía no saber si subirse con las botas puestas.
—Adelante. Aquí, con zapatillas, por favor.
—Perdone.
El hombre se metió los pies grandes en las zapatillas y llegó al mostrador con un paso tieso. Se protegía la cintura, el tronco inclinado hacia delante; a cada paso le pasaba el peso a la cadera derecha. No arrastraba. Pero, claramente, cuidaba la espalda al andar.
—Himuro —señalé la placa—. Seri.
—Hayakawa. Kenta (健太). Treinta y ocho.
Antes de sentarse, Kenta se puso la mano en la cintura. La palma se la apoyaba en la pelvis, como confirmándose.
—¿Le duele la cintura.
—…Sí. Bueno.
Kenta se frotó la nuca, casi con vergüenza.
—Duele parado. Duele moviéndose. Lo peor es levantarme por la mañana. Tardo cinco minutos en salir de la cama.
—Cinco minutos.
—Cada día. Consigo levantarme, voy al curro, doy la vuelta a las obras, y al volver a casa no puedo moverme.
Kenta sacó del buzo un paquete de tabaco y un encendedor y los dejó en la mesa.
—Fui al traumatólogo. Radiografía, sin nada raro en los huesos. Me dieron parches y mechas. No mejora. Con el masaje del hueso me alivia un rato, pero a la mañana siguiente, igual.
—¿El trabajo?
—Construcción. Capataz. A veces acarreo hierros y materiales, a veces estoy de pie sin parar. Últimamente también más ratos en la mesa con los planos. Moverme a medias y sentarme a medias, dicen que es lo peor.
Kenta cortó la frase. Se miró las manos grandes sobre las rodillas.
—Me lo dijo mi mujer. Te vas a romper, vete a que te vean.
—¿Su mujer?
—Tres hijos. El pequeño tiene dos años. Últimamente no puedo cargarlo. Me destroza la cintura.
Detrás de las palabras había algo. Un blanco que no se atrevía a cruzar. Kenta no dijo más. Pero aquel blanco pesaba más que el dolor.
—Vale —le dije—. Kenta. ¿Me dejas un rato? Hay una medición especial.
—Especial.
—No es la medición normal. Creo que puedo mostrarle tu cuerpo en tres dimensiones, tal como es. Pero necesito tu permiso. La historia de tu cuerpo es tuya.
Kenta me miró fijo. Ojos rectos, curtidos.
—Historia, dices.
—Ahora no sabría explicártelo bien. Pero, si lo ves, seguro que lo entiendes.
Las mismas palabras que a Misaki. Las repuse.
Kenta se calló un poco.
—Cosas raras dices.
—Perdona.
—Pero bueno. El dolor es mío, al fin.
Kenta se levantó. Aquella manera de levantarse dolía. La mano en la rodilla, la cintura subida en tres etapas. Lo que en un cuerpo joven es un instante, hecho con cuidado.
II
El Círculo, abajo.
Kenta se plantó en el centro. Se quitó la chaqueta del buzo y se quedó en camiseta de tirantes. Los hombros eran anchos. Los brazos gruesos, curtidos. Pero la barriga se le iba hacia delante. Al tumbarme me caben dos puños debajo de la cintura, me dijo. Eso era la hiperlordosis.
—Cierra los ojos.
—Vale.
Los cerró. Yo me situé fuera del círculo y abrí Contura.
Contura El cuerpo cuenta la historia que eres.
—Coh.
—Voy.
La luz corrió.
Las partículas azul pálido se derramaron, se hincharon en el aire frío del sótano y cayeron sobre el círculo donde estaba Kenta, como una nevada callada.
Y empezaron a trazar la superficie de su cuerpo.
Del hombro a la espalda. La cresta del dorsal. Y, después, la cintura.
Al llegar a la cintura, contuve el aire.
Allí la luz se estancó. Las partículas arremolinaron, como buscando, y rodearon la curva de la cintura una y otra vez. Las vértebras arqueadas. El músculo pegado, duro. La luz lo dibujaba con honestidad. La línea de contorno, a la altura de la cintura, se demoraba temblorosa. Como si, solo allí, el cuerpo llevara coraza.
Cadera. La luz la rodeó y se paró otra vez. Cadera derecha y cadera izquierda. Formas distintas. La derecha más alta. La izquierda un poco caída. Un desequilibrio del centro de gravedad. La huella de años cargando el peso en la pierna derecha.
La luz volvió arriba. Cuello. Cabeza.
La cabeza de Kenta estaba adelantada. Claramente por delante de la línea del hombro. El cuello flotando hacia delante. Como si fisgara algo. O como si sostuviera algo por delante.
La luz terminó el recorrido y se reunió en una línea.
La forma de Kenta se alzó.
A su lado, un volumen de luz azul pálido se plantó despacio.
—¿Puedo abrir.
—Sí.
Kenta abrió los ojos. Se vio el contorno y retrocedió un poco.
—…¿Este soy yo.
—Tu cuerpo.
El volumen de luz no llevaba ropa. Pero era una figura humana, solo contorno. Los hombros anchos. Los brazos gruesos. La barriga por delante. Y la cintura arqueada, hundida.
Kenta rodeó su contorno. Medio paso cada vez, por el borde del círculo. Pasó detrás.
—…La cintura, qué arqueada. No me había dado cuenta.
—Sí. Las vértebras lumbares arqueadas hacia delante. La masa lumbar tensa, agarrotada. Y.
Le escogí las palabras.
—La cadera derecha más alta que la izquierda. El peso desplazado a la derecha. Cuando estás de pie en la obra, ¿no te apoyas, sin darte cuenta, en la pierna derecha.
Kenta puso cara de sorpresa, un instante.
—Ahora que lo dice. Sí, suelo recargarme a la derecha.
—Y la cabeza, adelantada. El cuello por delante del hombro. Se llama anteriorización de la cabeza.
—Anteriorización de la cabeza.
—Una costumbre que sale de trabajar muchas horas con la cabeza gacha. Planos, pantallas.
Kenta murmuró, planos.
III
—Seri.
La voz de Coh me sonó detrás de las sientes.
—Mira el equilibrio delantero y trasero.
Rodeé el contorno hasta el perfil.
De lado, el sesgo delantero y trasero del cuerpo de Kenta se recortaba claro. La línea que baja del agujero de la oreja al hombro, al lado de la pelvis, a la rodilla, al tobillo — que debería caer casi recta — dibujaba una ola. De la oreja, un poco por delante del hombro. De la cintura, todavía más al frente, a las lumbares. De la cadera, atrás. De la rodilla, un poco atrás.
El cuerpo dibujaba una ese. Sacaba la cabeza pesada hacia delante, y, para sostenerla, arqueaba la cintura, sacaba la cadera atrás, equilibraba con la rodilla. La postura típica de la hiperlordosis.
—También hay desequilibrio muscular —dijo Coh—. Masa lumbar, hipertónica. Glúteos, débiles. Abdominales, disfuncionales. Es el reparto para sostener el cuerpo arqueando la cintura. Un cuerpo que ha cargado peso, estado de pie, llevado gente, durante años.
Las palabras de Coh siguieron, en calma.
—La altura de la cadera derecha viene de la tensión del glúteo medio derecho. La costumbre de apoyarse en la pierna derecha. Cuando te paras a dar instrucciones en la obra, sin darte cuenta, cargas el peso en la derecha. Y. El hombro. El derecho va adelantado. ¿No cargas siempre algo con el brazo derecho.
A Kenta le subió la nuez.
—…La caja de herramientas. La llevo en la derecha. Siempre.
—¿Y la izquierda.
—Libre. O con los planos.
—El peso siempre a la derecha, y el hombro derecho se enrrosca hacia delante, la cadera derecha sube. De ahí la asimetría.
En el aire empezaron a flotar cifras.
Ancho de hombros 47 Pecho 102 Cintura 91 Cadera 99 Muslo 58
Y otra.
Equilibrio anteroposterior +23
Veintitrés grados anteroposteriores. El peso desplazado hacia delante.
Kenta se ensombreció al ver las cifras.
—…Cintura, noventa y uno. Más gorda que en el chequeo del año pasado.
—Kenta —le dije—. Estas cifras no son para acusarte. Son para leer cómo ha vivido tu cuerpo.
Kenta se calló.
—…Leer, dices.
—Lo que tu cuerpo cuenta. Yo lo traduzco. —Coh.
—Voy.
Las ciflas del aire estallaron a la vez en partículas. Las del hombro, las del pecho, las de la cintura, las de la cadera, las del muslo, las del equilibrio. Todas se hicieron partícula, giraron, se juntaron, se hilaron en una sola línea, y se hicieron letras.
Tu cintura se arqueó para sostener a otros. Pero sostenete también a ti.
El aire del sótano se detuvo.
IV
Kenta se quedó mirando la frase. Fijo.
—Para sostener a otros.
Lo dijo suelto.
—Yo, en la obra, sostengo a los de abajo. Si un joven la lia, la cargo yo. Si hay pelea con el cliente, salgo yo. Si el jefe pide demasiado, lo hago yo. Eso es ser capataz. Y al llegar a casa, mi mujer y los niños. Los dos mayores, con cosas del cole. El pequeño de dos años, que llora por la noche.
Cortó la frase.
—Si yo caigo, se acaba. No tengo tiempo para descansar.
Aquella frase se cayó en el aire frío del sótano.
—…¿Por eso tenía la cintura arqueada.
Kenta bajó la mirada a la cintura de su contorno de luz. Las lumbares cóncavas. La masa lumbar tirante.
—Para salir hacia delante, me arqueaba.
—Sí. El cuerpo toma la forma de lo que el corazón lleva encima. Tú has querido sostener a otros, salir al frente. Esa postura se te ha grabado en la cintura.
Kenta se mordió el labio. Se le movió el carrillo curtido.
—Mi mujer me dijo. Llegas demasiado tarde. Los niños ya están dormidos. Pero es el trabajo. No puedo dejar tirada la obra.
—…
—Y, la verdad, aunque llegue, no puedo cargar al niño. Me duele la cintura. El pequeño de dos años se acerca: ¡brazos!. Y yo le doy la espalda diciendo perdona.
La voz de Kenta se movió un poco. La voz de un hombre rudo.
—Mi mujer lo vio y lloró. Yo también estoy sola, me dijo. Tú, todo trabajo, trabajo. Pero, ¿sabes?, No estaba enfadada. No es que esté enfadada, me dijo. Es que me da miedo verte sufrir.
Kenta bajó la cabeza.
Yo, sin decir nada, me puse al lado.
El dolor es una señal, dijo Coh un día. La voz del cuerpo que dice ya llego al límite. No una cifra. La palabra del cuerpo mismo. La cintura de Kenta, arqueada, agarrotada, gritando: déjenme descansar ya.
—Kenta.
—…Diga.
—El dolor de tu cintura es la voz del cuerpo diciendo ya llego al límite. El último aviso antes de romperse. Si no se escucha, esta vez se rompe de verdad.
Kenta levantó la cara.
—…¿Y si se rompe.
—En el peor caso, cirugía. Si el disco lumbar sale y aprieta el nervio. Hay veces que se pierde el movimiento de la pierna.
Los ojos de Kenta vacilaron.
—Que se pierde la pierna.
—Lo que toca ahora es que no llegue. Hay cosas que se pueden hacer.
V
Moví los dedos frente al contorno.
—Primero, despertar el glúteo. Con la cintura arqueada, el glúteo no trabaja. Y la cintura lo carga todo. Solo con entrenar el glúteo se alivia bastante la cintura.
—¿El glúteo. O sea, el culo.
—Sí. Puentes, sentadillas. De lo fácil, sin más.
—Luego, estirar la masa lumbar. El músculo que está duro y encogido, alargarlo despacio. A la gente con hiperlordosis le va bien, al revés, enrollarse.
—Enrollarse.
—Y ajustar la postura. De pie y sentado, no arquear. Apretar un poco el vientre, poner la pelvis vertical. Con eso solo, cambia.
Kenta se puso la mano en la cintura.
—…Lo voy a hacer. ¿Hay algo que se pueda en la obra.
—Hay. Te enseño unos cuantos de pie.
—Porfa.
La voz de Kenta se afirmó. Ruda, pero mirando hacia delante.
—Pero —le dije—. Lo de raíz es una sola cosa.
—Una.
—Descansar. Descansar el cuerpo. Tu cuerpo, ahora mismo, no tiene tiempo de descansar. Por mucho que entrenes el músculo y arregles la postura, si no descansas, el dolor vuelve.
Kenta se calló.
—…Descansar.
—Sí.
—¿Me dice que deje la mitad del trabajo.
—No. Solo, ¿no podrías llegar un poco antes? Una hora vale. Llegar antes de que se duerman los niños. Esa hora le hace falta a tu cuerpo y a tu familia.
Kenta miró al techo. La bombilla desnuda del sótano, sobre su cara curtida.
—Una hora, eh. Si se lo digo al jefe, se ríe.
—Que se ría. Si te rompes la cintura, no se arregla riendo.
Kenta se rio un poco. Una risa con dolor.
—…Cierto.
El arco del que sostiene
Sobre el contorno se empezaron a congregar partículas.
—La lectura ha cerrado un ciclo —dijo Coh.
Una columna de luz subió y, sobre la cabeza del contorno, se abrió como flor. Y flotaron unas letras.
El arco del que sostiene
Kenta miró la frase hacia arriba.
—El arco del que sostiene.
—Es el título de tu contorno —dije—. Aparece cuando la historia del cuerpo cierra una etapa.
Kenta se quedó mirándola. Largo rato.
El contorno se adelgazó, se deshizo en partículas, se disolvió en el aire. Lo último, el título, brilló un instante como una estrella y se apagó.
El silencio volvió al sótano.
VI
Después de la medición, Kenta bajó del círculo. La cara le quedaba la sombra del dolor. Pero más blanda que a la llegada.
—Himuro-san.
—Diga.
—Lo dejé pasar mucho tiempo. La cintura, lo de siempre, decía. Por el trabajo. Pero, al verme en luz. Qué arqueada.
—Ajá.
—Que estaba arqueada para sostener a otros. Eso, al oírlo, lo entendí por primera vez. Yo aguantando, y el cuerpo también aguantando.
Kenta sacó el móvil del bolsillo.
—…¿Puedo llamar a mi mujer.
—Claro.
Kenta se apartó un poco y llamó. Yo me alejé. Pero la voz de Kenta sonaba baja, retumbaba.
—…Soy yo. Sí. Ahora, en el estudio. Me han visto el cuerpo. —Sí, no está mal. Me han dicho cosas raras. —No, no malas. —Desde mañana vuelvo un poco antes. Antes de que se duerman los niños. No sé si podré con el pequeño, pero. Poco a poco. —Sí. …Sí. Perdona. —Sí.
Al colgar, la espalda de Kenta iba un poco encorvada. La espalda que hasta ahora tenía tirante y arqueada. Un poco, floja.
Kenta se volvió. Llevaba los ojos rojos.
—Himuro-san. Gracias.
—Yo solo he leído.
—Es suficiente. —Mañana, en la obra, hago lo del glúteo. Cómo era, puentes.
—Sí. Te enseño. Despacio.
Kenta se echó el buzo, se calzó las botas. Se levantó más rápido que hace un rato. Seguía doliendo, seguro. Pero en dos tiempos, no en tres.
Se abrió la puerta automática. Entró la luz de la tarde de Aoyama. Kenta se fue sin volverse, andando. Pero el paso, más recto que al entrar.
VII
Sola, abajo.
Miraba el aire del círculo. El contorno se había apagado. Pero me parecía que el cuerpo de Kenta seguía allí. La cintura arqueada. La cabeza adelantada. La masa lumbar agarrotada. La cadera desplazada a la derecha.
Dolor.
No había pensado mucho en el dolor hasta ahora. Como entrenadora lo trataba como algo malo. Algo que quitar. Algo que suprimir. Un ruido que no se expresa en cifras.
Pero el dolor de la cintura de Kenta no era ruido. Era la palabra del cuerpo. La voz que dice ya llego al límite. El último recurso del cuerpo para defenderse. El dolor también es parte de la historia del cuerpo.
—Seri.
La voz de Coh.
—…Qué.
—La lectora también lee el dolor. No como una mera molestia. Como lo que el cuerpo reclama. Ese es el oficio.
—Ajá.
—Pero —Coh bajó la voz—. La lectora no es médica. Fracturas, hernias disculares: territorio del médico. La lectora se queda justo antes. Traduce la palabra del cuerpo. No pasa de ahí. Es un pacto.
—Lo sé.
—Lo sé, eh. —Coh pareció sonreír—. El próximo cliente es más difícil, Seri.
—¿El próximo.
—Alguien cuyo cuerpo no cuadra con su historia. Si lees mal, lo hieres. —Ten cuidado.
Miré la pantalla de Contura. Apagada. Pero algo se movió al fondo, me pareció. La próxima historia, ya cerca.
En el círculo seguía flotando un remanente leve de luz. La huella del dolor de Kenta.
El dolor también es historia. Aquello lo supe hoy.
Al subir la escalera me puse, casualmente, la mano en la cintura. De llevar mucho rato de pie, pesaba un poco. Mi cintura también contaba su historia, pensé.
Al volver al estudio, declinaba la luz de la tarde. Mañana, viernes. Vendrá alguien más.
En el bolsillo, Contura se templó, apenas.
—