Parte II — Seis historias que el cuerpo cuenta

Capítulo 11. Los hombros del tigre

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En julio, en Aoyama, había empezado la temporada de las cigarras.

En el Círculo, el sótano de Life Compass, repasaba el estado de la cinta métrica. Una reserva por la tarde. Un exjugador profesional de béisbol — solo aquello era lo que me había pasado Kurosawa.

Exjugador profesional de béisbol.

Aquella resonancia me puso, lo noté, los hombros un poco tensos. Los cuerpos de los atletas están construidos en otra dimensión. El desarrollo extremo que esculpe el abuso de años, y la fatiga extrema. Y, después de retirarse, en qué se vuelve todo. De Sono había aprendido un destello del músculo y la competición. Pero el cuerpo de alguien que llegó a la cima como profesional y bajó desde allí, aún no lo había leído. Para leerlo, mi fuerza quizá no llegara.

—Estás nerviosa.

La voz de Coh, desde el teléfono de la mano. El sótano estaba tenue incluso de día. La lámpara de la pared echaba una luz blanca y azulada.

—Se nota.

—Los hombros, un poco altos.

Los bajé, deprisa. Coh no tiene piedad con estas cosas.

—Iwao Ōyama (大山巌). Cuarenta y dos años. Exlanzador. Cinco años retirado, dicen.

—Cinco.

—Lo manda su mujer, por lo visto. Él, quizá no venga con muchas ganas.

—¿La mujer y no él?

Coh pareció reírse, un poco.

—Bueno, eso lo vemos al conocerlo.

I

Iwao Ōyama apareció a las dos en punto.

Los pasos al bajar la escalera pesaban. Cada pisada cargaba peso, como si mordiera el suelo. La manera de pisar que un atleta profesional tarda años en construir. La gente normal no anda así.

Alto. Pasaba holgado el metro ochenta. Los hombros, tan anchos que al cruzar la puerta tenía que hacerse un poco de cuenta. Al pensar que aquellos hombros habían soltado la bola blanca frente a treinta mil espectadores, me tragué un poco las palabras.

Pero el cuerpo no era, claramente, el de activo.

La mandíbula, antes más afilada, seguro. La barriga llevaba una suave redondez. Se notaba por encima de la camisa. Sobre el contorno que estuvo prieto, la grasa se había superpuesto, despacio, pero segura. La manera de caminar conservaba fuerza. Pero la rodilla derecha se cuidaba un poco en el ritmo.

—Himuro-san, ¿verdad.

Voz baja, seria. Algo ronca. La voz que sometía a treinta mil desde el montículo.

—Sí. Seri Himuro. Encantada.

Ōyama me miró fijo. Una mirada que evalúa. La mirada de alguien que vivió mucho tiempo en el mundo profesional.

—…Joven.

—Sí. Todavía estoy aprendiendo.

—Mi mujer insistió, que viniera. —Ōyama se miró alrededor, incómodo—. Sinceramente, no me fío mucho de estas cosas. Enseñar el cuerpo gastado a una chica joven, no sé de qué sirve.

Era cortante. Y sincera. Me reí un poco.

—Ōyama-san. Ha dicho gastado, ¿no.

—Sí. Francamente, va mal. Cuando competía, el peso, la grasa, todo lo gestionaba con cifras. Ahora me da miedo mirar esos números.

—Miedo a mirarlos.

—…Ajá.

Ōyama, sin darse cuenta, se acarició la barriga con la palma. Yo vi en aquel gesto un desapego, como si tocara el cuerpo de otro.

Yo también, tiempo atrás, me tocaba así. Como a un enemigo. Como a una máquina rota. Cada vez que me veía en el espejo, allí no estaba la yo que debía ser sino la yo que no debía ser. Así que creo que conocía el sentido de aquella mano.

—Ōyama-san. ¿Le puedo preguntar una cosa?

—Dime.

—Hoy, ¿qué quiere usted? Dice que su mujer le recomendó. Pero, con sus palabras, ¿me lo diría?

Ōyama se calló un poco. Después bajó la mirada.

—…Volver al cuerpo de antes.

Como si hablara sola.

—Volver. A aquel entonces en que me fiaba de mi cuerpo del todo. Cuando, con solo plantarme en el montículo y sacar el brazo, el mundo era mío.

II

—Volver es difícil, ¿verdad.

Lo dije con sinceridad.

—Ōyama-san. No se lo puedo prometer. Que vuelva al cuerpo de antes. Pero.

Puse Contura al lado de la plataforma. La pantalla brilló flojo.

—Puedo leer el cuerpo que tiene ahora. No volver. Sino escuchar lo que cuenta el Ōyama de hoy. ¿Le apetece?

Ōyama me miró fijo. Después miró a Contura. La luz le iluminó la cara de azul.

—…Qué aplicación más rara.

—Sí. Un poco rara.

—Mi mujer dice que con esto se me conoce. Todo. Como una adivinación.

—No es adivinación —dije—. La adivinación cuenta el futuro. Esto lee el pasado y el presente. Solo escucha lo que su cuerpo dice.

Ōyama se calló largo rato. Y, despacio, asintió.

—…Vale. Léeme. Este cuerpo… viejo.

—No está viejo.

—¿Eh?

—No está viejo —repetí—. Solo, ha cambiado. Le voy a leer. ¿De acuerdo?

—…Ajá.

III

La medición fue como siempre.

Ōyama de pie en la plataforma. Le dije que se quedara con la camisa. Repasé las Leyes en mi cabeza. Antes de medir, pedir permiso. No exhibir lo medido.

La pantalla de Contura se encendió. Un azul pálido, en partículas, le revoloteó alrededor. La luz le trazó la superficie del cuerpo con cariño, despacio.

A Ōyama le corté el aliento, lo noté. El calor leve, de pluma, al pasar la luz por la piel. La primera vez siempre sorprende un poco. Y da un punto de pudor, que el propio cuerpo sea mirado con tanto cuidado.

Hombro. Pecho. Cintura. Cadera. Muslo. Brazo. Cuello.

El aro de luz lo rodeó. Y en el aire salieron las cifras.

Ancho de hombros 51 Pecho 115 Cintura 95 Brazo 39

Las cifras se enlazaron en una línea y, en el aire, se alzó un volumen de luz con la forma del cuerpo de Ōyama.

Contuve el aire.

Era un cuerpo solemne.

Los hombros eran anchos. No solo anchos: el esqueleto mismo era ancho. El deltoides abultado, el pecho grueso, capa tras capa de músculo sobre las costillas. La espalda —giré el volumen— tenía el dorsal abierto en alas. Cuántas decenas de miles de lanzamientos. Todo quedó en la espalda como recuerdo.

Pero, encima, una capa blanda. Grasa. Una redondez lenta alrededor del vientre. Un velo fino sobre el músculo del pecho. El contorno afilado de antes, un poco borrado.

Gloria y declive. Las dos cosas en el mismo cuerpo.

Sentí algo así como veneración. La mitad de la vida de un hombre, tan esculpida y tan mudada, estaba allí.

—Esto… —Ōyama miró su contorno hacia arriba. Le temblaba la voz.

—Ōyama-san. ¿Lo ve.

—Sí. Mi cuerpo.

—Sí. Su cuerpo.

Coh, en la pantalla, dijo en voz baja:

—Seri. Lee el tipo.

—Mesomorfo. Hueso recio, músculo bien asentado. Un cuerpo hecho, de nacimiento, para guardar fuerza. El tipo que mejor le va a un lanzador.

—Así es —dijo Ōyama—. Cuando competía, el entrenador me lo dijo. Que mi esqueleto estaba hecho para el montículo.

—Y el número central. —Coh siguió—. Veintitrés coma ocho. Alto.

Abrí los ojos. Veintitrés coma ocho. Casi el doble que el mío. Como Sono o más. Cinco años retirado, con peso ganado y menos ejercicio, y aun así mantenía aquella altura.

—Ōyama-san. Su núcleo no se ha borrado.

—¿No se ha borrado?

—No. Le queda fondo en el músculo. Pocas personas mantienen este núcleo tras cinco años en blanco. Su cuerpo lleva aún la memoria de la competición como raíz.

Ōyama no dijo nada. Pero le vi humedecerse los ojos, un poco.

La nuez le subió una vez. Creo que se tragó una palabra.

IV

—Voy a leer —dijo Coh.

Las cifras del aire estallaron a la vez en partículas. Giraron, se juntaron, se hicieron letras.

Tus hombros se abrieron bajo el peso de treinta mil voces. Ahora son para ti.

El sótano se quedó en silencio.

Ōyama se quedó mirando la frase. Largo rato. Yo no le apremié. La historia es de él. El tiempo de recibirla también.

—…Treinta mil, eh.

Ōyama lo murmuró.

—El último año miré la grada. Treinta mil. Lleno. La ovación te da en el cuerpo. ¿Sabes? Físicamente, el sonido se vuelve presión y te golpea la piel. Yo lanzaba cargado con eso.

—Ajá.

—Al retirarme, aquella presión desapareció. La ovación se fue. Se hizo silencio. Y — mis hombros, como si se olvidaran, se fueron encorvando. El músculo se fue, la grasa vino. Cada mañana, mirarme al espejo era un tormento.

La voz de Ōyama se movió un poco.

—Dónde habrán ido aquellos hombros. Perdí aquel cuerpo, ¿verdad.

—No —dije—. No lo ha perdido.

—…

—Ōyama-san. No lo ha perdido. Ha cambiado. Aquellos hombros no se borraron. Los mismos hombros siguen allí. Siguen anchos. Siguen gruesos. Quizá usted no se dé cuenta, pero.

Señalé el volumen de luz.

—Sus hombros siguen siendo anchos. La espalda se sigue abriendo como alas. La grasa se ha superpuesto, nada más. El músculo de dentro, el esqueleto más al fondo, siguen con la forma de hace cinco años. La forma que cargó con la ovación.

Ōyama le tendió la mano al volumen de luz, a la altura de los hombros. Los dedos le atravesaron la luz. Pero el gesto era de confirmación, de cariño.

—Conque no se han borrado.

—No. Solo descansan. Y, por encima, se ha echado una capa nueva. Eso no es declive, es.

Le busqué la palabra.

—…Anillos.

V

—Anillos.

Ōyama se la rodó por la boca.

—Como los anillos de un árbol. Uno a uno, va creciendo la capa. El músculo de cuando competía es el corazón grueso, el de adentro. Encima, el tiempo desde la retirada se ha ido echando como capa. No se trata de quitar. Este cuerpo es, tal cual, el registro de todo lo que usted ha vivido.

Ōyama, sin decir nada, se miró el contorno hacia arriba.

Y, despacio, se puso la mano en el vientre. Aquel sitio que hacía un momento acariciaba con desapego. Ahora con otra mano. De confirmación. De aceptación.

—…Condecoración, ¿no.

—Si lo puede pensar así, sí.

—Yo siempre lo he tenido por enemigo. Por declive. Por derrota. Pero.

Ōyama levantó la cara. Se le habíaclareado la mirada. Como quien llevaba mucho tiempo entre la niebla y veía el paisaje por primera vez.

—Esto también puede ser el registro de lo que yo peleé. Los treinta mil, el estadio, el montículo. Todo está en estos hombros. Que por encima haya crecido una capa nueva, pues.

—Sí. Es una condecoración. Su anillo de tigre.

Lo dije sola.

—Anillo de tigre.

Ōyama masticó la frase.

Y se rio. Por primera vez, con el corazón.

—Qué bien suena. Anillo de tigre. Cuando competía me decían el Tigre.

—Lo sabía.

—Mi mujer quizá quería decirme esto. Que yo llevo la gloria de aquel tiempo como si fuera un enemigo. Ella siempre decía que mis hombros no habían cambiado. Que yo era el que no se daba cuenta.

—Su mujer ha mirado sus hombros todo este tiempo.

—Sí. Desde el estadio, desde el sitio más lejos, sin parar.

—…Ya. Tú eres lectora, ¿no. No una entrenadora normal.

—Una entrenadora normal —me reí un poco—. Una entrenadora que lee la historia del cuerpo, nada más.

VI

Cuando Ōyama se fue, la luz de la ventana había empezado a declinar.

Al bajar de la plataforma se le notó un poco más estirada la espalda. Los hombros no iban encorvados. El paso, más ligero que el de la llegada, sin duda.

—Himuro-san.

—Diga.

—Tendré que agradecerle a mi mujer. Qué bien que vine.

—Ōyama-san. Hay algo que me gustaría proponerle.

—Dime.

—El contorno de la meta. Si le parece, la próxima vez, dibujamos una línea desde el cuerpo que tiene ahora hacia uno en el que quiere llegar un poco. No volver. El cuerpo que viene para usted.

—…No volver. El que viene.

—Sí. Sus hombros ahora son suyos. No de los treinta mil. Para usted mismo.

Ōyama asintió.

—Vale. Volveré. A enseñarte mi anillo de tigre.

Lo despedí. Se cerró el ascensor. Suspiré. Un buen suspiro. Respiración hondo.

—Seri —dijo Coh.

—Ajá.

—Buena lectura. Pero no olvides. La historia de su cuerpo es suya. Tú no la has leído. La has traducido. La lengua de su cuerpo.

—…Lo sé.

—Lo sé, eh. Bueno, vale.

Me quedé de pie en la luz tenue del sótano.

El cuerpo del atleta retirado. El cuerpo de todo el que ha pasado la cumbre. El cuerpo de todo el que se siente despojado de su gloria. Leer los anillos de aquel cuerpo. Parece especial y es universal. Todo el mundo, un día, pasa la cumbre. Todo el mundo se enfrenta a un cuerpo que cambia. La madre posparto, la adolescente, el empresarial que pelea con la edad: todos están en el mismo sitio. Solo que, en el caso de Ōyama, la cima de la montaña estaba mucho más alta que la de los demás.

Si en aquel momento uno lo ve como declive o como anillos, eso cambia la relación con el cuerpo.

Pasé el dedo por la pantalla de Contura.

—¿Quién será el siguiente?

Coh pareció sonreír, un poco.

—Quién sabe. Pero, Seri, ten presente: las historias del cuerpo son diez para diez. De aquí en adelante vas a oír voces más diversas. Cuerpos frágiles como cristal, cuerpos pesados como roca. Esperan tu letra.

Asentí.

Fuera, cantaban las cigarras. El verano de Aoyama se iba haciendo hondo.