Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta
Capítulo 18. La nuca del marido
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Un miércoles soleado, raro en plena estación de las lluvias. Misaki volvió.
Esta vez no venía sola.
La puerta corrediza la abrió ella. Detrás, un hombre alto. Polo gris, pantalón negro. Un hombre de cuarenta y tantos que parecía cuidarse el costado sin querer, como si llevara ahí algo que le apretaba. El cuello se le adelantaba un poco al cuerpo, como si lo hubiera mandado a explorar adelante y se le hubiera quedado allí. Tenía las manos en los bolsillos, los hombros recogidos, la mirada de quien está en un sitio por encargo y preferiría estar en cualquier otra parte. Un hombre educado que no sabía qué hacer con su cuerpo en un sitio nuevo. Lo había traído su mujer y se le notaba.
—Himuro-san, cuánto tiempo.
Misaki hizo una pequeña reverencia. La Misaki que veía tres meses después no era la que había llorado en el Círculo. Las ojeras se le habían aliviado. La voz iba más posada, con un filo de calma que antes no tenía, como si hubiera descansado por fin. Bajo una rebeca holgada se le veía una camiseta que seguía la línea del cuerpo. Ya no escondía el pecho. Llevaba el pelo recogido en una cola floja, con mechones sueltos que se había cansada de peinar; pero aquel descuido tenía su propia entereza. Era el cuerpo de una mujer que había vuelto a habitar su piel.
—Hola. Hoy le he traído a alguien. Mi marido.
El hombre me miró de reojo.
—Takanashi. Kensuke. Mi mujer le agradece lo que ha hecho por ella.
Sonaba un poco cortante. Pero no era él quien la había traído: más bien se dejaba traer. Misaki sonrió desde un lado, como pidiendo disculpas por adelantado.
—Él no le ve mucho el caso. Pero yo le he dicho que venga sí o sí.
—No es que no le vea el caso. Es que tengo el cuello y los hombros endurecidos y ya está. No es para tanto.
Lo decía con la sequedad de quien lleva años despachando correos a las once de la noche. Conocía aquel tono: el del profesional que ha aprendido a tratar cualquier asunto como un trámite. El cuerpo, para Kensuke, era un trámite. Algo que se rellenaba cuando protestaba y se volvía a archivar. Veinticinco años de oficina, primero como analista, luego como jefe de proyecto, ahora como mando intermedio. Pantallas. Veinticinco años de pantallas, con el cuello echado hacia delante como un animal que sigue una pista.
Kensuke se giró el cuello al hablar. Crrac. Un ruido sordo, de articulación seca. Misaki arrugó la cara.
—¿Lo oyes? Últimamente suena siempre. Y le duele la cabeza. Al hospital no va porque no tiene tiempo…
—Vale, vale. Ya estamos aquí.
Kensuke cortó con la mano. Quería a su mujer, eso se notaba; pero con su propio cuerpo era un despiste. Detrás de aquel despiste adiviné algo. El hábito de no mirarse. La costumbre de usar el cuerpo como a una herramienta.
—Himuro-san. ¿Podría hacerme lo de la otra vez. Lo que me hizo a mí.
Misaki me miró fijo. Con aquella misma mirada del día en que se había cogido el vientre con las dos manos. Asentí.
—Puedo. Pero tiene que ser Kensuke-san quien diga que sí. Es la historia de su cuerpo.
Kensuke miró a Misaki. Misaki asintió, pequeño.
—Vale. Mi mujer ha cambiado mucho. Si ha sido cosa tuya, pues, una vez.
—Gracias.
Me incliné.
—Pasen al Círculo.
II
El Círculo, en el sótano. Paredes de hormigón, tatami gris. Nada había cambiado desde que acompañé a Misaki allí medio año antes. Pero ahora yo conocía el significado de aquella sala. Un recipiente donde el cuerpo puede estar de pie sin adornos.
Kensuke se plantó en el centro y miró al techo.
—No hay nada.
—Que no haya nada es lo bueno. Aquí no hace falta adornarse.
Kensuke soltó una risa por la nariz.
—Cuanto menos hay, más intranquilo me pone, la verdad.
Aun así, se colocó en el centro, en zapatillas. Se abrió un poco el cuello del polo. Las clavículas se le veían tensas.
—Kensuke-san. Cierre los ojos un momento.
—Ajá.
Los cerró. El entrecejo se le arrugó un poco. Una cara hecha de tensión acumulada.
Abrí Contura.
Contura El cuerpo cuenta tu historia.
—Coh.
—Vale. Le leo todo el cuerpo con calma. Sobre todo el cuello y los hombros. Qué ha cargado él. La causa del giro, la desato con luz.
Asentí, aunque Kensuke no podía oírlo.
La luz corrió.
Las partículas de un azul pálido se desbordaron de la pantalla y cayeron sobre el círculo donde Kensuke estaba de pie, como nieve fina. Le recorrieron la superficie del cuerpo. Hombro. Clavícula. Espalda. Cintura. Cadera. Muslo. El aro de luz dio varias vueltas. La luz oscilaba apenas, al ritmo de su respiración. Kensuke, al sentir la caricia fría de las partículas en el cuello, contuvo el aire; luego lo soltó, y la luz se asentó un punto más, como si le hubiera tomado la medida al dejarlo ir. Había en su cuerpo una rigidez de costumbre, un modo de estar de pie que no se relajaba ni bajo la luz. Era el cuerpo de alguien que llevaba años sin sentirse sentido.
Y, en el aire, el volumen de luz se alzó, suave.
La forma de Kensuke.
—Puede abrir los ojos.
Los abrió. Vio su contorno al lado de él y contuvo el aliento.
—…Este soy yo.
—Su cuerpo.
III
El contorno de luz no llevaba ropa. Pero no era obsceno. Una forma humana, solo el contorno. Y aquella forma no le ocultaba a Kensuke ninguno de sus vicios.
Primero, el cuello.
Se le iba hacia adelante. La línea recta que debería ir del agujero de la oreja al hombro —el agujero de la oreja encima del hombro— se le había ido. El cuello se le inclinaba hacia delante unos quince grados. La barbilla asomada. La cabeza flotando por delante del centro del cuerpo, no encima.
Después, los hombros.
Los dos se le caían hacia adelante. Las clavículas no iban rectas: se le cerraban hacia dentro. Y en la zona que baja de la nuca al hombro —el trapecio— se le había formado un abultamiento como una colina. Los hombros se le subían hacia las orejas. Lo que debería bajar, levitado por la tensión.
—…Está serio.
Kensuke lo miró y lo dijo bajito.
—Yo lo sabía. En el espejo, de perfil, el cuello, así. Pero no me creía que estuviera tan salido.
—Su mujer me dijo que le duele la cabeza. Cuello y hombros.
—Sí. Por la tarde se me pone pesada la cabeza. En el hospital me hacen una radiografía y sale que no hay nada. Pero me duele.
—Que no haya anomalía y que no haya carga son dos cosas distintas.
Lo dije, y Kensuke me miró un punto.
En el aire empezaron a subir las cifras.
Cuello 39 Hombro 45 Pecho 98 Cintura 88 Cadera 96
Y cifras que describían el ángulo del cuello. La inclinación entre hombro y cuello. La posición del centro de gravedad de la cabeza. Coh las fue apilando con calma.
—Seri. Mírale el cuello.
La voz de Coh resonó detrás de las sienes.
—La curva de las cervicales casi ha desaparecido. El cuello, por naturaleza, se curva suave hacia delante. Pero de tanto acercar la cabeza a la pantalla, se le ha estirado. Es lo que se llama cuello recto. El trapecio, para sujetar una cabeza que se va hacia delante, está en tensión las veinticuatro horas. Aquel abultamiento es la señal de un músculo que se afana por sujetar la cabeza. Pero se ha pasado, y está agotado.
—Veinticinco años frente a la pantalla, dijo.
—Así es. Veinticinco años de costumbre grabados en el cuello. Sentado a la mesa, tecleando, mirando la pantalla a hurtadillas. La cabeza, tirada hacia delante sin parar. El trapecio, cada vez, tenso para sujetarla. Ocho horas al día, diez, veinte años. Su cuello ha peleado hasta quedarse sin fuerza.
Me dirigí a Kensuke.
—Kensuke-san. Su cuello y sus hombros llevan mucho tiempo siendo arrastrados por la pantalla. La carga se ha ido acumulando. Por eso le duele la cabeza.
Kensuke se llevó la mano al cuello de verdad. Al masa endurecida. El abultamiento del trapecio en la luz y el bulto del cuello real tenían la misma forma. Coh, sin que él lo oyera, me dictó las cifras: la curva cervical, perdida; la inclinación de la cabeza sobre el centro del cuerpo, casi cinco centímetros por delante de donde debería. Cinco centímetros no parecen mucho. Pero la cabeza pesa, como un melón pequeño. Cargarla cinco centímetros adelante, ocho horas al día, veinticinco años, es como cargar a un niño que nunca crece ni se baja del brazo.
—Conque mi cuello habla. Ya.
Lo dijo medio cortante, pero convencido.
IV
Entonces Misaki habló.
—Oiga, Himuro-san. ¿Podría medirme a mí también. Al lado de Kensuke.
Me sorprendió un poco.
—Claro.
Misaki se subió al círculo, al lado de su marido. Las partículas de luz volvieron a correr, y se alzó su contorno.
Había cambiado desde aquella primera vez, la del contorno que dibujaba la cicatriz de la cesárea con honestidad. El redondez del vientre seguía ahí, en parte. Pero la blandura del bajo vientre estaba más firme. El vicio del hombro derecho adelantado seguía. Sin embargo, las caderas ya estaban casi al mismo nivel. Y la masa muscular de espalda y hombros estaba mejor asentada. La fuerza de un cuerpo hecho de coger niños, perseguirlos, criarlos.
Cuello 34 Hombro 38 Pecho 84 Cintura 72 Cadera 90
Miré los dos contornos juntos.
Kensuke y Misaki. Cuarenta y cinco y treinta. Un mando intermedio de empresa informática y una madre. Las dos historias, una al lado de la otra.
El cuello de Kensuke echado hacia delante. El trapecio abultado. Los hombros cerrados. Un cuerpo cuajado por el trabajo.
El hombro derecho de Misaki que se va. La redondez del vientre todavía. Pero el músculo asentado en la espalda. Un cuerpo curtido por la crianza.
Y lo común: los dos cargaban algo. Kensuke carga el trabajo y se le endurece el cuello. Misaki carga a su hijo y se le va el hombro.
—…Nos parecemos.
Kensuke lo dijo bajito.
—El cuello, los hombros, vueltos hacia dentro. Los dos.
Misaki se sorprendió.
—¿Sí. Yo, bueno, venía del posparto, he estado hecha un desastre.
—No. Yo, pegado a la mesa. Tú, con el bebé en brazos. Razones distintas, pero el cuerpo mira para el mismo lado.
Escuché a los dos. Y me di cuenta.
Los cuerpos de un matrimonio cargan, cada uno, cargas distintas. Pero la marca de aquella carga se graba en sitios parecidos. Hombro, cuello, espalda. El cuerpo de quien carga algo por alguien se tuerce hacia el mismo lado.
—Los dos están cargando algo —dije. La voz me fue a temblar un punto—. Kensuke-san, el trabajo. Misaki-san, al niño. El cuerpo deja esa intención en la forma.
Kensuke miró a Misaki. Misaki miró a Kensuke. Los dos contornos en el aire, uno al lado del otro, mirando los dos al mismo lado.
V
—Seri, leo.
La voz de Coh.
Las cifras sobre el contorno de Kensuke estallaron en partículas. Cuello, hombro, pecho, cintura, cadera. Todas se hicieron partículas, giraron, se juntaron en un hilo y se hicieron letras.
Tu cuello ha sido arrastrado hacia la pantalla durante un cuarto de siglo. De vez en cuando, mira al cielo.
Kensuke leyó. Con la boca un poco abierta.
—El cielo, eh.
Lo dijo flojo.
—Yo no miro el cielo. Salgo de casa por la mañana, metro. Llego a la oficina, todo el día, pantalla. Vuelvo, metro. Por la noche, en casa, otra vez pantalla. No hay hueco para el cielo.
—…¿Nunca.
—Nunca. Me acabo de dar cuenta de que llevo años sin mirar arriba.
Kensuke levantó la vista al techo. El techo de hormigón del sótano. No era el cielo. Pero el gesto de mirar arriba le estiró el cuello un poco.
—…Alivio. Un poco.
—Eso es lo de estirar el cuello. El trapecio se afloja. Varias veces al día. Techo o cielo, lo mismo. Tiempo de mirar arriba.
Kensuke se llevó la mano al cuello.
—Yo no me miraba el cuerpo. Trabajo, trabajo. Mi mujer me lo dijo y fue la primera vez que me toqué el cuello. Duro.
—Tú siempre te dejabas lo último —dijo Misaki, con la voz a punto de irse—. Yo me dejé medir, me dijiste condecoración, y cambié. Por eso quería que tú te miraras.
Kensuke miró a su mujer. La mirada se le aflojó, un punto. Era un hombre de pocas palabras y de pocas caricias a la vista, pero en aquel gesto de girar la cabeza se le veía entero. Llevaban, supe después, quince años de matrimonio. Una época en que él trabajaba hasta la madrugada y ella criaba sola al primero, sin quejarse, hasta que un día se rompió y le pidió ayuda. Aquella grieta había sido, me contó Misaki después, el principio de su reconciliación. Y ahora venían los dos, juntos, a que les leyeran los cuerpos. Quince años para llegar ahí.
Luego miró la luz. Su cuello echado.
—Mi cuerpo, eh. Lo he usado como a una herramienta. Sin echarle aceite hasta que reviente.
—Todavía no ha reventado. Está cansado, nada más.
—Ya.
Kensuke bajó un poco los hombros. En el contorno, también parecieron bajar.
VI
La medición terminó. El contorno se deshizo en partículas. La última frase se iluminó un instante, como una estrella, y se apagó.
El silencio del sótano volvió.
Kensuke bajó del círculo y se movió el cuello. Crrac, otra vez. Pero la cara estaba más despierta que al entrar.
—Himuro-san, gracias. Es la primera vez que me miro el cuello en serio.
—Es su cuerpo el que ha hablado.
—El cielo, eh. Desde mañana, cada hora me levanto. Abro la ventana. Miro. No sé si veré el cielo, pero miro arriba.
Misaki se rio un poco.
—Lo olvidas.
—No. Pongo la alarma en el móvil. Cada hora. Y tú, cuidado con el hombro. Al bebé no lo cojas solo con la derecha, cámbialo.
—Ya lo sé.
Misaki le agarró el brazo. Kensuke le rodeó el hombro. Las dos sombras se solaparon.
Los miré.
La historia del cuerpo de una familia. Cargas distintas, vicios distintos, pero los dos mirando al mismo lado. Los contornos de un matrimonio que resuenan. Es una historia que con un solo cuerpo no se puede leer. Pensé en mis padres, en los pocos recuerdos que tenía de los dos juntos, en cómo mi madre encorvaba los hombros sobre la costura y mi padre encorvaba los hombros sobre los papeles del despacho, los dos en la misma mesa, los dos con el mismo arco en la espalda, sin saberlo. Quién vive con quién, acaba encorvándose hacia lo mismo. No es imitación: es respirar el mismo aire, cargar las mismas cosas, mirar al mismo lado.
—Coh.
Le llamé, dentro.
—Ajá.
—Es la primera vez que ponía los contornos de un matrimonio juntos. Con un solo cuerpo no se entiende todo.
—La familia. Incluso los cuerpos de una familia sin sangre en común, si viven juntos, se van pareciendo. Respiran el mismo aire, cargan las mismas cosas, miran al mismo lado. El cuerpo es un espejo del ambiente.
—Espejo.
—Un contorno es una historia. Pero si pones dos juntos, sube otra historia. La historia de la relación. Apúntalo, Seri.
Asentí.
Los pasos de los dos subiendo la escalera sonaban a la par. El de Kensuke, más grave. El de Misaki, más agudo. Pero el ritmo era el mismo.
—Desde mañana, cada hora, ¿eh.
—Sí, sí.
La risa de Misaki bajó por la escalera.
Me quedé abajo. En el círculo, en el sitio vacío. Pero allí quedaba, sin duda, el eco de dos historias resonando. Como un fragmento de luz azul.
La pantalla de Contura se iluminó un punto. Y apareció una letra pequeña.
Próxima guía: existe un técnica para leer un contorno en un instante.
En un instante.
Miré aquella frase. Leer el contorno de alguien en un instante. En qué clase de sitio haría falta una técnica así.
Fuera, el sol de la estación de las lluvias empezaba a declinar. El cielo de Aoyama se teñía de naranja. Kensuke, hoy, ¿habría mirado el cielo. Quizá no. Pero tenía la alarma puesta. Mañana, a las diez, le sonaría el móvil, se levantaría de la silla y, por primera vez en años, levantaría la cabeza. Y el cuello le agradecería, sin que él lo supiera, aquel primer cielo.
Guardé Contura en el bolsillo. El tacto frío del metal contra el vientre. Se había calentado.
—