Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta

Capítulo 17. Los muslos que bailan

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Una tarde sofocante de finales de junio.

Quien llamó a la puerta del Círculo no era una cita. Fue Sono Kiryū, que bajó la escalera a propósito.

—Seri, te presento. Mai Asō. Bailarina de contemporáneo. Tiene función el mes que viene y hay algo que la obsesiona, así que me pareció bien que la vieras.

Sono se hizo a un lado, y de su sombra salió una mujer.

Mai Asō, veintinueve años. No era muy alta, uno sesenta y pico. Pero con solo verla de pie se sabía que era bailarina. El centro de gravedad lo llevaba bajo. Las puntas de los pies siempre conscientes del suelo. La línea del hombro al brazo bajaba con un ángulo que no tiene la gente corriente.

—Encantada. Asō. Mai.

La voz, un poco rasgada, sonaba a rescoldo de algo caliente. Los ojos iban rectos. Me miró a los míos. Adiviné, en el fondo, algo ardiente esperando.

—Himuro Seri. Un gusto.

Me incliné. En el bolsillo de la camisa, Contura se templó. Alguien estaba llamando a la lectora.

I

Mai se sentó en la silla del Círculo. Iba a cruzar las piernas y se frenó. Se notaba que algo le rozaba en la entrepierna y le incomodaba. Se quedó con las rodillas juntas, las manos encima, como tapando. El pelo lo llevaba recogido en un moño flojo, con mechones sueltos pegados a la nuca por el sudor. Bajo la camiseta ancha de entreno se adivinaba un cuerpo trabajado, de esos que ya no necesitan mostrarse para que se sepa lo que son. Una bailarina se reconoce aunque vaya con chándal y bufanda.

—A Sono le hice un resumen.

Mai se puso las dos manos en los muslos. Le temblaban un poco.

—La coreografía de la próxima función tiene momentos de salto. El vestuario es corto. Se ven las piernas enteras.

—Vale.

—Y, sinceramente, me da apuro. Las piernas son… gruesas.

Se mordió el labio.

Yo no dije nada. Solo miré aquellas manos que temblaban.

—En el contemporáneo se vive frente al espejo, ¿sabe. Horas y horas cada día. Desde la platea el público está lejos, pero en el espejo lo ves todo. El abultamiento del muslo, la forma de la pantorrilla, el rollo encima de la rodilla. Llevo diez años mirándomelo todos los días. Por mucho que quieras mirar a otro lado lo acabas viendo. Mis piernas no son finas.

—Ya.

—Más que no finas, son pesadas. Cuando salto con estas piernas, la gravedad me gana. Quiero saltar más ligero. Un poco más ligero.

La voz de Mai fue tomando temperatura. No era enfado. Era otra cosa: una mirada severa, seria, dirigida contra su propio cuerpo.

—En el contemporáneo hay mucha coreografía donde se muestran las piernas. No es la belleza del ballet, es algo más crudo. Y eso mola, pero lo crudo en mis piernas a mí me da vergüenza.

Hizo una pausa. Se pasó la mano por el muslo, por encima del pantalón, como midiendo el contorno que ya conocía de memoria.

—En el ballet, las piernas son líneas. Largas, estiradas, sin materia. En el contemporáneo son carne. Tienen peso, tienen historia. Y a mí esa carne me parece que grita. Cuando salto, siento que me llevo el escenario encima.

Se detuvo en seco. Se sorprendió al oírse decir vergüenza.

Le dije, tranquila:

—Mai-san. ¿Le importa si le hago una pregunta?

—Diga.

—¿Qué es lo que le molesta de las piernas. Ha dicho gruesas. Pero ¿le molesta el grosor en sí, o hay algo detrás del grosor.

Mai pensó.

—…Si son gruesas, pesan. Si pesan, no me sostengo en el aire. Y encima destacan en el escenario. Una vez un coreógrafo, mirándome las piernas, me quitó un par de saltos de la pieza. Ahí lo entendí. En el escenario, mis piernas llaman demasiado la atención.

—Ya.

—Y no es el salto que yo había elegido. Si las piernas destacan por su cuenta, no. Eso es lo que me duele.

Asentí. Aquel dolor era real. La mirada estética de la bailarina vuelta contra sí misma. Es una mirada severa. Cruel, casi.

—Mai-san. Como entrenadora, ¿me dejaría que mirara esas piernas. Y que leyera qué cuentan.

—¿Leyera?

—Sí. Tengo una aplicación.

Saqué Contura del bolsillo.

II

Mai ya tenía algún barrunto por Sono. Por eso le había dicho vete con Seri.

—Si me deja medir, su piernas se levantan en el aire, en tres dimensiones. Podemos ver juntas qué cuenta esa forma. ¿Le parece?

—…Adelante.

Se levantó. Llevaba un pantalón ancho de entreno. Por debajo se adivinaba el abultamiento del muslo.

—Vaya al centro del círculo, tal cual.

Mai se plantó en el centro. En la penumbra de la sala, su silueta recortaba clara.

Abrí Contura. La pantalla encendió un azul pálido.

—Comienzo.

La voz de Coh sonó dentro de las sienes.

—Mido, Seri.

Las partículas de luz se deslizaron fuera de la pantalla y bailaron alrededor de Mai. Empezaron a recorrer la superficie del cuerpo trazando un contorno. La luz, sobre una bailarina, se movía distinta que sobre la gente corriente. La piel de Mai parecía reconocerla, como si aquella carilla azul fuera un socio conocido. Los músculos respondían al paso de la luz con un microajuste, un casi-nada, y aun así el contorno se iba dibujando más limpio que de costumbre. Como si la luz supiera que aquel cuerpo había sido entrenado para ser leído.

Cuello. Hombro. Pecho. Cintura. Cadera.

La luz llegó a las piernas.

Muslos.

Cuando las rodeó, contuve el aliento.

El contorno se había alzado. En el aire, un volumen de luz azul pálido con el cuerpo entero de Mai. Pero yo ya no le despegaba los ojos de las piernas.

Cuádriceps. Aquel abultamiento se alzaba en el contorno con toda su presencia. Porciones del músculo, vasto lateral, vasto medial, superpuestos como capas con nombre propio. La pantorrilla, el gemelo, también formidable: dibujaba un arco nítido que bajaba hasta el talón.

Y la rodilla. Aquel gozne, entre la masa del muslo y la masa de la pantorrilla, existía con solidez.

Sobre el volumen de luz subieron las cifras.

Muslo izq. 56,2 / der. 56,8 Pantorrilla izq. 37,4 / der. 37,6 Rodilla izq. 35,1 / der. 35,2 Tobillo izq. 21,8 / der. 21,9

Y, más abajo, otra cifra.

Número central (FFMI): 19,4 Tipo: mesomorfo medio — cualidad de hueso y músculo

—Está alto —dijo Coh—. Una mujer con este número central no es corriente. Está al nivel de Sono. Estas piernas tienen fondo. Y un fondo entrenado para bailar.

Mai miraba sus piernas en el aire. Tenía los ojos muy abiertos.

—…¿Esta soy yo?

—Sí. Su contorno.

—Gruesas.

Lo dijo temblándole la voz.

—Lo sabía. Gruesas. Si subo al escenario con esto, destaco.

III

Miré a Mai. Tenía los ojos clavados en el volumen de luz. Llevaba diez años mirando sus piernas en el espejo; ahora las veía en otra forma. Objetiva. Sin escapatoria.

—Mai-san.

—Diga.

—¿Queremos leer juntas por qué son gruesas. No solo yo. Con sus ojos también.

—…¿Leer, cómo.

—Coh.

Le hice una seña a Coh.

Coh calló un momento. Aquel silencio suyo, con el punto de costado habitual, como de quien prepara bien la frase antes de soltarla. No era reticencia: era respeto. Estaba midiendo él también, a su manera, cuánto le tocaba decirle a Mai y cuánto dejarle descubrir.

—Seri, desde aquí te ayudo un poco. Mai-san, ¿me permite leerle un poco las piernas.

—Sí.

—Gracias. Pues vamos.

El volumen de luz giró. La parte de atrás de las piernas vino al frente. El abultamiento del isquiotibial se alzó nítido en el contorno. Y por debajo, el glúteo: la línea potente que bajaba bajo la cadera hacia el muslo.

—Mire —dijo Coh—. Fíjese en el tono del isquiotibial. Que esté así de marcado quiere decir que ha golpeado el suelo muchísimas veces. Y luego, el glúteo. La conexión desde aquí al muslo. Esta es la rampa de lanzamiento del salto.

—Rampa de lanzamiento.

Mai lo repitió.

—Así es. Cuando usted salta, ¿qué pasa. Primero el talón caza el suelo. La pantorrilla manda la fuerza a la rodilla. El muslo la dobla y la manda al glúteo. El glúteo recoge todo y lo dispara al cielo. Es la trayectoria de un proyectil.

—…

—Sus piernas han disparado ese proyectil cientos, miles de veces. Cada disparo ha hecho trabajar el músculo. El músculo que trabaja crece. De eso viene el grosor. No es carne sobrante. Son capas de músculo acumuladas para disparar.

Mai se había quedado sin palabras. Miraba fijamente las piernas de luz. Yo me di cuenta de algo: en el espejo del estudio, las piernas son siempre las de alguien que se juzga. En el contorno, en cambio, no hay nadie a quien pedirle perdón. Son una forma, nada más. Y Mai, por primera vez, estaba viendo esa forma sin la condena del espejo.

—Y aún hay más —siguió Coh—. La rodilla. El ángulo de este gozne. Las rodillas entran un poco hacia dentro, ¿verdad. Es una pronación. La huella de una bailarina que, sin darse cuenta, ha ido torneando la rodilla para encajar el eje del giro.

—¿Eso también se nota?

—El cuerpo lo cuenta todo, sin decir palabra. Cuántos giros ha pegado en estas rodillas en diez años, cuántas caídas, cuántos agarres. Todo está en este ángulo.

La mano de Mai fue, sin darse cuenta, a su propia rodilla.

IV

—Mai-san.

Le hablé en voz baja.

—Estas piernas son el músculo que usted ha usado para subir al aire. Lo quiero leer. Déjeme leerlo.

Mai asintió.

Coh dijo:

—Seri, leo.

Las cifras del aire se rompieron a la vez en partículas. Giraron, formaron un hilo, se hicieron letras.

Tus piernas han saltado contra la gravedad durante años. Ese grosor es una deuda con el cielo.

Leí la frase en voz alta.

Mai contuvo el aliento.

—Una deuda con el cielo.

—Sí.

—Una deuda con el cielo.

Mai miraba la frase hacia arriba. Los ojos se le llenaron. Pero no lloró. Las bailarinas no lloran en el escenario. Aquella costumbre tenía que tenerla dentro del cuerpo, pensé después.

—Una deuda —repitió.

—…He usado el músculo para saltar. Lo que usé, se quedó. Lo que se quedó, engrosó la pierna. Pensaba que era una vergüenza, unas piernas gruesas. Pero esto es…

Mai estiró el dedo hacia el muslo del contorno. El dedo cruzó la luz. Pero había en el gesto una urgencia, como de querer tocar.

—Esto es el precio del salto. Lo que pagué. Lo que le debo al cielo, y le tengo que devolver.

—Así es. No es en absoluto carne inútil.

Mai se quedó de pie, parada.

Luego soltó el aire. Largo, hondo. Era un aire que echaba fuera algo de diez años.

—…Vaya. Llevo diez años equivocada con mis propias piernas.

V

—¿Equivocada?

—Mire, Himuro-san.

Mai se dio la vuelta. Ya no tenía los ojos húmedos. Tenía, en cambio, una luz serena y fuerte.

—El cuerpo de una bailarina, lo ves entero en el espejo, ¿no. Pensaba que eso era lo objetivo. El espejo no miente, me decía. Así que si el espejo me mostraba unas piernas gruesas, era un hecho. Y los hechos hay que cambiarlos. Hacerlas finas, ligeras.

—Sí.

—Pero el espejo solo muestra la forma. No muestra para qué son gruesas las piernas. No me dijo nunca que llevaba diez años saltando.

—…

—Una deuda con el cielo. Yo le pedí al cielo tiempo de vuelo. En cada salto me dejó estar un poco más arriba. Y esa deuda se me acumuló en las piernas. Eso es mi grosor.

Mai se puso las manos en los muslos. Esta vez no temblaban.

—No es una vergüenza. Es la prueba de que he saltado.

Se quedó mirándose las manos, como si las viera por primera vez. Después las giró, las palmas hacia arriba, y dijo, casi para sí misma:

—Diez años. Diez años gastándome las piernas cada día, y nunca nadie me dijo mira lo que has hecho. Yo tampoco me lo dije. Solo demasiado, demasiado, demasiado. Y resulta que lo demás, lo de fuera, no era demasiado. Era justo.

Cuando lo dijo, en el aire del Círculo, el volumen de luz se iluminó un punto. Sobre el contorno, en las piernas, una espiral de luz dorada se dibujó.

Título: Piernas que tomaron el cielo prestado

—Felicidades —dijo Coh. La voz se le suavizó.

—Este es el título del contorno. La prueba de que sus piernas han sido leídas como una historia.

Mai miraba la luz dorada. Las lágrimas, al final, se le cayeron. Pero eran otras. No las de los días malos frente al espejo, esas que se limpian con rabia antes de que nadie las vea. Eran tranquilas. De esas que vienen cuando por fin una cosa encaja en su sitio después de mucho tiempo fuera de él.

Llevaba diez años mirándose las piernas y llamándolas el problema. Y ahora, en el aire, sobre el contorno de luz, una espiral dorada le decía que aquellas piernas eran un título. Que habían tomado el cielo prestado. Que el grosor no era culpa: era factura.

—…Gracias. Muchas gracias.

VI

Después de que Mai se marchara, todavía quedó en el Círculo el eco de la luz.

Yo seguía sentada mirándolo. Coh dijo, tranquilo:

—Seri. ¿Qué has sentido.

—…Que la belleza y la fuerza…

Busqué las palabras.

—No están reñidas. Yo, hasta hoy, no lo veía así. Piernas fuertes, feas. Piernas finas, bellas. Lo tenía dentro, sin darme cuenta.

—Sin darte cuenta, eh.

—Las bailarinas, los atletas, todos castigan el cuerpo. El cuerpo castigado se deforma. Y la pregunta era: ¿puede ser bella esa deformación. Eso lo llevaba yo dentro, sin resolver.

—¿Y?

—Hoy, viendo las piernas de Mai-san, lo pensé. Si aquella deformación es historia, entonces es bella. Si es la historia de diez años saltando contra la gravedad, entonces es bella.

Coh calló un momento.

—Seri. Estás a punto de ser lectora. No lees solo las cifras: lees la intención que las cifras esconden. Eso es la lectura.

—…Sí.

—Eso sí, no lo olvides. Decidir por tu cuenta que es bella esa historia, sin permiso, no vale. Mai-san lo dijo ella misma: es la prueba de que he saltado. Ahí está lo importante. La lectora solo devuelve la historia a la persona. Nada más.

Asentí. Aquella Ley no debía olvidarse.

VII

Antes de salir del Círculo, Mai dijo una última cosa.

—En la próxima función, salto con estas piernas. Ya no voy a decir finas o ligeras. Voy a saltar pensando que le aumento la deuda al cielo.

La voz estaba caliente. El calor de una pasión verdadera.

—Venga a verme. El día quince del mes que viene, en un teatro pequeño de Aoyama.

—Allí estaré.

—Míreme las piernas. Mire estas piernas gruesas yendo a pedirle al cielo.

Lo dijo, y se rio. Aquella risa había pasado algo de diez años.

Vi su espalda subir la escalera del Círculo. La espalda de una bailarina. Centro de gravedad bajo. Puntas cazando el suelo.

Cuando la espalda desapareció, yo seguí un rato de pie.

En el aire ya no había luz. Pero la tenía grabada. Unas piernas gruesas, gruesas, sosteniendo una deuda con el cielo. Y la imagen de Mai, al final, levantando apenas los talones del último peldaño, como si no pudiera evitarlo, como si el cuerpo le pidiera un último salto antes de salir a la calle. Bailarina hasta en la escalera.

Las piernas fuertes son bellas.

Eso aprendí hoy. Me miré las mías. Las de una entrenadora en día libre. No llegan a las de Mai Asō. Pero también, con estas, estoy cada día de pie, tocando el cuerpo de alguien. Eso también será algo acumulado. Cada cliente deja una marca pequeña, invisible, en quien lo lee. Una presión en los dedos, un peso en la espalda baja, una llamita en el pecho. Llevo meses leyendo contornos. Si alguien me midiera a mí, ¿qué historia saldría. Quizá una de manos que aprendieron a no soltar. Quizá otra. Todavía no puedo leerla yo sola. Pero ahí está, acumulándose, capa sobre capa, como una deuda con algo que todavía no sé nombrar.

En el bolsillo, Contura se templó un poco.

—Seri, próxima cita, ha llegado —dijo Coh.

—¿Quién es.

—Misaki-san, ¿la recuerdas. Fue la primera cliente.

—Ah, sí. Misaki-san, la del posparto.

—Esta vez trae a su marido. Tiene mal el cuello y los hombros, dice.

—…Entendido.

Apagué la luz del Círculo. Subí la escalera de caracol. El sol de la tarde en Aoyama me dio en la cara.

La próxima, el cuello.

El cuerpo sigue contando, sin parar. Hombros, piernas, cuello. Cada parte con su historia a cuestas.

Volví a la recepción del estudio. La historia del siguiente alguien ya me esperaba allí.